Beatriz Bustos
Córdoba
ARGENTINA
SIN TESTIGOS
Fragmentos de palomas
arriban por las heridas.
Desde el límite del alba vienen
a nutrirse de mi inquietud,
porque es mi cuerpo pan para su día.
Sostenida por la rebelión del pecho,
siento que la ventisca de máscaras
ha comenzado,
sin darme tiempo a poner al reparo
el asombro del espejo.
Cuál mujer seré hoy…
La del aullido, la fecunda,
la sombría, la aromada.
Sin testigos me busco el cuerpo
y miento que estoy,
secretamente escondida.
La memoria escarba su hojarasca,
intenta encontrar su razón y desafiarme.
Los muros desgranan el himno de la prima hora,
fantasmas inmediatos que resplandecen,
libertos de su nocturnal espejismo.
Yo, profética, definida y decidida,
me desamarro de la temporal vestidura
con la razón y el corazón sedientos
de mis libertades.
Surjo de la mediocridad del silencio,
emancipada de lo providencial y lo terreno.
¿Alcanzaré el crepúsculo
sorteando signos e imágenes de fuego?
INDICIOS Y FRAGMENTOS
Bajo este cielo de chapas y mármol,
plagado de calamidades,
una carreta su destino engendra
por las enjutas arterias del valle.
Aturdida el trayecto deglute, y a su paso
famélicos gorriones de nubes cazan en el aire,
los guijarros que el camino escupe.
Racimos de lonjas incitan su carne, culpándola
siempre que de su pobreza es hija o madre.
Los temores le ciñen las sienes.
Todos los signos de injusticia la incitan
a preguntarle a Dios,
si no son símiles las palabras inmolación y hambre.
Escombros de gentes y lagar de entrañas
a su vera, le son vecindades.
Paisaje e historia de los apátridas volcanes del hombre.
Fragmentados títulos le atan la palabra
creando pantanos en su propia sangra.
Arrastra inconcientes tifones de horas
y siente en las piernas treparse mil sierpes heladas
que gritan…¡detente!…¡detente!
Los ojos encendidos, vencidos y graves,
buscan alcanzar el nombre del santo que la salve.
Todo el día ha ido así, desbocada.
Agónicos quejidos en su ir arrastra
y dona a su paso verdades acalladas.
De lejos divisa una cuenca plateada
donde mil heridas rompen su letargo.
Con treinta monedas la engaña la luna,
que en el fondo es trueque por su desarraigo.
Corre, corre, corre ya desintegrada.
La ha enloquecido saber que el abismo
entre “sima” y “cima”, no es una letra.
Siente cómo el pecho agitado le estalla…
Sus huellas se enredan con las del camino,
quien preparó en silencio nefastas mordazas.
El día la encuentra con su dignidad mancillada.
Mientras el cielo de chapas sus rezos enhebra…
El cielo de mármol… su ambición respalda.
ACERTIJO
Vago por el acertijo
de la arista desnuda
de mi boca
y con vocablos premoldeados
destierro todo
lo que no puede soterrarse
en mi piel.
Mi inquietud
urde un inmenso horizonte,
que me enreda
en sus cuerdas
y me atrinchera
en su obstinado
hechizo.
Una a una voy sorteando
las fauces
que aguardan abiertas
bajo mi llagado pie.
Despechada la lumbre
envía su huestes aceradas
sobre los puertos
abandonados de la casa.
La invocación del silencio
deshecha los afanes,
por las grietas
de mi telar de ensueños.
Elevo mi sombra.
Desgarro el aliento.
Desde la rutina
una rebeldía de azahares,
me insufla sus brasas
encendiéndome toda.
Una vez más,
descubro los prodigios
de la lumbre,
que recorro gris y sola.