Santiago Hernán Vázquez
Mendoza
ARGENTINA



Fuerzas populares en los años 70

Resumen

Una suerte de criterio maniqueísta campea hoy en la historia oficial argentina a la hora de abordar los hechos acaecidos hacia la década del 70. Dicho criterio se manifiesta en categorías historiográficas dicotómicas a priori que, lejos de permitir un acceso veraz a los complejísimos y policromáticos hechos del pasado reciente, dificultan su comprensión, configurando una especie de historia mítica donde, en textuales palabras de un representante de la mentada historia oficial, el mal absoluto se enfrenta al idealismo romántico buscando aniquilarlo sin otro motivo que no sea su intrínseca malicia. El presente trabajo confronta con hechos y testimonios históricos objetivos, una de las dicotomías bajo las cuales se expresa el maniqueísmo histórico oficial y que es la que presenta el conflicto bélico de aquellos años como un enfrentamiento entre las fuerzas armadas del Estado y las fuerzas populares del pueblo argentino, supuesta víctima, en este férreo esquema, de un Terrorismo estatal llevado adelante por aquéllas que habría diezmado a toda una generación. Se incorpora, por último, un breve apéndice en el que, a la luz del desmonte de esta categoría dicotómica, se considera y pone a prueba lo que se suele afirmar acerca del papel de la Iglesia Católica en aquellos años y su supuesta división entre “Iglesia del pueblo/Iglesia cómplice”


FUERZAS POPULARES EN LOS AÑOS 70

Una de las formas dicotómicas bajo las cuales se manifiesta esa suerte de “maniqueización” de la realidad histórica de los años 70 (expresión con la cual designamos el fruto maduro y sazonado de la estrategia psicopolítica montada por el establishment cultural de los últimos años) es la que presenta los complejísimos y policromáticos hechos del pasado reciente, como un enfrentamiento entre las fuerzas armadas y las fuerzas populares del pueblo argentino encarnadas, por cierto, en jóvenes idealistas que sólo buscaban la justicia social y la democracia. Las fuerzas armadas en este férreo esquema dicotómico, serían, por el contrario, un ente social impopular que, una vez en el gobierno, llevaría adelante una acción represiva destructora de la sociedad argentina que habría “diezmado a toda una generación de argentinos”. Este es, en efecto, uno de los artículos de fe del credo histórico oficial y uno de los argumentos a partir de los cuales se quiere hoy justificar y reinvindicar al terrorismo subversivo de los años 70.
Veamos primero, muy someramente, cómo es presentado este auténtico preambulum fidei por sus mismos cultores.
El popular intelectual de izquierda James Petras, sostiene, por ej., que “el golpe militar destruyó el tejido social de la sociedad argentina, desarticulando las fuerzas populares de la sociedad civil”, identificando luego, en llamativa extrapolación, a aquellas presuntas fuerzas populares con sus igualmente presuntas homónimas de hoy. En la misma línea interpretativa se referirá a una supuesta metamorfosis del peronismo que, en virtud del golpe, habría pasado de ser un partido populista a uno neoliberal.
Otro de los mentados cultores, el periodista Sergio Sorín, director de prensa de “Derechos human Rights Argentina” y miembro de Amnesty Internacional Argentina, sostenía hace unos años lo siguiente: “La Argentina ingresó este viernes en el 24 aniversario del brutal golpe de Estado de 1976, con el que las Fuerzas Armadas no sólo destrozaron a la República, sino que eliminaron física y socialmente a toda una generación de argentinos. La muerte, la desaparición y la tortura diezmaron a los argentinos” (Sorín, 2000). El sesgo interpretativo de Sorín se insinúa ya en las sugestivas palabras con que titula su artículo: “El dolor cumple 24 años”. Omite manifiestamente así los años de horror previos, que como dice el autor de izquierda Pablo Giussani, engendraron la dictadura militar; o como dijo en su momento la Cámara judicial que condenó a los militares en el gobierno de Alfonsín (cuyas violaciones procesales y jurídicas, por otra parte, han sido puestas de manifiesto por el abogado Nicolás Marquez, entre otros), fueron la “condición sin la cual los hechos que hoy son objeto de juzgamiento posiblemente no se hubieran producido” (Marquez, 2004)
Y si de reinvidicación del terrorismo idealista representante genuino del pueblo, se trata, nadie mejor que Hebe de Bonafini. El discurso de la presidente de la Asociación Madres de Plazo de Mayo ha ido siendo cada vez mas desembozado y belicoso, para llegar al extremo de reinvindicar en la actualidad a todas las formas de terrorismo de izquierda. Pero ya en 1988 su discurso estaba perfilado. En una conferencia que la citada diera hacia 1988, reinvindicando la mítica cifra de 30.000 desaparecidos (contraria a todos los datos oficiales), puntualiza que sus hijos simplemente se opusieron a un plan económico, razón por la cual habrían sido desaparecidos. Éstos, en este sentido, habrían luchado “por su pueblo, para su pueblo y con su pueblo” por lo que no solamente habría que recordarlos: hay que imitarlos, según Bonafini; recuperar así aquella efervescencia de los años 70 y condenar a aquellos que en 1976 dieron rienda suelta al horror, a “esta cosa tan tremenda que pasó en nuestro país” (Bonafini, 1988). El discurso adquiere claros ribetes míticos cumpliéndose aquello de Mircea Eliade: “la imitación de un modelo trans-humano, la repetición de un escenario ejemplar y la ruptura del tiempo profano por una abertura que desemboca en el Gran Tiempo, constituyen las notas esenciales del comportamiento mítico” (Rojas, 2003). Como puntualiza Guillermo Rojas “la descontextualización (en nuestro caso, la fecha 24 de marzo de 1976 considerada aisladamente como el comienzo repentino del horror) obra la ruptura del tiempo profano. Ya las cosas no existen en la realidad sino que son extraídas de ella; no se encuentra explicación humana a los hechos humanos” (Rojas, 2003). Así de un lado quedarán las víctimas inocentes y fundamentalmente buenas que luchaban por la justicia social, y del otro los represores inhumanos, el mal absoluto como lo llamó Carlos Nini. En este sentido lo dicho por el analista Fores acerca del Nunca más es claramente aplicable a la conferencia de Bonafini que analizamos: “Su lectura llevaría a pensar que todo ocurrió cuando una mañana, culminando el mes de marzo de 1976, un grupo de alucinados militares argentinos se alzaron con el poder dispuestos a terminar, por los métodos más rápidos y sangrientos posibles, con un sector de los ciudadanos del país. ¿Quiénes eran esos militares? ¿Fueron quizás adoctrinados cuando cadetes para cumplir esa terrible misión? ¿O quizá la locura se apoderó de ellos, después, por una razón todavía ignorada? Ninguno de estos interrogantes encuentra explicación en el informe (Nunca más), probablemente porque la respuesta sea mucho más compleja que la tesis que presenta” (Rojas, 2003). No hay explicación humana a un hecho humano.
Ahora bien, esta singular variante del maniqueísmo histórico, formulado en la dicotomía Fuerzas Populares vs. Fuerzas Armadas, no resiste una confrontación histórica con los hechos y testimonios que ponen un límite objetivo a las diversas construcciones de los grupos sociales. Para demostrar esta afirmación nos valdremos de testimonios elocuentes de los protagonistas, que en muchos casos tienen el valor de ser de los mismos integrantes de aquellas presuntas fuerzas populares.
Son los mismos integrantes de aquellas bandas terroristas, quienes reconocen que la causa de sus agrupaciones no era una causa popular. En la Argentina, la guerrilla no gozó de la connivencia o el respaldo popular. Vayamos de un testimonio más general a análisis más particulares.
Es más que elocuente la solicitada titulada “Los argentinos queremos decirle al mundo”, que se publica en los diarios hacia setiembre de 1983 y que cuenta con la adhesión de más de 100 instituciones del país, suficientemente representativas del pueblo argentino, el mismo pueblo cuya representación, Bonafini, Petras y Sorín, entre muchos otros, han adjudicado a las agrupaciones revolucionarias de los años 70. Algunas de estas instituciones eran: Asociación de Bancos argentinos, Asociación de Industriales metalúrgicos, Asociación de Rehabilitación del Niño lisiado, Asociación Internacional del Club de Leones (Distrito Múltiple), Bolsa de cereales de Buenos Aires, Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Cámara de Anunciantes, Cámara Argentina de Comercio, Cámara Argentina de Editores de Libros, Cámara Argentina de la Construcción, Cámara Argentina de Comercio Industria y Producción de la República, Centro argentino de Ingenieros, Consejo Empresario Argentino, Consejo Publicitario Argentino, Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer, Liga de Madres de Familia, Rotary Club de Buenos Aires, Sociedad Rural Argentina y muchas más. Dicha solicitada manifestaba, entre otras cosas: “Los argentinos estuvimos en guerra. Todos la vivimos y la sufrimos. Queremos que el mundo sepa que la decisión de entrar en la lucha la provocó e impulsó la subversión, no fue privativa de las fuerzas armadas. Tampoco fue privativa del gobierno argentino. Fue una decisión de argentinos. Todos, absolutamente todos los hombres de buena voluntad que habitan el suelo argentino, pedimos en su momento a las fuerzas armadas que entraran en guerra para ganar la paz. A costa de cualquier sacrificio. Y todos deseamos que la guerra terminase cuanto antes. Hoy, la guerra terminó, aunque no la vigilia. Y tal como cualquier otra guerra, la nuestra también tuvo su precio (...) Su enorme cuota de dolor y sacrificio. Porque en ella hubo muertos y desaparecidos. Argentinos que cumplían con su deber defendiendo nuestro derecho a la paz, y nuestro tradicional modo de ser que una minoría cuestionaba, y murieron también muchos de aquellos que, temerariamente pretendieron imponernos ideologías extremistas, y un sistema de vida totalmente ajeno a nuestro sentir nacional (...) ese fue el precio de la guerra en Argentina (...) Las instituciones que abajo firmamos, queremos refrendar de esta manera nuestro apoyo a aquella dolorosa pero imprescindible decisión (...) Aunque en idénticas circunstancias volveríamos a actuar de idéntica manera, quiera Dios que nunca más tengamos que pagar este precio para vivir en paz” (Diaz Bessone, 1988)
Si hay un testimonio, entre muchísimos, que corrobora el contenido de este documento, es el del popular escritor Ernesto Sábato quien presidió la CONADEP llevando adelante la elaboración del libro “Nunca Más”. En el año 1978, es decir, avanzado ya el proceso y producida ya la mayor cantidad de desapariciones y por otra parte tan solo cinco años antes de la creación de la CONADEP , declaró Sábato a la revista GEO lo siguiente: “La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las fuerzas armadas tomaran el poder (…) Los extremistas de izquierda habían llevado a cabo los más infames secuestros y los crímenes monstruosos más repugnantes (…) Sin duda alguna, en los últimos meses, muchas cosas han mejorado en nuestro país; las bandas terroristas han sido puestas en gran parte bajo control” (Márquez, 2004) .
Por su parte, los diarios todos del país se hacían eco de la aceptación masiva del gobierno militar por parte del pueblo argentino. A este respecto resultan significativas las reflexiones de Jacobo Timermann desde su diario “La Opinión”, el día 27 de marzo de 1976. Dicho diario “por su contenido –dirá Carlos Acuña- y la intelectualización ideologizada que hacía de la realidad cotidiana se había convertido en un punto de referencia del pensamiento de izquierda” (Acuña, 2003). Pues bien, Timermann, 3 días después de la asunción de los militares, alabará desde su diario al gobierno y dirá que el pueblo argentino agradece la intervención.
Podrían presentarse innumerables pruebas más –que omitimos por razones de espacio- del consenso popular de que gozó el gobierno militar en un primer momento, y por ende del rechazo unánime de la sociedad argentina hacia aquellas agrupaciones terroristas que se autoadjudicaban una representatividad popular que no existió en los hechos, y que hoy la historia oficial quiere presentarlas como las fuerzas populares de aquellos años, como hemos visto más arriba.
De modo que ya podemos ir realizando una primera afirmación: las reales “fuerzas populares” de la sociedad argentina o, digamos mejor, el pueblo argentino a secas, no fué aquel contra el cual se desató la represión militar como quiere la historia oficial según hemos visto en Petras, Sorín y Bonafini; sino, por el contrario, el que de una u otra manera exigió dicha represión, incluso ya en los años de la tercera presidencia del General Perón cuando, como sostuvo en su momento el candidato presidencial del 73 Francisco Manrique, el pueblo imponía al General que lo defendiera (Acuña, 2003). Perón, como veremos, será el que iniciará la represión de los grupos terroristas y sostendrá, por ej., luego del ataque del ERP al Regimiento de Azul a principios de 1974, lo siguiente: “El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una Patria justa, libre y soberana” (Acuña, 2000). Téngase en cuenta que es el mismo Perón quien utiliza por primera vez el verbo aniquilar.
Existió, a la sazón, una exigencia popular de represión, y, por ende, el apoyo del pueblo al gobierno militar del 76 que llegaba como la respuesta a esa exigencia -y que, como señalara el prestigioso diario La Nueva Provincia hace algunos años, estaba en realidad “movido por el clamor público, que exigía justicia para los deudos de sus víctimas y protección para quienes estaban amenazados” (Márquez, 2204)-, el apoyo del pueblo, decimos, fue masivo. Cuando los mentores de la historia oficial reconocen este hecho indiscutible (incurriendo así, por otra parte, en una contradicción intradiscurso), apelan a un nuevo artilugio: la complicidad del pueblo argentino con la dictadura. Dicha apelación puede explicarse de dos maneras: lo hacen para salir del apuro, o buscan una explicación de los hechos que se adapte a sus categorías ideológicas, que nunca modificar esas categorías que colisionaron, colisionan y colisionarán con los hechos y la realidad. El análisis de esto último requeriría análisis particulares que postergamos por cuestiones de espacio
Pero veamos cómo los mismos mentores y jefes de la guerrilla subversiva, de las presuntas fuerzas populares del pueblo argentino, reconocen que no contaban con respaldo popular y que para conseguirlo, instrumentaron estrategias de infiltración en dos frentes: el peronismo y la Iglesia Católica, dos ámbitos que congregaban a las masas, al pueblo, esquivo siempre a las autoproclamadas “fuerzas populares”. Las figuras de la “Evita montonera” y el “Cristo guerrillero” son paradigmáticas en este sentido
En el espectro del movimiento peronista tiene lugar lo que se conoció y conoce como Entrismo, que fue el intento de los movimientos revolucionarios en expansión por Latinoamérica bajo el comando de Fidel Castro, de copar el peronismo empezando por la columna vertebral de éste que era el sindicalismo que en nuestro país tenía la descomunal virtud de ser no izquierdista justamente por la gestión de Perón desde la Secretaría de trabajo los años anteriores a su presidencia, gestión por la cual logró posteriormente el aglutinamiento definitivo de éstos bajo la doctrina justicialista, contraria como se sabe a la marxista. Pues bien, Cuba a través de John William Cooke entrará en contacto con el peronismo de modo estratégico, con los fines -nunca desmentidos sino, por el contrario, confesados por el mismo Fidel Castro- de promover la revolución en toda Latinoamerica. No resulta extraño entonces que Fidel Castro haya ofrecido a Perón durante los años del exilio de éste, asilo y comodidades que Perón nunca aceptó pues, astuto como era, no se le escapaban las reales intenciones del presidente cubano. John William Cooke había sido funcionario de Perón durante los dos primeros gobiernos de éste, pero sus posiciones ideológicas fueron virando cada vez más hacia la izquierda para llegar a ser finalmente -por una serie de viscitudes que van desde la radicalización de la Resistencia peronista que el mismo organizó hacia la segunda mitad de la década del 50, hasta su destitución por parte del mismo Perón de su cargo de delegado y su asentamiento en Cuba- para llegar a ser, decimos, el principal hombre de confianza de Fidel Castro y de Ernesto “Che” Guevara para la acción revolucionaria en la Argentina.
Muchos grupos izquierdistas enarbolarán entonces, la bandera de Perón, hasta llegar a los Montoneros, grupo terrorista castrista de clara extracción marxista-leninista, que hacia los años 70 buscarán presentarse como los “muchachos que quieren la vuelta de Perón”. Y es que, como señalara oportunamente Jordán Bruno Genta en aquellos años en que, por otra parte, él terminaría siendo una de las víctimas fatales del terrorismo subversivo, “el comunismo ¿dónde está? Allí donde está la masa, como indicaba Lenin a sus bolcheviques. La masa en la Argentina es el peronismo y por esto es que la acción comunista se ejerce en función de la masa y de su ídolo” (Genta, 1970). Veamos, para no dejar dudas al respecto, el contenido de una carta que Claudio Francia, revolucionario precursor en nuestro país, de la misma línea que Cooke y “propenso a algunos excesos” según el mismo Cooke, enviara al “Che” Guevara quien por su parte consideraba al peronismo “como -nos dirá Guillermo Rojas- un fenómeno político extraño y enemigo emparentado con el fascismo” (Rojas, 2001). En dicha misiva Francia señala, entre otras cosas, lo siguiente: “El peronismo perdió toda su vigencia histórica (...) Nosotros sabemos que Perón no puede llegar más allá de donde llegó, pues se lo impide su formación burguesa, clerical y militar (...) Pero lo real y objetivo en este momento es el fanatismo, bastante irracional por cierto, que aún siente el pueblo argentino por la persona de Perón. Si nuestro movimiento no llevara adosado el membrete peronista, no creo que encontráramos mucho apoyo popular (...) Ya podemos levantar hasta el tope nuestra bandera de rebeldía y desconocimiento de toda estructura burocrática peronista (...) También podemos levantar hasta el tope nuestro repudio al militarismo peronista, al clericalismo peronista, al reaccionarismo peronista. Lo único que debemos dejar en pie, por ahora, es el ´Mito Perón´. El pueblo argentino, sus masas proletarias, quieren ´la vuelta de Perón´ a cualquier precio (...) Entonces pienso que podemos incluir en nuestro programa la ´Vuelta de Perón´(...) Debemos rotularnos ´peronistas´(poquito, cada vez menos)” (Hernández, 2007).
Dos conocidos montoneros confesarán la utilización de esta táctica por parte de esta agrupación. Se trata de José Pablo Feinmann, el filósofo preferido de nuestra presidente, y Miguel Bonasso, periodista y actual funcionario de gobierno. Los dos pertenecieron, junto a pro-castristas como Rodolfo Walsh y Garcia Luppo, al staff de prensa de la llamada CGT de los argentinos, engendro creado por la izquierda una vez que se pudo apropiar de la línea dura del gremialismo. Feinmann dirá en su libro “La sangre derramada”, que “La izquierda peronista fue el intento más extremo de la izquierda argentina por acercarse a un pueblo que siempre le había sido esquivo. Es decir la izquierda peronista fue izquierda” (Hernández, 2007). De acuerdo con Feinmann (uno de los tantos “peronistas disfrazados”) la izquierda llevó a cabo lo prescripto por Claudio Francia para obtener la popularidad de que carecían. Al respecto Bonasso será más gráfico y sostendrá en su Diario de un clandestino: “El viejo sigue siendo nuestro puente, nuestro intermediario con las masas” (Acuña, 2000) El apodo Viejo lo utilizaban los montoneros para referirse despectivamente a Perón en tanto éste, una vez que evidenció su rechazo hacia ellos, no estaría capacitado ya por aquellos años para llevar adelante la revolución dada su avanzada edad. De modo que –y podrían multiplicarse los ejemplos-, tal como señala el historiador más autorizado de estos años, el periodista Carlos Manuel Acuña, los grupos de izquierda “vieron la conveniencia de montarse en el peronismo para obtener el respaldo numérico del que carecían” (Acuña, 2000).
Los “viejos” peronistas, que tenían el apoyo de Perón, advirtieron claramente esta situación y hasta el mismísimo Perón les espetó a los grupos de la llamada “Tendencia” su condición de infiltrados. Hacia el 23 de octubre de 1973, por ej., la ortodoxia peronista publica una solicitada en contra de la llamada Juventud Peronista que era un brazo de la agrupación Montoneros, en la cual señala claramente: “asistimos con repugnancia a una nueva traición de los pseudoperonistas [que se deben definir] como lo que son, tristes personeros de un imperialismo que negocia con Rockefeller pero lo asesina a Rucci. Es hora que se saquen ya la careta peronista y descubran definitivamente su identificación plena con la Internacional Marxista-leninista a la que pertenecen” (Acuña, 2003). Notemos que muchos que reinvindican hoy a la “gloriosa JP” asumen cargos políticos de alta jerarquía bajo el rótulo de peronistas. La marcha de la Juventud peronista se entonó en el primer discurso de nuestra presidente ante lo cual ésta señaló “es una consigna que me conmueve”
Los grupos de la “Tendencia” como se los llamaba, o el “Peronismo de base” como ellos mismos estratégicamente se bautizaron, no buscan la “Patria Peronista” sino la “Patria Socialista”, se quejaban los viejos peronistas, y así lo declarará por ejemplo el ERP 22 de agosto (agrupación guerrillera hermana de Montoneros y fracción disidente del ERP fundacional) cuando diga en setiembre de 1973, como figura en todos los diarios de la época (La Prensa, La Nación, La Opinión y Clarín): “estamos convencidos que el camino hacia el socialismo en la Argentina pasa hoy inevitablemente por la figura de Juan Perón” (Méndez, 2001).
Un hecho que marca un antes y un después y que desenmascara del todo a la agrupación Montoneros, es el asesinato a dos días de haber sido elegido presidente Perón, de José Ignacio Rucci (“para tirarle un fiambre a la mesa a Perón y a partir de allí negociar”, dirá el jefe montonero Firmenich). Rucci era el líder sindical y mano derecha del General quien al enterarse dirá: “me cortaron las piernas”. Seis días después de este asesinato Perón, que ya había señalado innumerables veces la necesidad de combatir la violencia de izquierda y que había iniciado desde su vuelta -e incluso antes- la depuración de su movimiento , reunirá a los 20 gobernadores de su partido en el Consejo Deliberante de la Capital Federal y les dará a conocer un “Documento Resevado” del Consejo Superior Peronista donde se marcan las directivas para llevar adelante la represión de los grupos guerrilleros infiltrados que estaban llevando a cabo todo tipo de asesinatos, secuestros, atentados, etc. Dicho documento dirá entre otras cosas: “a) el asesinato de nuestro compañero José Ignacio Rucci y la forma alevosa de su realización; b) la campaña de desprestigio de los dirigentes del movimiento; c) la infiltración de grupos marxistas; d) las amenazas, atentados y agresiones destinadas a crear un clima de miedo y e) el asesinato de dirigentes peronistas, en este estado de guerra que se nos impone, no puede ser eludido, y nos obliga, no solamente a asumir nuestra defensa, sino también a atacar al enemigo en todos los frentes y con la mayor desición [a tales fines] se creará un sistema de inteligencia en todos los distritos que estará vinculado con el organismo central que se creará” (Méndez, 2001). Nos señala Eugenio Méndez que “Estas palabras fueron la base de una organización de 108 hombres, que en sus inicios estuvo formada por militantes del peronismo ortodoxo, sindical, y nacionalistas universitarios, a las agregaron comisarios y oficiales de la Federal retirados, que conformaron primigeniamente ´La Alianza Antiimperialista Argentina`. Luego de la muerte de Perón se convirtió en ´Alianza Anticomunista Argentina`, cuya sigla era AAA” (Méndez, 2001)
Es el líder popular Juan Domingo Perón, quien inicia entonces la represión sobre estos grupos que se montaban en su figura para conseguir la popularidad de que carecían, y que lo siguieron y lo siguen haciendo después de muerto él. La respuesta bélica que se inicia con Perón será contra -en palabras del mismo Presidente- este “reducido número de psicópatas” y no contra las fuerzas populares. De modo que fue Perón quien creó la tristemente célebre Triple A por cuya represión ilegal mediante el método de desaparición, los peronistas de hoy quieren que se juzgue a Isabel Martínez de Perón. Si Perón estuviera vivo ¿querrían entonces los neoperonistas juzgarlo a él también?
Podrían multiplicarse los análisis, testimonios y hechos acerca del complejo proceso de infiltración en el peronismo por parte de la izquierda pro-revolucionaria y pro-castrista. Con lo dicho queda claro cómo las mismas cúpulas guerrilleras eran concientes de su no popularidad y cómo a los fines de obtenerla, instrumentan la figura harto popular del General Perón.
Hasta aquí algunos elementos para comprender el Entrismo en el movimiento Peronista, en el marco de nuestro análisis
Recogamos ahora algunos testimonios más de los mismos guerrilleros, que ilustren la inversosimilitud de la dicotomía Fuerzas Armadas vs. Fuerzas populares con que se pretende presentar hoy el complejísimo hecho bélico acaecido en la década del 70. El primero, de uno de los líderes montoneros, Roberto Cirilo Perdía, quien dirá: “Sectores cada vez más amplios, se iban hartando de la convulsión existente en la cual éramos protagonistas. Continuaba así el distanciamiento entre nosotros y las grandes mayorías (...) (sufríamos) un desgaste ante el conjunto de la sociedad (...) El movimiento obrero mayoritario era conducido por nuestros adversarios políticos (...) No teníamos la representación que suponíamos (...) Caímos en el mismo error de los tradicionales ´vanguardistas´ de la izquierda: pretender suplantar, con la voluntad y organización propias, la decisión, aspiraciones y posibilidades del pueblo” (Hernández, 2007) En este mismo sentido, la también militante, Beatriz Sarlo, sostendrá: “Creíamos conocer los deseos de la gente. Y sólo conocíamos lo que imaginábamos”.
El líder montonero Mario Eduardo Firmenich, dirá por su parte: “Habrá alguno que otro desaparecido que no tuvo nada que ver pero la inmensa mayoría eran militantes y la inmensa mayoría eran montoneros… Yo se cómo vivieron ellos … A mí me hubiera molestado muchísimo que mi muerte fuera utilizada en el sentido que un pobrecito dirigente fue llevado a la muerte” (Márquez, 2004) El ya mencionado Miguel Bonasso, reconoce claramente que la lucha de aquellas agrupaciones a las que él perteneció y contra las cuales se levantó el gobierno de Perón y las Fuerzas Armadas, terminó transformándose en una lucha contra el pueblo mismo: “Pensábamos más en el mariscal Giap que en la realidad concreta de la Argentina. No estábamos en una guerra de liberación con un ejército invasor sino que peleábamos con el tipo que comía dulce de leche, que era hincha de Racing, Independiente o de Boca, y que hablaba exactamente con el mismo tono y era tan argentino como nosotros” (Hernández, 2007). También el historiador de los montoneros, Richard Gillespie, sostendrá en su libro “Soldados de Perón. Los montoneros”, que “El lanzamiento de las guerrillas urbanas era una iniciativa procedente ´de arriba´, la desición de pequeños grupos de militantes y no la respuesta a una amplia exigencia popular (...) Decir que el desenlace fue una guerra civil entre dos facciones de la clase media, con la clase obrera meramente a la expectativa, sería exagerado; sin embargo, tal caricatura sociológica está más cerca de la realidad que el argumento de una guerra popular ideado por los montoneros” (Hernández, 2007).
¿Será necesario decir, por último, que estas agrupaciones no buscaban un gobierno de y para el pueblo como deja entrever Bonafini, que no buscaban la democracia social como dice el militante del ERP, Enrique Gorriarán Merlo, en sus memorias? El sucesor de Mario Santucho en la conducción del ERP (el grupo guerrillero más duro de los años 70) Luis Mattini, seudónimo de Arnold Kremer, es claro y honesto al respecto y pareciera dirigirse con estas palabras que citaremos, a su otrora conmilitón Gorriarán Merlo. Dirá Mattini: “No nos chupemos el dedo. Hay una cantidad de compañeros que se hacen los blanditos. La historia es la historia y hay que hacerla con la verdad. Pero la verdad es que nosotros nunca pensamos la democracia. Nosotros pensábamos en la democracia en términos de Lenin, como un paso, un instrumento para el socialismo, teníamos toda la concepción leninista más dura. Para nosotros la sociedad socialista tenía una etapa previa que era la dictadura del proletariado; y en eso que no se hagan los desentendidos” (Hernández, 2007). Testimonio acorde con los hechos si tenemos en cuenta que los actos de terrorismo, una vez establecido el gobierno democrático de Cámpora, lejos de mermar, continuaron y recrudecieron. Por otro lado los mismos terroristas confesaron que ellos buscaban “asaltar el poder e instaurar el socialismo” como señalaba textualmente un comunicado del ERP publicado en el diario La Prensa el día 30 de mayo de 1973 (Acuña, 2003). Podrían multiplicarse hechos y testimonios al respecto que no harían más que confirmar que aquellas presuntas “fuerzas populares” no tenían entre sus objetivos lograr la democracia.
Vemos entonces a través de todos estos testimonios y ejemplos, cuán alejadas de la realidad están aquellas palabras de Bonafini, de Petras, de Sorín y de tantos otros, por las cuales se sostiene que aquellas agrupaciones de los años 70, cuyos integrantes serán, a la sazón, los desaparecidos; habrían luchado “por su pueblo, para su pueblo y con su pueblo”. La de los desaparecidos no fue la causa del pueblo, no tuvo respaldo popular, obedecía a intereses foráneos de exportación del comunismo. Fue una causa que costó muchas vidas inocentes de las que poco se habla. Fue una causa que, en rigor, sembró el terror en nuestro país como la atestiguan las estadísticas de aquella época que entre 1973 y 1975 contabilizan 5097 hechos terroristas, según lo informó el ministro del interior de entonces, Alberto Rocamora, el 20 de junio de 1975. Las misivas de Santucho y en general la mayoría de los actos terroristas que tuvieron muchas veces como víctimas a niños, nos dan una pauta del macabro desinterés por parte de estas agrupaciones, respecto a la posibilidad de atentar contra la población civil, el pueblo concreto y tangible y no esa abstracción nebulosa del pueblo para, por y con el que se habría luchado. No es extraño entonces que el pueblo argentino real haya “rogado casi por favor”, como lo atestiguó entre muchos otros, Ernesto Sábato, que las Fuerzas Armadas intervinieran. Decir que la intervención militar era necesaria, no es decir en absoluto que se defiende el modo en que se realizó dicha intervención, ni decir que se apoya al desastroso gobierno militar, culpable en muchos sentidos de los males actuales. El maniqueísmo dialectizante parece imponer hoy un dilema de hierro: o con los desaparecidos o con los militares. Como acostumbraba decir el genial sacerdote Leonardo Castellani -protagonista en aquellos años, por otra parte, de un revelador acto de sencillez y valentía- haciendo suyo el decir correntino: “Ni lo uno ni lo otro ch´amigo”. Sí la verdad histórica, porque, como se ha dicho, “el primer deber de la historia es decir la verdad” y, como dijo el mismo terrorista Mattini, “la historia es la historia y hay que hacerla con la verdad”

Dialéctica marxista, maniqueísmo histórico y papel de la Iglesia
Al igual que el peronismo, como ya tenemos dicho, también la Iglesia padeció la infiltración de la ideología y guerrilla marxistas. El “Cristo Guerrillero” es aquí la figura emblemática y reveladora. Y también aquí dicha infiltración puede entenderse –cierto que parcialmente- a la luz de aquella finalidad estratégica de los grupos guerrilleros: la de adquirir la popularidad de que carecían. La oposición Iglesia cómplice/Iglesia del pueblo es sin dudas una de las astutas dicotomías con que muchos reinvidicadores de la guerrilla marxista como Horacio Verbitsky (miembro, por otro lado, de la inteligencia montonera en los años 70 y acusado de graves delitos por sus mismos compañeros en los años 70, como Sverko y Galimberti), refuerzan el maniqueísmo popularizante de su causa. Habrá de este modo una Iglesia comprometida con la causa social cercana a los pobres, a la realidad (“Iglesia” que reclutaba guerrilleros); y otra Iglesia verticalista ajena a la realidad social y cómplice de la dictadura. Pero como ha dicho un notable novelista, narrando situaciones de aquellos años “La compleja realidad humana no parecía entrar fácilmente en los marcos de la lucha de clase” (de Miguez, 2000) Veamos.
Los más agudos ideólogos revolucionarios supieron darse cuenta de la importancia que “el elemento cristiano” adquiere en Occidente y la instrumentación que de él debe hacer el marxismo. Antonio Gramsci, acaso el más lúcido de los pensadores marxistas, visualizó claramente esto, de tal manera que desde su prisión en Italia, ideó una sutil estrategia de infiltración cuyas previsiones han sido, a la sazón, auténticas profecías.
Siendo la Iglesia uno de los más importantes agentes de lo que él llamaba el sentido común, el marxismo debía primero ideologizar a los miembros de la Iglesia y, ya presente en ella con sus categorías de pensamiento, insuflar éstas en el modo común de pensar de las grandes masas que la Iglesia ha sabido congregar. Así, la tan ansiada toma del poder, no será sino la recogida de un fruto maduro cuya planta ha sido fertilizada con la conquista de la “sociedad civil” en la que la Iglesia tiene un papel preponderante.
Los dos más importantes revolucionarios latinoamericanos, Fidel Castro y Ernesto “Che Guevara”, se dieron cuenta de ello a partir de sus primeros fracasos en la exportación revolucionaria. Fidel Castro, ateo confeso y perseguidor de la religión, dirá hacia 1977 “que no existen contracciones entre los propósitos de la religión y los propósitos del socialismo” (Acuña, 200). El “Che” Guevara será más claro aún cuando señale que “Los cristianos deben optar definitivamente por la revolución, especialmente en nuestro continente, donde la fe cristiana es tan importante entre las masas populares […] El día que los cristianos se atrevan a dar un testimonio revolucionario integral, la revolución latinoamericana será invencible puesto que hasta ahora los cristianos han permitido que su doctrina fuera instrumento de los reaccionarios” (Rojas, 2001)
Carlos Alberto Sacheri, quien denunciara con meridiana claridad y valentía la infiltración pro-revolucionaria en la Iglesia de nuestro país, acumula documentación acerca del plan continental marxista de infiltración. Menciona, por ejemplo, las conclusiones de la reunión de los líderes comunistas en 1966 en Viena, publicadas por el diario “Libre Belgique” en las que se señala, entre otras cosas, lo siguiente: “Los principales objetivos han sido fijados…En primer lugar la penetración de las ideas marxistas en el seno de la ¡Iglesia Católica! Según el parecer de todos los delegados” (Sacheri, 1977) Sacheri acopia documentos y testimonios del mismo tenor que omitimos por razones de espacio
Los grupos revolucionarios en nuestro país, que –como sabemos- respondían a los planes de aquellos jefes revolucionarios, iniciarán entonces un proceso de infiltración en la Iglesia Católica que llegará a tener un vasto alcance, cuyos efectos aún se padecen. Proceso de infiltración que alcanza su apogeo hacia los años 70. Un ejemplo de dicha infiltración lo trae Miguel Bonasso quien cuenta que “Firmenich publicó [a la muerte del Padre Mugica] tres columnas en Noticias recordando que Mugica había formado a los adolescentes que luego fundarían Montoneros”. El mismo Firmenich dirá que su grupo se nucleó “alrededor de una figura, un carismático, un referente de este pensamiento, el cura Carlos Mugica” (Hernández, 2007) También Fernando Vaca Narvaja confiesa que se vincula a Montoneros “a través del cura Rojas”. Los ejemplos podrían multiplicarse. Nosotros mismos hemos podido conversar con un militante montonero que nos ha confesado que él fue reclutado por un sacerdote.
De modo que “los comunistas –concluirá el historiador de los años 70 y biógrafo de Sacheri, Héctor Hernández- veían que sin algún tipo de inserción en la Iglesia era imposible imponer la revolución atea”, con palabras semejantes a las usadas por la biógrafa de Santucho, María Seoane.
A estos fines entonces, el marxismo creará y lanzará al escenario, forzando muchas veces los datos de la realidad, la dialéctica “Iglesia del pueblo/Iglesia cómplice”, ensalzando a la primera y denostando a la segunda que habría apoyado tácitamente con su silencio el accionar del gobierno militar.
No existieron, en rigor, las tales “Iglesias”. Existieron sí, en el cuerpo institucional de la Iglesia Católica miembros ajenos a la doctrina que la ha definido durante 20 siglos como tal; agentes éstos (a sabiendas en ocasiones, y sin saberlo otras veces) de la estrategia gramsciana de infiltración pro-revolucionaria. Quienes se mantenían fieles a la doctrina bimilenaria de la Iglesia Católica y a la enseñanza pontificia, apoyaron junto al pueblo argentino, la intervención militar. En este sentido, la Iglesia en ese momento, fue “popular” puesto que no hizo más que hacerse eco de lo que -en palabras del mismo Ernesto Sábato y otras significativas y representativas del pueblo argentino- toda la sociedad pedía “rogando casi por favor”. Sin embargo condenó luego la represión ilegal y el método represivo profundamente anticristiano de desaparición forzada de personas, en voces suficientemente representativas de lo que la historia oficial llama Iglesia cómplice.
Mencionemos solo algunos ejemplos de testimonios y hechos que demuestren lo que afirmamos.
1 – En el año 1976, a poco de iniciado el llamado Proceso de Reorganización Nacional, el General Videla buscando congraciarse con los diversos sectores, convocó un almuerzo con los escritores más importantes del país. Asisten a este almuerzo los dos escritores argentinos más afamados, Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, y un tercero, poco conocido pero sin dudas a la altura de aquellos dos por sus notables antecedentes: el Padre Leonardo Castellani. Este sacerdote era y es, sin dudas, el intelectual y escritor más brillante de la mal llamada “derecha católica” (rótulo ideado por la izquierda). De modo que representaba a la presunta “Iglesia cómplice”. Ahora bien, al finalizar el almuerzo Borges y Sábato salieron felices y manifestaron públicamente la excelente impresión que les había causado Videla. Habían podido, según ellos, conversar temas académicos muy importantes con él. El Padre Castellani, señaló sin más que él había asistido al almuerzo al que había sido invitado, para pedirle al presidente por un escritor desaparecido, el santafesino Haroldo Conti. Así lo hizo, a lo que el General Videla respondió incómodamente que trataría de resolver la situación. Es decir, que uno de los que se diría que es un representante de la “Iglesia cómplice” fue, a la sazón, uno de los pocos que se animó a preguntar y pedir directamente al presidente de facto, Jorge Rafael Videla, por un desaparecido.
2 – Por su parte, los intelectuales católicos, Jordán Bruno Genta y Carlos Alberto Sacheri, asesinados por las bandas subversivas en el año 1974 y representantes también de la llamada “derecha católica” o “Iglesia cómplice”, instruían a los militares acerca de la ilicitud de la represión ilegal o represión “por izquierda”. Reconociendo ambos, la necesidad de una intervención militar para frenar a la guerrilla exportada por estados extranjeros como ya tenemos dicho, y teniendo cargos magisteriales en las Fuerzas Armadas, rechazaban abiertamente la represión ilegal y el inicuo método de desaparición forzada de personas, y acerca de esto instruían a los militares. Lamentablemente, sólo los escuchaban algunos militares jóvenes, pero no las altas cúpulas de las Fuerzas Armadas, según nos ha testimoniado la hija de Genta. De tal manera rechazaron esta metodología de la desaparición y represión ilegal, que una de las hipótesis fuertes que el biógrafo de Sacheri, Héctor Hernández, maneja respecto al asesinato de su biografiado, consiste en imputárselo a la Triple A pues Sacheri condenaba públicamente el procedimiento de ésta
3 – Otros dos testimonios de intelectuales representativos de la “Iglesia del silencio”, son los de Bernardino Montejano y Enrique Díaz Araujo quienes durante el proceso, fueron capaces de condenar públicamente los procedimientos represivos del Proceso de Reorganización Nacional. Nos dice Montejano, uno de los intelectuales más importantes de la “Iglesia cómplice” de aquellos años: “Yo siempre estuve en contra de la mala represión de la guerrilla –la represión ‘por izquierda’-, y además eso lo dije en una conferencia que por suerte está publicada en un libro que se llama La función Judicial, en Mendoza, en un ciclo organizado por la Corte suprema de Mendoza. Además lo dije siempre en mis clases” (Hernández, 2007). Héctor Hernández, que también sería llamado intelectual de la “Iglesia cómplice”, señala claramente por su parte: “Sabrás que la represión que se hizo a partir de marzo de 1976 consistió, en muchos casos, en torturar para obtener información y matar clandestinamente, haciéndolos desaparecer, sin imputación, sin acusación, sin defensa, sin juicio, sin asumir responsabilidades y, como si todo esto fuera poco, matar sin entregar el cadáver… ¡Esto clama al cielo! Va entre otras cosas contra la ‘la Ley de Antígona’” (Hernández, 2007)
4 – También otro intelectual representativo, Marcial Castro Castillo, en 1979 publica un trabajo llamado “Fuerzas Armadas, ética y represión”, donde dice entre otras cosas: “Se suele decir ‘es una guerra sucia, para lo cual no se enuncian leyes o principios morales’. Se equivocan: los principios del derecho natural son esencialmente universales y se aplican a las circunstancias de esta guerra con una actualidad asombrosa” (Hernández, 2007)
5 – También en aquellos años el sacerdote castrense Alberto Ezcurra elabora un trabajo a pedido de Monseñor Tortolo, en el que se sostienen ideas semejantes a la de Castro Castillo, señalando la necesidad de someterse a principios éticos y jurídicos elementales en la contienda que se estaba librando, desechando de todo plano la represión ilegal y el procedimiento criminal de desaparición. Subordinación de la guerra, que los grupos guerrilleros habían declarado, a la justicia y a la ética.
6 – Asimismo el profesor mendocino, José Luis Tello, ha demostrado suficientemente -a través de un análisis pormenorizado de las ediciones de aquellos años- que la publicación más importante de la “derecha católica”, la revista Cabildo, fue una fuerte opositora del régimen militar de tal manera que llegó a ser cerrada por éste en dos ocasiones
7 – Digamos por último que se han editado las comunicaciones del episcopado de aquellos años, donde se instaba claramente a someterse a parámetros éticos y jurídicos elementales a la hora de llevar adelante la represión de los grupos guerrilleros.
Estos son solo algunos ejemplos
Iglesia del pueblo/Iglesia cómplice o del silencio resulta ser entonces un artilugio dialéctico más de la historiografía maniqueizante que hoy, podemos decirlo para concluir, busca claramente un objetivo: reinvindicar el terrorismo subversivo haciéndolo aparecer bajo disfraces terminológicos diversos que crean realidades históricas en lugar de designarlas. Aquí hemos desmontado dos de ellos: el de las presuntas fuerzas populares y el de la inefable Iglesia del pueblo.
Referencias bibliográficas

· Acuña, Carlos Manuel (2000). Por amor al odio. La tragedia de la subversión en la Argentina. Tomo I. Buenos Aires: Ediciones del Pórtico
· Acuña, Carlos Manuel (2003). Por amor al odio. Crónicas de guerra: de Cámpora a la muerte de Perón. Tomo II. Buenos Aires: Ediciones del Pórtico
· Bonafini, Hebe (1988). Conferencia pronunciada el 6 de julio de 1988. En www.madres.org
· De Miguez, Juan (2000). Ante las puertas. Mendoza-Argentina: Editorial Narnia
· Díaz Araujo, Enrique (2005). Internacionalismo salvaje. Mendoza-Argentina: Ediciones la Rosa Blanca
· Díaz Bessone, Ramón Genaro. Guerra Revolucionaria en la Argentina (1959-1978). Buenos Aires: 1988
· Gorriarán Merlo, Enrique (2003). Memorias. De los Setenta a La Tablada. Buenos Aires: Editorial Planeta
· Genta, Jordán Bruno (1970). Seguridad y desarrollo. Reflexiones sobre el terror en la Argentina. Buenos Aires: Editorial Cultura Argentina
· Hernández, Héctor (2007). Sacheri. Predicar y morir por la Argentina. Buenos Aires: Editorial Planeta.
· Márquez, Nicolás (2004). La otra parte de la verdad. Buenos Aires: editado por el grupo Argentinos por la Memoria Completa
· Méndez, Eugenio (2001). Santucho. Entre las inteligencia y las armas. Buenos Aires: Ediciones de La Toma
· Petras, James (2006). El del golpe de estado de 1976. En www.contrabando.org.ar
· Rojas, Guillermo (2001). Años de terror y pólvora. Buenos Aires: Editorial Santiago Apóstol
· Rojas, Guillermo (2003). 30.000 Desaparecidos. Realidad, mito y dogma. Buenos Aires: Editorial Santiago Apóstol
· Sacheri, Carlos Alberto (1977). La Iglesia clandestina. Buenos Aires: Ediciones del Cruzamante
· Sorín, Sergio (2000). El dolor cumple 24 años. En www.derechos.org
· Tello, José Luis (En prensa). Una crítica al Proceso desde las páginas de Cabildo