Iris Alejandra Giménez
Rio Negro
ARGENTINA

 

El orden de las cosas

Detrás de mis ojos cerrados lo que es deja de ser y se convierte definitivamente en lo que parece. Cae como por un tobogán la lucidez trasnochada de los objetos y en la casa son los únicos vivos a esa hora.
Al principio se adivina una especie de líder que desde su posición dirige los muebles tan decorosamente ordenados por mí. La mesa del living plantada ante el televisor; los sillones acomodados estratégicamente a su alrededor, hasta un enchufe casualmente a sus pies. Yo misma, dormida delante de una pantalla trasnochada que no hipnotiza a nadie más. Y ya no hay líder.
La casa toda se desorienta en penumbras; y tal vez, si yo estuviera durmiendo en la cama... Pero la cama no está ocupada como debería y la silla donde estoy parece cama; entonces la cama es el televisor y anda por ahí queriendo atrapar las cosas torpemente. Se trepa de las patas a la mesa tarada frente a la pantalla y la traga, como a un corazón de caracú disparado directamente a la garganta. El florero arrojado al aire -un cuadro de flores que no son flores que son colores devorándose entre sí, mancha las cortinas colgadas en la ventana, quien dentro de la masacre posesiva de los que parecían muebles, permanece conforme donde están.

Al despertar, levanto la persiana para ver la luz del sol de la mañana -yo sé qué es cada cosa, cada una, con su función específica y milimétrica. Por la ranura de las cartas atraviesa la puerta un papel vertido como un chorro de leche y mientras el gato entra a beberse el papel, la llave gira en el cerrojo; cierto instinto, reflejo de lo que es. Y se ríe de sí misma, de lo que parece.-


Concurso de tablas

Nos unía el entusiasmo, la ansiedad, la igualdad. Por mucho que ya nos conociéramos y la especulación no tardara en demostrar las lógicas razones de su existencia, hasta que no diera oficial inicio la primera de la ronda con su respuesta a la pregunta ¿4x7?, todas éramos potenciales ganadoras del concurso de tablas de multiplicar.
Nos unían los nervios, la ambición. Nos unía ser protagonistas ante la escuela entera que observaba la tensión minuto a minuto, cada respuesta correcta, cada golpe de suerte, cada suspiro corto de quien una vez más salvaba la cabeza.
Los minutos completaban las horas que se hacían eternas y sin embargo no era tiempo lo que transcurría. Eran latidos de corazones, eran gotas en las frentes, en las sienes, congeladas por el frío de la exactitud.
El dedo índice del perverso verdugo y la sentencia: ¿8x9? ¿5x3? ¿6x7?. Disparos certeros que daban en el centro mismo de los corazones agitados. Y fuimos cada vez menos.
Manos sudorosas, ojos irritados, ojos húmedos, palabras al aire sin sentido al dios del sinsentido, al dios del último instante. Al dios que nos ahorca y que nos deja vivos.
Nos unía haber sido elegidas para enfrentar el yugo de la inmisericordia disfrazada con hábito de monja y voz de trueno metálico. ¿6x8?, una menos ¿8x8?, otra ¿9x5?, sigue.
Nos unía la misma palidez, el mismo deseo de evadirnos, la misma angustia de quien era fusilada con apenas un dedo y un 9x7, casi al final, desarmada en llanto incontenible, presa de la frustración, víctima del sadismo y la más fina crueldad.
Nos unía un aire de juego, al fin de cuentas, nada más que un juego en el cual las reglas se confundían con una suerte de vida misma y en el que todas éramos una.-


Lugar vacío


Yo la vi cuando se la llevaban por la calle de piedra hacia arriba, más arriba, levantando el polvo que la iba sepultando. Crujiendo en cada piedra. Despojándose, primero de la ventana, la grande de cortinas rojas que miraba hacia la vereda; después del sombrerito de la chimenea que había puesto papá apenas tuvimos la casa, porque lo importante -decía él, es estar calentitos. Nuestro primer mueble fue esa estufa a leña negra de hierro que luego le vendimos a don Mauricio.
Se llevaron la casa con todo puesto. Parecía resistirse, por eso se iba quedando, de a pedazos, como iba quedando yo.

Me quedé un rato más en el lugar vacío. Caminé sobre las huellas de las paredes. Eran angostas las paredes; un sándwich de chapas y telgopor. Ahí estaba el pozo que había dejado la estufa; la mancha de ceniza en la tierra que traté de borrar y que parecía inmortal, hasta le di con la punta del zapato, pero no se fue. Las marquitas de las cuatro patas de la mesa; las de la cama, que eran más profundas porque dormíamos tres juntos; y pegaditos en la cama grande, dormían papá y mamá.
La figura cuadrada de la heladera, una caja en donde se conservaba la comida del mediodía hasta la cena, lejos de las moscas, algunas que había aunque generalmente hacía frío. La llevamos a la casa del Barrio Nuevo, una de las pocas cosas que nos llevamos. Otra fue la rata. Siempre supimos que estaba entre las chapas, pero no la pudimos atrapar nunca y cuando se dio cuenta de que nos íbamos se escondió en la heladera y viajó derechito a la cadena del baño, como faltaba la tapa del botón se metió ahí.

Alrededor seguían los cachivaches el contorno de la casa, y el patio, más patio que casa era, llegaba hasta el alambrado que impedía a las gallinas pasar para el patio de la gorda Elvira. Ella había amenazado con matarlas una por una a las que encontrara en su quinta y con la excusa de que mis gallinas se comerían las semillas, nunca sembró nada.
El alambrado del fondo daba a la cuadra de atrás. Y eran todas iguales cuando a la hora de la siesta la sombra de ningún árbol se proyectaba desde arriba hacia ninguna parte, cubriendo el sol todo. Entonces las casas parecían más chiquitas todavía, aplastadas entre la tierra ceca y el cielo gigante que no se tocaba con nada.
Después, en la otra casa, desde la ventana del comedor no se podía ver directamente el cielo. Don Mauricio tenía el almacén y sobre él su casa. Las de los vecinos estaban más juntas, o eran más altas por eso se veía menos el cielo. Pero había grandes patios también, con gallinas y todo.
Se veía chico el lugar comparado con el nuevo que parecía una mansión, con dos habitaciones, una cocina grande donde cabía una verdadera heladera, porque ahí sí había luz en cada una de las habitaciones y en el baño, afuera, que no quedaba tan lejos. Ahora cocinábamos con garrafa, entonces papá se deshizo de la estufa a leña y compró una más chica que se prendía a veces, cuando volvíamos de la escuela.

Siempre quise volver a caminar sobre esas huellas de cajones de botellas vacías; de palos que nunca faltaban, tirados en el patio; de ruedas de autos; de chatarra que seguiría estando si la topadora no la hubiese arrancado de su lugar. No quedó nada. Ni las huellas, ni la mancha de ceniza que yo creía inmortal; o tal vez estaba ahí, enterrada.
Lo único que quedó de la casa fueron las marcas en la calle hacia arriba, que pronto se borraron, y la rata. Pero también murió, de un zapatazo en la cabeza.-