Prof. Andrea Greco de Álvarez

 

LOS VALORES EN LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA



La educación y los valores

Toda tarea educativa debe tender hacia el cultivo, desarrollo, transmisión y posesión de valores. Si entendemos a la educación como el proceso o movimiento interno del hombre que resulta del encuentro entre su dinamismo interior y capacidad de autoconducirse y los auxilios deliberadamente perfectivos que inciden sobre él para lograr su plenitud, es claro que el papel de los valores es esencial.

Lamentablemente, creemos observar que se habla mucho de los valores, pero se hace poco para que verdaderamente estos presidan la tarea aúlica. Si analizamos en detalle las propuestas curriculares de la transformación educativa, vemos que el lugar destinado a los valores es el sitio, algo abstracto, de los contenidos actitudinales, en su mayoría transversales a todas las áreas y materias. Pero no se ve un espacio propicio para la ardua tarea de cultivo de los valores específicos que se vinculan con cada área de la educación y aún con cada uno de los espacios curriculares.

Por medio de esta ponencia, queremos hacer algún aporte acerca de unos pocos de esos valores específicos que se relacionan con el área de las materias humanísticas y de la historia en particular. No creemos agotar -ni mucho menos- el listado de valores posibles de trabajar desde la historia, simplemente proponemos un criterio pedagógico que visualiza algunos de estos como claves para contribuir a que nuestros alumnos puedan encontrar, desde los valores universales, el sentido de la vida.
El creador de la logoterapia Viktor Frankl escribía hace algunos años en “El hombre doliente” que “la gran enfermedad de nuestro tiempo es la carencia de objetivos, el aburrimiento, la falta de sentido y de propósito. Al médico se le plantean hoy algunas cuestiones que no son de naturaleza médica, sino filosófica, y para la que apenas está preparado. Los pacientes acuden al psiquiatra porque dudan del sentido de su vida o desesperan de poder encontrarlo. El sentido no se otorga, sino que se encuentra”. Y resaltaba el autor la importancia del papel de la educación en colaborar con el hombre que busca su sentido. 
Es que, observa Frankl, “vivimos en una época en la que predomina la sensación de una falta general de sentido. En nuestra época la educación no debe limitarse a impartir el saber, sino que ha de favorecer la depuración de la conciencia moral”. Y agrega que la educación debe ser hoy más que nunca una educación para la responsabilidad. Ser responsable significa ser capaz de elegir. Inmersos en una sociedad de consumo, recibimos diariamente una avalancha de estímulos. Si no queremos anegarnos en el oleaje de todos esos estímulos debemos aprender a distinguir lo que es esencial de lo que no lo es, lo que tiene sentido de lo que no lo tiene, lo que reclama nuestra responsabilidad de lo que no vale la pena . 

Visión utilitaria de la educación

“Hace 2300 años un joven estudiante de geometría preguntó a Euclides: “¿Qué es lo que ganare aprendiendo estas cosas?”. El maestro llamó a su esclavo y le dijo: “dales unas monedas, pues parece que éste debe ganar algo con lo que aprende”.
¡Aquel alumno de Euclides es el que está sentado en los bancos de la escuela actual! Pocos buscan aprender para tener la experiencia irrepetible y esencialmente humana de entender, de intuir la inteligibilidad del mundo. La preocupación central de nuestra sociedad es que los que aprenden los jóvenes les “sirva”. Y pronto. Pero lo que “sirve” está cada vez más relacionado con la vida profesional, con el beneficio económico. Por eso, es casi inexistente el interés por aprender lo que nuestra sociedad mediocre, despojada de toda inspiración, desprecia por “inútil”, cuando no lo considera directamente anormal. Después de todo, ¿para qué servirán a nuestros jóvenes Platón, Cervantes, Shakespearre, Beethoven o Rembrandt?” .

Justamente uno de los rasgos de la Modernidad es la dictadura de la utilidad, entendida ésta además en el sentido de lo útil o beneficioso para lo material, con exclusión de toda consideración del espíritu. Se diría que la utilidad es la única fuente y medida del valor, cuando es sólo un tipo y de los menos elevados. Ante esta apoteosis usurpadora e igualitaria de la utilidad materialista, sólo cabe esgrimir la defensa legítima de lo inútil.

Comenta Jaim Etcheverry, que en la sociedad actual existe el convencimiento de que la principal función de la educación es preparar a los jóvenes para el trabajo. De esta idea aparentemente inofensiva y revestida de prestigio por el pragmatismo utilitarista contemporáneo, se desprende el inmediato descrédito de todo aquello que se considera irrelevante para el trabajo. ¿Para qué sirve? preguntan tanto los alumnos como los padres, “esa pregunta refleja el preocupante hecho de que, crecientemente se concibe la vida humana como circunscripta a la experiencia cotidiana del aquí y el ahora, a la limitada esfera de la producción” .

Se ha perdido el sentido original de la palabra escuela y si queremos que dé resultados a largo plazo, es necesario volver a una “escuela” entendida en sentido originario especial de la palabra sxolh (scholee=ocio), que significa en medio de la sociedad humana, que tiene que existir un espacio preservado en el que se acallen las exigencias de las necesidades y de la existencia, un espacio que esté resguardado frente a los fines y sujeciones de lo práctico y a cuyo abrigo puedan tener lugar al enseñanza y el aprendizaje sin ser molestados, como un preocuparse en general de nada más que de la verdad. “La escuela ya no es el lugar del ocio contemplativo, como indica su nombre y como lo entendieron los antiguos, ya no es el modo de religar la inteligencia con la Verdad y la Sabiduría, sino la institución del learning by doing, abocada con obsesión a asegurar “salidas laborales”, la preeminencia de todas las formas utilitarias del hacer, la habilidad, el éxito y la eficacia” . 

Los valores y la historia

La historia, como materia de enseñanza, está dentro de la sociedad en crisis y de la escuela en crisis, no está ajena a este problema. Más aún, consecuentemente con ese enfoque utilitarista de la educación, la historia parece querer justificar su existencia como asignatura escolar, colocándose a disposición del presente, de los cambios permanentes y del progreso dinámico, al servicio de lo que llaman “inserción útil en la sociedad”. Su enseñanza tendrá que ser aprovechable, más no al modo ciceroniano, cuya concepción magistral se desecha por extemporánea, sino al estilo pragmático moderno. Una enseñanza que habilite para la acción exitosa y para el cambio permanente, para forjar el self made man, ese sujeto de derechos y de libertades omnímodas, sin vínculos heterónomos ni lazos absolutos, la nueva personalidad de una civilización desarraigada y ensoberbecida” .

Las humanidades son inútiles en cierto aspecto, puesto que “no dan dinero”. Lamentablemente muchos padres y alumnos imbuídos de esta mentalidad, menosprecian la formación humanista. Son inútiles, en el sentido en que no tienen una finalidad práctica relacionada con el éxito económico. Pero su valor es mucho mayor dado que contribuyen a la formación cultural, al desarrollo de las capacidades específicamente humanas, a la reflexión sobre los valores superiores y, por ende, al perfeccionamiento anímico. Contribuyen a formar el universo conceptual que nos permite integrarnos, comunicarnos, entendernos. 

Creemos que hay tres valores claves que pueden ser trabajados desde la historia. Estos son: el respeto por el lenguaje, el desarrollo de la imaginación, la contemplación del arquetipo. Cada uno de ellos tienen, a su vez, diversos valores específicos que de ellos se desprenden. Como la precisión y el orden vinculados al primero. La creatividad y la empatía en relación al segundo. La nobleza, la fuerza de voluntad, la perseverancia con respecto a la contemplación del arquetipo. Estos son sólo algunos de una lista que podría extenderse largamente.

Primer valor: El respeto por el lenguaje

Si algo necesita imperiosamente nuestro mundo postmoderno es reconstruir el lenguaje y el mundo conceptual que lo sustenta para que podamos recuperar el diálogo.

A menudo no nos entendemos, aun exponiendo ideas muy simples. Oscar Wilde decía que a ingleses y norteamericanos una misma lengua los separaba. Hablamos en el mismo idioma de cosas sencillas, y sin embargo, a veces, no nos entendemos. Un ejemplo histórico de esta realidad es el episodio contado por John Locke en su "Ensayo sobre el entendimiento humano". Narra el pensador que en cierta ocasión, una reunión de médicos ingleses muy eruditos se discutió durante largo tiempo en torno al tema de si en el sistema nervioso fluye algún "liquor". Las opiniones divergían, se pusieron los argumentos más diversos y parecía imposible poder llegar a un consenso. Entonces, Locke pidió la palabra y preguntó si todos sabían con exactitud lo que entendían por la palabra "liquor". La primera impresión de los académicos fue de sorpresa: ninguno de los asistentes creía no saber en detalle lo que se estaba debatiendo y tomaron la pregunta de Locke casi por frívola. Pero al fin se aceptó la propuesta. Se entretuvieron, entonces, en fijar la definición del término, y pronto cayeron en la cuenta de que el debate había pasado a versar sobre el significado de la palabra. Unos entendían por "liquor" un líquido real (como agua o sangre) y por esto negaban que en los nervios fluyera algo así. Otros interpretaban la palabra en el sentido de fluido (de una energía, cosa parecida a la electricidad) y en consecuencia estaban convencidos de que por los nervios fluye un "liquor". Se explicaron las dos definiciones, convinieron en elegir la segunda y en breve tiempo finalizó el debate con un acuerdo unánime.
Justamente, las humanidades, y entre ellas la historia junto a la filosofía, las letras, las lenguas clásicas, evitan el mal del “pistacismo” o hablar como loros sin entender nada de lo que se dice. Estas disciplinas otorgan hábitos, que buscan la semántica de la palabra y su etimología .

Tal vez sea importante señalar aquí que no debe reducirse el lenguaje a simple convencionalismo y herramienta para la comunicación y como mero "producto de la interacción social y del devenir histórico". El lenguaje, los conceptos expresan el ser de las cosas y lo que tienen de esencial. Los significados no son productos arbitrarios del hombre. “No es él quien los fabrica sino quien los descubre y contempla, y quien puede transmitirlos y comunicarlos” . Porque la palabra es esclava de la esencia de las cosas como el hombre lo es de la palabra esencial. Si se rebaja la palabra a una simple moneda de uso pasa lo que ocurre hoy: no es posible con-versar. No es posible conversar porque esto es versar juntos sobre algo, y para versar juntos es preciso tener un universo conceptual común que nos permita comprendernos. Versar juntos sobre un mismo tema, asunto o argumento. La conversación -el diálogo- es de dos, o más. Pero juntos y sobre una misma cosa. Si hay dos o más hablando de cosas distintas ya no estamos en una conversación ni en un diálogo, sino en un ruido que incomunica, como una banda de cotorras. Para dialogar hay que tener un logos, un pensamiento común. Cuando el lenguaje es rebajado, entonces sucede lo que describe Elliot: "las palabras se agrietan y se rompen, resbalan, se deslizan, perecen, se deterioran de imprecisión".

Apremia un rescate de la palabra. Teniendo siempre presente que "los significados no son producidos o creados por el sujeto sino descubiertos y aplicados. Y ninguna significación ni lingüística alguna pueden darse sin referencia al ser. Porque cada vez que predicamos o definimos algo estamos diciendo que es" .

A la historia se le pide hoy que, de manera principal, contribuya a la comprensión y aprehensión de conceptos. Esto implica poder reconstruir esa base de entendimiento que nuestra sociedad postmoderna ha perdido. 

Segundo valor: El desarrollo de la imaginación

Lamentablemente asistimos hoy a una profunda desvalorización de las Humanidades. Desvalorización que tiene múltiples y muy diversas causas. Entre otras, la visión utilitarista de la vida y la educación, el pragmatismo contemporáneo, el materialismo ideológico, pero no es ajena tampoco al origen de esta situación el desconocimiento que los propios profesores de disciplinas humanísticas solemos tener del sentido profundo de nuestra actividad docente. A esto se suma que los planes educativos en los diversos niveles de la enseñanza no valoran suficientemente la educación de las facultades imaginativas. Es en este sentido que son varias las voces críticas que advierten que las programaciones se han diseñado en estos nuevos planes, debido a la excesiva prioridad que han dado a las disciplinas experimentales e instrumentales frente a las de formación humanística, están propiciando una exclusiva activación del conocimiento sensible, que es de por sí reductivamente empírico, en detrimento de las potencialidades imaginativas, y subsiguientemente de la inteligencia racional. 

La historia junto a las restantes disciplinas humanísticas si son capaces de crear hábitos de lectura, de disminuir el tiempo que los niños y jóvenes pasan frente al T.V., y de promover el goce por el pensamiento y la creación; contribuyen de modo importantísimo al desarrollo de las capacidades cognitivas, a la a la inserción social, el compromiso y la imaginación. Y no es poca la relevancia de esto último.

En la obra publicada en 1980, de J.J. Servan-Schreiber, “El Desafío Mundial”, en uno de sus capítulos comenta el fenómeno de la explosión económica del Japón en la década de los 60, señalando que una de las causas que contribuyeron a este desarrollo tan considerable en un país escaso de materias primas, se debió en gran parte, a que diversos dirigentes de las grandes empresas japonesas procedían de una generación que había convivido con sus abuelos durante la infancia. El autor aprovecha esta eventualidad para decirnos que: “todos estos abuelos tenían la afición de contarles historias, lo cual es un factor insustituible de estímulo de la imaginación y la creatividad de los jóvenes”.

Esta alusión de Servan-Schreiber, pone de relieve la importancia y la influencia que tiene la imaginación en nuestras vidas y sus efectos en la conducta, circunstancia que nos lleva a mirar con simpatía a estos abuelos japoneses, o los de cualquier otro lugar del planeta, que han poseído la vieja sabiduría de narrar historias y cuentos a sus nietos, contribuyendo a estimular de forma positiva su imaginación. Pero también puede constituir un estímulo para el desarrollo de nuestra imaginación, toda una serie de situaciones existenciales que acompañan el curso de nuestra vida: el tipo de educación recibida, la amplitud de nuestras amistades, la calidad de las relaciones sociales, la cordial asunción de los recuerdos de infancia, la intercomunicación de nuestros saberes, los nuevos lugares conocidos, la estima por los simbolismos y las metáforas, la apertura y admiración por las cosas del entorno, la sensibilidad por el arte, las lecturas de los grandes escritores y novelistas, etc. 

Asimismo se ha señalado la importancia individual y social de educar adecuadamente la imaginación: “Un hombre aislado, un Robinson, se encontraría con una imaginación “atrofiada”, y no podría lograr el desarrollo de una imaginación educada. Sin una tradición, sin una acumulación de noticias que pueden, a su vez, ser integradas como especies retentas por los sujetos de un grupo social, la imaginación se reduce prácticamente a cero. Es clara la importancia de este asunto para los educadores y psicólogos”.

Es innecesario abundar entonces en la importancia que puede tener la historia en el desarrollo de esta capacidad si consideramos que la empatía, la recreación del pasado, la evocación de sucesos, personas y formas de vida históricas precisan del auxilio de la imaginación para poder reconstruirse.

No se trata evidentemente, de negar la importancia de las disciplinas experimentales, sino que lo que se considera erróneo, es que se haga a costa de restringir y desvalorizar el amplio campo del conocimiento humanístico, lo que conlleva un desencaje formativo que perjudica y desvirtúa la integralidad del conocimiento, confiriéndole una visión parcial y mutilada de la realidad humana. Una desarmonía cultural que parece que se va consolidando a consecuencia de las abundantes disciplinas de mediocre calidad con objetivos puramente instrumentales que se ofertan en amplios sectores de la enseñanza.

La historia entonces, siempre que no se deseche la recostrucción del pasado con los detalles de la vida de la gente, de las acciones de los hombres, del devenir de las naciones, puede contribuir al desarrollo de la imaginación con todas las consecuencias que hemos comentado.

Tercer valor: La contemplación del arquetipo

En relación estrecha con el punto anterior, surge este otro que tiene que ver con la contemplación de las figuras paradigmáticas. 
Existe y creemos que es fácil de constatar una necesidad humana de modelos o arquetipos que ayudan al hombre a superar lo cotidiano, a elevarse. Creemos también que es posible observar cómo la ruptura con todo paradigma no hace al hombre más libre sino que lo lleva a perderse en el océano de sus pasiones, de sus instintos. Esto hace que el hombre de hoy se vea desorientado, perdido, sin brújula mientras que la vida se le escapa velozmente –cada día más veloz– sin que pueda aprovecharla porque carece de sentido y propósito, de ideales y objetivos, como decíamos con Frankl al principio. 

La búsqueda de modelos es algo natural en el alma del hombre. De allí que el niño necesite para ir formando su personalidad del ejemplo de sus padres, de quienes cree –durante la primera infancia– que no tienen defectos. Cuando crece, busca nuevos modelos. Si no los encuentra se va forjando ídolos. Esta, creemos, que es una de las causas del éxito de las revistas sobre vidas de famosos, o los programas de TV sobre los entretelones de la cotidianidad de los personajes de la farándula. ¿Por qué nos interesa saber dónde, cómo o quién vive un cantante, si lo propio de admirar a un artista de ese tipo sería simplemente escucharlo? Se esconde detrás del placer morboso de meterse en la vida privada de los famosos, y el de considerarlos como algo más de lo que son. Estos son falsos modelos y por ello no llenan las apetencias humanas. Esa inclinación natural hacia los modelos, cuando no es satisfecha con verdaderos paradigmas lo hace con ídolos a los cuales el hombre se somete. Por ejemplo, podemos constatar en la realidad hasta qué punto las figuras de gran fama y exposición mediática influyen en los gustos, modas, pensamientos, conducta, vocabulario y hasta enfermedades (bulimia, anorexia, drogadependencia) del público joven cuando los venera como ídolos. Los hombres, los jóvenes, los niños siempre necesitamos de modelos que nos insten a ser mejores, a creer en ideales sublimes. Una de las causas de la crisis en que vivimos es la falta de modelos, de ejemplos, de ideales sustituidos por falsos ídolos que no pueden elevarnos, que no pueden mostrarnos camino hacia ideales altos porque sencillamente no los tienen. Por el contrario, los verdaderos arquetipos ayudan a trascender el mundo de lo sensible y elevarse hacia lo superior. Es aquí donde la historia puede cumplir un papel muy importante en este sentido, religando al hombre con los héroes, presentando, sobre todo a los jóvenes que lo están reclamando, modelos donde poder mirarse para encontrar el sentido de la vida. 

Cabe preguntarse acerca del significado de la palabra arquetipo. Si partimos del análisis etimológico de la palabra, diremos que proviene de dos vocablos griegos arje (arjé) que significa principio, origen y typos (typos) que quiere decir marca o golpe. Por lo tanto se entiende como un principio normativo, golpe o marca original. Así el arquetipo es un modelo original que impacta al hombre y lo atrae por su ejemplaridad. El filósofo griego Platón y su mundo de las ideas implicaba esta noción de ejemplaridad. Para el filósofo las ideas “son lo que es”, “lo que funda”, el modelo, arquetipo o paradigma sobre el cual las cosas están construídas y hacia el cual las cosas aspiran. De este modo las cosas en un estado menos perfecto tienden hacia el deber ser, atraídas por amor al modelo ideal, que en el discurrir platónico es absolutamente real. El amor caracteriza el modo de ser de las cosas del mundo religadas entre sí por su aspiración a lo perfecto . Cuenta Platón en la Alegoría de la Caverna, en la República, la historia de unos prisioneros que jamás han visto la luz. La extraña historia que relata es comparada con el estado en que se encuentra la naturaleza del hombre sin la educación. Estos prisioneros no conocen la realidad sino a través de las sombras que ven reflejadas en la pared de la caverna: “Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual supónte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas (...) a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias” . Luego relata lo que sentirían los prisioneros al ser liberados, la dificultad que implicaría la subida y el dolor que les causaría la luz. Creemos que pueden compararse estas imágenes, estos objetos que veían los prisioneros sólo en sombras en la oscuridad de la caverna y que progresivamente podrán ir contemplando primero reflejados en las aguas y luego de frente y a la luz del día, con la observación del paradigma. El arquetipo posee una fuerza que ayuda a elevarse del mundo de lo sensible al mundo de lo intangible, a la contemplación del Bien y la Verdad, a proceder sabiamente renunciando al mundo oscuro, a la prisión de la pura sensibilidad y elevarse al deber ser, a la región de las formas ideales. Por ello es tan importante el papel que desempeñan los arquetipos en el desarrollo armónico y unitario de la personalidad.

¿Y cuáles son las características que debe reunir un modelo para ser paradigmático? 
Los héroes no son hombres comunes. Son personas cabales, con gran fuerza de voluntad, perseverancia en el cumplimiento de sus objetivos, severos con ellos mismos, más que con los demás, hombres dotados de gran realismo y clarividencia para juzgar los hechos y los hombres. Por eso Platón distinguía entre “los que no tienen en el alma ningún ideal claro” y aquellos “cuya tendencia a la virtud es como una semejanza con los dioses”. Son hombres que llevan “en su alma un modelo claro y puro” y así se convierten ellos mismos en modelo para los demás hombres. José Martí, el gran poeta cubano, decía que “hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro, y cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres... Estos son los que se rebelan con fuerza terrible –continúa el poeta– contra los que les roban a los pueblos la libertad, que es robarle a los hombres el decoro”. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos grandes hombres, héroes, para Martí, son en América: Bolívar, San Martín e Hidalgo. “Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan cuando su pueblo se cansa... Esos son héroes: los que pelean para hacer a los pueblos libres o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad”.

Por eso hay que recuperar para la enseñanza la lección de valores que nos dejan los modelos, los arquetipos, los héroes. Porque los héroes no son hombres comunes. Son hombres que nos instan a elevar nuestra mirada, a descubrir los ideales por los cuales ofrendaron sus vidas. De allí el influjo que la contemplación del modelo ejemplar tiene de este modo en la conformación de una personalidad sólida e integrada. Así este rol que les cabe a los arquetipos en la integración de la personalidad puede compararse con el que desempeñan en la vida de las naciones cumpliendo una misión integradora de la sociedad, dándole cohesión y grandeza. 

El arquetipo tiene el influjo sobre quien lo observa de presentarle de manera evidente el “deber ser” de las cosas. No porque sean hombres sin errores o padecimientos, sino porque son hombres capaces de sobreponerse a esas debilidades en procura de ideales nobles. 

Observése qué diferencia, desde la óptica de los valores que venimos desarrollando, estas dos propuestas bibliográficas diferentes:

1- Un libro de reciente aparición para escuelas de nivel medio, Argentinos de Jorge Lanata, siguiendo al autor Julio Mafud plantea como caracteres de la personalidad básica argentina, o sea como normativa arquetípica de la personalidad nacional, entre otros:
el desarraigo social, la viveza criolla, la insatisfacción afectiva, la sentimentalidad, el miedo
al ridículo, el desprecio a la ley, el no te metás, la soledad, la tristeza . No negamos que algunas o varias de estas características puedan observarse entre los argentinos, pero creemos que considerar que estos son los caracteres básicos de nuestra nacionalidad implica establecer una normativa que no tiene nada de ejemplar, de noble, de ideal. ¿Para qué ser argentinos, entonces; o dicho de otro modo para qué “defender” o sostener una argentinidad que tiene tan poco de noble?

2- En otro libro reciente, escrito también a modo de ensayo como el anteriormente citado por Enrique Díaz Araujo, el autor enumera, basado en el poeta bahiense Eduardo Mallea, las características del argentino: la hombría, el sentido caballeresco del honor, la generosidad, el desprendimiento, la libertad creadora, la exaltación severa de la vida . Esta enumeración a diferencia de la anterior, eleva, despierta ideales, remite a valores permanentes que vale la pena sostener, mantener, hacer perdurar o recuperar cuando se encuentran perdidos. Desde esta perspectiva es digno ser argentinos. 

Con estos ejemplos queremos demostrar cómo el arquetipo, como normalidad ejemplar, ordena el resto de la reflexión histórica. Lo mismo podría decirse de la contemplación de figuras históricas específicas. No se trata de negar el protagonismo de los pueblos en el devenir histórico, pero tampoco pueden dejarse las grandes figuras que los han movido y conducido en la cuneta de la historia. 

Un arquetipo argentino

Finalmente, antes de concluir permítasenos traer un ejemplo concreto de la historia nacional. Como venimos diciendo en momentos de dificultad y de crisis, se hace necesario, como nunca, restaurar valores, recobrar modelos, restaurar las figuras arquetípicas que pueden demostrarnos que aún hoy es posible vivir por un ideal. Figuras arquetípicas como la de San Martín capaces de comprometer su vida, su fama, su honor tras la búsqueda de un ideal. En un momento de caos y crisis, José de San Martín aparece como el hombre de autoridad que la circunstancia reclamaba. Quiso salvar la hispanidad luchando contra una España en decadencia. Quiso concretar la independencia cuando muchos buscaban cobijarse bajo el ala del imperialismo británico.

San Martín no es un mito, pero sí es un héroe y un héroe no es un hombre común. Y necesitamos de modelos que nos insten a ser mejores, a creer en ideales sublimes. San Martín es un héroe y un héroe es un modelo, un ejemplo que podemos imitar. ¿En qué? En su perseverancia, su tenacidad, su búsqueda clara del Bien Común y de la unidad americana. 
San Martín es un héroe cabal. Voluntad como pocas la suya, contra viento y marea realiza su idea a pesar de las calumnias, las ofensas, la falta de apoyo de muchos. Persevera, seguro del camino trazado; severo consigo mismo y con sus subordinados. Sus dolencias físicas hacen que en muchas ocasiones pareciera que su cuerpo se niega a acompañarle, pero su voluntad es más fuerte, y se sobrepone a la enfermedad haciendo más notable su grandeza de carácter. Su realismo asombra, su clarividencia para juzgar los hechos y los hombres, también. Y si de rechazar la vanidad y ambición se trata, pocos hombres pueden demostrar tan límpidamente el desprendimiento y la renuncia. Esto fue comprendido por sus contemporáneos y por ello los nobles de corazón lo siguieron, y los miserables lo envidiaron.

San Martín es un héroe y es el Padre de la Patria porque ganó para nosotros la Independencia americana. Pero las grandes obras no son obras de un solo hombre. A San Martín lo secundó todo un pueblo que creyó en él y en sus ideales y no dudó en ponerse a su servicio. 7000 hombres, cuyanos como nosotros, siguieron a José de San Martín en su gesta libertadora, 7000 hombres ofrecieron sus vidas por una causa grande que se llama: Patria. Todo un pueblo acompañó además con sus bienes, con su esfuerzo, con su trabajo, la formación de ese ejército. Mujeres, niños y hombres lo dieron todo para levantar esta Nación. 7000 hombres, cuyanos de pura cepa, pusieron su pecho a las balas y Dios premió su esfuerzo convirtiéndolos en héroes que murieron para que la Patria viviera. Porque de aquellos 7000 cuyanos sólo 7 formaron en la Plaza de Mayo cuando la Guerra de Independencia llegó a su fin. 

Enseñar a los niños y jóvenes la historia en esta perspectiva puede contribuir a desarrollar la idea clara de lo que es la Patria y el valor del patriotismo. Porque esta lección nos enseña que es posible jugarse entero por un ideal, que es posible sobreponerse a la adversidad cuando se tiene claro el objetivo, que es posible luchar con denuedo aún en inferioridad de fuerzas cuando la defensa de un valor lo requiere. Y también nos enseña que una Nación no se hace con el esfuerzo de unos pocos, que una Patria se construye día a día con el sudor, el estudio, el trabajo de todos, donde todos son parte de un esfuerzo, de una empresa común.

Conclusión

Para concluir queremos hacer una sinopsis conceptual de los diversos aspectos que el tema de los valores y la enseñanza de la historia nos han sugerido, en diez tópicos: 

1- Los valores en la educación deben tener su sitial de privilegio, que no puede limitarse a meras enunciaciones formales de unas nociones utópicas y abstractas que no se traduzcan en comportamientos reales. Una de las formas de recuperar estos valores es atender a los específicos que desde cada área y aún desde cada espacio curricular es posible trabajar y desarrollar de manera concreta.

2- En la educación actual y dentro del área de las humanidades en particular, dificulta la concreción de esta idea la visión utilitaria de la educación que nuestra sociedad tiene. Si lo único que vale es lo que tiene utilidad práctica y reporta beneficio económico, difícil será encontrar sentido a las humanidades que no reportan esta utilidad material. No creemos que la solución sea que las disciplinas ligadas a lo humanístico hagan una suerte de psicoanálisis para encontrar y poder justificar ante la sociedad una eficacia pragmática y un beneficio utilitario.

3- En este sentido cabe sostener la defensa de lo “inútil”. En el sentido de lo que no tiene ese fin pragmático y que sin embargo reporta múltiples beneficios en el plano de lo intelectual y lo ético.

4- La historia inmersa en esta crisis, en una escuela que tiene por fin el “lerning by doing”, pretende justificarse si logra estar al servicio del “self made man”. Ni lo uno, ni lo otro. Creemos que la escuela debe recobrar el sentido clásico de espacio reservado a la contemplación de la Verdad, y la historia contribuir al perfeccionamiento anímico mediante tres valores claves: el respeto por el lenguaje, el desarrollo de la imaginación, la contemplación del arquetipo. Cada uno de estos abren un amplio abanico de virtudes que de ellos se desprenden: precisión, orden, creatividad, empatía, nobleza, fuerza de voluntad, perseverancia y un largo etcétera. 

5- Con relación al respeto por el lenguaje, la historia como la filosofía, las letras, las lenguas clásicas, permiten el descubrimiento de los conceptos, que trasuntan esencias, y que permiten, cuando son precisos, exactos, adecuados, que podamos comunicarnos y entendernos al tener un logos compartido que nos devuelva la capacidad de dialogar.
6- Con respecto al desarrollo de la imaginación, la historia nos exige recrear mentalmente hechos y personas, obligándonos a situarnos en su época para no ser extemporáneos, y este ejercicio de la imaginación desarrolla en nosotros potencialidades creativas que abren nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad.

7- La contemplación de las figuras señeras, arquetípicas, ejemplares instan al alma humana a elevarse, nos obligan a tratar de escudriñar en los valores e ideales que movieron a los héroes y que motivaron a los pueblos. Cuando la historia renuncia a presentar estos modelos, la humana necesidad de paradigmas es llenada con falsos modelos o ídolos que no elevan porque no transmiten valores y por ello dejan un vacío en el alma.

8- El arquetipo con su influjo ejemplar de valores encarnados, virtudes vividas y debilidades superadas ayudan al desarrollo de una personalidad unida y a la adquisición de valores apreciados en las circunstancias concretas de la vida del paradigma, de virtudes que se han visto ejercidas de manera real en situaciones específicas y la superación de debilidades como en el ejemplo palpable del modelo contemplado. Tiene la fuerza que desde antiguo se otorga al ejemplo por sobre la palabra. Mientras las últimas convencen, los primeros arrastran.

9- El arquetipo no sólo es la encarnadura de un héroe, puede ser también la normatividad ejemplar de un pueblo. Así es esencialmente distinto plantear como caracteres básicos de una nación un cúmulo de defectos y debilidades que sólo pueden provocar la desidia y el desinterés por la comunidad a la que se pertenece, a plantearse como características básicas las mejores condiciones que dieron vida a la patria. Porque lo primero genera mera insatisfacción y rechazo, en tanto lo segundo reclama el compromiso con esos valores para mantenerlos, transmitirlos, acrecentarlos y/o recobrarlos.
10- La educación debe ser hoy más que nunca una educación en los valores. Y educar en los valores implica en primerísimo lugar enfrentar esta tarea con responsabilidad. Ser responsable significa ser capaz de elegir, esto es: distinguir lo que es esencial de lo que no lo es, lo que tiene sentido de lo que no lo tiene, lo que reclama nuestra responsabilidad de lo que no vale la pena. 

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1FRANKL, Viktor. El hombre doliente. Barcelona, Herder, 1987. págs. 18-20
2JAIM ETCHEVERRY , Guillermo. La tragedia educativa. Buenos Aires, 1999. pág. 86.
3Ibidem, pág. 88.
4CAPONNETTO, Antonio. Los Arquetipos y la historia. Buenos Aires, Scholastica, 1991, pág. 20.
5Ibidem pág. 20.
6conferencia del Lic. Gustavo Domenech.
7CAPONNETTO, Antonio. Lenguaje y comunicación. Buenos Aires, Scholastica, 1993. pág. 205.
8Ibidem.
9FERRATER MORA, José. Diccionario de filosofía. pág. 734.
10PLATÓN. República, VII, 514a-515a, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1969.
11LANATA, Jorge. Argentinos. Buenos Aires, Ediciones B, 2003. t. I, pág. 21-22.
12DÍAZ ARAUJO, Enrique. Aquello que se llamó la Argentina. Mendoza, El testigo, 2002. pág. 17.

Prof. Andrea Greco de Álvarez

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