HACER EPOCA     Francisco Arias Solis

Nada hay eterno sino la mudanza.”

Percy Bysshe Shelley

 

“¿Quién oyó las pisadas de los días?”, preguntaba Quevedo para decirnos que el andar del tiempo no se oye; el andar, el correr del tiempo. Y menos, el volar. “Corre el tiempo, vuela y va ligero”, escribía Cervantes; que este tiempo que corre, que vuela, ligerísimo, que se nos va, y no vuelve, es el mismo tiempo o son los mismos tiempos que mudan las cosas  y perfeccionan las artes: “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”. Será entonces que vemos pasar el tiempo, los tiempos, por esta mudanza de las cosas y perfeccionamientos de las artes, que lo veremos de este modo, pasar con lentitud o con ligereza, con rapidez; con “pies de pluma” o con “pies de plomo”, que había dicho Tirso de Molina. No oiremos sus pisadas y acaso tampoco veremos sus pies, pero si veremos sus huellas.

 

Por eso, en este tiempo vivo que “cabe en la punta de una aguja”, como nos decía una Santa, podemos percibir o sentir la eternidad misma. ¿Y cómo conseguimos este milagro? “Nada hay eterno sino la mudanza “ cantaba paradójicamente Shelley. Por la mudanza de las cosas, percibimos, vemos el paso del tiempo, de los tiempos, según Cervantes. Pero este mismo paso lento, y volandero a la vez, donde se nos queda, por así decirlo, justamente extasiado, es en la “obra de arte” –de un arte mágico, de pintar, de escribir... – que perfecciona o que se perfecciona con el tiempo mismo. Por lo que dijo Goya que el tiempo pinta. Y por lo que también puede decirse que el tiempo escribe. Un lienzo de Velázquez o Goya, una novela de Cervantes o Galdós, constituyen para nosotros, por la perfección temporal del arte que los realiza, esa plenitud de “obra de arte” imperecedera mientras exista el soporte temporal vivo que la sostenga. Y esto, diríamos, que no sólo porque en el tiempo se sostiene sino porque del tiempo se sustenta.

 

Las pinturas de Velázquez y Goya, las ficciones novelescas y dramáticas de Cervantes y Galdós, las miramos, las vemos como un espejismo aparente de la realidad que reflejaron, o como una invención independiente de ella, pasajera, mudable, una vez realizadas, por la ficción imaginativa, en el lienzo, en el libro. No es el tiempo o su tiempo, su época, la que hizo, la que hace la “obra de arte”, sino ésta la que hace tiempo su tiempo, la que hace época una época. Habrá entonces una España de Velázquez y otra de Goya; una de Cervantes y otra de Galdós, pero ¿por el tiempo o  los tiempos –seculares, seguidos- que los separan o por las épocas que hicieron suyas, que inventaron o crearon estos pintores y poetas? Este tiempo que también pinta –y tan bien o tan mal según el caso- y que del mismo modo –y bien o mal- escribe, ¿cómo lo hace? ¿Con la mudanza de las cosas solamente? Andando el tiempo, con el andar del tiempo, con ese correr de los tiempos, que a veces es vuelo, se van haciendo, perfeccionando esas “obras de arte”, esas ficciones imaginativas, que no por parecernos quietas, inmóviles, extasiadas de temporalidad, dejan de mudarse, como las cosas con el tiempo y por el tiempo mismo, o al mismo tiempo que ellas.

 

El viajero que por primera vez visita a España, o el que vuelve a ella después de algunos o muchos años de ausencia puede volver a encontrar la España de Goya y de Velázquez donde estaban, en el Museo del Pardo, como pudo encontrarla fuera en la lectura de Cervantes, de Galdós ... Pero ¿la encontrará en la vida española, en la España viva que está viendo, oyendo, sintiendo? ¿Y podrá decir que esa España que percibe viva ante sí, es la misma, o, al menos sigue siendo o pareciéndola igual: una España velazqueña, cervantina, goyesca, galdosiana...?

 

¿Las ciudades, los campos, las gentes... en España nos parecen –al menos estéticamente- más o menos españoles que antes? Yo diría que más, mucho más. Más Velázquez y Goya, Cervantes y Galdós  que nunca. Digo que así nos lo parece en este años de gracia de 2006 que se nos va volando.. Y como dijo el poeta: “ Según tu quieras, / el tiempo es corto o largo / de esa manera”.

 

 

Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.


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