Maria Consuelo Álvarez
Buenos Aires
ARGENTINA
“LAS SOMBRAS DE LOS RECUERDOS”
MADRE PATRIA…Así es conocida en mi país.
Desde allá llegaron, sin nada más que ilusiones y promesas de
conseguir una mejor calidad de vida, trabajo y en definitiva, un futuro mejor.
Tan sólo una maleta para transportar lo poco que les quedaba. Todo
fue vendido para juntar el dinero necesario para los pasajes en tercera clase,
en un barco donde compartieron camarotes, baños y quimeras. La familia
pionera había tramitado el “reclamo” para mis padres y
mis dos hermanos, exigido para ser admitidos en esta floreciente Nación.
Yo aún no ocupaba más lugar que el vientre de mi madre. En esta
condición me recibió este país.
La suma de días interminables, ocupaciones agobiantes para mi padre,
reposo obligado y náuseas constantes para mi madre, mareos que ponían
de muy mal humor a mis hermanos, lograron que este viaje fuese una pesadilla.
Los primeros meses vivimos de la generosidad de mis tíos, hasta que
mi padre logró un trabajo pesado, pero que le permitió conseguir
independencia económica y pudieron alquilar una vivienda pequeña,
demasiado pequeña para tantos como éramos.
Para mi madre quedaron las tareas del hogar, haciendo malabarismo para que
las horas y las fuerzas alcancen para todo, incluyendo el paseo diario por
la plaza, después del almuerzo, para evitar que nuestros juegos y risas
perturbaran el descanso de los vecinos.
Cuando era ya una niña risueña y traviesa, por las mañanas,
me sentaba en el umbral de la puerta de madera del edificio donde vivíamos,
esperando impaciente al cartero. No entendía el empecinamiento de mi
madre por recibir con ojos llenos de ausencias, ese sobre escrito con deslucida
letra, que sólo contenía una hoja con las noticias que le enviaban
desde su pueblo, tan añorado. Mis abuelos, mis tíos y amigos
que habían quedado tan lejos intentaban presurosos esquivar la quietud
del olvido.
Tendría alrededor de cinco o seis años, cuando empecé
a prestar atención a los relatos de mi padre y los comentarios de mi
madre. Surgieron palabras nuevas: minas, guerra, monte, lobos, ovejas, que
me taladraban la cabeza como fantasmas que regresaban corridos por el tiempo.
Los domingos de invierno, al atardecer, nos sentábamos en el piso y
escuchábamos intrigados los relatos de mi padre, de sus años
jóvenes cuando trabajaba en las mimas de carbón y de la guerra
en la que lo obligaron a participar, sin poder elegir.
Mi imaginación de niña me hacia estremecer al pensar como podían
los hombres, entrar a esas cuevas oscuras, húmedas y altamente peligrosas,
cuando los derrumbes eran frecuentes y muchos morían sepultados. Con
horror me enteraba como corrían asustados, heridos y desesperados por
llegar vivos a la salida y el llanto de muchos al descubrir que algún
amigo o vecino había quedado dentro.
Y más tarde la guerra… La guerra era para mí, en ese entonces,
una palabra que aparecía en los libros de historia y muy de vez en
cuando, por televisión en alguna serie donde indios y soldados de territorios
lejanos, entablaban una batalla sanguinaria. Supe de trincheras, donde tenían
que permanecer días eternos sin agua ni comida, empapados, tiritando
de espanto y frío sobre la nieve teñida de rojo, rezando e implorándole
a Dios, por la vida propia y de tantos seres queridos.
Cierto día, cuando yo cursaba segundo grado, la maestra nos leía
el cuento del pastorcito mentiroso. Lo asocie de inmediato al relato de mi
madre. Ella tendría la misma edad que yo en ese momento. Vislumbré
el miedo estampado en su carita, cuando intuía al lobo rondar cerca
de las ovejas y no atinaba más que rogar, para que se alejara sin atacar,
incapaz del mínimo movimiento y el grito se escondía dentro
de su boca.
Yo escuchaba la lluvia caer sobre el techo de la escuela, esa mañana
de invierno. El calor de la estufa nos abrigaba haciendo placenteras las horas
escolares. Me fue imposible no comparar mis comodidades, con el padecimiento
de mi madre en medio del monte tenebroso, mojada y temblando de angustia.
Los feriados, nos contaba mi madre, la gente del pueblo se reunía a
cantar y bailar hasta el amanecer. Las jovencitas lucían su único
vestido de fiesta, en vano intento por hacer realidad sus sueños pueriles.
Era ese el único momento que les permitían pintarse los labios.
A pesar de tantas penurias, mis padres, mis tíos y mis primos mayores
alababan su patria, su suelo, su vino, sus mares, sus peces… Esas cosas
yo no las comprendía, aunque sí me parecía lógico
que entrañaran a tanta gente que había quedado allá y
sin la mínima posibilidad de reencontrarse.
Cuando mis padres comentaban cuanto anhelaban volver a pisar su tierra, junto
a los hijos, yo me escondía para que no me vieran llorar. El pánico
me invadía al pensar que tendría que dejar mí país,
mí casa, mis compañeritos de la escuela y mis amiguitas vecinas,
mis maestras. Y me obligarían a ocuparme del cuidado de las ovejas
y el lobo me comería igual que a la abuelita de caperucita roja. No
me quería ir…Este era mi lugar. Acá teníamos todo,
que más podíamos precisar. Íbamos a la escuela, papá
trabajaba, mamá estaba siempre a mano para satisfacer nuestros requerimientos,
teníamos alimentos, algunos juguetes, la ropa y los zapatos indispensables,
una vivienda estrecha pero siempre limpia y ordenada, amigos que nos prestaban
las bicicletas o la pelota y una plaza donde gastábamos todas nuestras
energías.
Las vacaciones de verano las pasábamos en la Costanera. Llegábamos
en el tranvía, al cual abordábamos cargados de bolsas y paquetes,
pero tan felices que no notábamos el esfuerzo. Una abundante porción
de tortilla y frutas, era el almuerzo que nos debía alcanzar hasta
la hora de la merienda.
Fui creciendo y entendiendo muchas cosas, pero mis sentimientos continuaron
siendo confusos. No ignoraba el padecimiento de mis padres estando distantes
de su patria y su gente. Ellos fueron adaptándose a este país,
a sus costumbres, a la gente y hasta el lenguaje, supliendo el tú por
el vos. La nostalgia los acompañó siempre, es verdad, pero aprendieron
a quererlo y agradecer que los cobijara, al punto que decidieron agrandar
la familia y así tuve un hermano más.
Las esperanzas eran para ellos, como gorriones que siempre se marchan pero
también siempre regresan. Salieron adelante como lo soñaron
al llegar, aunque nunca fuimos una familia adinerada. Con los años
llegamos a ser una familia numerosa y trabajadora.
Estudiamos y nos educaron para convertirnos en personas honestas, respetuosas,
dignas. Adoptamos algunas usanzas que mis padres conservaron intactas y nosotros
aceptamos.
Sufrimos perdidas, vivimos alegrías, pasamos épocas malas y
otras mejores.
Han pasado muchos años desde aquel día, que como tantos otros
inmigrantes llegamos a tierra firme, considerando este suceso como un verdadero
milagro de supervivencia.
Al perder a mi padre y dos de mis hermanos, sentí la necesidad de viajar.
La curiosidad, las ansias de pisar la tierra de mis mayores, me convencieron,
siendo ya abuela.
Estar en el país del cual escuché hablar tantas veces me provocó
emociones imprecisas. Tristeza y placer, dolor y alivio, admiración
y desdén.
Y regresé… Con lágrimas que acompañaban a la lluvia
de ese día, miré el cielo, las personas, los edificios, las
calles de mi país…
Ahora si, estoy mucho más tranquila y feliz ya que comprobé
que allá y acá, nos acompañan el mismo cielo, el mismo
sol, la misma luna y el mismo Dios.