PASAR EL TIEMPO

“No se engañe nadie, no,

 creyendo que ha de durar

 lo que espera.”

Jorge Manrique.

MIENTRAS DURE EL PASAR

Leyendo los Episodios nacionales de Galdós, pensaron Menéndez Pelayo y Azorín que adquirimos conciencia histórica de España los españoles, como si el fabuloso mundo imaginativo que nos descubren fuese o formase para nosotros esa conciencia misma. Que es como una sapiente o sabrosa sabiduría de lo temporal por la que percibimos la firmeza y mudanza de lo pasajero. De este saber del tiempo pasajero ya habíamos aprendido a gustar sabrosamente leyendo las legendarias Coplas de Jorge Manrique: “No se engañe nadie, no, / creyendo que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio, / porque todo ha de pasar / de tal manera”.

 

Todo ha de pasar -nos dice el poeta- por “tal manera” que es la del propio hecho de pasar; como si no se pudiese pasar de otra manera que pasando: como pasan los ríos para ir a dar en la mar “que es el morir” -nos dice-. Pero mientras dure el pasar, éste puede serlo de muchas maneras; con diferente tiempo o ritmo temporal propio. Lo pasajero, tiene su propia “firmeza y mudanza”, como se dijo de la fortuna. Y según sea ésta, diremos, sentiremos, pensaremos que lo que pasa está pasando o no está pasando, despacio o de prisa, precipitadamente o con lentitud. Y nuestro popular Zorrilla nos dirá: “Pasó un día y otro día / un mes y otro mes pasó, / y un año pasado había...”

 

También se habla del paso que hacemos por los libros al leerlos. Transitamos por los libros, por su literatura, de poesía e historia o filosofía... A ese pasear, y no sólo “pasar el tiempo”, es a lo que llamó Cervantes pasatiempo, diciéndole así de su Don Quijote. Por lo que éste puede leerse en cualquier sazón / en todo tiempo. Luego parecería que ese tiempo de su sazón no pasa, se queda, y se queda quieto. Y por lo que también nos parecería que ese tiempo que al parecer no pasa de ninguna manera es un tiempo que cuenta o que se cuenta en su sazón y temporalidad permanente o perdurable: “un cuento de nunca acabar”. Y de ese modo, como dijo el exquisito poeta francés Paul Eluard, el tiempo siempre empieza.

 

Le preguntaron en cierta ocasión al más extraordinario torero que ha habido nunca en todo el toreo, a Rafael el Gallo: “¿Qué es lo más extraordinario que le ha pasado en toda su vida?” Y el Gallo contestó: “Lo más extraordinario que a mí me ha pasado en toda mi vida es haber nació”. Nosotros añadiríamos aún que haber nacido torero, porque el torero nace y se hace. Porque el torero como todo lo que es verdad en la vida, primero se sabe y después se aprende.

 

 

La forma es la que hace la norma y no al revés. Calderón dirá que es el sueño lo que hace la vida y no la vida el sueño. No es la norma la que hace la forma, pensamos paradójicamente. Ni el cauce el que hace el río. Ni el esqueleto su encarnadura de sangre. Tampoco es la intrahistoria, esto es, la tradición viva, la que hizo la Historia sino ésta a aquélla. Pero el agua corredora del río o de la sangre que encarna nuestra vida y nuestro sueño no serían lo que son si su cauce o su esqueleto no la sostuvieran con su firmeza.

 

El destino del pueblo español está íntimamente relacionado con nuestra conciencia de españoles. André Malraux, este escritor amigo de España que unió con tanta fuerza su destino al nuestro, nos decía: “El destino total del arte, el destino de todo lo que los hombres expresan en la palabra cultura, está contenido en una sola idea: transformar el destino en conciencia”. Y es que como dijo el poeta: “Se pasan los días , se pasan los meses / se pasan los años, / y nunca se sabe si se van perdiendo / o se van ganando”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.


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