Ricardo Costa Brizuela
Buenos Aires
ARGENTINA
Poema A
-engripado-
Luego de aliviarme en soledad,
camino por la casa
vacía, la heladera
sigue si hablarme; por la soledad
me alivio, entre los ecos
sin esmeros
del silencio.
La pandemia es incontrastable.
La paranoia es irrefutable.
El Oseltamivir es irrebatible.
La soledad es insoportable,
por eso escribo,
para silenciar el silencio,
para acallar lo callado,
para inhumar la locura.
Puedo crear tiempos azules,
hombres y mujeres
y en lo altivo de mi reinado
sólo soy
escuchando la risa de mi hijo,
recibiendo los besos de mi mujer.
La pandemia es musitada,
la soledad,
inhumana.
Chiisi
Te has transformado,
guerrero audaz,
en sombra
que aclara tu descanso,
silencioso;
hoy eres el lucero
vespertino, el primero
de una incontable cadena de fantasmas,
luz, recuerdo, llanto y preguntas.
Acompañado, señero de marfiles,
la hoja aún verde alquimista
en el árbol inmaduro y retirado
como el agujero
dónde se van las palabras.
Guerrero audaz,
tu muerte de amateurismo,
de aguinaldo de cincuenta pesos,
de reproches sin respiro
a tu reposo infinito,
ante la tregua azul de tus ideas,
hasta la foto tu sosiego espera
en la mano amiga,
tan desprevenida,
¡pobre! como embebida
por tus palabras también distraídas
por la mañana de hojas verdes
endurecidas
por las gaviotas que se caen
siempre tranquilas,
en la pausa injusta para los lentos,
tu paso es la guía,
guerrero audaz, hoy,
lucero,
vespertino,
tu música poesía y los sauces,
harina en la mesada prolija, bien fría,
como la calma para nosotros.
Así es tu muerte:
llena de metáforas,
de eterna agonía,
de momentos lúcidos, no tanto,
de sociedades aún menos lúcidas,
de otros amigos también partidos
de otros silencios, incómodos
e inmensos, porque tu cambio ha traído
años de mendigos y un pájaro a la plaza.
Joven guerrero audaz,
sólo
imploro que tu muerte con mi llanto
(como vos) escondido
sea paz para el resto del camino
al que me acercas, casi amigo,
y al que me entrego...
en tus pasos...
suaves...
de efusión, como una carta
al árbol navideño, como el aceite
a los ñoquis del castigo,
hoy me acerco con temor, y te lloro,
solitario,
guerrero,
audaz,
escondido, tu destino.
Sólo quedan hielos haciendo ruido en mi vaso:
Un hombre sin internet
es algo colmado
de palabras
obreras (laboriosas) que endulzan
hasta la expropiación.
Un sentido
triangular de la mano,
ida y vuelta,
a contracara dejando el esmalte
en la alfombra del ascensor.
Se abre la puerta
y el nefasto juego de la exigencia
corona otra reina.
Soy esclavo de mi debilidad, ahora
estoy encendiendo mi último pájaro azul.
Ya ni merezco morir.