José Cedrón
Distrito federal
MÉXICO
Currículum Vitae
La otra Argentina
Nos amábamos tanto
José Antonio Cedrón
(fragmento)
A Gregorio Selser
II
Un compañero de barrio que tenía tics nerviosos fue llevado
hasta el consultorio de un médico clínico porque durante periodos
movía un hombro, en otros podía guiñar un ojo, y en otros
periodos estirar el cuello.
La madre solía reconvenirlo en presencia de nosotros con un duro interrogante:
"¿no te da vergüenza?".
El médico le recomendó a la señora comprarse una regla
de metal duro y tenerla a la vista del niño; cuando hiciera cualquier
movimiento, golpearlo en el hombro.
De esta suerte de terapia, supuestamente el niño, ante el temor de
ser golpeado, perdería la costumbre de los tics.
III
En 1960 Rosario tenía nueve años y aún le resultaba imposible
escribir con la mano derecha, pese a que en la Escuela de Monjas Pasionarias
Michael Ham (filial Vicente López, en Buenos Aires) la enseñanza
era rigurosa: semanalmente le hacían juntar los dedos de su mano izquierda
y en un acto de persuasión educativo-disciplinario las Madres, Hermanas
y el Director le pegaban de reglazos hasta
inutilizársela para obligarla a ser diestra; una inclinación
de lado obsesiva que alcanzaría, con el tiempo, arraigo suficiente.
No obstante, a más de 20 años de pasar aquello, Rosario continúa
sin poder escribir con la mano indicada. Los métodos, recuerda, nunca
fueron desaprobados por la institución, pese a los distintos certificados
médicos presentados.
Leo en el Diccionario Larousse: a zurdas, con la mano izquierda: (fig) al
contrario de como debía hacerse.
VI
Éramos muy niños, me dice el poeta Eduardo Dalter, por eso nunca
me olvido. El tipo tenía como 40 años, se reía con todos
los dientes, era bajo, menudo, bien oscuro, y estaba vestido con un traje
verde, se movía como los boxeadores, esquivaba; las pelotas eran de
metal recubierto con tela acolchada. Si le pegabas tres veces te ganabas un
vaso, una muñeca… El kiosco tenía un cartel de metal,
letras en rojo, decía: “Péguele al Negro sin Alma”.
VII
Orgullo nacional
Domingo Faustino Sarmiento, presidente argentino desde 1868 hasta 1874, nació
en la pobreza extrema de un barrio en la ciudad de San Juan, provincia de
la que fue gobernador. Según sus reseñistas: un “criollo
de cepa hispánica con profundas raíces en lo visigótico
y lo morisco de la raza”.
Pedagogo, escritor, político, y también coronel de ejército,
Sarmiento fundó y dirigió varios periódicos en Argentina
y en Chile, donde vivió una década de exilio. Entre otras obras,
escribió Facundo, Civilización y Barbarie, un clásico
que regalaban a los mejores alumnos al terminar la primaria.
La escuela le reconoce su docencia modélica, edificante: “Maestro
de la Patria”, “Padre del Aula Argentina”; conmemora su
muerte el 11 de septiembre y en ellas se canta el “Himno a Sarmiento”.
Sus declaraciones, discursos, citas, escritos son innumerables. En el Senado
también hizo docencia, por ejemplo:
“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las
casas de huérfanos se han de morir, que se mueran (…). El mendigo
es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. Los huérfanos
son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no
se les debe dar más que de comer”. Y después: “La
clase decente forma la democracia, ella gobierna y ella legisla. (...) Cuando
decimos pueblo entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante.
Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues,
no ha de verse en nuestra Cámara, ni gauchos, ni negros, ni pobres.
Somos la gente decente, es decir patriota”.
En 1840, afirmaba: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe
darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios
de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando
a los jacobinos de la época de Robespierre”.
Como la mayoría de sus pares, Sarmiento ha sido fiel a la tradición
racista de la conquista europea.
Siendo director del diario chileno El Progreso, escribe: “¿Lograremos
exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible
repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que
unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen.
Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son
todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil,
sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño,
que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”.
Adversario de Juan Manuel de Rosas, en un párrafo de Facundo, dice:
“La adhesión de los negros dio al poder de Rosas una base indestructible.
Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina de
esta población”.
Como gobernador de San Juan por orden del presidente Mitre, en 1862 le escribe:
“Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas
guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta
de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial.
Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto ciento cincuenta mil.
Su avance, capitaneados por descendientes degenerados de españoles,
traería la detención de todo progreso y un retroceso a la barbarie
(...). Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López
lo acompañan miles de animales que le obedecen y mueren de miedo. Es
providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní.
Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida
de cuyo contagio hay que librarse”.
VIII
El ideario antiperonista es un compendio del racismo bizarro. Los primeros
teléfonos públicos eran negros; sirvieron de sinónimo
para calificar la extracción social de los migrantes de provincia llegados
a Buenos Aires para trabajar en las fábricas del cordón industrial.
También “cabecitas negras”, “aluvión zoológico”…
finalmente dieron sello patrimonial pluralizado en: “negros de mierda”.
Cuando en 1952 Evita agoniza, las manos de esas voces escribieron en muros
de su casa: “Viva el cáncer”.
Al mediodía del 16 de junio de 1955, en un primer intento por derrocar
al gobierno de Juan Perón, 34 aparatos de la aviación naval
y la fuerza aérea bombardean la casa de gobierno y la Plaza de Mayo.
Se lanzan más de diez toneladas de explosivos que matan 350 personas
y dejan miles de heridos y lisiados.
Los militares golpistas huyen hacia Uruguay y solicitan asilo.
Sus aviones tenían escrito en el fuselaje “Cristo Vence”.
IX
El general Ramón Alberto Camps dirigió la Policía Bonaerense
de la dictadura militar encabezada por Rafael Videla desde abril de 1976 hasta
diciembre de 1977, y tuvo a su cargo los centros clandestinos de detención.
Fue uno de los dueños de la vida, de la muerte, de los bienes y de
los hijos de sus prisioneros.
En 1986, la Fiscalía General lo acusó de haber realizado 214
secuestros extorsivos con 47 desapariciones, 32 homicidios, 120 casos de tormentos,
así como violaciones, abortos provocados por tortura, robos y sustracciones
de menores.
Todo ello en 20 meses.
Como otros militares de su generación, Camps se caracterizó
por su antisemitismo y diseñó un juicio en masa contra los judíos
destacados para condenarlos por sionismo, con lo cual se intentaba validar
una conspiración contra la Argentina “occidental y cristiana”.
Obsesionado por lo que denominaba “cuestión judía”,
entre otras víctimas secuestró y torturó a Jacobo Timerman,
director y propietario del diario La Opinión.
Cuando la presión internacional empezó a incomodar a la junta
militar, al prisionero le quitaron la ciudadanía argentina y lo expulsaron
del país.
Para justificar el accionar contra Timerman, el mismo Camps organizó
una conferencia de prensa en el exclusivo hotel Alvear del barrio Recoleta.
Allí se limitó a reproducir unas cintas del interrogatorio bajo
tortura donde el prisionero admite ser judío y, ante el delirio de
sus captores, sionista como sinónimo.
No obstante, la perturbación anímica de Camps resultó
tenaz: en noviembre de 1982 publicó el libro Caso Timerman. Punto Final.
En su historial delictivo se cuenta el secuestro y desaparición de
10 estudiantes secundarios de entre 14 y 17 años en una Escuela Normal
de La Plata que habían participado en una campaña por el otorgamiento
del boleto estudiantil.
El caso se conoció como La noche de los lápices, un texto de
los periodistas María Seoane y Héctor Ruiz Núñez
que alcanzó difusión masiva a partir de 1986 cuando el director
Héctor Olivera lo convirtió en película.
Años antes, en 1983, Camps fue entrevistado por el español Santiago
Aroca de la revista Tiempo.
Allí el general admitió su responsabilidad en la desaparición
de por los menos 5 mil opositores políticos, justificó la tortura
como el camino más corto para conseguir datos, admitió haber
eliminado a periodistas incómodos y secuestrado a niños de desaparecidos
a quienes les alteró su identidad.
Pese a las acusaciones de la Fiscalía General en 1986, y a la comprobación
de culpabilidad por la Cámara Federal en el mismo año, fue beneficiado
inicialmente por el presidente Raúl Alfonsín mediante las leyes
de Punto Final y Obediencia Debida, y luego por el indulto que decretó
Carlos Menem.
Finalmente, para Camps “subversivos son todos los que no se preocupan
de hacer de sus hijos buenos argentinos”.
Un patriota. Por eso no pasó un solo día en la cárcel.
X
Confesión y delación resultaron negocio próspero. Eliminando
a sus víctimas, el botín militar incluyó todo.
Robaron sus casas, sus bienes, sus hijos, sus nietos.
En julio de 1984, la revista Siete Días publicó un reportaje
con el sacerdote Christian Von Wernich, capellán de la policía
federal a propósito de su participación en campos clandestinos
de detención de la dictadura.
Como confesor de Camps, compañero de ruta y testigo de las torturas
a prisioneros, Von Wernich defiende a su general: “Que me digan que
Camps torturó a un negrito que nadie conoce, vaya y pase... ¡Pero
cómo iba a torturar a Jacobo Timerman, un periodista sobre el cual
hubo una constante y decisiva presión mundial... que si no fuera por
eso...!”.
XI
Vamos, vamos, Felipe, caminá, caminá, vamos, ¿y? ¿no
vas a caminar? ¿querés que te pegue?, le dice la mujer de jeans.
Y otra que pasa a su lado, tal vez vecina: siempre hacen lo mismo, el mío
también. Hay que tratarlos como a los negros, ¿vio? Darle en
el lomo, ¿vio? Así se educan.
¿Escuchaste, Felipe?, dice la de jeans. Se ríen.
Pero Felipe sigue oliendo en el mismo árbol.
XII
Del pueblo para el pueblo
Local o visitante, las hinchadas rivales le cantan a Boca:
Son la mitad más uno/ son de Bolivia, de Paraguay/
Boca, ¡qué asco que tengo!/ lavate el culo, con aguarrás.
Segunda:
Si se peina con gomina/ usa peine en el bolsillo/
se casó con una puta que andaba yirando por Constitución/
ése es un hincha de Boca. / Boca la puta/ que te parió.
XIII
Desde el balcón
Van y vienen, van y vienen –dice
Todo el tiempo, ¿verdad?
Todo el tiempo, van y vienen, yo no sé lo que hacen.
Hacen plata, querida, eso es lo que hacen. No te rías, es verdad.
Y, sí, por algo son judíos –dice
XIV
Todavía entra luz porque es verano
La frase es de Juan, mirando el reloj para cerrar el negocio. Bety discute
con su única hija de 21 acerca del novio.
...Ya lo sé Anita, nadie tiene el futuro asegurado, pero él
tiene menos futuro, ¿o no?
¿Menos que quién? mamá. ¿Acaso Laura no se casó
con un tuerto?
Tenía un defecto en la vista, Anita, no inventes. Y era menor que ella,
y era mecánico, Anita, y su familia no salió nunca del barrio,
y ni auto tenían, ¿entendés, Anita? Un rengo es otra
cosa, ¿no le parece, Juan?
¿Un kilo me dijo?
Sí, y la botella.
Eso ya está.
La gente que tiene un defecto es más buena. No dicen que el papá
de la abuela era paralítico...
Pero eso fue por la guerra, Anita, ya estaban casados. La
señora no lo iba a dejar solo, ¿entendés, Anita? Ya ni
familia tenía el pobre; la gente que vino de la guerra sufrió
mucho.
Una nunca sabe lo que pasa, mamá.
Sí sabe, porque parece que es rengo de nacimiento, ¿entendés,
Anita?
Lo que pasa es que vos no lo querés como yo, mamá, y no
porque sea rengo, si fuera negro tampoco lo querrías...
Uno quiere lo mejor para sus hijos, ¿no le parece, Juan?
¿Y es muy rengo?
Y, notar se nota, sí, es rengo.
Yo conocí dos; hace tiempo, claro, muy buenos tipos eh, los dos eh,
muy...
¿Casados?
Uno; muy buen tipo, Bety. El otro vivía con la madre, trabajaba en
una carpintería...
¿Ve? ¿Con ese trabajo a dónde puede llegar?
Pero Bety, no todos los rengos trabajan en carpinterías...
XV
Televisión Abierta
Sergina Anunciación da Boa Morte es artista, negra, brasileña.
Cuenta que el empresario le preguntó:
¿Cómo conseguiste el Documento Nacional de Identidad?
Como todo el mundo -dijo Sergina, hice trámites.
El empresario dudó: Qué raro, porque a los negros y brasileños
no se los dan porque son prostitutas; en fin, no te ofendás.
XVI
En el café que frecuento frente a la Plaza Irlanda me entero de la
vida privada del mesero.
Al lado, la mujer que llegó acompañada hace un momento, le pregunta
por su acento. “Soy peruano”, le dice. Aahhh, ya me parecía
algo raro como hablabas le dije a mi marido. ¿Y de dónde sos?
¿Cómo? ¿Y eso está lejos de la capital? ¿Y
te gusta Buenos Aires? Porque es una ciudad con mucha gente, con mucho tráfico;
hay que acostumbrarse, porque debe ser difícil para el que viene de
afuera. Pero debe ser difícil vivir donde naciste con esa gente. ¿Y
allá qué comías? Aahhh, ¿y te gustaba? Acá
se come muy bien, ¿viste?
XVII
Subordinación y transmutación
Durante el gobierno de Isabel Perón, monseñor Victorio Bonamín,
vicario del Ejército, en homilía ante esa fuerza, se preguntaba:
“¿No querrá Cristo que algún día las Fuerzas
Armadas estén más allá de su función?”.
El difundido “espíritu de cuerpo” se funde con las almas.
“El Ejército está expiando la impureza de nuestro país
(....). Los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre
para ponerse al frente de todo el país...”.
El presidente del Consejo Episcopal Argentino, monseñor Servando Tortolo,
vicario general de las FFAA, en un almuerzo con integrantes de la Cámara
Argentina de Anunciantes, en el Plaza Hotel, asegura: “Se avecina un
proceso de purificación...”. Sabía de lo que hablaba.
Tortolo se podía jactar de no tener fuentes confiables. Él mismo
se encargó de pedirle la renuncia a la presidenta en nombre de los
militares para “restaurar el espíritu nacional”. Sus abstracciones
no son inocentes. De esta suerte, los purificadores le devuelven el rumbo
a las almas incompletas.
En la base aérea militar de Chamical, en La Rioja, el mismo Victorio
Bonamín, juzgaba: “el pueblo argentino había cometido
pecados que sólo se podían redimir con sangre”. Y en la
iglesia Stella Maris, patrona de la Armada Argentina: “La Patria rescató
en Tucumán su grandeza mancillada en otros ambientes. Estaba escrito,
estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza
y la salvó su natural custodio: el Ejército”.
Treinta días después del golpe militar, ya confortado su espíritu
clarividente, Servando Tortolo se inclina: “ruego a Dios que infunda
a los integrantes del Arma de Caballería pasión por el bien
y odio por el mal”.
Con la junta militar en el poder, monseñor Pio Laghi, Nuncio Papal,
declara: “Hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que
dice el General Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que
la Argentina viva y gane la paz”.
A sesenta días del golpe, en Tucumán, el enviado del Papa, didáctico,
define lo material y lo inmaterial: “El país tiene una ideología
tradicional y cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente y extraño,
la nación reacciona como un organismo con anticuerpos frente a los
gérmenes, generándose así la violencia (...). En este
caso habrá de respetarse el derecho hasta donde se pueda…”.
Y más adelante: “los valores cristianos están amenazados
por la agresión de una ideología que es rechazada por el pueblo.
Por eso cada uno tiene su cuota de responsabilidad, la Iglesia y las FFAA;
la primera está insertada en el Proceso y acompaña a la segunda,
no solamente con sus oraciones, sino con acciones en defensa y promoción
de los derechos humanos y la patria”.
El vicario de las FFAA, monseñor Miguel Medina, es más explícito:
“Algunas veces la represión física es necesaria, es obligatoria
y, como tal, lícita”.
En diciembre de 1976, Tortolo visita la Unidad Penal de Paraná, en
la provincia de Entre Ríos. Cuando los presos le piden que interceda
para detener las torturas, responde: “Esto no lo desconoce el presidente
Videla, porque está sucediendo algo similar en todo el país.
Tenemos un presidente que es maravilloso, es oro en polvo”.
Con más de 500 centros clandestinos de detención regados por
el país, como se comprobó más tarde, era difícil
esconder el silencio, sospechoso, por eso a los mirones se los combatía
empuñando la cruz y la espada: “Los señores militares
nos informaron con amplitud sobre la situación actual del país
en el marco de la actividad subversiva que se nos ha impuesto desde adentro
y afuera de nuestro territorio. Al término de la exposición
de los generales hubo un intercambio de ideas en un clima verdaderamente cristiano
y patriótico”, le dice a la prensa monseñor Ildefonso
Sanserra luego de una reunión entre jefes militares con la Conferencia
Episcopal Argentina, al tiempo que el general Ibérico Saint Jean, gobernador
de la Provincia de Buenos Aires, declara: “Primero mataremos a todos
los subversivos, luego a sus colaboradores, después a los simpatizantes,
luego a los indiferentes, y por último a los tímidos.”
La llegada al país en septiembre de 1979 de una comisión internacional
de Derechos Humanos “ofende a la Iglesia”, y el obispo auxiliar
del Plata y rector de la Universidad Católica Argentina, monseñor
Octavio Densi, reprueba la visita: “No debería haber venido;
el gobierno, con gran generosidad, la ha aceptado. Una comisión extranjera
no debería venir a tomarnos examen (…). No veo que en este momento
en la Argentina se encarcele, se mate, se atropellen los derechos humanos”.
Al coro pontificio se suma monseñor Guillermo Bolatti, de Rosario:
“No deben ser los extranjeros los que vengan a indicar lo que tenemos
que hacer”.
Durante el mismo año, el representante de la iglesia argentina en el
Vaticano, monseñor Parodio, informa: “En Europa hay quienes siempre
buscan lo negativo (...). Ahora se comprende mejor a la Argentina”.
Monseñor Antonio Quarracino, de Avellaneda, aprueba: “En una
situación de guerra, los argumentos y los límites éticos
entran en un cono de sombra y oscuridad”.
De su lado, el mismo Tortolo declara: “No tengo pruebas de que los derechos
humanos sean conculcados en nuestro país”.
Y Victorio Bonamín asegura: “La Providencia puso a disposición
del Ejército el deber de gobernar desde la Presidencia hasta un sindicato”.
A monseñor le es detenido y desaparecido un familiar, pero la solidez
ideológica supera pruebas: “Si pudiera hablar con el gobierno
le diría que debemos permanecer firmes en las posiciones que estamos
tomando: hay que desestimar las denuncias extranjeras sobre desapariciones”.
Para entonces, el repertorio casuístico de Bonamín y Tortolo
satura las fichas de las hemerotecas locales. Durante una conferencia en la
Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Bonamín justifica: “Es
una lucha por la república, por su integridad, pero también
por sus altares. Es una lucha en defensa de la moral, de la dignidad del hombre;
es una lucha en defensa de Dios”.
Tiempo después, con Videla a su lado, presagia: “Los miembros
de la junta militar serán glorificados por las generaciones futuras”.
En noviembre del 82, Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires, le explica
al diario italiano Il Messagero: “En Argentina no hay fosas comunes,
y a cada cadáver le corresponde un ataúd. Todo se registró
regularmente en los correspondientes libros”. El cardenal Quarracino
no tiene dudas; para él “no hay que dejarse engañar, hay
supuestos desaparecidos que están fuera del país. Hay gente,
dice, que no figura en las listas, que están en otros lugares de América
Latina indocumentados y pasan para mucha gente como si fueran desaparecidos;
si son indocumentados y están fuera del país por algo será”.
En enero del 84, a escasos días de que Raúl Alfonsín
cumpla el primer mes de gobierno,
monseñor Carlos Mariano Pérez, de Salta, aconseja: “Hay
que erradicar a las Madres de Plaza de Mayo y a los organismos de derechos
humanos que pertenecen a una organización internacional, lo mismo hay
que terminar con la exhumación de cadáveres NN que es una infamia
para la sociedad”.
XVIII
Las miradas del odio
En 1967, un general de caballería asaltó el poder y se propuso
gobernar por 40 años, pero duró cuatro; se llamaba Juan Carlos
Onganía.
El primer colectivo gay en Latinoamérica se fundó en Argentina
durante su mandato. Estaba compuesto por obreros y militantes comunistas.
Se llamó Nuevo Mundo y también conoció la delación
como negocio próspero de sus captores.
Con la dictadura de Rafael Videla en 1976 se creó el Departamento de
Moralidad Pública; allí se elaboró un plan de persecución
contra las minorías sexuales y se impartieron cursos que permitieran
la identificación gestual de las víctimas.
Tanto para las feministas como para los homosexuales, la connivencia de la
iglesia católica con la junta militar permitió la mayor persecución
en el continente después de la étnica.
Sin embargo, a cuatro años del retorno a la democracia, en 1987, un
artículo del Código Electoral de la Provincia de Buenos Aires
prohibía el voto a los homosexuales.
Apenas hace meses, mediados del 90, a propósito de una pequeña
manifestación gay en un barrio céntrico de Buenos Aires, periodistas
de un canal porteño y una revista confrontan pareceres de testigos
ocasionales. Un señor que pasaba con su mujer y su hija, no tiene dudas:
“Hay que matarlos a todos”. La señora que vuelve del mandado
tampoco: “Hay que caparlos en Plaza de Mayo para que aprendan”.
Un joven vecino del barrio tiene medidas ejemplares y hasta la solución:
“Mirá, yo los vi desde la ventana y bajé para putearlos;
si tuviera un revólver los mato, así no joden más, ¿me
entendés? ¿Por qué no lo hacían con los militares,
eh?” “¿Y quiénes son estos degenerados?”,
interrumpe otro vecino. “Dejáme, le estoy diciendo, dejáme”,
insiste el de la voz, “lo que yo digo es que con tantos adelantos se
podría saber antes de nacer si son o no son, ¿me entendés?”
¿Y si son?, pregunta el reportero.
“Que no nazcan, ¿o a vos te gustaría tener un hijo así?”
Un hombre maduro que camina junto a su mujer dice sin que le pregunten que
se llama Luis, y afirma que “son degenerados, todos degenerados, igual
que las mujeres lesbianas que se meten en política; hay que fusilarlos
a todos porque así no somos los argentinos”.
XIX
A las 9 de la noche de un día de octubre pasado, escuché por
televisión en Argentina a un grupo de jóvenes preguntarle a
una psicoanalista invitada al programa de Fernando Bravo "¿por
qué hay tantos psicoanalistas en la ciudad de Buenos Aires?" Ella
pensó un momento, y respondió: "La verdad es que no lo
sé".
XX
Tal vez las generaciones del sesenta y del setenta, sin saberlo, y de diversas
maneras, dieron la vida para escapar de la locura. El padre denunció
a su único hijo en la comisaría del barrio durante la llamada
"guerra sucia" (suponiendo que exista alguna limpia) para que su
nombre quedara exento de cualquier sospecha. Mientras, le escribía
cartas al exilio. Cuando éste terminó y regresó al país,
doce años después, lo citaron de la comisaría para decirle
que conocían sus pasos y querían preguntarle si todo andaba
bien por su casa.
La publicidad que alcanzó mayor esplendor durante la dictadura decía:
"Los argentinos somos Derechos y Humanos".
XXI
El martes 16 de junio de 1987, en el programa Tiempo Nuevo que conducían
los antediluvianos periodistas de la televisión bonaerense, Bernardo
Neustadt y Mariano Grondona, la dirigente de la Asamblea por los Derechos
Humanos en Argentina, Graciela Fernández Meijide, explicó en
qué consistía la "Obediencia Debida" aprobada
por el gobierno de Alfonsín, que permitió liberar de culpa y
cargo al grueso de los militares acusados de crímenes aberrantes por
innumerables testigos durante los juicios:
"Yo secuestro una persona y quedo libre. Después la torturo y
sigo libre. Pero posteriormente la violo, y entonces
voy preso. Como se me ocurre matarla, o me lo ordenan, vuelvo a quedar libre.
Voy a la casa y robo y me meten preso otra vez. Como además me llevé
a su bebé, sigo preso. Sin embargo, por último también
lo mato. Y ahí sí, quedo definitivamente libre."
Una semana después, la Corte Suprema, en un calco de esta definición,
dejaba en libertad a los acusados. Ahora que han sido juzgados y perdonados
porque fueron
obedientes y repitieron la lección tal y como se la enseñaron,
desde el primer maestro de grado al último oficial superior, regresaron
al seno de nuestra sociedad para seguir conviviendo con todos nosotros.
XXII
Dale campeón
Carlos Monzón se retiró invicto como campeón mundial
de los medianos en 1977 después de 14 defensas en siete años.
Fue “un hombre insuperable que puso a la Argentina en el mundo”,
“un modelo a seguir para la juventud”, “el paradigma del
macho argentino”...
Leído como mercancía mediática por la prensa de las dictaduras
de turno, el quinto hijo de trece hermanos nacido en la provincia de Santa
Fe trabajó como vendedor de diarios, boleador de zapatos, pintor, albañil,
repartidor de leche... Hasta que se hizo boxeador y en 1970, a los 28 años,
ganó el título noqueando a Nino Benvenuti en la ciudad de Roma.
Rodeado por estereotipos y lugares comunes, tuvo todo aquello que no se puede
disimular. Filmó películas, compartió fama y dinero con
el poder, malencaró a quien se le pusiera delante y fue un amante de
estilo y sublenguaje que la tevé y la radio superarían.
Se casó por última vez con Alicia Muñiz, una modelo uruguaya
con la que tuvo un hijo, y en el verano de 1988, en Mar del Plata, discutió
con ella y la tiró por el balcón interior de una casa.
El día que la policía lo regresó al lugar para la reconstrucción
del crimen, la calle del barrio tenía la misma cantidad de espectadores
que convocaba en muchas de sus peleas.
Cuando la tragedia y el drama empezaban a venderse por horas y días
en los medios hasta agotar los adjetivos del fetichismo vernáculo,
la escena de Monzón conducido por la policía y seguido por las
cámaras entre el gentío emocionado, creció exponencialmente
al punto que el reportero no necesita preguntar, porque el acusado “es
un gigante, un gigante”, según el señor que carga al niño
sobre sus hombros para que pueda ver al campeón. Y para quien, según
el de camisa a cuadros que se paró ante la cámara, “esa
mina lo que quería era la guita, por eso la cagó a golpes”;
“una víbora, una víbora esa negrita teñida, una
víbora”, repite el de la gorra con heredada gestualidad de la
prepotencia ostentosa, y su mujer aprueba; “grande Monzón, grande”,
grita el de más atrás levantando los dedos con la V de victoria;
“por algo será que la fajaba”, y siguen los anónimos;
“dale campeón, dale campeón”.
XXIII
Visito a un amigo que vive en un departamento con patio que da al pasillo
de acceso. Dos vecinas comentan el problema con los recogedores de basura
que piden aumento
de sueldo bajo los 35 grados de verano porteño:
—¿No pasó el basurero, no?
—No, no pasó. ¡Qué desgracia!
—¡Qué barbaridad! ¿A usted le parece? Ahora (será
por la democracia) trabajan cuando quieren. Fíjese que dicen que en
Brasil son más limpios que acá, y eso que allá son todos
negros.
XXVIII
Juan Manuel de Rosas (Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y Gustavo
de Coria ) nació en el seno de una de las familias más ricas
y poderosas de terratenientes en 1793. Fue ganadero, político, oficial
militar y gobernador de Buenos Aires por más de 20 años. Murió
en Inglaterra en 1877. En la época en que el virreinato del Río
de la Plata luchaba por liberarse del dominio español, amasó
una gran fortuna como exportador de carne de res. Debido a la extensión
de sus tierras y estancia organizó un ejército personal formado
por peones.
Tuvo poder absoluto sobre el territorio nacional a partir de 1842 y se autoproclamó
“tirano ungido por Dios para salvar a la patria”, por lo tanto
disolvió la Cámara de Representantes.
A sus opositores les ahorró claroscuros: “El que no está
conmigo, está contra mí”.
Bajo su mandato, la organización nacional fue demorada con el argumento
de que el país no estaba preparado.
La escuela lo presenta como el Restaurador de las Leyes, pero en todos sus
años de gobierno sancionó sólo dos.
Rosas encabezó la primera expedición conocida como “la
Campaña del Desierto” con fondos de la provincia y de sus pares
dueños de haciendas, en la que se exterminó más de la
mitad de la población aborigen.
Como a Sarmiento, Roca, Mitre y otros varones ilustres, la numismática
nacional también lo recuerda en papel moneda. Sus nombres bautizaron
ciudades, pueblos, calles, escuelas, parques, clubes, ferrocarriles, buques,
instituciones…
Cien años después, la dictadura encabezada por Jorge Rafael
Videla conmemoró la campaña iniciada por sus mayores.
En Rosas y su gobierno, el hispanista británico John Lynch informa
en su libro: “Un decreto del 30 de agosto de 1815 establecía
que los habitantes rurales carentes de legítima propiedad serían
considerados como de la clase sirviente, pues debían llevar con ellos
un documento firmado por el estanciero para quien trabajaban y por el juez
del distrito, y renovado cada tres meses; cualquier persona que no tuviera
ese documento sería tratada como vago, y quien se trasladara por el
campo, aun en poder del documento pero sin permiso del juez de paz, sería
acusado de vagancia”.
Más adelante, en el mismo volumen, sostiene que la sociedad formada
bajo el gobierno de Rosas subsistió después de él: “La
hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos,
la dependencia de los peones, todo eso fue herencia suya (…). En la
estancia, era el amo absoluto y exigía a sus peones obediencia incondicional.
Ya desde los comienzos castigaba a sus hombres sin piedad. La pena por llevar
un cuchillo en día domingo o en feriados era permanecer dos horas en
el cepo; por otros delitos menores, a estaqueada; por ir a trabajar sin llevar
el lazo, cincuenta latigazos sobre la espalda desnuda. Él mismo se
sometía a igual disciplina. (…) Esta severa excentricidad dejó
una huella en la sociedad por sus resultados”.
XXIX
En El asesinato del alma, Morton Schatzman, dice: "Los sociólogos
de Oriente y Occidente, marxistas y capitalistas, han descuidado el estudio
de este tipo de familia, así como la posible relación entre
su predominio en una sociedad y la forma de gobierno de esa sociedad. Reich
estaba seguro de que la familia autoritaria es la matriz del Estado totalitario.
Es curioso que nadie haya tratado de descubrir si tenía razón".
Ciudad de México, 1991/94
El presente trabajo forma parte del libro
La realidad miente más
de próxima publicación