Martín Ronaldo Cardoso
Buenos Aires
ARGENTINA

 

El lago


Estamos quemando las últimas naves de la batalla y no se ha presentado aún el sol sobre esta tierra.

El cronista es ciego. Escribe junto al lago y no se atreve a hacerlo por la mañana. En la mañana
colman su entorno las cotorras y los loros del lugar. El cronista los deplora. No quiere confundir el
silencioso firmamento que le dicta la noche con ese griterío albarracín que perturba la mañana.

A la noche escucha los ecos de la batalla y, cuando no le vence el cansancio, recupera la hoja y la pluma;
acaricia los pelos añorantes de vuelo, e intenta reponer lo que otras aves más sutiles consignaron al aire
con canto y sigilo.

Ahora duerme la garza. El puma bosteza. En Iberia el conejo despierta. En la laguna olvida su nado un
pato y el cronista amanece sin saber quien lo ve. No puede comprender la importancia que derrocha la
gente sobre las plumas verdes de los loros y los papagayos.

Las naves se acaban. Se olvidan del seco cojín y la vela ardiente. Y se duermen en la ola, abrazadas a la
noche del agua, sombra mortuoria que sin duda llegaría. Pocas quedan en pie. Y el capitán y el almirante,
el gendarme y el dragoniante, quiéranlo o no, piensan lo mismo. Aguantan la misma lágrima, aunque se
odien entre si. Y dejan la crónica al viejo de los pájaros; rogando que éste no muera, que no le venza la
sordera de los años. En tanto el agua, encristada por la luna, provoca burbujas de nada. Como juego de
aburrimiento o como último rescoldo de vida.

Tras del río podrido de aceite y pólvora, los enemigos queman las muecas del miedo. Asan los peces y
venados, y celebran la vida y la gloria. El general pronto victorioso, almacena pecho para asilar la gran
medalla erecta de triunfador de la playa. El río ignora al general victorioso, el cronista lo intuye, se congracia
con el río y abandona la crónica. Anocheció hace horas. El ciego cronista entreabre la ventana y huele el
humo. Desiste de esperar al mensajero y vuelve a escribir, pero ya no escribirá la historia de estos muertos.

Las mujeres de la ribera engrosan las filas del general pronto en victoria y aligeran las huestes de la derrota
nativa. Usan la más innoble de las excusas; que sus hijos necesitarán para comer mañana algo más que loros y
bayas de encina quemadas.

¿Qué pueblo es este? ¿Qué noche es esta, cronista mudo? ¿La misma de tus libros soñolientos? El
Cronista nunca va a conocer la historia de Conrado, el fusil que traicionó, escapó y no llegó si quiera a ser
juzgado que antes la bala de la cobardía lo dejara huesos, olor podrido y nimguna sepultura. El cronista no
vivirá para para saber que alrededor de esos huesos la suerte tampoco le echó ni un puñado de flores.
Ni para abono sirvió el mejor fusil de la guardia marinera. Yo no sé cuántas naves quedan. No sé si queda algún
presbítero para elevar un rezo por las almas. Los cuerpos que quedan se confunden contra la vida. La diferencia
es el olor en la playa. A todo esto el viento lo ignora.

El Cronista

"Ya me hubiera arrepentido yo de no haber calmado aquella exitada canción.

Que el pajareo y griterío que dejaron los papagayos gorjeando puerilmente no me calla pero... atracaron
las dos barcas inmunes al cabo invierno junto con los heridos y el muerto abordo.

¿Qué quieren que narre? Pronto vendrán a arrancarme los cuadernos; a humillar a este viejo ciego. El
General de la Victoria y su tropa exacerbada me pidieron que narre las viscisitudes de la batalla y amanecí ciego.
Ya era sordo del oído derecho. Ya me costaba dormir. Y ahora con los gritos y los cañonazos contra los muros
del pueblo, me piden que cronique la batalla, me piden que escuche a las aves de la mañana.

Yo no puedo tapar mi oreja izquierda. No puedo reconstruir el puerto del sur que derrumbaron los balazos.
Ni devolver los chicos ni mujeres, croniquearles el arrullo de la sombra...Me han dejado el arma más silente,
quejumbra y nostalgia de muerto con el corazón vivo.

¡Muchachos! ¡Yo estoy ciego! ¡Ustedes perdieron todo! ¡Huyan...los de sangre fría!"

Orilla

Orestes: ¿De qué te has disfrazado hoy, hombre perdido?

El chiquito saltó sobre el camino de Andrés y lo sorprendió con un gorro verde de cazador, una camisa rosa,
suelta en la cintura; y vorcegüíes marrones. Andrés desvió la mirada y siguió su camino. El chico quiso repetir
la pregunta pero calló. Los espinos rasparon al viento y antes de ganar la próxima curva el chiquito Orestes
sucumbió ante la curiosidad.

Orestes: ¿Cuál es tu disfraz hoy?
Andrés: ¡No me llames Hombre perdido! ¡Ya ves que conozco mi camino!

Orestes, el pequeño, dando saltos laterales, lo seguía con la mirada clavada en sus zapatos.

Orestes: En el campamento dicen que la viuda de Conrado te está humillando.- Le dijo y Andrés le constestaba
dando casi gritos.
Andrés: Y...¿qué les preocupa a ellos lo que la viuda de Conrado haga?

Orestes: ¡Sus hijos...!
Andrés: ¡Sus hijos se quedaron sin padre!- Interrumpió Andrés.- ¡Y yo... estoy sin mujer! Orestes, pequeño, hay cosas
que un niño como tú ni puede entender. ¡Deja ya de acosarme y ocupate de tus cosas!

Orestes: Hay cosas que un bobo enamorado como tú ni puede entender. Sólo quiero que pienses que allá atrás hay
una guerra contra esa gente.

Andrés: ¡Ya eliminé yo a varios de ellos, no necesito demostrar mi lealtad! ¿Acaso tienes idea de lo que eso significa
en la consciencia de un hombre? ¡¡Qué estupidez!! ¿Olvidaste los pañales en casa de Tía Agustina, verdad?
¿Sabes quién mató a Conrado, enano imberbe? ¿Se te ocurre que puedes darme consejos porque te salieron pelos
en el pito?


Orestes quedó parado tres metros atrás de Andrés con sus ojos fijos entre los ramificados rojos y las cejas
apretándole la mirada. Ahora el que gritaba era el chico Orestes.

Orestes: ¡Te estás humillando! Esa mujer te usa para salvar su vida.

Andrés: Yo pienso encargarme de eso porque la amo.

Orestes: Sólo quería que supieras que el General sabe de tus disfraces y tus paseos.

Andrés: Nunca me escondí. No tuve miedo de enfrentar al enemigo cuando se vistió de rojo, tampoco lo tendré si se
viste de azul.

Orestes: ¡Andrés! No hace falta tener más de once años para darse cuenta de que lo que estás diciendo es una
tontería que puede llegar a matarte.


En la casa de Jana, la viuda de Conrado


Andrés: Jana, estás terriblemente hermosa. Si me besas dificilmente vuleva a dormir.- Y la mujer le dijo mirándole la
frente cerca de los ojos.

Jana: ¿Qué te has puesto?

Andrés: Una gorra de cazador. En mis ojos puedes ver el acecho.

Jana: Pasa.- Jana le abrió la puerta.

Andrés: Me quito la gorra pero no puedo arrancarme las garras.

Jana: Pasa, siéntate y deja eso ya, bocón.

Andrés: ¡Qué dulce voz me aclama!

Jana: ¡Quítate esa gorra ridícula que empeora las cosas!

Andrés: Sí, claro, me la quito. Tú, bájate el escote, mi bien, que eso mejorará las cosas.

Jana: Está mi hermana Clarisa, y no puedo sacarme esta preocupación de la mente. Le ha dicho
Gola que el General está preguntando por mi hermanita. Creo que estamos signadas.

Andrés: ¡Jana, te has puesto la trapeada que te pedí el lunes que te pusieras! ¡Gracias!

Jana: ¡No seas gracioso! ¡Sabes que no tengo más ropa que la que me ves y viste. Acabaré usando
tus charreteras y tus cintos balados.

Andrés: Jana todos los disfraces que vengo trayendo en las últimas visitas están acá para que te sirvas de disfraces.
Tú ...y tu hermana. Me fijé yo en ella antes que el General.

Jana: ¡¡Hombres!! Rudos, tarados, erguidos, todos buscan un lugar donde dormir a su amigo. ¿Por qué
miraste con celo a Clarisa? ¡Bestia! ¡Tiene catorce años! No les importa el resto, sólo la cueva. ¡Tu
virilidad es insuficiente para hacernos felices a las dos! ¡Potur!

Andrés: No llores, amada. Tu montaraz vigor úsalo para encarar la fuga más que para matar al pez muerto que te ama.
¿Cómo ha comido el Cabrito hoy, mi vida?

Jana: Cebada y leche. Han comido, les alcanza. Ellos van a cruzar el río. Pero si tu idea era que Clarisa
escapara disfrazada de cazador, desde ya, te aviso que no te pagaré con el soborno de mi cuerpo.

Andrés: No es para tu hermana el juego de cazador. El cazador seré yo. Soy yo. De hecho no es un disfraz.

Jana: Eso me asusta más.

Andrés: Que el General esté mirando es lo que te asusta, animal con senos tiernos. Deja la patraña y tráeme los
cañoncitos largos para ver qué hago con esta polvora.

Jana: Los meó el bebé. Ahora están orinados.

Andrés: ¡Qué hermosa estás hoy! Jana traje queso. Llena tu boca de eso. Y no te hagas ilusiones, putarraca. No voy
a hacerte el amor hoy.

Jana: Te amo, Andrés no me dejes sola.

Andrés: Yo no soy yo, amor. Soy un extraviado que se disfraza perdido de amor por una viuda. La viuda de un traidor
infame.

Jana: ¿Por qué? ¿Por qué me lastimas así? Andrés, te pensé toda la noche. Pensé que habías muerto y no
dormí. Y creí que no iba a dormir más sin tu pecho y tus brazos.

Andrés: Encanto.

Jana: No me hagas confesarte. Me hice pis hoy.

Andrés: No puede ser. ¡Ja!

Jana: Sí. Pero Clarisa no se ríe. Se aterra. El chiquitín, sí. El sí se ríe. El aún, a veces, se pilla encima.
Me miró las piernas mojadas. Levantó su dedito señalándome la cara y se rió. Cuando le toqué se había
hecho en los pantalones.

Andrés: Dos encantos.

Jana: Después me preguntó por su papá y se acabaron los encantos.

Andrés: Los encantos están empezando. Quién dijo que eran encantos de salud.


En casa del Cronista

"Varias veces me ha tocado ver a la luna ardiendo roja como un sol declinado. Pero no recuerdo
ocasiones en las que, como hoy, el sol erguido brilla plateado como la luna. Hoy por la mañana era tanta la
bruma que se podía ver el contorno exacto de la estrella madre. Parecía un planeta blanco, encendido, que
refulgía frío.

Desde mi ventana no se pudo ver el desastre que quedó echado en la playa. Pero el olor sí llega. Es
inconfundible. Mi orilla huele a derrota. La bruma no podía bloquearme la percepción del olor. Por la tarde
la neblina se disipó. Pero mis ojos no llegan a ver la playa. Estoy ciego. No es duelo ni siento nada por ellos,
por los muertos. Por los vecinos muertos. Las dos orillas se miran en el espejo de la pena.

Supe, a pesar de la oscuridad en mis ojos, de una luz que dejaba con su constraste una plena confusión.
Por eso recuerdo ese sol blanco, casi apagado. Fue mi oído izquierdo el que rescató de la niebla esa luz.

Entra Rogelio y me sirve café. Me pregunta si he comido, pero, si le digo que no, tampoco trae comida.
Me pregunta si escribí la crónica de la guerra. Le digo que no, que no escribí nada. Entonces escucho que
revuelve hojas buscando que sea mentira. Como si esa crónica le devolviera algo. Como si yo pudiera,
escribiendo esta historia absurda, salvarlo del dolor de la derrota.

Me pregunta por mi hija. Le digo que ha muerto.

Cronista: ¿Qué puedo encontrar yo escribiendo muerte en papeles muertos?

Me dice que no todo es muerte. El se las ingenia para llevarle algún cordero a su familia. Trae combustible,
quien sabe de dónde lo saca. Y café. Se sienta y toma café.

Me pregunta si necesito para la narración que me recuerde algunos sucesos u ocasiones.
Y yo le pregunto: ¿Por qué nadie limpia la playa?

Rogelio dice que ya la limpiaron ayer.

Yo creo que él sabe que no oigo del lado derecho porque siempre me habla del lado izquierdo. Me trata
como a su amigo, trae chicos que andan por ahí y, me presenta como a un muerto que aún vive por milagro.
Está más ciego que yo. Yo no le conté de mi mediasordera. El no preguntó. Tampoco le pregunté sobre su herida
ni me dijo él. Ahora renquea. Y siempre va a renquear.

Rogelio nunca supo cuándo irse a dormir y cuándo dar la batalla. Su dudosa inteligencia siempre logró ponerse
al margen de los contextos, de las situaciones. Es un desubicado. Y me resisto a sentirlo como familia. Yo ya tengo
familia. Esta guerra nunca debió llevarse a cabo. El no lo sabe, pero el hecho de que se haya largado la guerra es,
también, su responsabilidad. Sí. Rogelio programó los puestos de defensa en el mapa como si nos fuesen a atacar
a través de un río. Y en este lado de la costa el río se recuesta hacia el poniente, lejos de la línea de ataque del invasor.
Donde Rogelio ubicó nuestros puestos no es río sino ya lago. El General de la Victoria ingresó en nuestra tierra sin
problemas porque nos vio desde un lago."

Camino llovido de Andrés

Después del trueno bajó una lluvia enorme. En menos de media hora todo estaba mojado. En la intemperie
y en los interiores de todo. Dentro de las casas llegaba el agua en chorros frenéticos. Dentro de las ropas. Subía
desde el suelo salpicando, entraba.

Dentro de Andrés era un torrente. Eludía el camino que lo llevaba hasta lo de Jana habitualemte. Segura-
mente anegado antes de bordear el bosque de la entrecumbre. Sería peligroso llegar por ese rumbo. Además estará
Orestes al borde del camino esperando para acosarle otra vez.

El agua pintaba toda la visión. En los párpados bailaban las gotas y Andrés veía a todas las personas como
salidas de su propio sueño. Hacía mucho que no cruzaba el pueblo. Cada uno que se atravesaba en su camino le
resultaba desconocido del barrio y le resultaba conocido del espíritu. Con capuchas, ponchos, paraguas, pasaban
los aldeanos. Alguno lo miró. Andrés nunca sospechó que no eran títeres de su capricho. Arriba o afuera de su
escenario sólo le excitaba más el valor. Y así su marcha se hizo más segura y pausada. Ya estaba todo mojado, no
había parte de su cuerpo que no estuviese empapada. No había parte seca por proteger. Era consciente de cada
parte de su piel por bien del agua. Por bien de Jana, estaba tocada y cubierta. Por un momento pensó: Si dios tiene
ironías con los mortales no hay esperanza, todo está perdido.

Ya había perdido la conciencia, era puro caminante. Sólo era piernas pisando agua.

Los títeres del pueblo fueron desapareciendo y, en cambio, apareció frente a él la puerta de la casa de Jana.
La indómita. La puerta indómita. Entonces tiró decidido del picaporte y se quedó con la manija en la mano.
Se preguntó qué significaría eso. Dios tiene ironías.

Andrés: Vengo disfrazado de hombre empapado. Vengo a secarme con tu calor.


Rogelio en casa del Cronista

Cuando hubo pasado el diluvio la techumbre del viejo cronista se secó sin sol. Se levantó un viento histérico y apareció
Rogelio atajándose las solapas.

Cronista: ¿Ya no llega olor, no?

Rogelio: Ya no llega. Lo limpió el viento.

Cronista: O la lluvia...

Rogelio: No. El viento.- Entró y se quitó la bufanda.

Rogelio: ¿Tomó café? ¿Desayunó?- Apuró sin mirarlo.

Cronista: Si. Pero no quedó nada. Disculpe. Por la tarde viene la chica que mandó el viernes. Dijo que
iba a traer algo.

Rogelio: No cuente con eso.- Cortó en seco.

Cronista: Sí, ya lo sé. Pero hoy va a venir a la tarde.- Cerró los ojos. Rogelio notó que cambiaba la
mirada. Como si el viejo pudiera ver; y luego no, volvió a la ceguera.

Rogelio: Olvídese de Clarisa que hoy no va a venir. No viene.

Cronista: Bueno...yo creí...

Rogelio: ¿Pudo escribir?- Interrumpió.

Cronista: ¡No! Ya te dije que yo no...

Rogelio: Bueno. Tiene que escribirlo esta noche. Conmigo.- Volvió a interrumpir.

Cronista: ¿Qué te creés, vos, moribundo?- Hirvió.

Rogelio: ¡Apátrida!- Espetó. - Escriba la crónica y déjenos lo único que usted puede dar, viejo. No le estoy
pidiendo que mienta. ¡Diga la verdad! ¡No sea hipócrita hoy, que tiene más memoria que futuro!
Usted tiene más pasado de gloria que futuro de dicha. Déjese de joder y no nos arruine la dignidad
que nos queda.

Cronista: Tú, escondrijo humano ¿crées que voy a doblegar la puta pluma por la puta barreta con la
que me matarás? ¡Enano colorado! ¡Revienta! Yo no maté a Conrado.

Rogelio: Yo no lo parí, tampoco.

Cronista: Clarisa está en el campamento del General de la Victoria.

Rogelio: ¡Desmontándose!

Cronista: No lo sé. Tal vez muriendo.

Rogelio: Es igual. No va a traer nada esta tarde.

Cronista: ¡No!

Rogelio: ¡Todas las tripas afuera!

Cronista: ¡No!

Rogelio: ¡Todas las tripas afuera y usted se niega a..!

Cronista: ¡Basta!

Rogelio: Vas a morir tan pronto como yo. Adelante no hay nada ¡Escribe! Escribe que nos traicionó
el hermano y que ya no estamos más en este lago trayendo y llevando las cajas y la gente
a través del río.

En el campamento del General Derremaría


Derremaría: ¡Falucho! Hoy traen a Clarisita.

Falucho: Lisita, lisita...

Derremaría: No hagas eco de esos estúpidos, Falucho. No te mezcles con esa gentuza. Pronto vas a
tenerla como ama y vas a tener que obedecerle como me obedeces a mi. Porque pienso
sentarla en mi silla y acostarla en mi cama.

Falucho: Si, pero para eso falta mucho tiempo. Hoy será el primer encuentro formal. Yo
no creo que esta chiquilina duerma esta noche acá y amanezca dándome órdenes.

Derremaría: ¿Qué? ¿También te parece, como a los otros, que es demasiado joven para mi?

Falucho: No. Lo que sí digo es que es muy joven para ser reina. De todos modos sabes bien
que si ella no te quiere no la vas a tener ni en tu silla ni en la cama, ni en retrato.

Derremaría: ¡Estúpido! ¿Si le cuesta aceptarme esta noche vas a interferir con moralinas?

Falucho: No hago más que cumplir con los deberes que tu Noble causa me encomendó.

Derremaría: ¡Basura! Esta chica es mi esposa aunque todavía no lo sepa. ¿Vas a sacar tu espada si llora?
¿No te das cuenta que es una mujer?

Falucho: Si tengo que sacar mi espada será para matar a uno de los dos ¿Quiéres que la mate?
¿O es que tenés a Falucho a tu lado para convertirte en enemigo? Vos sabés quién soy. Si te
está explotando el pecho por el triunfo a mi no me importa, te mataré aunque estés desnudo.

Derremaría: Mataste a cantidades de seres humanos y ahora te disfrazas de presbítero burgués ¡maldito
cretino! Claro que sé quién es Falucho y qué hará. Pero, acaso ¿vos no sabés quién soy yo?
No voy a dejar escapar la presa así tenga que vaciar la montaña que encerró a estos pobrecitos.
Yo no grito Victoria hasta que esa mujercita la grite conmigo. Y así será mal que le pese a ti y
a tu moral. El espíritu que me hincha el pecho es el de conquistar. Esta tierra será nuestra
cuando esa mujer sea mía. Yo sabía que la guerra no terminaba hasta que sedujera la bahía
que malprotegía este puerto. Sé que hablo con Falucho, y sé quién es Falucho. Yo cargué
su fusil y levanté su nombre. ¿Vos sabés con quién hablás? Soy el General Derremaría, pero
nadie recuerda mi apellido. Me llaman y, se me conoce como: el General de la Victoria. Ése
es mi nombre.

Andrés en la casa de Jana


Jana: ¡Mi hermana está en el campamento del General de la Victoria!

Andrés: Ya lo sé. Orestes me encontró en el camino. Me dijo, ese enano idiota, que estamos todos
vivos gracias a que tu hermana Clarisa tiene sitiado al corazón del infame engreido Derremaría.

Jana: ¿No vas a decir que le debemos la vida a los disfraces de cocinero, de guardacuervos,
de marionetas de circo? ¿De qué te disfrazaste hoy? ¿De payaso? ¡Oh! Para eso no hace falta
indumentaria alguna, Andrés.

Andrés: Adoro tu bienvenida, gracias, hermosa. Siempre estoy ansioso de llegar porque enciendes mi
corazón.

Jana: Clarisa me dijo que a ese hombre le queda bien la barba. Que es al único, según su
modo de ver, al único hombre que le queda bien la barba. Puede ser que se acueste con ese
asesino.

Andrés: Jana, ésa es tu gente. Que tu marido haya traicionado sus filas no te hace enemiga. Orestes me
dice que la complacencia de tu hermana convertirá a este sitio infernal en una pradera fértil donde
conviven los hermanos, y ...las hermanas. Quieren juntar los opuestos del lago. Los que se
decerrajaron la cabeza durante días, ahora, se quieren casar. Pero no olvides tus orígenes ¡Esto
parece incesto!


Jana: ¿Le dijiste a Clarisa que matara al General? ¿No pensás qué le harían a la asesina de su
amo? Clarisa dice que esto es una jaula porque ella no se acuesta con ese tipo. Y en eso tiene
razón.

Andrés: Yo no le dije nada, sólo traje disfraces -de marionetas- no te olvides, el disfraz de pato te va
a salvar la vida. Rogelio habrá sido quien le dijo eso a Clarisa.

Jana: Ese disfraz está bastante bien. Estás bello hoy, Andrés. No te extrañé. Vienes demasiado
seguido.

Andrés: No hay problema. No tienes apuro. Tu pellejo está a salvo. Es el mío el que ya está cortado.
Si tu hermana se apasiona con el hombre al que traiciono, estoy muerto mientras hablo. Si lo mata,
también estoy muerto. El viejo Cronista tiene las horas contadas. Saben que algo escribió pero no
es la crónica que le pide Rogelio para sus planes. Lo va a matar pronto, es seguro que lo acaba
matando. ¡Vámonos de este chiquero! Hagámos el amor y, al regreso de tu hermana nos vamos.
Yo, con mi disfraz de cocinero. Y vos con... el que prefieras.

Clarisa en el campamento del General Derremaría

Derremaría: ¿Por qué creen, Clarisa, que la crónica de ese viejo les puede acercar aliados del norte?

Clarisa: Porque confian ciegamente en él, lo consideran un héroe. También gracias a esa relación es
que Rogelio está vivo. Tu ejército no eliminó a Rogelio porque -bien sabés- eso te traería problemas
con los amigos del norte. ¿Eh?

Derremaría: Tu lengua es viperina, chiquita.

Clarisa: Ya conoces mi lengua. ¡Que tipo rápido! Yo no podría decir qué clase de lengua es la tuya.

Derremaría: No es una gran lengua. Todo lo que escondo lo escondo con razón. Tampoco el mío - vamos a decir-
es un corazón que se afane por ser exhibido. Ya sabes algo de mi corazón, yo sólo sé de tu lengua.

Clarisa: Atrevido.

Derremaría: Gracias.

Clarisa: Y yo te pregunto: el viejo cronista... ¿por qué no le salvaste la vida? Sé que antes del ataque te
pidió asilo; y ese corazón, del que hablas mostrando más la lengua que el alma, no lo dejó vivir.

Derremaría: Yo estoy vivo. Y soy el General de la Victoria gracias a que evité más de una traición innecesaria.

Clarisa: Conrado era el marido de mi hermana. Yo sabía lo que hacía.

Derremaría: Yo también sabía lo que hacía Conrado. Todos sabíamos que Conrado traicionaba . Pero se ve
que vos sabés que me traicionaba a mi y, el hecho es que tu gente fue la que lo mató y no la mía.


Clarisa: -...-

Derremaría: ¡Bien muerto está Conrado! Pero yo estoy vivo. Me corre sangre de los pies a la cabeza. Aunque desde
que te veo la sangre me llega hasta el cuello. No me riega abundante el techo. Y, a riesgo de que me mates,
sigo aquí parado, mocosa preciosa.

Clarisa: Zalamero. Pintón pero zalamero.

Derremaría: No te sonrías, por favor. Todavía no sonrías. Voy a ofrecerte más de lo que tengo si tu sonrisa me entra
tanto como tus desafíos.


Clarisa: De todas maneras sabés que voy a tomar más de lo que ofrezcas. Soy joven, es cierto, pero soy
mujer, me llamo Clarisa Maciel.

Derremaría: Dile a tu hermana que destierre al payaso de Andrés y yo garantizo el bienestar de las dos más el crío.

Clarisa: Eso no se discute. Pero de todos modos, después de hacer el amor, voy a tener que matarte. Sea o no hoy
el día. Con sangre o con tiempo.

Derremaría: El conquistador se juega entero en todas las batallas.

Clarisa: A mi no me engañas: sos un cobarde.

Derremaría: Criatura petulante. Quiero ver esos senos en mi pecho para darles lo que están esperando.


Lo que quedaba por morir en la casa del Cronista

Cronista: Rogelio, no tengo los escritos. Lo que tengo es hambre. Ayer tampoco comí.

Rogelio: No hay comida si no hay mensaje a los aliados.

Cronista: No te hagas el supremo. Que tu cuerpo no huela a podrido no es suficiente para que
yo no te considere un muerto más.

Rogelio: ¿El General quiere traerte alimento?

Cronista: Yo no lo sé. Las aves esta mañana no dijeron que sí. No dijeron nada. Es muy raro. Pero
yo no tengo miedo. Si acaso ese silencio significa que no habrá comida, no cambia nada. ¿Viniste
a matar a un viejo sordo y ciego?

Rogelio: ¡Tu voz! ¡Necesito que lo único que te queda vivo viva! ¡Habla!

Cronista: No puedo hacer de esta derrota una esperanza. No es mi deber, es el tuyo. ¿Desde cuándo
la pluma vence a la espada?

Rogelio: ¡Viejo tarado!

Cronista: ¡No hagas eso, traidor! ¡Mátame en silencio, bestia!


Lo que quedaba por morir en casa de Jana

Andrés: Son las cinco de la madrugada. Tu hermana no vuelve. Acá está tu disfraz.

Jana: Sacá eso. Y no voy.

Andrés: Mi esperanza de sobrevivir en este lugar se terminó; pero me voy disfrazado de cazador.

Jana: Ya nadie caza por acá hace mucho.

Andrés: El disfraz no lo uso para esconderme. Lo quiero para recalcar mi nombre. Esos soldados

saben quién es el único que se va a escapar y sabe que se disfraza de cocinero o cazador.

Jana: Van a matarte, tonto. Quédate y, quizás esa bestia de tirano te deje vivir, aunque no sea conmigo.
Al fin y al cabo Conrado puede terminar siendo un prócer.


Andrés: Por eso mismo me voy. Ese no fue mi amigo. Mi mintió. Me mientes tú; y me miente mi propio
general. Además, quiero decirte que, Conrado, efectivamente, es un prócer en esta tierra. Tu traición, la
traición de Clarisa, del Cronista; todos serán próceres aquí. Me voy de la república embustera, y allí
dejo mi corazón en las manos de una mujer real.

Jana: Me destrozas el alma tontamente, Andrés, mártir. Quiero volver a verte en los próximos días.
Volver a escuchar tu risa y que nos desnudemos apenas se duerme el chico.

Andrés: Me voy desnudo. Si quieres estar con mi desnudez no tienes más que irte conmigo a donde
vaya. Viviré desnudo si eso te convence. Trabajaré y andaré por la calle desnudo. La gente se acostumbrará y sabrá que soy un enamorado.

Jana: Orestes no podrá evitar que te maten. Es tu único amigo.

Andrés: Falucho no sabe de mi escape.

Jana: ¿Qué tiene que ver Falucho con todo esto?

Andrés: No sé. Creo que tal vez sí.

Jana: No lo conozco.

Andrés: ¿Qué te da que hable de él?

Jana: ¡Imbécil!

Andrés: ¿Qué pasa? ¿Qué dije?

Jana: ¡No puede ser que seas tan idiota!

Andrés: ¿Falucho?

Jana: ¡Falucho, Falucho!

Andrés: ¡Nooo!


Preludio de las cartas

Y en la alcoba, como le dicen a las habitaciones a las que acudir puede el amor,
se quedaron el General de la Victoria y Clarisa convirtiéndose en criminales pasionales.
Matándo y dejándose matar. Se me figura muy lejana la costa próxima. ¿Será que no
tiene piedras como la mía; y sí tiene arena?

No veo la costa de este lado. No sé si es costa o bruma. Parece escucharse
la risa de Conrado desde el fondo de la isla. Ahora sí terminó la guerra. (Una guerra
no es una guerra hasta que un hombre mata a su hermano)

Orestes traía los disfraces que fueron de Andrés. Los apoyó junto al General
Derremaría y, sin mirarlo le dejó una carta.


Querido hermano del Oeste:

"Yo sé, hermano mío -¡que lejos estás!-; cómo vas a entender lo que aquí ocurre.
Rodeado, como estás, de flores y olas suaves que te acarician a la tarde.

Aquí huele a podrido, hay un dolor denso en el aire. La gente me cuenta que le pide
a dios, para algún vecino o un amigo, un lugar en el cielo. Porque es tan oscura la sombra
que sólo cabe respiro y alivio en un mundo tan lejano como la muerte. La muerte hoy acá
es el pan.

Sé que no puedes comprender porque estás en el paraiso paseando tu cuerpo, lo
que es este mundo."

Tu hermano desde el Este.

Querido hermano del Este:

"¡Que poco nos deja ver el sol cuando brilla impertérrito sobre el llano! No podrías,
hermano, descubrir en profundidad el regalo que nos hace en esta costa el lucero primero
y mayor. Nos sigue dando la vida. La misma que te permite escribir con tinta negra la
noche de tu conciencia. ¿Cómo transmitirte la gloria que que abraza a la arena con cada ola?
¿Sabes que está embarazada? ¿Sabes que el mundo, aquí, parece, está a punto de nacer?
Que al derribar el puente se construyeron barcos y botes; y, para construir las embarcaciones
hubo que salir de casa y se conocieron muchas personas que se ignoraban antes de la guerra.
Y ahora no hay puente pero está lleno de embarazos que hacen las veces de puente y no
responden ninguna pregunta...Nos protege, nos quema, nos seca y nos cuida. Pega en toda la
costa de la isla, y ya nadie recuerda a los muertos que pudrieron la playa del lago, orilla del río.

Tu hermano desde el Oeste.

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El primer pueblo del mundo

El primer pueblo de hombres y mujeres que nació en el mundo era muy parecido al de ahora; pero no era exactamente el mismo.

Los árboles eran fuertes y altos igualitos a los de cualquier pueblo. Tenían la misma variedad de colores que nosotros. Las mujeres se vestían de rojo, de azul, de amarillo. Los hombres cantaban canciones preciosas y ellas bailaban danzas graciosas. Los animales eran iguales también, pero todos tenían algo distinto.

Es un problema viejo este de "el tiempo". Pero antes era diferente porque los hombres y mujeres de aquel primer pueblo
no terminaban nunca sus vidas. Por eso eran 200.000 (mil millones, 5 y 1/2) . Ni uno más ni uno menos. Jamás ninguno moría pero tenían tristeza en sus corazones; una tristeza que tampoco acababa nunca. Y esa tristeza era porque las cosas hermosas del mundo duraban muy poco, demasiado poco. Sólo ellos duraban para siempre. Pero, por ejemplo, los árboles duraban 10 minutos. Ellos tiraban una semilla y automáticamente salía un brote que partía la tierra y subía un tronquito, y subía y subía, pero llegados los 10 minutos el árbol era tan viejo que se caía solito desde lo alto. Y en un santiamén se lo comían las hormigas que también vivían tan poco que no llegaban ni a terminarse al pobre árbol. Las luvias duraban tan poco que una tormenta no llegaba a soltar 20 gotas y ya salía el sol. El sol subía y bajaba tan rápido que casi no podían saber de qué color era. Las estrellas no llegaban a verse ni 1/2 segundo.

Ellos los hombres y mujeres del primer pueblo del mundo corrían detrás de las aves para aprender su vuelo. Pero los pajaritos apenas se lanzaban al aire se caían porque se agotaba el tiempo de sus vidas. Y entonces las mujeres no acababan de secarse una lágrima que ya salía otra porque la muerte los rodeaba y no quedaba tiempo para las cosas hermosas del mundo. Todo el tiempo estaba adentro de la vida de los hombres y mujeres del primer pueblo del mundo. Ellos no morían, pero a su alrededor todo se esfumaba en breves instantes.

Todo duraba tan poco que los cuentos tenían 5 palabras. Ese mundo era chico y a la vez no terminaba nunca. Los amores de esa gente duraban lo que dura un beso. Así que ellos trataban de pegarse los labios con cinta, para que el amor-beso dure más; pero las cintas también eran de mala calidad y se cortaban.

Así era el mundo de antes. Hasta que se cansaron de ir corriendo y perderse la vida de las cosas hermosas y se rebelaron y gritaron todos juntos y fuerte, muy fuerte; y no hubo un sólo hombre ni una mujer que no gritara a los dioses para que cambien las reglas del tiempo, para que se altere el orden. Mientras gritaban tenían lágrimas en los ojos. Bajaron los dioses sin ropa y sin apuro y les preguntaron a los hombres y mujeres: ¿Qué más quieren, ustedes? ¡Tienen todo el tiempo del mundo! Y los hombres le dijeron a los dioses que ya no querían ser los únicos con tanto tiempo. Que quería regalárselo a las aves y los peces, a la noche para poder conocer las estrellas y descansar; al amor y a los árboles para que duren más, mucho más.

Los dioses no tuvieron más opción que repartir el tiempo entre todas las cosas del mundo y le advirtieron a los hombres: Si distribuimos el tiempo de vida ustedes tendrán que vivir por un largo espacio de tiempo pero después tendrán que dejar su tiempo para que vengan otros hombres y mujeres a ver el vuelo de las aves suspendidas, la ola de los lagos y vivir amores largos adonde sembraremos otro hombres y otras mujeres. Así podrán buscar las cosas hermosas que los esperan con su propio tiempo.

Y los hombres y mujeres gritaron que sí y fueron corriendo a ver el mar lento que los aguardaba sin prisa. Se hizo de día y el amanecer no lo conocía y duró como 15 minutos, y se abrazaron. Y después de besarse y alejarse no se acababa su amor y su deseo. Y dedicaron horas y días y años enteros regando y acompañando a los árboles. Las abejas con su tiempo aprendieron a hacer miel y se la ofrecieron a los hombres como agradecimiento eterno por su generosidad. Las ovejas viven tanto que les crece mucho el pelo, nosotros se lo cortamos y nos tejemos sacos y abrigos para arroparnos en el invierno, porque ahora los inviernos son largos y sabemos que alguna vez terminan. Pero podemos compartir la belleza y guardar en nuestros ojos, en un lugar profundo para que la sueñen los pueblos que vienen después a sembrar despacio, a amar lento y compartir el tiempo, un poco para cada uno de todos.

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Baños

1.

Si se tratara de mis memorias este relato debería avergonzarme. Pero como escribo acerca de mis desmemorias creo que tengo que narrarlo sin sentirme afectado. Al fin y al cabo escribo en este cuaderno para suplir lo que me niega la zona frontal de mi opacado cerebro. No está de más anotarlo ya que, en alguno de mis ataques de amnesia he llegado a dudar de la razón de ser de estas desordenadas notas que tomo a diario. Mejor dicho: seguido. Francamente no puedo asegurarle que lo haga todos los días. He pensado en fecharlas, para facilitarle a usted la lectura; pero a esta altura el trabajo que requiere reordenarlas cronológicamente me parece interminable.

Creo que mi memoria me miente. Me traiciona.

Ahora escribo imbuido en los papeles y las voces que bajan por el calefón. Recuerdo que cuando amanecí la amnesia era tal que no reconocía las sábanas. Me senté a mirar por una ventana que no sabía que tenía. Tuve que recorrer el departamento para encontrar el baño.
Me pareció demasiado chico para una persona entera. Exaltado como estaba tomé este cuaderno y leí en su tapa mi nombre, domicilio, edad aproximada y un tranquilizador subtítulo: "No te alarmes. Ya vas a ir acordándote de todo". Y decía: "Lusco, Victor; Av. Jujuy 26.. departamento X."

En un principio tuve la convicción que esa era la dirección de mi empleo. Como dice el cuaderno ya recobraré la memoria, tal vez rumbo al trabajo: Sin embargo ¿de quién es esta letra? Opté por confiar ¿qué opciones tengo al fin y al cabo? Miré la hora en el reparador, pero claro, no sirvió de mucho. Si estaba por llegar tarde o no eso no figuraba en el cuaderno de notas. Eran las 8.04, si entro 8.30 puedo llegar. Bajé con cuidado, casi confirmando la dirección de los pasillos y me largué a la calle a buscar el subte A. En el camino mi cuerpo crujió con ruidos de hambre y tirones de vejiga llena. Me froté la cara dormida y recordé un bar donde hay un baño y le dejan a uno usarlo sin más que los buenos días. Además de éste tuve otro recuerdo: la bajada del subte A hacia Once, imprescindible.

2.

Primero lo primero. Entré en el bar. Saludé. Ya frente al mingitorio reproduje la mirada común en el horizonte de azulejos y solté la presión interior. Al acto un latigazo de calor se disparó sobre mi pantalón. Automáticamente tiré y corregí el error infantil. es una falta de educación, costumbre o memoria. A veces no dispongo los utensillos en modo correcto. Desde chico me pasa, pero muy cada tanto. En fin, sólo es un incidente que no reviste mayor gravedad. Si no fuera porque esta mañana, cuando pegué el tirón del pellejo se desembarazó el pis que embolsaba con un chorro potente en dirección involuntaria, descontrolada, opuesta que mojó el zapato de un vecino, incluso parte de su pantalón. Lo tomé con rigor y me acerqué al vacío de la bacha blanca. No pude evitar mirar al vecino. El hombre -de escala superior por mucho- levantó su mano libre en un gesto de sorpresa, mirándome meado por mi, y dejó salir una puteada que empezó en tono impersonal y pronto cobró destinatario. Lusco, usted se imagina que yo no podía menos que pedirle que me mate a trompadas, cague mi pantalón -ya que él había terminado su pis- o me disculpe para siempre y se joda. Ninguna de las opciones salió de mi boca. Adelantarme a golpearlo, me pareció una canallada cobarde, además de que podríaincrementar la ira de la justicia. Con lo que el hombre bajó la soberanía de suhombro, ejecutado con diligente mano abierta sobre mi rostro estúpido. Por mi parte sólo atiné a guardar el ajuar por si no se bastaba con semejante mamporro y musité algo como: "ya está, viejo ¿te desquitaste?". "Pelotudo", contestó. Bueno... ésta no es una pormenorización de bajezas. Es cierto que mis apuntes pueden dejar de revestir un tinte de confesionario, es inevitable.

3.

Resumiré que salí del bar en perfecto orden. Aliviado ya de la vejiga. La panza reclamaba el café que no tomé con ruidos hasta que llegó el subte. La gente que se dirigía a trabajar atestaba los vagones. El asinamiento me mareó y cesaron los pocos recuerdos que había logrado. Realmente no sabía a dónde iba ni qué tarea iba a desempeñar, pero mi gesto lo ocultaba bien. Creo haberle dicho, Lusco, que éste ataque amnésico superó ampliamente a los otros. Estaba en el subte tratando de recordar mientras me dejaba hipnotizar por la rítmica férrea y recobré un pequeño recuerdo. Es absurdo pero ahora que están haciéndose oir las voces del calefón me acuerdo que esta mañana, en el subte, pensé en ellas, incluse retuve algunas timbres familiares ya lejanos.

Me despertó de mis cavilaciones un ciego que entró al vagón con disimulo, por el borde de la puerta. La gente no lo distinguió, así que se quedó parado con el bastón replegado en la mano y un gesto de mirar por las ventanillas que tenía bien ensayado. Realmente su mirada se confundía con la de otros pasajeros. Su actitud me proocó buena voluntad.

Al salir le ofrecí mi ayuda para bajar. El ciego la aceptó agradecido. Noté que seguía simulando. Su orgullo lo llevaba a ocultar la falta de visión y ostentar habilidad o independencia de resolución. Lo tomé del codo con determinación compasiva. El desplegó el bastón hasta el suelo. Se abrieron las puertas e induje el movimiento para esquivar la gente queentraba por el lado derecho. Parece que él había decidido hacer lo mismo por el otro lado. ¡Que raro! Su intuición resultó más adecuada que la mía, así que me arrepentí de la dirección, permití que él comandara a ciegas y apliqué las fuerzas en sentido contrario. Justo el ciego se estaba arrepintiendo a su vez de empujar hacia la izquierda, por lo que, por supuesto, no avanzamos nada. La gente, que nos esperaba impaciente, no notó cuando al fin acordamos al grito del ciego: "¡Por acá!", que confirmábamos la senda izquierdam coincidente con la decisión que dos tipos y una mujer alta habían tomado. El ciegochocó de lleno con la mujer. Sonaron las pulseras de la mujer contra el bastón y se oyó un leve aullido de susto que ella soltó. El ciego maculló una protesta sin mirarme... Igual que el resto del pasaje, que en silencio, me señaló como responsable del incidente.

Ya en el andén me acerqué al hombro del ciego y él, agarrándome del brazo me indicó que siguiéramos bordeando la pared. Caminábamos despacio, como si no acabara de confiar en su guía.

- ¿Usted sabe dónde está el baño?- preguntó.
- A ver. Espere que pregunto-. Le dije, y fui tras de un uniformado para averiguar. El siguió caminando solo; volvió a su pose de control total. Pregunté por el baño y cuando volví a mirar al ciego estaba encarando decidido hacia el foso de las vías. Corrí para atajarlo. Le grité. Pero en cuanto llegué justo para evitar una tragedia él giró y unos y chocamos con unos turistas que también gritaron con mi grito.

Un turista y el ciego terminaron en el piso. El de seguridad se vino hasta nosotros y ayudó al ciego a levantarse. Este acusaba un intenso dolor de rodilla y le pidió al seguridad que lo acompañara al baño "porque un imbécil" -y lo dijo bien fuerte- no hacía más que chocarlo contra todo el que viajara en subte. Yo, Lusco, y usted comprenderá con esto todo lo que padezco, por mi parte decidí que hasta acá llegó mi amor. Subí las escaleras con la mirada de todo el mundo clavada en mi espalda.