José Cedrón
Distrito federal
MÉXICO
Currículum Vitae

 

 

La otra Argentina
Nos amábamos tanto

José Antonio Cedrón
(fragmento)
A Gregorio Selser

II
Un compañero de barrio que tenía tics nerviosos fue llevado hasta el consultorio de un médico clínico porque durante periodos movía un hombro, en otros podía guiñar un ojo, y en otros periodos estirar el cuello.
La madre solía reconvenirlo en presencia de nosotros con un duro interrogante: "¿no te da vergüenza?".
El médico le recomendó a la señora comprarse una regla de metal duro y tenerla a la vista del niño; cuando hiciera cualquier movimiento, golpearlo en el hombro.
De esta suerte de terapia, supuestamente el niño, ante el temor de ser golpeado, perdería la costumbre de los tics.

III
En 1960 Rosario tenía nueve años y aún le resultaba imposible escribir con la mano derecha, pese a que en la Escuela de Monjas Pasionarias Michael Ham (filial Vicente López, en Buenos Aires) la enseñanza era rigurosa: semanalmente le hacían juntar los dedos de su mano izquierda y en un acto de persuasión educativo-disciplinario las Madres, Hermanas y el Director le pegaban de reglazos hasta
inutilizársela para obligarla a ser diestra; una inclinación
de lado obsesiva que alcanzaría, con el tiempo, arraigo suficiente. No obstante, a más de 20 años de pasar aquello, Rosario continúa sin poder escribir con la mano indicada. Los métodos, recuerda, nunca fueron desaprobados por la institución, pese a los distintos certificados médicos presentados.
Leo en el Diccionario Larousse: a zurdas, con la mano izquierda: (fig) al contrario de como debía hacerse.

VI
Éramos muy niños, me dice el poeta Eduardo Dalter, por eso nunca me olvido. El tipo tenía como 40 años, se reía con todos los dientes, era bajo, menudo, bien oscuro, y estaba vestido con un traje verde, se movía como los boxeadores, esquivaba; las pelotas eran de metal recubierto con tela acolchada. Si le pegabas tres veces te ganabas un vaso, una muñeca… El kiosco tenía un cartel de metal, letras en rojo, decía: “Péguele al Negro sin Alma”.

VII
Orgullo nacional
Domingo Faustino Sarmiento, presidente argentino desde 1868 hasta 1874, nació en la pobreza extrema de un barrio en la ciudad de San Juan, provincia de la que fue gobernador. Según sus reseñistas: un “criollo de cepa hispánica con profundas raíces en lo visigótico y lo morisco de la raza”.
Pedagogo, escritor, político, y también coronel de ejército, Sarmiento fundó y dirigió varios periódicos en Argentina y en Chile, donde vivió una década de exilio. Entre otras obras, escribió Facundo, Civilización y Barbarie, un clásico que regalaban a los mejores alumnos al terminar la primaria.
La escuela le reconoce su docencia modélica, edificante: “Maestro de la Patria”, “Padre del Aula Argentina”; conmemora su muerte el 11 de septiembre y en ellas se canta el “Himno a Sarmiento”.
Sus declaraciones, discursos, citas, escritos son innumerables. En el Senado también hizo docencia, por ejemplo:
“Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran (…). El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”. Y después: “La clase decente forma la democracia, ella gobierna y ella legisla. (...) Cuando decimos pueblo entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara, ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir patriota”.
En 1840, afirmaba: “Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre”.
Como la mayoría de sus pares, Sarmiento ha sido fiel a la tradición racista de la conquista europea.
Siendo director del diario chileno El Progreso, escribe: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”.
Adversario de Juan Manuel de Rosas, en un párrafo de Facundo, dice: “La adhesión de los negros dio al poder de Rosas una base indestructible. Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina de esta población”.
Como gobernador de San Juan por orden del presidente Mitre, en 1862 le escribe: “Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto ciento cincuenta mil. Su avance, capitaneados por descendientes degenerados de españoles, traería la detención de todo progreso y un retroceso a la barbarie (...). Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que le obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.

VIII
El ideario antiperonista es un compendio del racismo bizarro. Los primeros teléfonos públicos eran negros; sirvieron de sinónimo para calificar la extracción social de los migrantes de provincia llegados a Buenos Aires para trabajar en las fábricas del cordón industrial. También “cabecitas negras”, “aluvión zoológico”… finalmente dieron sello patrimonial pluralizado en: “negros de mierda”.
Cuando en 1952 Evita agoniza, las manos de esas voces escribieron en muros de su casa: “Viva el cáncer”.
Al mediodía del 16 de junio de 1955, en un primer intento por derrocar al gobierno de Juan Perón, 34 aparatos de la aviación naval y la fuerza aérea bombardean la casa de gobierno y la Plaza de Mayo.
Se lanzan más de diez toneladas de explosivos que matan 350 personas y dejan miles de heridos y lisiados.
Los militares golpistas huyen hacia Uruguay y solicitan asilo.
Sus aviones tenían escrito en el fuselaje “Cristo Vence”.

IX
El general Ramón Alberto Camps dirigió la Policía Bonaerense de la dictadura militar encabezada por Rafael Videla desde abril de 1976 hasta diciembre de 1977, y tuvo a su cargo los centros clandestinos de detención.
Fue uno de los dueños de la vida, de la muerte, de los bienes y de los hijos de sus prisioneros.
En 1986, la Fiscalía General lo acusó de haber realizado 214 secuestros extorsivos con 47 desapariciones, 32 homicidios, 120 casos de tormentos, así como violaciones, abortos provocados por tortura, robos y sustracciones de menores.
Todo ello en 20 meses.
Como otros militares de su generación, Camps se caracterizó por su antisemitismo y diseñó un juicio en masa contra los judíos destacados para condenarlos por sionismo, con lo cual se intentaba validar una conspiración contra la Argentina “occidental y cristiana”.
Obsesionado por lo que denominaba “cuestión judía”, entre otras víctimas secuestró y torturó a Jacobo Timerman, director y propietario del diario La Opinión.
Cuando la presión internacional empezó a incomodar a la junta militar, al prisionero le quitaron la ciudadanía argentina y lo expulsaron del país.
Para justificar el accionar contra Timerman, el mismo Camps organizó una conferencia de prensa en el exclusivo hotel Alvear del barrio Recoleta. Allí se limitó a reproducir unas cintas del interrogatorio bajo tortura donde el prisionero admite ser judío y, ante el delirio de sus captores, sionista como sinónimo.
No obstante, la perturbación anímica de Camps resultó tenaz: en noviembre de 1982 publicó el libro Caso Timerman. Punto Final.
En su historial delictivo se cuenta el secuestro y desaparición de 10 estudiantes secundarios de entre 14 y 17 años en una Escuela Normal de La Plata que habían participado en una campaña por el otorgamiento del boleto estudiantil.
El caso se conoció como La noche de los lápices, un texto de los periodistas María Seoane y Héctor Ruiz Núñez que alcanzó difusión masiva a partir de 1986 cuando el director Héctor Olivera lo convirtió en película.
Años antes, en 1983, Camps fue entrevistado por el español Santiago Aroca de la revista Tiempo.
Allí el general admitió su responsabilidad en la desaparición de por los menos 5 mil opositores políticos, justificó la tortura como el camino más corto para conseguir datos, admitió haber eliminado a periodistas incómodos y secuestrado a niños de desaparecidos a quienes les alteró su identidad.
Pese a las acusaciones de la Fiscalía General en 1986, y a la comprobación de culpabilidad por la Cámara Federal en el mismo año, fue beneficiado inicialmente por el presidente Raúl Alfonsín mediante las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y luego por el indulto que decretó Carlos Menem.
Finalmente, para Camps “subversivos son todos los que no se preocupan de hacer de sus hijos buenos argentinos”.
Un patriota. Por eso no pasó un solo día en la cárcel.

X
Confesión y delación resultaron negocio próspero. Eliminando a sus víctimas, el botín militar incluyó todo.
Robaron sus casas, sus bienes, sus hijos, sus nietos.
En julio de 1984, la revista Siete Días publicó un reportaje con el sacerdote Christian Von Wernich, capellán de la policía federal a propósito de su participación en campos clandestinos de detención de la dictadura.
Como confesor de Camps, compañero de ruta y testigo de las torturas a prisioneros, Von Wernich defiende a su general: “Que me digan que Camps torturó a un negrito que nadie conoce, vaya y pase... ¡Pero cómo iba a torturar a Jacobo Timerman, un periodista sobre el cual hubo una constante y decisiva presión mundial... que si no fuera por eso...!”.

XI
Vamos, vamos, Felipe, caminá, caminá, vamos, ¿y? ¿no vas a caminar? ¿querés que te pegue?, le dice la mujer de jeans. Y otra que pasa a su lado, tal vez vecina: siempre hacen lo mismo, el mío también. Hay que tratarlos como a los negros, ¿vio? Darle en el lomo, ¿vio? Así se educan.
¿Escuchaste, Felipe?, dice la de jeans. Se ríen.
Pero Felipe sigue oliendo en el mismo árbol.

XII
Del pueblo para el pueblo
Local o visitante, las hinchadas rivales le cantan a Boca:
Son la mitad más uno/ son de Bolivia, de Paraguay/
Boca, ¡qué asco que tengo!/ lavate el culo, con aguarrás.

Segunda:
Si se peina con gomina/ usa peine en el bolsillo/
se casó con una puta que andaba yirando por Constitución/
ése es un hincha de Boca. / Boca la puta/ que te parió.

XIII
Desde el balcón
Van y vienen, van y vienen –dice
Todo el tiempo, ¿verdad?
Todo el tiempo, van y vienen, yo no sé lo que hacen.
Hacen plata, querida, eso es lo que hacen. No te rías, es verdad.
Y, sí, por algo son judíos –dice

XIV
Todavía entra luz porque es verano
La frase es de Juan, mirando el reloj para cerrar el negocio. Bety discute con su única hija de 21 acerca del novio.
...Ya lo sé Anita, nadie tiene el futuro asegurado, pero él tiene menos futuro, ¿o no?
¿Menos que quién? mamá. ¿Acaso Laura no se casó con un tuerto?
Tenía un defecto en la vista, Anita, no inventes. Y era menor que ella, y era mecánico, Anita, y su familia no salió nunca del barrio, y ni auto tenían, ¿entendés, Anita? Un rengo es otra cosa, ¿no le parece, Juan?
¿Un kilo me dijo?
Sí, y la botella.
Eso ya está.
La gente que tiene un defecto es más buena. No dicen que el papá de la abuela era paralítico...
Pero eso fue por la guerra, Anita, ya estaban casados. La
señora no lo iba a dejar solo, ¿entendés, Anita? Ya ni familia tenía el pobre; la gente que vino de la guerra sufrió mucho.
Una nunca sabe lo que pasa, mamá.
Sí sabe, porque parece que es rengo de nacimiento, ¿entendés, Anita?
Lo que pasa es que vos no lo querés como yo, mamá, y no
porque sea rengo, si fuera negro tampoco lo querrías...
Uno quiere lo mejor para sus hijos, ¿no le parece, Juan?
¿Y es muy rengo?
Y, notar se nota, sí, es rengo.
Yo conocí dos; hace tiempo, claro, muy buenos tipos eh, los dos eh, muy...
¿Casados?
Uno; muy buen tipo, Bety. El otro vivía con la madre, trabajaba en una carpintería...
¿Ve? ¿Con ese trabajo a dónde puede llegar?
Pero Bety, no todos los rengos trabajan en carpinterías...

XV
Televisión Abierta
Sergina Anunciación da Boa Morte es artista, negra, brasileña. Cuenta que el empresario le preguntó:
¿Cómo conseguiste el Documento Nacional de Identidad?
Como todo el mundo -dijo Sergina, hice trámites.
El empresario dudó: Qué raro, porque a los negros y brasileños no se los dan porque son prostitutas; en fin, no te ofendás.

XVI
En el café que frecuento frente a la Plaza Irlanda me entero de la vida privada del mesero.
Al lado, la mujer que llegó acompañada hace un momento, le pregunta por su acento. “Soy peruano”, le dice. Aahhh, ya me parecía algo raro como hablabas le dije a mi marido. ¿Y de dónde sos? ¿Cómo? ¿Y eso está lejos de la capital? ¿Y te gusta Buenos Aires? Porque es una ciudad con mucha gente, con mucho tráfico; hay que acostumbrarse, porque debe ser difícil para el que viene de afuera. Pero debe ser difícil vivir donde naciste con esa gente. ¿Y allá qué comías? Aahhh, ¿y te gustaba? Acá se come muy bien, ¿viste?

XVII
Subordinación y transmutación
Durante el gobierno de Isabel Perón, monseñor Victorio Bonamín, vicario del Ejército, en homilía ante esa fuerza, se preguntaba: “¿No querrá Cristo que algún día las Fuerzas Armadas estén más allá de su función?”. El difundido “espíritu de cuerpo” se funde con las almas. “El Ejército está expiando la impureza de nuestro país (....). Los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el país...”.
El presidente del Consejo Episcopal Argentino, monseñor Servando Tortolo, vicario general de las FFAA, en un almuerzo con integrantes de la Cámara Argentina de Anunciantes, en el Plaza Hotel, asegura: “Se avecina un proceso de purificación...”. Sabía de lo que hablaba. Tortolo se podía jactar de no tener fuentes confiables. Él mismo se encargó de pedirle la renuncia a la presidenta en nombre de los militares para “restaurar el espíritu nacional”. Sus abstracciones no son inocentes. De esta suerte, los purificadores le devuelven el rumbo a las almas incompletas.
En la base aérea militar de Chamical, en La Rioja, el mismo Victorio Bonamín, juzgaba: “el pueblo argentino había cometido pecados que sólo se podían redimir con sangre”. Y en la iglesia Stella Maris, patrona de la Armada Argentina: “La Patria rescató en Tucumán su grandeza mancillada en otros ambientes. Estaba escrito, estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el Ejército”.
Treinta días después del golpe militar, ya confortado su espíritu clarividente, Servando Tortolo se inclina: “ruego a Dios que infunda a los integrantes del Arma de Caballería pasión por el bien y odio por el mal”.
Con la junta militar en el poder, monseñor Pio Laghi, Nuncio Papal, declara: “Hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que dice el General Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la paz”.
A sesenta días del golpe, en Tucumán, el enviado del Papa, didáctico, define lo material y lo inmaterial: “El país tiene una ideología tradicional y cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente y extraño, la nación reacciona como un organismo con anticuerpos frente a los gérmenes, generándose así la violencia (...). En este caso habrá de respetarse el derecho hasta donde se pueda…”.
Y más adelante: “los valores cristianos están amenazados por la agresión de una ideología que es rechazada por el pueblo. Por eso cada uno tiene su cuota de responsabilidad, la Iglesia y las FFAA; la primera está insertada en el Proceso y acompaña a la segunda, no solamente con sus oraciones, sino con acciones en defensa y promoción de los derechos humanos y la patria”.
El vicario de las FFAA, monseñor Miguel Medina, es más explícito: “Algunas veces la represión física es necesaria, es obligatoria y, como tal, lícita”.
En diciembre de 1976, Tortolo visita la Unidad Penal de Paraná, en la provincia de Entre Ríos. Cuando los presos le piden que interceda para detener las torturas, responde: “Esto no lo desconoce el presidente Videla, porque está sucediendo algo similar en todo el país. Tenemos un presidente que es maravilloso, es oro en polvo”.
Con más de 500 centros clandestinos de detención regados por el país, como se comprobó más tarde, era difícil esconder el silencio, sospechoso, por eso a los mirones se los combatía empuñando la cruz y la espada: “Los señores militares nos informaron con amplitud sobre la situación actual del país en el marco de la actividad subversiva que se nos ha impuesto desde adentro y afuera de nuestro territorio. Al término de la exposición de los generales hubo un intercambio de ideas en un clima verdaderamente cristiano y patriótico”, le dice a la prensa monseñor Ildefonso Sanserra luego de una reunión entre jefes militares con la Conferencia Episcopal Argentina, al tiempo que el general Ibérico Saint Jean, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, declara: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después a los simpatizantes, luego a los indiferentes, y por último a los tímidos.”
La llegada al país en septiembre de 1979 de una comisión internacional de Derechos Humanos “ofende a la Iglesia”, y el obispo auxiliar del Plata y rector de la Universidad Católica Argentina, monseñor Octavio Densi, reprueba la visita: “No debería haber venido; el gobierno, con gran generosidad, la ha aceptado. Una comisión extranjera no debería venir a tomarnos examen (…). No veo que en este momento en la Argentina se encarcele, se mate, se atropellen los derechos humanos”.
Al coro pontificio se suma monseñor Guillermo Bolatti, de Rosario: “No deben ser los extranjeros los que vengan a indicar lo que tenemos que hacer”.
Durante el mismo año, el representante de la iglesia argentina en el Vaticano, monseñor Parodio, informa: “En Europa hay quienes siempre buscan lo negativo (...). Ahora se comprende mejor a la Argentina”. Monseñor Antonio Quarracino, de Avellaneda, aprueba: “En una situación de guerra, los argumentos y los límites éticos entran en un cono de sombra y oscuridad”.
De su lado, el mismo Tortolo declara: “No tengo pruebas de que los derechos humanos sean conculcados en nuestro país”.
Y Victorio Bonamín asegura: “La Providencia puso a disposición del Ejército el deber de gobernar desde la Presidencia hasta un sindicato”. A monseñor le es detenido y desaparecido un familiar, pero la solidez ideológica supera pruebas: “Si pudiera hablar con el gobierno le diría que debemos permanecer firmes en las posiciones que estamos tomando: hay que desestimar las denuncias extranjeras sobre desapariciones”.
Para entonces, el repertorio casuístico de Bonamín y Tortolo satura las fichas de las hemerotecas locales. Durante una conferencia en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Bonamín justifica: “Es una lucha por la república, por su integridad, pero también por sus altares. Es una lucha en defensa de la moral, de la dignidad del hombre; es una lucha en defensa de Dios”.
Tiempo después, con Videla a su lado, presagia: “Los miembros de la junta militar serán glorificados por las generaciones futuras”.
En noviembre del 82, Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires, le explica al diario italiano Il Messagero: “En Argentina no hay fosas comunes, y a cada cadáver le corresponde un ataúd. Todo se registró regularmente en los correspondientes libros”. El cardenal Quarracino no tiene dudas; para él “no hay que dejarse engañar, hay supuestos desaparecidos que están fuera del país. Hay gente, dice, que no figura en las listas, que están en otros lugares de América Latina indocumentados y pasan para mucha gente como si fueran desaparecidos; si son indocumentados y están fuera del país por algo será”.
En enero del 84, a escasos días de que Raúl Alfonsín cumpla el primer mes de gobierno,
monseñor Carlos Mariano Pérez, de Salta, aconseja: “Hay que erradicar a las Madres de Plaza de Mayo y a los organismos de derechos humanos que pertenecen a una organización internacional, lo mismo hay que terminar con la exhumación de cadáveres NN que es una infamia para la sociedad”.

XVIII
Las miradas del odio
En 1967, un general de caballería asaltó el poder y se propuso gobernar por 40 años, pero duró cuatro; se llamaba Juan Carlos Onganía.
El primer colectivo gay en Latinoamérica se fundó en Argentina durante su mandato. Estaba compuesto por obreros y militantes comunistas. Se llamó Nuevo Mundo y también conoció la delación como negocio próspero de sus captores.
Con la dictadura de Rafael Videla en 1976 se creó el Departamento de Moralidad Pública; allí se elaboró un plan de persecución contra las minorías sexuales y se impartieron cursos que permitieran la identificación gestual de las víctimas.
Tanto para las feministas como para los homosexuales, la connivencia de la iglesia católica con la junta militar permitió la mayor persecución en el continente después de la étnica.
Sin embargo, a cuatro años del retorno a la democracia, en 1987, un artículo del Código Electoral de la Provincia de Buenos Aires prohibía el voto a los homosexuales.
Apenas hace meses, mediados del 90, a propósito de una pequeña manifestación gay en un barrio céntrico de Buenos Aires, periodistas de un canal porteño y una revista confrontan pareceres de testigos ocasionales. Un señor que pasaba con su mujer y su hija, no tiene dudas: “Hay que matarlos a todos”. La señora que vuelve del mandado tampoco: “Hay que caparlos en Plaza de Mayo para que aprendan”. Un joven vecino del barrio tiene medidas ejemplares y hasta la solución: “Mirá, yo los vi desde la ventana y bajé para putearlos; si tuviera un revólver los mato, así no joden más, ¿me entendés? ¿Por qué no lo hacían con los militares, eh?” “¿Y quiénes son estos degenerados?”, interrumpe otro vecino. “Dejáme, le estoy diciendo, dejáme”, insiste el de la voz, “lo que yo digo es que con tantos adelantos se podría saber antes de nacer si son o no son, ¿me entendés?”
¿Y si son?, pregunta el reportero.
“Que no nazcan, ¿o a vos te gustaría tener un hijo así?”
Un hombre maduro que camina junto a su mujer dice sin que le pregunten que se llama Luis, y afirma que “son degenerados, todos degenerados, igual que las mujeres lesbianas que se meten en política; hay que fusilarlos a todos porque así no somos los argentinos”.

XIX
A las 9 de la noche de un día de octubre pasado, escuché por televisión en Argentina a un grupo de jóvenes preguntarle a una psicoanalista invitada al programa de Fernando Bravo "¿por qué hay tantos psicoanalistas en la ciudad de Buenos Aires?" Ella pensó un momento, y respondió: "La verdad es que no lo sé".

XX
Tal vez las generaciones del sesenta y del setenta, sin saberlo, y de diversas maneras, dieron la vida para escapar de la locura. El padre denunció a su único hijo en la comisaría del barrio durante la llamada "guerra sucia" (suponiendo que exista alguna limpia) para que su nombre quedara exento de cualquier sospecha. Mientras, le escribía cartas al exilio. Cuando éste terminó y regresó al país,
doce años después, lo citaron de la comisaría para decirle que conocían sus pasos y querían preguntarle si todo andaba bien por su casa.
La publicidad que alcanzó mayor esplendor durante la dictadura decía: "Los argentinos somos Derechos y Humanos".

XXI
El martes 16 de junio de 1987, en el programa Tiempo Nuevo que conducían los antediluvianos periodistas de la televisión bonaerense, Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, la dirigente de la Asamblea por los Derechos Humanos en Argentina, Graciela Fernández Meijide, explicó en qué consistía la "Obediencia Debida" aprobada
por el gobierno de Alfonsín, que permitió liberar de culpa y cargo al grueso de los militares acusados de crímenes aberrantes por innumerables testigos durante los juicios:
"Yo secuestro una persona y quedo libre. Después la torturo y sigo libre. Pero posteriormente la violo, y entonces
voy preso. Como se me ocurre matarla, o me lo ordenan, vuelvo a quedar libre. Voy a la casa y robo y me meten preso otra vez. Como además me llevé a su bebé, sigo preso. Sin embargo, por último también lo mato. Y ahí sí, quedo definitivamente libre."
Una semana después, la Corte Suprema, en un calco de esta definición, dejaba en libertad a los acusados. Ahora que han sido juzgados y perdonados porque fueron
obedientes y repitieron la lección tal y como se la enseñaron, desde el primer maestro de grado al último oficial superior, regresaron al seno de nuestra sociedad para seguir conviviendo con todos nosotros.

XXII
Dale campeón
Carlos Monzón se retiró invicto como campeón mundial de los medianos en 1977 después de 14 defensas en siete años. Fue “un hombre insuperable que puso a la Argentina en el mundo”, “un modelo a seguir para la juventud”, “el paradigma del macho argentino”...
Leído como mercancía mediática por la prensa de las dictaduras de turno, el quinto hijo de trece hermanos nacido en la provincia de Santa Fe trabajó como vendedor de diarios, boleador de zapatos, pintor, albañil, repartidor de leche... Hasta que se hizo boxeador y en 1970, a los 28 años, ganó el título noqueando a Nino Benvenuti en la ciudad de Roma.
Rodeado por estereotipos y lugares comunes, tuvo todo aquello que no se puede disimular. Filmó películas, compartió fama y dinero con el poder, malencaró a quien se le pusiera delante y fue un amante de estilo y sublenguaje que la tevé y la radio superarían.
Se casó por última vez con Alicia Muñiz, una modelo uruguaya con la que tuvo un hijo, y en el verano de 1988, en Mar del Plata, discutió con ella y la tiró por el balcón interior de una casa.
El día que la policía lo regresó al lugar para la reconstrucción del crimen, la calle del barrio tenía la misma cantidad de espectadores que convocaba en muchas de sus peleas.
Cuando la tragedia y el drama empezaban a venderse por horas y días en los medios hasta agotar los adjetivos del fetichismo vernáculo, la escena de Monzón conducido por la policía y seguido por las cámaras entre el gentío emocionado, creció exponencialmente al punto que el reportero no necesita preguntar, porque el acusado “es un gigante, un gigante”, según el señor que carga al niño sobre sus hombros para que pueda ver al campeón. Y para quien, según el de camisa a cuadros que se paró ante la cámara, “esa mina lo que quería era la guita, por eso la cagó a golpes”; “una víbora, una víbora esa negrita teñida, una víbora”, repite el de la gorra con heredada gestualidad de la prepotencia ostentosa, y su mujer aprueba; “grande Monzón, grande”, grita el de más atrás levantando los dedos con la V de victoria; “por algo será que la fajaba”, y siguen los anónimos; “dale campeón, dale campeón”.

XXIII
Visito a un amigo que vive en un departamento con patio que da al pasillo de acceso. Dos vecinas comentan el problema con los recogedores de basura que piden aumento
de sueldo bajo los 35 grados de verano porteño:
—¿No pasó el basurero, no?
—No, no pasó. ¡Qué desgracia!
—¡Qué barbaridad! ¿A usted le parece? Ahora (será por la democracia) trabajan cuando quieren. Fíjese que dicen que en Brasil son más limpios que acá, y eso que allá son todos negros.

XXVIII
Juan Manuel de Rosas (Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rosas y Gustavo de Coria ) nació en el seno de una de las familias más ricas y poderosas de terratenientes en 1793. Fue ganadero, político, oficial militar y gobernador de Buenos Aires por más de 20 años. Murió en Inglaterra en 1877. En la época en que el virreinato del Río de la Plata luchaba por liberarse del dominio español, amasó una gran fortuna como exportador de carne de res. Debido a la extensión de sus tierras y estancia organizó un ejército personal formado por peones.
Tuvo poder absoluto sobre el territorio nacional a partir de 1842 y se autoproclamó “tirano ungido por Dios para salvar a la patria”, por lo tanto disolvió la Cámara de Representantes.
A sus opositores les ahorró claroscuros: “El que no está conmigo, está contra mí”.
Bajo su mandato, la organización nacional fue demorada con el argumento de que el país no estaba preparado.
La escuela lo presenta como el Restaurador de las Leyes, pero en todos sus años de gobierno sancionó sólo dos.
Rosas encabezó la primera expedición conocida como “la Campaña del Desierto” con fondos de la provincia y de sus pares dueños de haciendas, en la que se exterminó más de la mitad de la población aborigen.
Como a Sarmiento, Roca, Mitre y otros varones ilustres, la numismática nacional también lo recuerda en papel moneda. Sus nombres bautizaron ciudades, pueblos, calles, escuelas, parques, clubes, ferrocarriles, buques, instituciones…
Cien años después, la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla conmemoró la campaña iniciada por sus mayores.
En Rosas y su gobierno, el hispanista británico John Lynch informa en su libro: “Un decreto del 30 de agosto de 1815 establecía que los habitantes rurales carentes de legítima propiedad serían considerados como de la clase sirviente, pues debían llevar con ellos un documento firmado por el estanciero para quien trabajaban y por el juez del distrito, y renovado cada tres meses; cualquier persona que no tuviera ese documento sería tratada como vago, y quien se trasladara por el campo, aun en poder del documento pero sin permiso del juez de paz, sería acusado de vagancia”.
Más adelante, en el mismo volumen, sostiene que la sociedad formada bajo el gobierno de Rosas subsistió después de él: “La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la dependencia de los peones, todo eso fue herencia suya (…). En la estancia, era el amo absoluto y exigía a sus peones obediencia incondicional. Ya desde los comienzos castigaba a sus hombres sin piedad. La pena por llevar un cuchillo en día domingo o en feriados era permanecer dos horas en el cepo; por otros delitos menores, a estaqueada; por ir a trabajar sin llevar el lazo, cincuenta latigazos sobre la espalda desnuda. Él mismo se sometía a igual disciplina. (…) Esta severa excentricidad dejó una huella en la sociedad por sus resultados”.

XXIX
En El asesinato del alma, Morton Schatzman, dice: "Los sociólogos de Oriente y Occidente, marxistas y capitalistas, han descuidado el estudio de este tipo de familia, así como la posible relación entre su predominio en una sociedad y la forma de gobierno de esa sociedad. Reich estaba seguro de que la familia autoritaria es la matriz del Estado totalitario. Es curioso que nadie haya tratado de descubrir si tenía razón".

Ciudad de México, 1991/94

El presente trabajo forma parte del libro
La realidad miente más
de próxima publicación