Fernando González Carey
Río Negro
ARGENTINA

 

 

 

EL SUEÑO DEL JESUITA NICOLAS MASCARDI

Fernando Gonzalez Carey

( Texto ficcional en el que se relata cómo el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi sueña que ha llegado a la legendaria ciudad de los Césares en la Patagonia austral (llamada Lin Lin por los aborígenes), antes de ser sacrificado por los paisanos del lugar el 5 de Febrero de 1673, en cercanías del valle del río Deseado.)
“... sus pasos desacomodaban al acólito Domingo (1) y lo obligaban a apurar la marcha. Mascardi, con el rostro desfigurado y las manos como tenazas sobre el gastado crucifijo de plata que pendía de su cuello, avanzaba con trancos decididos . Pocas veces se detuvo, y observaba siempre el Occidente clavado entre cumbres, y era entonces cuando postrado en tierra clamaba con voz entrecortada por la fuerza necesaria y la palabra justa que abriera las conciencias perturbadas de los poyas que cerraban su camino. Mientras oraba, olvidado de la presencia de su fiel acólito, caía la tarde sobre el lago que filtraba sus aguas por el río Deseado y entonces creyó divisar murallas y fosos (2) donde el infinito bosque de lengas, ñires y cohiues manchaban el sector occidental de la cordillera tantas veces superada, tantas veces caminada. Oteó con suma atención ese rincón, advirtiendo dos cerros que vestían de diamante y de oro sus cúspides y, en ángulo, las siluetas de las cúpulas de las torres y los techos de las casas. Mascardi subió atropelladamente un cerro cercano y abrió sus ojos para llenarlos de una nueva arquitectura de templos, innumerables avenidas, palacios, fortificaciones y puentes levadizos. Todo era magnífico para él y el oro vestía las calles. Una gran cruz coronaba la iglesia mayor y los sones de la campana eran una música de alturas celestiales. Descendió corriendo para dar la buena nueva de haber encontrado la ciudad encantada llamada Lin Lin por los aborígenes, cuando advirtió la presencia de un nutrido grupo de sus habitantes, altos, blancos y barbados que vestían capas y sombreros con plumas, de anchas alas. Sus armas mostraban la bruñida plata y calidad de los aceros españoles. Mascardi, atónito, creyó escuchar sus cantos y alcanzó a gritarnos que no podía resistirse a que lo alzaran en andas y lo llevaran entusiastas hacia la ciudad fantástica. Creyó haber llegado, haber recuperado esa ciudad que había intranquilizado el sueño de tantos españoles que llegaban al Río de la Plata, o que venían del Perú o estaban en Chile. La ciudad que tantas expediciones militares habían buscado a través de la pampa ya estaba decididamente encontrada. Le llamó la atención a Mascardi que lo habitantes fuesen los mismos que la edificaron hacía más de un siglo y que nadie naciera ni muriera en ella, que nada pudiera igualar su felicidad. Los que allí llegaban perdían la memoria de lo que fueron mientras permanecían en ella, y si un día la dejaban se olvidaban de lo que habían visto. Interrogando a sus moradores, supo que no es dado a ningún viajero descubrirla, aunque la estuviera pisando. Una niebla espesa se interponía siempre entre ella y el viajero, y la corriente de los ríos que la bañaban alejaban las embarcaciones que se aproximaban demasiado. El padre Nicolás les explicó a los fantásticos habitantes los inútiles esfuerzos por encontrarlos, pero éstos le aclararon para su conocimiento que solo al fin del mundo se habría de desencantar la ciudad, por lo cual nadie debía tratar de romper su secreto.
Cuando Domingo se acercó con premura al padre Nicolás para informarle que no muy lejos había indios poyas con dudosas intenciones de aceptarlo, él se incorporó súbitamente y trató de dibujar la situación. Bien sabía que esos paisanos de narices agujereadas y colgantes de chapas de metal y chaquiras colgando, que no habían oído su predicación ni querían que anduviese por sus tierras cordilleranas enseñando la doctrina del santo evangelio, eran un obstáculo serio para proseguir con sus objetivos. Acarició varias veces la cruz plateada que llevaba sobre su pecho, tomó su mochila y preguntó por Manqueunai, cacique fiel y baqueano sin cuyo concurso difícilmente hubiera podido llegar hasta Punta Vírgenes, en las puertas del Estrecho de Magallanes el año anterior, y ahora hasta esas regiones cercanas al valle del río Deseado. Le recomendó la caja de ornamentos sagrados que llevaban y se postró en oración. La tarde de aquel 5 de febrero de 1674 lo encontró madurando en sus labios la misma súplica que elevó al cielo en oportunidad de iniciar su actividad apostólica en su Misión del Nahuel Huapi: “dichoso yo si lograra derramar toda mi sangre por Cristo y así fecundar esta tierra hasta ahora estéril”(3)(1) Muchacho que acompañaba al sacerdote, con funciones de monaguillo. Fue quien rescató el cuerpo del jesuita para llevarlo a la isla de Chiloé (Chile). Finalmente, Mascardi fue inhumado en la ciudad de Concepción, pero sus restos se han perdido debido a un terremoto que sufrió esa localidad. Posiblemente por esta circunstancia, la Iglesia no ha querido iniciar los trámites de santificación del jesuita.
(2) La Ciudad de los Césares (también denominada LIN LIN) fue un lugar fantástico que intranquilizó el sueño de los conquistadores españoles que llegaban al Río de la Plata, venían del Perú o estaban en Chile.. El nombre de “Ciudad de los Césares” le vendría por el capitán Francisco César, a quien Sebastián Gaboto comisionó para que reconociese nuevas tierras. El relato vivido por sus protagonistas constituyó una de las génesis del mito de la Ciudad Encantada, que fue ubicada en lugares que iban desde las pampas hasta la cordillera atlántica y la Patagonia austral.
(3) Si bien el relato es ficcional, debe aclararse que la narración se basa en hechos históricos extraídos de libros de autores como Diego Rosales, Milcíades Vignati, Guillermo Furlong, Pedro de Angelis y Clemente I. Dumrauf entre otros. Al no tratarse el presente relato de un texto estrictamente histórico, el autor considera que no es necesario perturbar al lector con precisiones acerca de las fuentes consultadas.

 

Memoria animal
Fernando Gonzalez Carey
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El Canal 10 de Televisión de Roca todavía funcionaba sobre las bardas del Norte, más allá del basurero a cielo abierto, con sus quemazones y corrillos de chicos hurgando en los cañadones.
Debían hacerme una entrevista sobre mi último libro de cuentos, circunstancia que me honraba y me invadía de ansiedades. Carlos, un empleado de la empresa, me esperaba con su remise en el centro. Cuando nos aproximábamos al basural me inquieté al divisar de cerca perros cimarrones, que nos ladraban sin continencia.
- No se asuste -me dijo Carlos- son los perros abandonados. Nos van a perseguir un buen rato, pero después
desisten. Fíjese qué flacos , pero qué vigorosos son. Por nada del mundo me gustaría quedar a pie por
estos lugares..
- El Municipio debería hacer algo.
- No hacen nada. Un hombre fue destrozado por estas jaurías, un pobre paisano que llevaba grasa en una
bolsa.
- Habría que venir con escopetas y ahuyentarlos a tiros…
- No crea, le hacen frente a todo. Es por el hambre que sufren. Además, se reproducen casi como ratas.
Forman jaurías que atacan a los ciclistas y ni hablar si alguno se larga a correr. Siempre están al acecho y
saben guardar distancia de las casas, porque saben que de ahí les tiran.
Después Carlos me confesó que hacía 25 años trabajaba en el Canal y sabía muchas historias
relacionadas con esos perros cimarrones. Al regresar del reportaje, se distendió contándome un caso
increíble.
- Habíamos ido al Canal, allá arriba, para grabar el reportaje de un médico reconocido, que tenía la
costumbre de llevar a su perra a donde fuera. Era de raza Doberman, negra como una pizarra y
obediente. Sabía ocupar su lugar como una persona más, por eso no puse reparos en llevar a tan distinguida
dama en el asiento trasero. Al regresar, ya de noche, tuvimos la mala suerte de estropear la rueda trasera,
así que detuve el coche a sabiendas de que ése era un lugar peligroso por las jaurías, pero tomé mis
precauciones, dejando mi pistola a mano. Mientras realizaba el cambio de neumático, el médico
descendió para estirar las piernas y también lo hizo la Doberman, que estuvo oliendo por los
alrededores. Ya era tarde para advertirle a mi pasajero que no lo permitiera, pero como la noche estaba
serena, con Luna llena, consideré que no había peligro y que el recambio de neumático finalizaría
rápidamente.
No se oían ladridos, todo era un manto de silencio y eso me preocupó. Uno oye
historias….Estos animales salvajes son muy astutos para atacar y lo hacen con perfecta disciplina. Cuando
la perra se puso en guardia y estiró su cuerpo inmovilizándolo, traté de penetrar la oscuridad. La meseta
presentaba quieto su ramaje achaparrado pero algo se estaba gestando en la plenitud de las sierras. De
repente, un ladrido salvaje y persistente enganchó otros y en perfecto círculo se presentaron los perros
salvajes, tan dispares, tan iguales en sus propósitos. La Doberman encaró con firmeza, no dio tregua, saltó,
mordió y no presentó flancos débiles ante la superioridad numérica que finalmente venció sus defensas y
la persiguió por los cañadones hasta que la perdimos de vista. Disparé al aire varias veces pero todo fue
inútil, el desierto estaba nuevamente callado y tranquilo. La Luna persistía con su claridad. Intentamos
direccionar los focos del auto para rastrear a la jauría, pero al rato desistimos y regresamos a Roca
sumidos en el espanto.
- ¿Y la perra?
- A la perra la perdimos. Con el médico nos vimos dos o tres veces. Pasaron varios años y un día lo
encontré en la estación terminal de micros. La charla fue inconsistente al comienzo, hasta que le pregunté
si la perra había regresado. Sus ojos se le iluminaron y comenzó a hablar.
- Mire, Carlos, todavía no le conté cómo siguió la historia y ya tengo la piel de gallina. Usted perdone,
pero tengo un segundo agendado en mi vida que vale por todos los vividos. Los años que siguieron a la
desaparición de Mandinga -así llamaba a mi perra- fueron duros y tristes. Siempre recorría los
senderos del basurero, mirando los lugares tan marcados por la memoria. Una y otra vez, no me
cansaba de hacerlo. Pero fue en una noche de lluvia y de fuerte tormenta que, cansado del trabajo del
día, recorrí el camino que pasaba por el basurero. Un desperfecto del coche, una bujía mojada, qué sé
yo, algo funcionaba mal y bajé a ver si podía dar solución. Con el capot levantado y la cabeza en el
motor volví a vivir ese silencio que gesta algo terrible en la inmensidad de la sierra. Miré a mi alrededor
pero la noche cerrada y la lluvia persistente no me revelaron nada, hasta que unos ojos feroces
iluminaron mi noche y me acorralaron contra el auto. Un ladrido fue la orden y se abalanzaron
furiosos sobre mí. Lucha despareja, gritos de angustia y de dolor, patadas y mordiscos sentidos ya en el
suelo, cubriéndome la cabeza, sin tiempos de rezos, sin perdón, a merced de lo que viniera… Y vino.
Del vacío de la noche saltó una sombra, fibra pura, fuerza y elasticidad, eludiendo, mordiendo,
espantando. Una ráfaga. Después, los sucesivos aullidos del dolor, la estampida. No era mi perra, pero
reconocí su semejanza, su raza. No me caben dudas, era la cría nacida en las inmensidades de la meseta.
No se dejó acariciar, pero aún tengo en mis pupilas el ardor de la mirada y su ternura.
FIN
Este cuento es pura ficción

 

MENSAJE CRIPTICO
Fernando Gonzalez Carey
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Soy buscador de historias, así de simple. Historias alegres, de amores perdidos y recuperados, historias negras de traiciones y desencantos. No resulta fácil encontrarlas, pero las codicio porque en sus intersticios, en sus más mínimos recovecos está la grandeza del hombre, o su miseria.

Hoy quiero contarles lo que le oí a un paisano llamado Nicasio, que vive en la meseta, al Sur de General Roca, cerca del cerro que llaman “De La Cruz”. No pienso ocultarles nada de lo que nos narró una tarde de Otoño, guarecidos en su rancho con un viejo amigo que me acompañó.
Pasando el puente de Paso Córdova sobre el río Negro, y yendo hacia el Sur por la ruta pavimentada, aparece solitario el cerro que nombré anteriormente. Dejé el auto a un costado y emprendí la caminata, tomando algunas referencias para no perderme y poder regresar. Cantimplora, buen sombrero, zurrón y zapatillas andadoras. Todo estaba controlado cuando di los primeros pasos hacia el Oeste.
Me detenía a cada instante, sabedor de que esa zona es muy rica en restos petrificados de coníferas, dinos y ballenas, muchos de ellos arañando apenas la superficie. A pocos kilómetros de andar, vi un rancho alejado y a un paisano que me saludó. Más adelante, descubrí un yacimiento con desechos de puntas de flechas y, esparcidos, cantidades de troncos petrificados. Finalmente descendí a un cañadón y tomé allí algunas muestras.
Después de varias horas emprendí el regreso. El paisano reiteró su saludo desde un cerco que contenía chivas bien flacas.
Después de cenar me enfrasqué en limpiar las muestras y en catalogarlas para entregarlas al museo paleontológico. Mientras lavaba un trozo durísimo de conífera petrificada , de un morado veteado sobresaliente, me quedé con la mirada fija en unos rayones que tenía. Busqué la lupa y observé que alguien había grabado (con la punta de un hierro muy penetrante y duro, ciertamente) las letras “VIL”. Pensé que podría tratarse del general Villegas, quien posiblemente visitó esta región.
Yo sabía que el Ejército había estado en la zona, que varios investigadores y religiosos la habían recorrido o atravesado, pero ¿quién había grabado esas tres letras y con qué intención?
Con estas inquietudes, y resuelto a desentrañar la historia, me acerqué a la vieja estación del Ferrocarril del Sud para entrevistarme con un antropólogo que trabaja en la oficina de Turismo. Después de oír mi relato, me propuso regresar al sitio exacto del hallazgo, y se entusiasmó cuando le comenté lo del paisano. ¡Ese viejo debe saber mucho! – me dijo.
Fue fácil ubicarlo. Estaba sentado con su mate en el mismo lugar en que lo había visto la primera vez, controlando las chivas que balaban por los alrededores. La charla dio varios rodeos al comienzo, así que no bien nos dio pie para explicarle el motivo, le mostramos lo que había encontrado cerca de su rancho y quisimos saber si él nos podía ayudar a descifrar las letras grabadas.
Nicasio tomó la piedra y arrugó la vista para leer. Calculando que no alcanzaba a hacerlo, le clarificamos la grabación y nos quedamos sorprendidos cuando el viejo, sin prestarnos mucha atención, nos advirtió que debió haber sido muy despreciable lo que esa piedra insinuaba.
Nunca pensé que sólo tres letras podían esconder una historia y me alarmé por el hecho de que ninguno de los dos había logrado leer un mensaje tan claro.
El viejo quedó un rato en silencio, prendió un pobre cigarro y nos contó lo que sabía.
Muchachito era yo nomás, y vivía con el padrastro. Aquí, aquí mesmo y todavía está el rancho como aquella vez. Cierto día el padrastro, que en paz descanse, me pegó un chiflido cuando lo vido de lejos. No estaba solo, unos milicos lo traían a la rastra y a los gritos. Todavía lo´ estoy oyendo, “vamo, sabandija, levantáte”, y sonaban los lonjazos. Yo era muchachito, como les dije, y estaba asutao, casi escondido detrás de la ventana. Los soldados lo llevaron detracito de aquel algarrobo, donde el agua formó un cañadón grande y projundo. Después hablaron con el padrastro y le anoticiaron que allí lo iban a dejar, que debían cumplir un encargo de la superioridá y que tuviéramos cuidao porque el paisano no era de confiar. Más adelante pasarían a buscarlo, que allí lo dejaban con las esposas en los pies y en las manos. Todo esto pasó hace muchos años, cuando yo era muchacho y vivía con el padrastro, pero lo tengo fijao bien adentro, que no lo puedo borrar…” Delen agua y algo de comer “ , alcanzamos a oír cuando la milicada trepaba por aquel lao. El sargento tenía gran vozarrón, eso ricuerdo. Y se fueron nomás y nos dejaron el bulto.
Después las cosas pasaron como pasaron. Yo al principio no me le animaba ni quería verlo, pero el padrastro sé que le llevaba agua, no me decía nada, pero le llevaba. No sé cómo el paisano apareció un día, parao y apoyao en el poste, en ése. Tomó algo de pan que le ofrecí y se fue, arrastrándose como podía. Eran los días en que el padrastro estaba en el Cuy, pero cuando volvió nada le quise decir. Después , al poco tiempo, llegó la nevada y por días no salimos del rancho, meta mate y mate y galleta. De noche solíamos oír sus quejíos y maldiciones. Un día salí y me acerqué al cañadón, pero ya no estaba. Creí que habían venío los milicos y que se lo habían llevao, así que volví al rancho, preocupao.
Es pa no creer. Al día siguiente, bien tempranón, apareció el sargento con su vozarrón a los cuatro vientos, oliendo, mirando y preguntando que dónde estaba el preso, y qué le podíamos decir. Enojau estaba el hombre, y lo´otros detrás, callaos. Recorrieron los alrededores y se jueron, medio disconformes y amenazándome…
Siempre me decía el padrastro que yo era medio, cómo se dice, medio aindiao pa seguir las huellas. Una marca en el suelo, una rama rota, todo me servía pa seguir a un animal perdío. Y lo hacía muy bien, nada se me escapaba. Así que esa tarde me puse en camino pa ubicar al paisano, perdío seguramente en esta tierra sin fin. Encontré por ái unas trampas que estaban muy bien hechas, con ramas puntudas de algarrobo y más adelante la arena removida pa dormir de noche. Era con toda seguridá un hombre acostumbrao al campo y se notaba por la manera que tenía de elegir yuyos pa morder y sacar jugo. Detrasito pero a prudente distancia, y como envolviéndolo, vide rastros de pumas y de jaurías cimarronas que suelen llegar del poblao. Son jodíos cuando buscan, y se atraen entre ellos. Las marcas en la arena mostraban un hombre desesperao, que como serpiente se iba arrastrando, buscando los cañadones pa ocultarse.
Una sola vez, aura que ricuerdo, pude cruzar dos palabras con él cuando se acercó al rancho pa pedir comida. Me dio a entender que era resertor, que aquí lo habían apresao. Que cuántos años tenía, y bué, yo le daba por los cuarenta, hombre juerte, de carácter. Y nada más le pude sacar, tenía su mirada fija en las chivas…. Una sola vez pasó esto, una sola vez.
Fue el Malevo el que me dio la pista, me ladraba dende lejos, volvía y regresaba nervioso, desconocío. Más adelante pude entrever la situación y me santigüé asustao. Allí estaba el hombre, semienterrao y comido por la jauría hambrientona . Sus huesos estaban secos por el Sol y la calavera a varios metros, como si hubiesen jugado con ella. Las hormigas entraban y salían por las vértebras. Pude ver que las esposas estaban rotas, gastadas de tanto ser golpiadas. Seguramente las utilizó pa rayar la piedra... ¡Ahijuna, qué viles estos milicos, eso no lo hace un cristiano!
Ahí mesmo enterré sus huesos, puse una cruz piadosa rezando lo poco que sé, y regresé al rancho. Jamás comenté esto y nadie me preguntó. Los soldaos nunca volvieron y ya va para más de cincuenta años… y todavía, entre sueños, veo al hombre arrastrando su condena, con el calor espantoso de la meseta, sin agua y juyendo de la jauría, espantándolos hasta caer derrotao, con el dolor de las mordías de los perros salvajes. Ojála Dios se haya apiadao de su alma y lo tenga en su gloria bendita…
Le dejamos a Nicasio algo de azúcar y de yerba, unos cuantos cigarros , un poco de dinero y nos fuimos en silencio, amontonando pena y dolor.
Después de varios días observé con gran detenimiento la piedra y descubrí, asombrado, que entre letra y letra el desertor había grabado pequeñas rayitas que revelaban, no sólo su grado de instrucción sino también la fecha exacta de su martirio en las inhóspitas bardas del Sur.

FIN
Este cuento es pura ficción.