Ricardo Costa Brizuela
Buenos Aires
ARGENTINA

 

Avenida del Tejar 3050

De tu deprivada boca, Dios de barro,
se estrolaban las verdades con vereda,
la cancha del fulero para el truco
y el entretejido de la abuela viuda y sorda,
sobre el bobo melancólico y embirrado,
tu canto.

Y tú, abuelo del mar efusivo,
nos lanzas con la escueta sobriedad
de las almejas en el polo,
tu pena y paraíso platense
de barrio cerrado a la mesura.

En tu mirada de cristal,
siempre has retaceado,
(porque la creación
nunca duró una semana,
porque tus ángeles te oyen
con ávido estupor de saldo perpetuo,
sacro lustre y respeto;
porque a los padres se los eleva
hasta la humectación,
hasta el tatuaje clandestino,
hasta la adultez de contrabando,
porque todo epigrama es éxodo y campana),
un pedacito de cielo… y en tu arte,
Dios de barro, la bronca,
el faso y la esplendorosa vida eterna
como un fusilazo.
Pero nos has dejado, a tus vástagos,
desde las arrugas de tus manos
sobre la papusa melodía,
tus actos de génesis porteños,
ensueños, el motivo, las macanas,
el malevaje y otros milagros
empantanados
en tu voz de eucalipto,
ciruela y roble.

(a Roberto Goyeneche de Papo)

 

Dónde la plaza Castelli

Desayuno en el Torreón
o en la inglesa librería fumo
antes del poema,
los ruidos del anterior Mitre
me resuenan
como la gangosa pelea de hermanos
en un palomar.

Las fragancias del pensamiento
en la mesa esmaltada
frente a la plaza Castelli
subían en vapores de soles de octubre,
perfumaban memorias y unían
mis personalidades,
cuando empecé a escribir
en la península de Quiberón.

Dónde la plaza Castelli comenzó el libro;
allí, en un bar, en “Croxi”, la propulsión,
el rebaño prendido, los hijos del sauce,
desenclavijándome,
abriéndome el rebozo, la melodía interior,
los rodeos ilusorios de las tardes de domingo;
regenerándome,
una huella de pulgar fatigado
por la metonimia,
¡se desprende la resina!,
lágrimas de azul tinta, paralelismos
y las lecturas de mi madre.
¡Una década!

Sin trenes a Rosario, hoy, la gente
al trabajo, los lápices
a la sinonimia de albatros
y las rodajas avergonzadas de parágrafos
que hacen canto con el tiempo,
que significan tardíos como la ristra de ajos;
mis poemas,
mis creaciones de pingajos,
grávidas goteras,
mis sentencias de sidras,
narraciones clandestinas,
sortijas de doble cielo.

Hermosa plaza poeta:
Oblígame a escribir,
a aventurarme surrealista
como un desertor, o como...
un ebrio en la tertulia acostumbrada
a finales de ligamentos y gasolina.

Hermosa plaza poeta:
Oblígame a caminarte,
a pisar tus cabellos de retamas,
a sostener tu cansancio
de eterna amante primeriza
en mi sombra también cansada,
que se dilata con el paso de los versos.

Te canto con humedad,
con años de en tórax y lengua,
con oficiosa melancolía
y peldaños alegres de mis estrofas
que, aquí, te salvan, nos salvan,
me salvan alabeado en tu mesa
como un trío de ases;
perpetua musa.
Te admiro.

 

HOY

Hoy sí voy a ser
un abrazo inmenso
como la ausencia,
como el día solitario,
cuando llegue,
a la noche.

Hoy sí me van a balear
doscientas veces con saliva
y renaceré, hecho robot,
o fantasma, o mascota;
serán los mares nuestra cama
y tus huesos millones de anclas,
seré una nube
silenciosa
detrás de la puerta, esperándote
para envolverte,
levantarte, llevarte a volar.

Hoy sí
cinco dedos son espadas
ceremoniosas, que se entrelazan
dejando la sonrisa desorbitada
galopando al techo del comedor, nocturno…
dejando la mirada postergada
por el oficio desesperante de esperar
cada llegada, cada palabra,
y verte
cada día más grande,
único,
más fuerte y necesitado,
arrugado y dulce.

Hoy sí, me juego todo
cuando (te escribo) llegue
del trabajo, hijo mío,
hoy sí te he extrañado
(como siempre).