Ricardo José Iribarren
Cali
COLOMBIA

 

La Mujer Pájaro o Amar la Tiranía

Mientras ames algún rostro de la tiranía,
ella gobernará tu corazón

 

Todos los días antes de despertar, Berenjeno recorría el sendero blanco, inmaculado, destellante que terminaba en un par de altas columnas. Lo flanqueaban seres imprecisos vestidos con albos que le ofrecían alimentos y regalos, pero él pasaba junto a ellos sin mirarlos. Al final del corredor, en medio de las columnas, lo esperaba la Mujer Pájaro con sus senos desnudos y su rostro de cuervo; abría sus alas, brazos humanos con plumas dispuestos a recibirlo. En el momento del abrazo, Berenjeno sentía el olor a ave, se empapaba con su transpiración y atravesaba el cuerpo blando y caliente para salir a la luz enceguecedora del otro lado del corredor.

Allí lo esperaba la vigilia. Siete personas viviendo en la misma habitación pequeña, húmeda, oscura, maloliente. Los excrementos se amontonaban afuera por la falta de servicios sanitarios. Su esposa caminaba de un lado al otro agitando los senos, retorciendo las manos y profiriendo duros reproches. Luego el trabajo. Catorce horas diarias colocando balas en pequeñas cestas para llevar a los soldados del frente, mientras las bombas explotaban a su alrededor. El capataz lo perseguía y por cada demora recibía una descarga azul. La corriente eléctrica producía una sensación salada, ácida, penetrante en todo su cuerpo, en especial en manos y pies. Las palmas y las plantas le ardían el resto de la jornada.

A la noche, al regresar a casa luego del trabajo, Berenjeno paleaba excremento junto a sus envejecidos y agotados vecinos. Por el exceso de población, la ciudad nunca se saneaba por completo. La mayoría de los hombres jóvenes habían marchado a la guerra y no quedaban dinero ni brazos para construir pozos sépticos. Además, un pozo comunitario se valoraba como medio de fomentar la solidaridad y el compañerismo. En silencio, trabajaban hasta las tres de la mañana. Luego Berenjeno comía una pasta sin gusto, dormía dos horas y nuevamente el corredor brillante, la caminata hacia las columnas y el abrazo de la Mujer Pájaro.

El sueño era rápido, casi fugaz, pero servía para soportar pacientemente los insultos, las humillaciones, el hambre permanente, el frío, el temor de ser muerto por las bombas y el extremo cansancio.

Los inspectores del pensamiento podían llegar en cualquier hora , pero aparecían casi siempre luego del breve almuerzo. Se presentaban como cinco ángeles diminutos, blancos, rubios. Alguien le había dicho que las cabezas eran como puntas de alfileres. Revoloteaban junto a él hasta detenerse uno por uno frente a su rostro, repitiendo la misma pregunta: ¿cómo está hoy, honorable señor Berenjeno? Los interrogantes eran un medio de saber si ocultaba algún desacuerdo con sus condiciones de vida, el gobierno o la revolución.

Berenjeno nunca había tenido problemas con los inspectores. En los discursos diarios, el Benemérito Supremo afirmaba que quienes se abrazaban todas las mañanas con la Mujer Pájaro, recorrían el sendero emocional de la revolución permanente. Años atrás, un amigo suyo que al poco tiempo fuera procesado como traidor, afirmaba que el sueño era una alucinación producida por una droga que mezclaban con la comida. Berenjeno había discutido con él. De no oponerse, también lo hubieran condenado. Poco antes de la descarga roja que lo mataría, escuchó una frase suya que siempre resonaría en una parte de su mente.

Mientras ames algún rostro de la tiranía, ella gobernará tu corazón.

 Berenjeno trataba de olvidar aquello. Para vivir dependía de aquel abrazo diario, de la mirada amarilla de la mujer, del olor húmedo de su plumaje e incluso del regreso a la vida sórdida, arrugada, oscura, que alguna vez se convertiría en algo luminoso.

 

Una mañana, cuando recorría el sendero blanco en dirección a los brazos de la Mujer Pájaro, sintió que resbalaba. El piso estaba mojado, como si alguien hubiera derramado aceite. Al recuperar el equilibrio, resonó junto a su oído una voz sugerente, murmurante.

—Berenjeno…

Intentó seguir caminando, pero el llamado se repitió.

—Berenjeno…

Sintió el fastidio como un golpe frío. Quería llegar a las columnas donde la Mujer Pájaro lo abrazaría, pero un personaje con el rostro cubierto por una tela negra, surgió de la niebla brillante, vaporosa, casi enceguecedora que flanqueaba el corredor.

—Debo llegar al final del camino —alegó Berenjeno —Si no lo hago, mi día será un infierno. La fuerza que me da la Mujer Pájaro me permite llegar hasta la noche. Ella alimenta mi sangre. Su imagen llena mis ojos… creo que eso es la felicidad.

No era su forma corriente de hablar. Sintió que debía usar las frases solemnes que había aprendido de los discursos diarios del Benemérito. El personaje se acercó y lo tomó de un brazo. La extremidad alada se transformó en una mano delgada, blanca, de largos dedos. El olor a pájaro golpeó sus narices.

—Sabes quién soy. Nada de lo que pueda ordenarte será malo… Ven conmigo.

Berenjeno dudó. Era la propia Mujer Pájaro. No se explicaba cómo podía verla junto a él y a la vez al final del corredor, en medio de las columnas. La siguió por un pasillo lateral de paredes rojas, crepitantes. Entonces despertó y la realidad cayó sobre él como un balde de excrementos.

Esa tarde los inspectores del pensamiento repitieron su rutina.

— ¿Cómo se encuentra hoy, señor Berenjeno?

Contestó que estaba bien, pero los ángeles negaron con sus pequeñas cabezas y fruncieron sus labios y sus entrecejos.

Aquella noche lo regañó el responsable de su manzana cuando estuvo a punto de caer exhausto mientras paleaba los excrementos del día. Durmió mal y a la mañana siguiente, cuando se encontró en el corredor blanco, dispuesto a alcanzar la alada silueta, todo volvió a repetirse. La figura con el rostro cubierto, surgió de un costado y lo tomó del brazo con sus manos emplumadas

—Ven conmigo —ordenó nuevamente —Te llevaré a un lugar donde las cascadas se suceden una tras otra y los racimos que crecen en las enredaderas tienen boca y te piden que comas sus uvas. Allí no hay inspectores del pensamiento y cumplirás ese afán de libertad que te consume el pecho.

Aquello sonaba tentador. Además, la obediencia se había convertido en un reflejo y no podía ir contra la propia Mujer Pájaro.

El pasillo rojo terminaba en un prado donde un sol crepuscular iluminaba a través de las hojas de los árboles. Cielo azul, calor suave y agua cristalina. Berenjeno recordó una fugaz imagen de su infancia.

—Quítate los zapatos y hunde tus pies en el agua.

Caminaba días y días sin quitarse el calzado y hasta dormía con los zapatos puestos y aquella era la primera vez en mucho tiempo que veía sus pies. Obedeció a la Mujer Pájaro y sus plantas blancas, frías surgieron como un par de peces muertos. El agua helada pareció vivificarlos.

—Puedes quedarte si lo deseas. A este sitio no llega el control de pensamientos. Los inspectores aún no han encontrado este lugar. No sabrán que estuviste. Créeme, no corres peligro, te lo digo yo que por las noches recojo los clamores de mi pueblo y hoy escuché tu voz por encima de las otras.

Berenjeno sintió cosquillas en sus pies. Serpientes muy finas entraban por cada uno de sus dedos. Los apartó, pero los ofidios ya habían penetrado.

—No te harán nada—dijo la mujer —Sólo inyectarán en tu sangre unas gotas de rebeldía…

En ese momento Berenjeno recordó que en la fábrica lo esperaban las cestas vacías para llenarlas de balas. Ese solo pensamiento lo devolvió a su vigilia. Abrió los ojos y vio el rostro de su esposa surgiendo de una niebla negra. Desencajada, gritaba y maldecía.

— ¡Basta mujer! —gritó impaciente sin recordar la última vez que había levantado la voz. Ella lo miró asombrada, e hizo silencio hasta su partida.

Aquella tarde los inspectores con forma de ángeles volvieron a presentarse, a formular la pregunta diaria. Cuando Berenjeno contestó que todo estaba bien, negaron con sus cabezas y por primera vez vio sus rostros pequeños ruborizarse de indignación. Al regresar al trabajo, el capataz lo recibió con una sonrisa.

—Berenjeno, lo reclama urgente el Benemérito Menor

Así llamaban al jefe de sección. Berenjeno sintió miedo. Algunos de sus compañeros no habían vuelto de esas entrevistas. Se hablaba de cárceles oscuras con grilletes y de instrumentos de tortura en el sótano del galpón donde trabajaban.

El capataz lo escoltó hasta la puerta. Por primera vez en mucho tiempo, Berenjeno sintió rabia y la necesidad de que todo aquello terminara. El Benemérito lo esperaba detrás de un escritorio. Era la primera vez que lo veía. Cincuenta años, vestido con chaqueta y corbata. Encima de su labio superior, una verruga subía y bajaba con sus palabras.

 

—Amigo, hace dos días que usted no abraza a la Mujer Pájaro… ¿Cuál es el problema, Berenjeno? ¿Qué le ha ocurrido a usted que ostenta el sonoro nombre de esa hortaliza, casi una fruta, tan eficaz para los desórdenes intestinales? Los informes dicen que se destaca en la cuadrilla de su manzana por palear mierda… No debe avergonzarse. Recuerde el axioma de nuestra revolución: más valen los que más abajo se encuentran. Por eso sus pensamientos son importantes para nosotros. De no ser así, no hablaría conmigo.

 Al escuchar el nombre de la Mujer Pájaro, Berenjeno sintió que la nostalgia y el remordimiento mordían su pecho. Casi enseguida las reemplazaron el dolor y la rebeldía; había sido la propia Mujer Pájaro quien lo instó a abandonar el camino níveo que recorría todas las mañanas. Miró al Benemérito Menor con una rabia sorda. La revolución propiciaba la igualdad, pero desde su ropa hasta el tabaco que fumaba, aquel hombre estaba por encima de los demás.

—Le insisto, Berenjeno. La Mujer Pájaro ha llorado. Me ha dicho que lo extraña, que se siente rechazada, abandonada por uno de sus hijos.

Berenjeno estuvo a punto de explicar que se había limitado a obedecer su orden, siguiéndola hacia el sendero rojo, que había conocido el río, los árboles, la serenidad de una tarde, pero se mordió los labios. Era mejor no hablar.

 El hombre movió la mano hacia la izquierda  y una luz iluminó a la Mujer Pájaro . Era la misma que diariamente abrazaba Berenjeno. Se levantó y caminó hacia ella bajo la sonrisa paternal del Benemérito y en medio del olor agrio del tabaco.

Se abrazó como nunca. Hundió la cabeza entre las plumas y sintió con placer el dolor de los canutos penetrando su carne. Gozó las caricias de los penachos y el contacto con los senos blandos y olorosos.

—¡Despierta!

No supo cuánto tiempo permaneció abrazado a la mujer. Lentamente fue tomando conciencia de donde estaba. El Benemérito Menor seguía fumando un poco más allá.

—¡Despierta, despierta…!

Tardó un poco  en advertir que era la propia voz de la Mujer Pájaro hablando en su oído.

—Es hora de la brillante rebelión. Hoy dejarás a tu esposa, a tus hijos, a tu patria para seguirme.

El fondo del despacho, que hasta el momento permanecía en sombras, se abrió al destellante corredor rojo que terminaba en una arboleda. Lo recorrió con un grito jubiloso. Llegó al río que a aquella hora de la tarde resplandecía con los reflejos del sol. Sin quitarse la ropa, se sumergió en las aguas. Estaban tibias y las corrientes acariciaban su cuerpo. Cuando volvió a la orilla, la Mujer Pájaro estaba tendida en la grama. Berenjeno se arrodilló junto a ella.

—Te pertenezco, señora. Tú me has redimido. Tú me has ordenado que me rebele y te he obedecido…

Se interrumpió. Ella estaba fría, con las pupilas muy abiertas, fijas en el cielo. Recién entonces la vio con claridad: era muy joven, casi una niña y los senos pequeños asomaban por debajo de las plumas. Berenjeno pensó que no era la misma que lo esperaba todas las mañanas al final del sueño, pero allí estaban las plumas, los canutos tiernos y su olor inconfundible.

La acarició. Estaba fría, demasiado fría, y sus ojos abiertos inexpresivos y opacos. En el momento en que comprendió que estaba muerta, dos soldados se acercaron por detrás y lo tomaron de los brazos.

—Estás detenido por traición —dijo una voz que Berenjeno reconoció como la del Benemérito Supremo, aunque nunca pudo ver su rostro —Has soñado con la libertad vacía, la que no conduce a ninguna parte y el dolor ha matado a la Mujer Pájaro.  

La cárcel en que lo recluyeron no fue diferente al resto de su vida y mientras esperaba su ejecución, Berenjeno se sintió como en casa. La Mujer Pájaro lo había traicionado, pero lejos de apenarlo, la idea le producía una sensación de libertad.

Al amanecer llegó la patrulla que lo condujo al cadalso. La descarga roja paralizaría su corazón y detendría sus miembros. Sintió dolor al pensar que no habría un nuevo amanecer. Que ya no se encontraría en el corredor blanco, inmaculado, destellante y ella no estaría entre las columnas, dispuesta a abrazarlo con su intenso olor a Pájaro.