Judit Anabela Gutiérrez
Buenos Aires
ARGENTINA
Dos duendes
Dos duendes del subte
Me dan un subvenir
Dos duendes pringosos
Si crecen son peligrosos,
Solo por sobrevivir.
Piojal en el pelo
Caramelo de barro
Es una estampita
De San Cayetano,
La apuesta a mi mano.
Uno al otro persigue
El otro se deja alcanzar
Uno al otro atrapa
El otro busca y busca,
No encuentra que atrapar.
Silba el subte
Suelto la estampa
Infecunda apuesta
Escapo con trampa,
Bajo, el subte los arrastra.
Durmiente en Constitución
Acuna, cuna gris, la cara seca
contra el piso de huellas de suelas sembrado,
y frío...
...y el sueño mece el cuerpo inmóvil del que se quedó
aquí,
en ningún sitio, dormido.
Por el pasillo de Constitución pasan
las voces huecas de sentido.
Su oreja dura la baldosa besa
y ve, subterráneo, una canción de cuna,
Suave raspa contra la mejilla
las hilachas del puño hasta el párpado,
se cubre, se rasca...
...cemento arrastra,
desnudo el vientre,
boca abajo raspa
la panza, molesta
al durmiente.
Se rasca, despierto, la cara, del suelo la aparta.
Solo abre un ojo, está sólo, cierra,
remolonea, mandíbula – dientes, paladar- lengua, cierra,
De nada se cuida, de todo duerme.
Lo que tiene ninguno lo quiere
Porque de todos es:
el ronroneo que late
en la sangre que suda
del hombre que busca
el orgasmo que nace,
el olor de la orina
dándole sabor al aire,
calor al agua,
alivio al cuerpo,
las tardes de sol
en la vereda del invierno
y la amable brisa
a la sombra del verano,
...y de él, durmiente en Constitución,
esfinge tosca de la frustración de su imperio,
de él, cara sin suerte, vagabundo perdido
en el templo de su Dios,
de él, son todas las faltas,
único encantador de serpientes
que no tienen cabeza
héroe mínimo de las batallas perdidas
en guerras no peleadas,
garganta de mudo, apretón de mancos, reposo de muertos, sueño
descuidado, lepra hasta los huesos, carie en los
huevos, lágrimas en las venas, frigidez de puta, espectro para los
vivos, madero para la cruz, espina de la corona,
vinagre en las heridas,
carne cruda entre las muelas
lastimando las encías,
pestaña endurecida
por el tiempo clavada
en ojos ciegos.
Durmiente en vías muertas,
reposa sin descanso,
¡fallida modorra desafortunado gusano de seda!
no comes y tampoco
a mariposa llegas....
La hebra en el laberinto vagabundo.
El viento helado en el pecho,
Nubes negras en la cabeza,
Tieso, parece sostener con la mirada
Una pincelada gris del cielo
E infinitos monstruos de concreto.
No hay ciudad que nos salve del rayo
Ni gentío que libere de la infinita llanura desierta
Cuando cae la tarde, cuando se forma la tormenta.
Es una línea oscura, o la ausencia de su voz,
Entre las líneas, o en la voz, de la lluvia
Que pisa desparejas veredas rotas,
Moja a niños, a perros sueltos,
A este montón de trapos sucios, de pelo revuelto.
Sólo el hombre sabe de la soledad
Se aflige por ella, la busca y la desprecia
Como un amante infiel pendiente de su felicidad.
Este bulto que entorpece el paso,
Y que huele mal, como maldice la señora bien,
Es un rumor de sangre que se queja
Y se baña de lluvia en la tarde de bocinazos,
De zapatos mojados que se apuran a cruzar.
El brillo de la última luz de la tarde,
O el consuelo del sol, roza inútil
La cara partida, la piel reseca.
Esta cara desconocida es un rostro sin dientes
Y con la mirada perdida, evocación de malos sueños,
Tristes, eternas pesadillas para débiles,
Urdidas por los que indiferentes cruzan la Avenida Alvear
Arremolinados en rumbos limpios.
Lo veo, lo dejo atrás, creo que no está,
Igual que la basura y el dolor por lo perdido, Igual que los temores y los
enemigos.
Tronchado el hilo de Ariadna,
Se extiende infinito frente él un laberinto
De eternos muros desiertos,
Ausente de caricias, privado de besos,
Este hombre sueña despierto, vaga mudo.