HUIDA VICTORIOSA

 

“Huyendo del mal, de improviso

se entra en el mal:

por la puerta del Paraíso

artificial.”

Rubén Darío.

 

HUIR NO ES ESCAPAR

 

Escribió el admirable poeta Mallarmé un bellísimo verso que nos dice que ha huido victoriosamente del suicidio, al que califica de bello: “Victoriosamente huyó el suicidio bello”. Luego hay huida victoriosa. En otro verso quizá más bello, fray Luis de León escribía: “Huye, que sólo el que huye escapa”. Entre el huir y el escapar nuestro místico poeta fray Luis nos señala singularísima diferencia. Huir no es escapar. Pero solamente huyendo se escapa. ¿Y de qué se escapa?

 

Hace algunos años se puso muy en moda entre escritores y artistas en general,   y particularmente en España, hablar de “escapismo”. Y hasta se llegó a hablar de “escapistas”. Fácil es comprender que se trata de un arte-escapatoria. Y que esta escapatoria o escape se refiere a una realidad particular o pública de la que el poeta, el artista, quieren huir; huir y escapar. Se le reprocha a esos poetas y artistas fugitivos o escapados que, huyendo de una realidad que les hiere, encuentran un refugio irreal en el arte, en la poesía: reprochándoseles que hacen de ese modo un arte, una poesía irreal o falsa. Que por escapar de una realidad que les hace daño irrealizan el arte mismo y traicionan doblemente la verdad de su arte, de su poesía, al traicionar aunque no lo sepan ni lo quieran, la realidad viva y verdadera de la que huyen y escapan.

 

Recordemos el proverbio ruso de los primeros tiempos de la revolución social soviética, que afirmaba irónicamente que “no se puede clavar clavos con violines”. Y el famoso consejo de Lenin, de no llevar al teatro, enmascarándolo de arte, de poesía, falseándolo, engañosamente de tal modo, el problema social y político que se plantea en la fábrica, el taller, el sindicato... El obrero, venía a decir Lenin, debe ir al teatro a distraerse de lo que le ocupa y preocupa en su trabajo y tarea política y social. Esto es, un arte verdadero, una verdadera poesía, que no se enmascare en su apariencia bella ninguna tesis política o intención social. Con este suponía el gran dialéctico revolucionario que el arte, la poesía (y hasta en el teatro, fenómeno específicamente social), tiene realidad propia, de la que no hay por qué huir ni escapar en modo alguno.

 

Parecería que el que no quiere huir, escapar de una realidad física o moral o política –o religiosa- huye, aunque no lo sepa ni lo quiera, de la otra realidad que niega por eso mismo: la realidad de la poesía y del arte; suponiendo que no hay tal realidad independiente, sino que esa realidad depende ineludiblemente de la primera. Para un buen dialéctico, como el ruso, el planteamiento de la cuestión era muy distinta. Y el artista, el poeta, no puede, sin dejar de serlo, escapar, huir de su propia realidad superestructural que le determina.

 

Todavía podríamos recordar otros versos de otro poeta, Juan Ramón Jiménez, cuando nos afirma de su propia poesía que es “forma del huir”, y esto aun cuando se le escape (la poesía, no su propio ser o parecer poético), convirtiéndosele en huida de la forma: en bellísimo suicidio mortal.

 

No es necesario hablar en lenguaje idealista para suponérsele una realidad a la poesía y al arte; para apoyarse, diríamos, en esa realidad, para no huir ni querer escapar de ella. Los moralistas cristianos nos predican, como única manera de salir victorioso del mal y de la tentación diabólica del mal, su huida. Hasta cuando el arte o la poesía pueden no ser buenos, o no ser ni buenos ni malos, o enteramente malos, como idolatría, tampoco se pone en duda su realidad, sino su calificación de divina. Y se aconseja entonces la huida del arte mismo por engañoso; de la poesía por ilusoria; pero no su utilización para escapar de la verdad y de la vida.

 

Lo malo no es que el arte, la poesía, pueden ser infernales o paradisíacos, sino que sin arte ni poesía, se hagan paraísos o infiernos artificiales. Que el arte no es artificioso. Ni poesía ilusoria falsedad. Que el arte y la poesía tienen su propia vida y singularísima verdad. Y como dijo el poeta: “El viento le dijo al río: / ¿a dónde vas tan corriendo? / Y el agua le contestó: / no sé porque voy huyendo”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.