María Teresa Gargiulo

Universidad Católica de Cuyo
Facultad de Filosofía y Humanidades 
Instituto San Rafael
Profesor: Lic. Carlos Spahn.

 

Una existencia sin esperanza no tiene sentido


El planteo que hoy se hace sobre el sentido último del hombre, sobre el fin de su existencia, no es más que una actualización del existencialismo que gozó de gran influencia en los siglos XIX y XX. Actualmente el mayor exponente de este análisis existencial es la Logoterapia de Víctor Frankl. Aunque esta vez el planteo está depurado de graves errores, no ha rasgado aún el velo del inmanentismo.


Un tema central del existencialismo fue la “vocación”, la meta peculiar de cada existencia. El filósofo danés del siglo XIX Sören Kierkegaard, el primer escritor que se calificó de existencialista, insistió en que el bien más elevado para el individuo es encontrar su propia y única vocación. Como escribió en su diario: “Tengo que encontrar una verdad que sea verdadera para mí... la idea por la que pueda vivir o morir”. 
No nos detendremos a analizar el subjetivismo propio del existencialismo, sino su visión puramente inmanente de la realidad, que gesta irremediablemente una existencia humana sin respuestas.

Existencialismo actual

El hombre no descansa hasta encontrar el sentido de su vida, busca inquietamente la razón de su existencia. ¿Y por qué el existencialismo es incapaz de responder y saciar los interrogantes del corazón del hombre?
Para responder a esto, es necesario esbozar los rasgos esenciales de este análisis existencial:
Víctor Frankl tomando la raíz de sus conceptos en la filosofía existencialista, ha sabido destacar la vida del hombre como algo esencialmente concreto; marcada por la peculiaridad individual y el carácter singular e irrepetible de las situaciones y circunstancias en las que “cada uno”se encuentra inmerso. Este carácter concreto de su existencia entraña la apelación a realizar sus posibilidades originales.

Lo esencial de la existencia humana es la responsabilidad: la responsabilidad frente al deber que nace con el sentido concreto de cada vida humana. 
A partir de estas líneas podemos descubrir los elementos esenciales de esta corriente:
- En primer lugar que cada hombre debe ser conciente que su vida tiene una meta peculiar, una misión específica, hacia la que conduce un camino que no se presenta más que una sola vez. Esta misión adquiere su auténtico y pleno valor al proyectarse a su situación particular y siempre en vistas a su propia y concreta persona.
- En segundo lugar que el hombre es un ser responsable de realizar valores; valores absolutos y objetivos que se traducen en deberes concretos, en los deberes personales que cada uno debe hacer precisamente aquí y ahora.

La Logoterapia de Víctor Frankl tiene como fin que el hombre tome conciencia de la responsabilidad frente a esta concepción espiritual de su existencia. Pues el que no ha adquirido conciencia de su responsabilidad acepta a la vida como una simple contingencia, más este análisis de su existencia, por el contrario le enseña a concebir la vida como una continua misión.

 
El problema del análisis existencial

El problema de ésta escuela psicológica es que no logra respondernos el por qué de la misión, el por qué de la lucha, el por qué de la virtud...No devela el sentido de vivir esos valores absolutos en nuestra misión específica. ¿Cuál es el sentido del sentido que propone este análisis existencial?, en definitiva, ¿porqué la virtud en esta vida?
Podrían respondernos que la virtud vivida nos perfecciona, por ella vamos conformando nuestro ser, logrando así nuestra autorrealización. De esta manera el fin último de nuestra vida sería desplegar y llevar a su plenitud nuestras potencialidades y así alcanzar nuestra perfección. “La vida es un proceso de desintegración - dice Víctor Frankl – que a la postrer solo consiste en la acciones, las vivencias y los sufrimientos que su portador ha ido acumulando”. Siguiendo este razonamiento la muerte es simplemente el fin de todo, toda nuestra existencia acaba con ella. 
Si todo acaba con la muerte, ¿no sería más coherente la postura de Voltaire “comamos y bebamos que mañana moriremos”? ¿Por qué elegir el arduo camino de la virtud, en vez de aprovechar el tiempo de vida limitado que tenemos, para disfrutar de los goces que nos ofrece el mundo? Carpe Diem que luego moriremos; y este Carpe Diem excluye todo esfuerzo, toda virtud, todo acto heroico. 

Es que presentar la vida simplemente como un proceso de autorrealización no sacia el profundo deseo de felicidad del corazón humano. Ni la filosofía existencialista ni corriente psicológica alguna han sabido darle una respuesta al hombre moderno, y así, se entiende el intento de ahogar su existencia en el consumismo, en el activismo, en el hedonismo, y en toda forma de evasión. Es que al evadirse logra olvidarse de si mismo, de sus deberes y de su desesperada y vacía existencia. 

El hombre moderno está enfermo existencialmente. Un dolor agudo invade el corazón del hombre actual, una profunda tristeza sufre nuestra generación que pide a gritos una orientación, el significado autentico de su vida Es que hoy más que nunca el ser humano se siente tan lejano de la verdadera felicidad.

El hombre es fruto de su filosofía

Este hombre desesperado y vacío es fruto de haber amputado la dimensión sobrenatural del hombre, intento en el cual se unen las distintas corrientes filosóficas empezando por el naturalismo y terminando en el existencialismo de Nietzsche: en el nihilismo. 
Comenzó con el naturalismo. El naturalismo es aquella filosofía que encuentra absolutamente superfluo el orden sobrenatural. El padre Alfredo Saenz define al naturalismo como la promesa de que la naturaleza posee en sí todos los recursos necesarios para ordenar las cosas de la tierra, el entero orden temporal, y para conducir a los hombres a su meta verdadera, a su destino final de felicidad. El hombre encontrará la felicidad sin salirse del orden natural. De esta manera, nos explica el padre Saenz, “La naturaleza se basta y se convierte poco a poco en el horizonte último del hombre inmanentizado”.

Esta cosmovisión fue la raíz de otras aberrantes deformaciones de la realidad terminando en el nihilismo. Uno de las ideas fundamentales de Nietzsche era que los valores tradicionales (representados en esencia por el cristianismo) habían perdido su poder en las vidas de las personas, lo que llamaba nihilismo pasivo. Lo expresó en su tajante proclamación “Dios ha muerto”. En fin el nihilismo es la negación de todo principio, de todo valor, de toda virtud...de toda realidad. Es la negación de toda creencia
Esta filosofía moderna ha construido los cimientos de la sociedad contemporánea, ésta con su aberrante reduccionismo ha dejado la existencia humana sin sentido.

No sólo niega la Verdad y el Sumo Bien, sino también toda luz, todo camino, que conduzca hacia Él, pues se ha destruido a la misma realidad, al mismo orden que clama a su Creador. Así el ser humano está irremediablemente perdido.

La vida no es sino el grito desesperado del niño que no encuentra salida en el laberinto. Una vida sin salidas, sin respuestas, sin sentido.

La filosofía existencialista ha engendrado un hombre que concibe la vida como un “porque si” con boleto a la nada.

La existencia humana y la esperanza 

Cuando en la batalla cae el general, que es la cabeza del ejército, el escuadrón pierde su dirección, su existencia se disgrega, abandona su misión, pues ya no hay nada ni nadie que lo oriente. Esto mismo sucede con respecto al hombre. El hecho de haber amputado su dimensión sobrenatural se lo ha condenado a padecer una existencia sin sentido. 
El hombre de hoy esta encadenado, permanece prisionero en la cueva del inmanetismo en la cual se le hace imposible vislumbrar aquel mundo superior, el único capaz de darle un significado autentico a su vida.

Realizar en nosotros los valores absolutos – objetivos- (hoy hace falta aclarar lo claro), vivir la virtud es lo que dará paz a nuestra vida, afirman decididamente unos, incluso, pensadores existencialistas.

A estos podríamos replicarles que es tan arduo y difícil el camino de la virtud, que nos lleva a preguntarnos si es que realmente vale la pena seguirlo o abandonarlo por un modo de vida más tranquilo, donde podamos proporcionarnos otro tipo de placeres y dichas. ¿Por qué la felicidad solo es alcanzada por el virtuoso? En definitiva éste se pierde de tantas “ventajas” que ofrece la vida. 

Este mismo planteo ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad: ¿El por qué de la virtud? Mientras Aristóteles se detiene en considerar a la virtud como la que constituye la verdadera felicidad del hombre, Platón da un paso más allá.

En su República Platón después de probar la inmortalidad del alma habla de la recompensas que recibirá el justo no solo durante esta vida sino también después de la muerte. Veamos alguno de estos fragmentos:
“La justicia no defrauda las esperanzas de los que la practican”... “Por que la providencia de los dioses necesariamente se fija en el que se esfuerza en hacerse justo y en llegar mediante la práctica de la virtud a la más perfecta semejanza que puede tener el hombre con la divinidad”. Más no sucederá lo mismo con los hombres malos y perversos. Estos “aún cuando hayan conseguido ocultar lo que son, serán azotados, sometidos al tormento y quemados con hierros candentes; en una palabra, imagínate que oyes de mi boca todos los géneros de suplicios”-dice Platón.

“El hombre debe repasar esto en su espíritu”... “y juzgue de lo que puede contribuir más a la felicidad de la vida”. “Es preciso conservar hasta la muerte el alma firme e inalterable en este sentimiento, para que no se deje alucinar en este mundo ni por las riquezas, ni por los demás males de esta naturaleza.” 

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) en “La República”, afirma que quién desconoce a la Ley Suprema, Inmutable y Eterna “desprecia la naturaleza del hombre, y por ello padecerá los castigos más crueles, aunque escape de los suplicios impuestos por los hombres”. Mas adelante, agrega: ... “todos aquellos que salvaron, socorrieron o ensancharon su patria, tienen preparado de antemano su lugar en el Cielo, donde gozarán eterna felicidad”. Finalmente dice Cicerón “La vida verdadera comienza cuando se rompen los lazos del cuerpo que nos mantienen en cautiverio: lo que tú llamas vida es, en verdad, muerte”.

El hombre al final de su vida recibirá la recompensa que le es debida, esta el la solución que dan los antiguos al problema. La virtud por si misma es un bien, un bien que “debería” mover nuestra libre voluntad. Pero los antiguos han penetrado de tal manera la naturaleza humana, su carácter falible, el misterio de su libertad herida, su deseo de una felicidad inalterable, que han dado como sentido último a su existencia la esperanza.

Pero ¿qué es lo que entendemos por esperanza? Dos respuestas podríamos obtener:
La primera la define como un estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.

La segunda habla de una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad, por la que esperamos con plena certeza alcanzar los bienes eternos que nos ha prometido.

No nos referimos a aquella esperanza que alude a la realidad común, lo inmanente, lo cotidiano, en fin a lo que habitualmente llamamos estar, sino a aquella que nos exige trascender el tiempo existencial, aquella que plantea nuestra vida como un “estar hacia”, como un estar hacia la eternidad.

Esta esperanza en los bienes eternos es la que alienta la virtud en cualquier circunstancia, es la que ilumina toda nuestra vida.

La vida no puede nunca ser un fin en si misma. Solo la existencia que trasciende a si misma, que se “gasta” por algo Superior tiene sentido, solo por este “algo” Superior vale la pena vivir; mientras que si se pusiera a si misma como fin, esa vida se malograría, estaría irremediablemente perdida. Ésta idea está expresada exacta y bellísimamente por Cristo: “El que ame su vida, la perderá; pero el que aborrece a su vida en este mundo, la guardará para la Vida eterna (Jn.12, 24).

La esperanza cristiana

La fe nos habla de la revelación primitiva, hecha a los hombres de los primeros tiempos y que luego ha sido transmitida a sus descendientes. De ahí que encontramos viviendo en corazón de los hombres las mismas verdades, aún cuando pertenezcan a distintas civilizaciones. 
Nos tomarnos el atrevimiento de identificar la esperanza cristiana con aquella esperanza a la que se refieren los antiguos filósofos. Nuestra esperanza como la de aquellos es sobrenatural por su objeto -Dios, la Bienaventuranza. Por sus motivos – aunque nosotros no sólo poseemos las promesas primogénitas sino también la pasibilidad de alcanzarla por la Redención del Hijo de Dios. Por sus medios de perseverancia y crecimiento –la gracia y la oración. 
El hombre no sacrifica su vida por una fría verdad intelectual sino por la verdad amada, la verdad “sentida”, querida. Podríamos llegar a un conocimiento puramente racional de la dimensión sobrenatural de hombre, probar la existencia de su alma espiritual, y por ende inmortal, pero en definitiva, no es el conocimiento sino el amor, no es la razón sino la fe, lo que satisface el inquieto corazón humano.

La esperanza sobrenatural es otro caso donde la razón debe rendirse frente a un misterio que solo puede develarse a través de la fe. Pues solo la mirada de la fe puede captar el amor infinito de Dios hacia cada uno de nosotros. Solo de una fe profunda puede nacer el amor a Dios. La fe concluye en el amor. La fe y el amor se sostienen mutuamente, y de esta relación recíproca nace la esperanza.

La sabiduría que encierran las bienaventuranzas del Evangelio solo se alcanza a la luz de la fe. La humillación, la injuria, la pobreza, la soledad, la enfermedad, toda clase de sufrimientos y la misma muerte, todo encuentra sentido con la esperanza en una felicidad eterna.

Y en el sentido positivo, ¡qué distinto es vivir los valores absolutos en nuestra misión específica, con la esperanza en un premio eterno “proporcional a nuestros méritos”¡ (¿proporcional a nuestros méritos?). Esta diferencia la percibió muy bien Kierkegaard, que resaltando la ambigüedad y lo absurdo de la situación humana, abogó por vivir una existencia comprometida con la fe, en el modo de vida cristiano; que aunque incomprensible y lleno de riesgos, era el único compromiso que podía salvar al individuo de la desesperación, y ofrecerle una vida auténtica en el orden personal.

La vida sin sentido no se soporta, y es la esperanza sobrenatural la que se lo dá, no las ilusiones utópicas. Ésta esperanza no solo da sentido a nuestra existencia, sino que también nos convierte en seres capaces de felicidad, pues la felicidad en esta tierra solo se posee a través de la esperanza. Y esta felicidad que se vive en esperanza es tan solo un anticipo de la eterna. 
“Mantengamos firmemente la esperanza que profesamos, pues el que ha prometido es fiel; y miremos los unos a los otros para estimularnos en el amor y las obras buenas”... (Carta a los Hebreos 10, 23-25).

El espíritu humano necesita de una realidad que trascienda su mundo contingente, difundiendo en él una luz que lo llena de significado y valor. El hombre puede afrontar el sentido de su vida solo con la esperanza en una bienaventuranza eterna. Solo la luz celestial puede iluminar las tinieblas de la vida humana, si los corazones empedernidos, replegados sobre sí mismos, la dejaran penetrar.

Almas sin esperanza, almas en pena, solo el destello del Espíritu de Dios transfigurará nuestra existencia abriéndola al sentido de lo eterno.

 

 

María Teresa Gargiulo.