Franco Tripelli
Santa Fé
ARGENTINA

 

Bodega de mujeres.

Respecto a la malta y espuma
existen las que en excesos
disponen la bruma en los ojos:
Mujeres cerveza.
Al paso acalorado, quién no ha tomado
a la rubia de cuello largo con frescura por dentro,
deleitando el encuentro entre bocas.
Eso sí, si piensas en posteridad,
ellas prefieren la amistad.
También está la opuesta,
la morocha suave dispuesta
al acompañamiento de postres
y beberla de sobremesa.
Piel caramelizada con sabor a chocolate
y almendras tostadas…
Y prohibido olvidarse de las coloradas,
aunque tristemente son menos frecuentes.

Mujeres tequila
que cuantiosas o no, las he tomado
sin pensarlo y de un golpe.
Mujeres ambiguas de profesión más antigua
quienes provocan mi ambición
de pasarlas con sal y limón.
Sin marcar trascendencia,
hacen la experiencia.

Mujeres licor
de elaboración ligera
y repletas de alcohol,
elixires que a la par son fácilmente empalagosas.

Mujeres vitivinícolas,
algunas identificadas como espirituosas.
Unas complejas y otras lujosas,
de características dispares donde
hay diversos varietales a conocer.
Según paladares exquisitos,
en Argentina están los cuerpos más ricos.

Mujeres coñac,
con la propia fragancia,
perfumadas hasta la médula,
importada de Francia.
Cuerpo sabroso gracias al grandioso
poder de la maduración.
Mujeres champagne,
cuasi rubias de vestiduras elegantes.
Arduo labor para la adquisición,
sin importar el método…
son damas continuas vueltas.
Sólo hombres de valor logran quitarle el sobrero
y gozan los privilegios de ropa su interior.
Un cuerpo repleto de esferas,
como burbujas constantes.
Mantienen el amor distante,
ya que no buscan sentimentalismo,
son arqueólogas del placer…
ellas ya tienen un hombre a obedecer.

Mujeres whisky,
amante infernal con pasión de aguardiente
tras el paso por los dientes.
Dos corazones de hielo en una cama de cristal,
con la antigüedad en el rito de gritos lujuriosos,
con doce años de añejamiento desde su primer momento,
sí es más: mejor, no importa…
en su impronta siempre hay una nueva pose.

Mujeres absenta,
las cuales al hombre tientan
y caracterizadas por su consumo
los empujan a la demencia.

Sin embargo, en ésta bodega de mujeres
no pude encontrar una que me embriague
con el sabor que tu tienes.


Regalos desenvueltos y devueltos.

Te di mis ojos
y me los devolviste con lágrimas.
Te regale mi pecho
y me lo devolviste hecho polvo.
Te obsequié mis días
y me devolviste la oscuridad de tus noches.
Te ofrecí mis sueños
y me devolviste tus insomnios.
Te doné mi amor
y me devolviste tu adiós.

Y aunque hasta el amor propio se fue contigo
no mereces ni una lágrima de mis ojos,
las únicas perlas capaces de sangrar transpiración,
traducen a mi imagen el lenguaje del dolor.
No mereces ni la peor pena de mi pecho
que junto a la melancolía
te responsabiliza a lanzarme de algún techo,
no mereces ni el nudo en mi garganta
más grande de la historia,
ni mucho menos te mereces
el recuerdo en mi memoria.

La ausencia de ti
compuso unas letras para mí
un grillo por las noches canta
el himno de la soledad.
Sin embargo, te regale el olvido
y me devolviste tu recuerdo.

Ya he perdido la conciencia,
mi cabeza y mi cuello forman la silueta
de un gran interrogante acariciando la demencia,
ahora sólo pienso que
la locura es la sabiduría del inconciente,
creyendo así subsano tus acciones
hacia mí tan hirientes.

Adiós, hasta luego,
un beso y hasta siempre.

 

 



De la noche a la madrugada.

Esta noche los sentimientos se mecen
en las cuerdas vocales de mi voz
al tenerte coqueteando en mi habitación.

Dos miradas, un silencio.
Dos bocas, un besuqueo.
Dos corazones, un sentimiento.
Dos lenguas, un idioma.
Dos cuerpos, una cama.
Dos palabras, un te amo.
Dos personas, un amor.

Un mástil ceroso flamea la bandera del fuego,
sus cumbres se deprimen como lágrimas ardientes
dejando en la mesa de luz de algarrobo
un lago de cera caliente.
Alguna huella tatuada en la madera
me recordará este romántico momento que
el desamparo no me robó.

Cae deslizándose lentamente como una caricia
tu negro vestido, mostrándote desnuda.
A besos asesinamos mi estado civil
dejando viuda a la soledad.
Viaja el carmín de tus labios
hollando besos rojos de la boca hasta mi cuello.
Mis manos vagan por tu cuerpo con un destino incierto,
perdidas en el laberinto de tu piel,
mis dedos como guías recorren
las curvaturas desnudas de tu ser
y tu garganta canta la a cappela de la lujuria.

Cuatro paredes de hormigón son testigos
de la pasión que tu cuerpo ha rugido…
me proclama el bienhechor de tu amor.

Los segundos mudan a minutos,
los minutos a horas y las horas…
de la noche a la madrugada.