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Una existencia sin esperanza no tiene sentido
Existencialismo actual El hombre no descansa hasta encontrar el sentido de su vida, busca inquietamente la razón de su existencia. ¿Y por qué el existencialismo es incapaz de responder y saciar los interrogantes del corazón del hombre? Lo esencial de la existencia humana es la responsabilidad: la responsabilidad frente al deber que nace con el sentido concreto de cada vida humana. La Logoterapia de Víctor Frankl tiene como fin que el hombre tome conciencia de la responsabilidad frente a esta concepción espiritual de su existencia. Pues el que no ha adquirido conciencia de su responsabilidad acepta a la vida como una simple contingencia, más este análisis de su existencia, por el contrario le enseña a concebir la vida como una continua misión. El problema de ésta escuela psicológica es que no logra respondernos el por qué de la misión, el por qué de la lucha, el por qué de la virtud...No devela el sentido de vivir esos valores absolutos en nuestra misión específica. ¿Cuál es el sentido del sentido que propone este análisis existencial?, en definitiva, ¿porqué la virtud en esta vida? Es que presentar la vida simplemente como un proceso de autorrealización no sacia el profundo deseo de felicidad del corazón humano. Ni la filosofía existencialista ni corriente psicológica alguna han sabido darle una respuesta al hombre moderno, y así, se entiende el intento de ahogar su existencia en el consumismo, en el activismo, en el hedonismo, y en toda forma de evasión. Es que al evadirse logra olvidarse de si mismo, de sus deberes y de su desesperada y vacía existencia. El hombre moderno está enfermo existencialmente. Un dolor agudo invade el corazón del hombre actual, una profunda tristeza sufre nuestra generación que pide a gritos una orientación, el significado autentico de su vida Es que hoy más que nunca el ser humano se siente tan lejano de la verdadera felicidad. El hombre es fruto de su filosofía Este hombre desesperado y vacío es fruto de haber amputado la dimensión sobrenatural del hombre, intento en el cual se unen las distintas corrientes filosóficas empezando por el naturalismo y terminando en el existencialismo de Nietzsche: en el nihilismo. Esta cosmovisión fue la raíz de otras aberrantes deformaciones de la realidad terminando en el nihilismo. Uno de las ideas fundamentales de Nietzsche era que los valores tradicionales (representados en esencia por el cristianismo) habían perdido su poder en las vidas de las personas, lo que llamaba nihilismo pasivo. Lo expresó en su tajante proclamación “Dios ha muerto”. En fin el nihilismo es la negación de todo principio, de todo valor, de toda virtud...de toda realidad. Es la negación de toda creencia No sólo niega la Verdad y el Sumo Bien, sino también toda luz, todo camino, que conduzca hacia Él, pues se ha destruido a la misma realidad, al mismo orden que clama a su Creador. Así el ser humano está irremediablemente perdido. La vida no es sino el grito desesperado del niño que no encuentra salida en el laberinto. Una vida sin salidas, sin respuestas, sin sentido. La filosofía existencialista ha engendrado un hombre que concibe la vida como un “porque si” con boleto a la nada. La existencia humana y la esperanza Cuando en la batalla cae el general, que es la cabeza del ejército, el escuadrón pierde su dirección, su existencia se disgrega, abandona su misión, pues ya no hay nada ni nadie que lo oriente. Esto mismo sucede con respecto al hombre. El hecho de haber amputado su dimensión sobrenatural se lo ha condenado a padecer una existencia sin sentido. Realizar en nosotros los valores absolutos – objetivos- (hoy hace falta aclarar lo claro), vivir la virtud es lo que dará paz a nuestra vida, afirman decididamente unos, incluso, pensadores existencialistas. A estos podríamos replicarles que es tan arduo y difícil el camino de la virtud, que nos lleva a preguntarnos si es que realmente vale la pena seguirlo o abandonarlo por un modo de vida más tranquilo, donde podamos proporcionarnos otro tipo de placeres y dichas. ¿Por qué la felicidad solo es alcanzada por el virtuoso? En definitiva éste se pierde de tantas “ventajas” que ofrece la vida. Este mismo planteo ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad: ¿El por qué de la virtud? Mientras Aristóteles se detiene en considerar a la virtud como la que constituye la verdadera felicidad del hombre, Platón da un paso más allá. En su República Platón después de probar la inmortalidad del alma habla de la recompensas que recibirá el justo no solo durante esta vida sino también después de la muerte. Veamos alguno de estos fragmentos: “El hombre debe repasar esto en su espíritu”... “y juzgue de lo que puede contribuir más a la felicidad de la vida”. “Es preciso conservar hasta la muerte el alma firme e inalterable en este sentimiento, para que no se deje alucinar en este mundo ni por las riquezas, ni por los demás males de esta naturaleza.” Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) en “La República”, afirma que quién desconoce a la Ley Suprema, Inmutable y Eterna “desprecia la naturaleza del hombre, y por ello padecerá los castigos más crueles, aunque escape de los suplicios impuestos por los hombres”. Mas adelante, agrega: ... “todos aquellos que salvaron, socorrieron o ensancharon su patria, tienen preparado de antemano su lugar en el Cielo, donde gozarán eterna felicidad”. Finalmente dice Cicerón “La vida verdadera comienza cuando se rompen los lazos del cuerpo que nos mantienen en cautiverio: lo que tú llamas vida es, en verdad, muerte”. El hombre al final de su vida recibirá la recompensa que le es debida, esta el la solución que dan los antiguos al problema. La virtud por si misma es un bien, un bien que “debería” mover nuestra libre voluntad. Pero los antiguos han penetrado de tal manera la naturaleza humana, su carácter falible, el misterio de su libertad herida, su deseo de una felicidad inalterable, que han dado como sentido último a su existencia la esperanza. Pero ¿qué es lo que entendemos por esperanza? Dos respuestas podríamos obtener: La segunda habla de una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la que esperamos con plena certeza alcanzar los bienes eternos que nos ha prometido. No nos referimos a aquella esperanza que alude a la realidad común, lo inmanente, lo cotidiano, en fin a lo que habitualmente llamamos estar, sino a aquella que nos exige trascender el tiempo existencial, aquella que plantea nuestra vida como un “estar hacia”, como un estar hacia la eternidad. Esta esperanza en los bienes eternos es la que alienta la virtud en cualquier circunstancia, es la que ilumina toda nuestra vida. La vida no puede nunca ser un fin en si misma. Solo la existencia que trasciende a si misma, que se “gasta” por algo Superior tiene sentido, solo por este “algo” Superior vale la pena vivir; mientras que si se pusiera a si misma como fin, esa vida se malograría, estaría irremediablemente perdida. Ésta idea está expresada exacta y bellísimamente por Cristo: “El que ame su vida, la perderá; pero el que aborrece a su vida en este mundo, la guardará para la Vida eterna (Jn.12, 24). La esperanza cristiana La fe nos habla de la revelación primitiva, hecha a los hombres de los primeros tiempos y que luego ha sido transmitida a sus descendientes. De ahí que encontramos viviendo en corazón de los hombres las mismas verdades, aún cuando pertenezcan a distintas civilizaciones. La esperanza sobrenatural es otro caso donde la razón debe rendirse frente a un misterio que solo puede develarse a través de la fe. Pues solo la mirada de la fe puede captar el amor infinito de Dios hacia cada uno de nosotros. Solo de una fe profunda puede nacer el amor a Dios. La fe concluye en el amor. La fe y el amor se sostienen mutuamente, y de esta relación recíproca nace la esperanza. La sabiduría que encierran las bienaventuranzas del Evangelio solo se alcanza a la luz de la fe. La humillación, la injuria, la pobreza, la soledad, la enfermedad, toda clase de sufrimientos y la misma muerte, todo encuentra sentido con la esperanza en una felicidad eterna. Y en el sentido positivo, ¡qué distinto es vivir los valores absolutos en nuestra misión específica, con la esperanza en un premio eterno “proporcional a nuestros méritos”¡ (¿proporcional a nuestros méritos?). Esta diferencia la percibió muy bien Kierkegaard, que resaltando la ambigüedad y lo absurdo de la situación humana, abogó por vivir una existencia comprometida con la fe, en el modo de vida cristiano; que aunque incomprensible y lleno de riesgos, era el único compromiso que podía salvar al individuo de la desesperación, y ofrecerle una vida auténtica en el orden personal. La vida sin sentido no se soporta, y es la esperanza sobrenatural la que se lo dá, no las ilusiones utópicas. Ésta esperanza no solo da sentido a nuestra existencia, sino que también nos convierte en seres capaces de felicidad, pues la felicidad en esta tierra solo se posee a través de la esperanza. Y esta felicidad que se vive en esperanza es tan solo un anticipo de la eterna. El espíritu humano necesita de una realidad que trascienda su mundo contingente, difundiendo en él una luz que lo llena de significado y valor. El hombre puede afrontar el sentido de su vida solo con la esperanza en una bienaventuranza eterna. Solo la luz celestial puede iluminar las tinieblas de la vida humana, si los corazones empedernidos, replegados sobre sí mismos, la dejaran penetrar. Almas sin esperanza, almas en pena, solo el destello del Espíritu de Dios transfigurará nuestra existencia abriéndola al sentido de lo eterno.
María Teresa Gargiulo. |