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ENSAYO SOBRE LA AVENTURA
ENSAYO SOBRE LA AVENTURA Indice Prólogo I-
Necesidad de asumir la responsabilidad de ser humano finito que tiene
una única tarea que cumplir II-
Planteo de la situación existencial. Condicionantes III-
Aventura en sentido estricto IV-
Conclusiones En un impulso aventurero arrojo mis
primeras palabras al público, con el afán de entregar en un píccolo
ensayo mi inicial concepción de la vida. Porque creo firmemente que
ella toda es Aventura, y que la manera adecuada de vivir es percatarse
de la aventura de cada instante, lo denominé Ensayo sobre la Aventura,
que sería decir “reflexiones acerca de la necesidad de asumir la
responsabilidad de ser humano finito que tiene una única tarea que
cumplir” Ambiciono que, a través de estar páginas
el lector entrevea la situación existencial que, si bien es única,
adquiere con cada hombre matices diferentes, condicionada por espacio y
tiempo circunstantes por un lado, y por características síquicas y
sociológicas del medio en que se encuentre, por otro. Si este logro es efectivo, quedará
aún otro camino que recorrer, ése lo dejo en manos del lector, será
el de adivinar, percibir, tener la certeza de haber conseguido
desbrozar de lo cotidiano, un signo, el símbolo que exprese qué tarea
está llamado a desempeñar, cuál es la tarea que sólo él puede
llevar a su fin, en último término: a qué valor ha de servir. Si bien no es trabajo fácil el que
le dejo, evidentemente sólo él puede llevarlo a cabo con eficacia: es
el único y adecuado personaje que tiene capacidad para revelarse a sí
mismo todos y cada uno de los elementos que componen su bagaje
existencial; el único, a fin de cuentas, que puede resolver la ecuación
perfecta de su vida; el único que tiene total poder sobre su propio
empeño para lograr la realización de su inquietud; el único que tiene
voz para pronunciar el exclusivo sonido de su existencia. Acompañado por su solitaria y
angustiada mismidad, si logra desempeñar esa única tarea, dejará, a
su muerte, sólo una gota de agua en el mar del mundo, pero una gota de
agua única versión en la historia de todos los tiempos. Capítulo I El hombre, sumergido y casi
aplastado por un mundo externo creado día a día por él mismo, tiene
vocación de infinito, es decir un impulso a salir de todo para
“hacerse”; a alejarse de ese mundo cuyo adelanto al llevarlo a la
tecnocracia no le permite obtener un panorama naturalmente comprensible
de ese mismo mundo. Cuya practicidad parece formularle la gran invitación
a masificarse. Cuyo apuro al hacerle perder de vista a quienes lo
rodean, lo obliga a considerar los objetos cumpliendo una función en
vez de sujetos con los que podría entrar en relación. Cuya rutina al
conducirlo a la angustia lo incorpora a un círculo vicioso, donde prima
la neurosis, que luego le resulta difícil quebrar. Cuya complejidad lo
deja inerme y solo, sin posibilidades de realizarse como lo que es: un
hombre, es decir en la casi imposibilidad de lograr la plenitud de sí
mismo, de convertir en actos su potencial humano, que a eso llama
“hacerse”, construirse; y quiere tal cosa porque desea ser con todas
las características del SER, y se siente conminado por esa necesidad
existencial tanto como por las necesidades primarias y biológicas de
comer, dormir y procrear. Es la tremenda y exclusiva
realidad del ser humano: estar igualmente ligado al mundo físico y al
mundo de los valores. Así como sabe de la inclusión de los instintos
en él, sabe y tiene certeza de lo infinito, del Infinito. Se conoce
finito, y, sin embargo, sus necesidades existenciales lo llevan a
realizar actos que ponen de manifiesto su tendencia hacia aquél: todos,
absolutamente todos, desde el lugar en que estamos, hacemos algo que
tiene una muy específica finalidad existencial: hacernos perdurar en el
tiempo, que es una forma humana de querer aprehender el Infinito, si
consideramos su característica intemporal. Todos, absolutamente ,
todos, hacemos real nuestro vital deseo de permanecer temporalmente:
escribir una partitura, construir una casa, inventar una máquina,
educar a un niño, son modos de obligar al futuro a tenernos presentes,
en su fin último un intento de obviarlo, de eliminar tal imperfección,
como si con ello se diera un valioso paso más en la aprehensión del
Infinito. Quizás, sólo sea una forma de
chantaje que el hombre cree algo a condición de que su nombre se
pronuncie a través de los tiempos con la sola mención de la cosa
creada. Y se justificaría tal maniobra, pues esa necesidad se da en el
ser humano tan violenta e ineludiblemente, que resulta imposible no
satisfacerla. Pero Infinito no sólo implica
intemporalidad, es decir ausencia de sucesión, sino que también lleva
inserta una alusión a la extensión que se caracteriza por la ausencia
de formas. Luego, cómo va lograr el hombre materializar el supremo
concepto? Si bien este interrogante se
presenta sin posible respuesta, el ser humano, quizás olvidando que en
sus manos sólo cabe la posibilidad de conformarlo y con ello ubicarlo
en su mismo tiempo, intenta a diario una fórmula que lo resuelva y, a
tal fin, pinta un cuadro, soluciona una ecuación, etc, con el genuino,
innato deseo de acercarse en sucesivos movimientos a la forma única,
aquella que por perfecta no sea susceptible de ser mejorada ni siquiera
un ápice, esa que realice el Infinito. Parecería que la íntima vocación
humana de alcanzar el Ser diera al hombre una intuición, manifiesta en
el acto creativo, de que no es imposible lograr la plenitud de las
formas o quizás de que sólo basta pasar el límite racionalmente
incierto entre lo relativo y lo absoluto para lograr el Ser. Tal intuición
podría calificarse de loca o absurda si se ignorara al hombre como
relacionante entre lo relativo y lo absoluto, la natural y apasionada
sed de absoluto y sus movimientos por alcanzarlo. Desde un punto de vista
exclusivamente racional, si bien más circunscripto, podrían
considerarse tales conductas como originadas en un deseo de desarrollar
sus potencias, de manifestarlas convirtiéndolas en actos. Consideración
que no parece totalmente justificable desde otros puntos de vista: sicológicamente,
sería una interpretación mecánica de las conductas humanas aceptar
como única causa de tal efecto el crecimiento al máximo de las
aptitudes y capacidades individuales como si se tratara no de un hombre
sino de sus inferiores en la escala zoológica. Sería negar su
creatividad como capacidad exclusiva enraizada en la intención de
concretar lo intuido. Sociológicamente, la causa estaría
dada en un deseo de ganar la competencia iniciada con sus semejantes, lo
que no dejaría de ser un juego cuya victoria no aportaría nada a quien
la lograra, salvo la breve satisfacción de una ambición que, por
desmedida, le plazca el despilfarro de haberes en una especie de
contienda infantil. Sólo cabe pensar que el hombre está
inmerso en un orden de relatividad, pero cuyo propio misterio
individual, ese que lo impulsa a elaborar con entusiasmo creciente su
historicidad, no puede menos que ser un rasgo de absoluto bajo las
características de la existencia humana. Así, la percatación del
propio misterio es la intuición de lo absoluto; la develación y la
aprehensión de aquel serán, entonces, la develación y la aprehensión
de lo absoluto, el logro del Ser. Más, con tan noble propósito, el
hombre ha buscado muchas y distintas formas de encarar un problema que
permanece históricamente sin solución, y no ha pasado de conseguir
crear verdaderas cantidades de bienes, los cuales constituyen el
monstruo de la civilización llamado cultura, que suele atrapar en un
goce espiritual sin señalar, sino muy sutilmente, el camino a andar
para encontrar el Infinito y saciar en ese encuentro las ansias
existenciales. Considerando la cultura como el
medio relacionante por excelencia en la comunicación social, y aceptándola
como una especie de desvío del sendero mencionado, significa lo
antedicho que el hombre se realizará en la medida en que se aleje de la
sociedad que lo circunda? No, la realización del hombre depende de su
capacidad de mantener dinámicamente la adecuada distancia entre la
sociedad y él, lo que estará acorde con sus etapas de maduración. El ser humano es naturalmente
gregario, eso es indudable. Necesita de sus pares para ser realmente
“hombre” y de la cultura para concretar el proceso de socialización,
punto de partida de un segundo proceso que podría llamarse de percatación
de la realidad existencial o de ubicación de la situación existencial. Pero su intransferible unicidad es
un tema inabordable en el diálogo con sus semejantes y esencial y
primero para el sujeto en cuestión. De esto la urgencia de, a solas,
responder al interrogante que se le presenta cuando comprende su
necesidad de “ser”. En este momento el proceso de percatación de la
situación existencial está en sus propios inicios. De alguna manera el
hombre ha intuido su propio misterio y lo ha relacionado con el
Absoluto. En esa intuición nace la sed que sólo puede saciar el logro
del ser; y en esa sed se origina un impulso tendiente a la consecución
de aquél, cuya realización será satisfactoria para el hombre cuando
haya aprehendido el infinito, característica exclusiva del Ser. El infinito participa del Ser como
rasgo distintivo y particular del mismo, y porque “es”no tiene
“existencia”, que es la capacidad de algo de manifestar al ser,
capacidad que se da simultáneamente a la incertidumbre de lograrlo. De ahí que sea preciso reconocer
que el infinito es concebible humanamente en un plano intuitivo, pero
resulta inimaginable e inexplicable al intelecto humano, y por ello no
puede menos que presentársele como irrealizable: es que el hombre no
tiene los elementos necesarios para conseguirlo, lucha valiéndose de
medios tan concretos, específicos y circunscriptos que su intento no
pasa de ser tal, consiga o no fama - que es la versión humana de la
gloria- según sea ese intento logrado o no como tal. El ser humano choca con la pobreza
de los únicos medios que tiene a su alcance, preguntándose si acaso
hay en el mundo elementos tan poco rudimentarios que en sus manos
adquieran capacidad de realizar el infinito, es decir de transformar lo
finito en infinito y con ello alcanzar el ser. La misma historia, al consignar las
variaciones técnicas y las innovaciones en cuanto a medios utilizados
que se han llevado a cabo en casi todos, si no todos, los ámbitos del
quehacer humano a través de los siglos, prueba fehacientemente que el
hombre no se desanima y que un intento sigue a otro en la impotente y
angustiada lucha por aprehender el infinito. Pero, cómo se explican los propósitos
aludidos por atraparlo, si ni siquiera puede el hombre imaginarlo? De él
sólo sabe que es lo ilimitado, lo que sin tener historia ni espacio los
justifica, lo que constituye la exclusiva característica del Ser.
Intuitivamente, y sin esperar haber obtenido la respuesta final, es
posible afirmar que el infinito participa del Ser, de alguna manera él
también es. El Ser único, no perfectible,
puede llamarse Perfección Absoluta. Su unicidad radica en su característica
de infinitud, es el Principio y el Fin, es el Todo. Es perfecto porque
se realiza a si mismo siendo, es lo que ES. Según el razonamiento humano esto
es inexplicable. Intelectualmente se acepta que las cosas sólo puedan
manifestar en mayor o menor grado, con variable elocuencia lo que en
realidad son: verbigracia: una amapola manifiesta al universal amapola
y, si bien es la amapola una forma de flor, no realiza por ello al
universal flor. La amapola en cuestión es una, luego se distingue de
otras amapolas; en otro plano, es diferente de las rosas, crisantemos u
orquídeas; en último término, pertenece a una clase de seres
vivientes que se incluyen dentro de vegetación y que se diferencia de
otros seres vivientes. Todo esto lleva a considerar su
condicionamiento al orden preestablecido, condicionamiento que arranca
del hecho de existir, de no participar verdaderamente del Ser; con otras
palabras: el universal amapola es una forma del universal flor y éste
se manifiesta concreta y , por lo tanto limitadamente, en aquélla. Si la mente humana en su estrechez
acepta que no hay posibilidades de movimientos ampliamente cómodos
nacidos de la certeza de comprender la realidad, ya que es un hecho que
el hombre ni siquiera entienda plenamente lo que en cada situación le
ocurre, menos podrá incursionar intelectualmente en el plano superior
del Ser con verdadera eficacia. De todos modos, razonando según el
principio de razón suficiente, es decir sobre la base de que nada se da
aisladamente, sino que todo está ligado a algo que es su razón, y en
un intento de explicación podría hacer las siguientes inferencias: - si en la conducta del hombre hay
manifestaciones suficientemente explícitas de tensión hacia el
infinito, rasgo exclusivo del ser, se puede inferir que el motivo de esa
tensión sea el nexo entre la “relatividad” humana y lo
absoluto del ser que es su fin. - si el hombre, en su deseo de
infinito, se siente “impulsado”a tender a él, es factible suponer
que existe algún impulso, lo que implica, si eso es verdad, plantear el
problema de si tal realidad tiene o no causas, y una de sus formas
posibles es el planteo del problema de si hay o no un principio creador
del universo, ya se llame Dios o simplemente Principio. - si tal impulso lleva al hombre a
elegir los medios y a ordenar sus conductas con arreglo a metas
predeterminadas que implican la obtención de bienes culturales, es
posible suponer que éstos hay sido creados con una específica intención:
alcanzar el valor del fin. Ese fin es el Ser que tantos desvelos humanos
ha causado a través de la historia. A partir de estas tres inferencias
es factible esquematizar de la siguiente manera la intuición del Ser: El hombre se sabe preso en un orden
de relatividad que lo limita, al tiempo que intuye al Ser como lo
absoluto. En su finitud halla una profunda insatisfacción que presiente
eliminable cuando toma conciencia de su propio misterio. En sucesivos intentos por
comprenderse se manifiesta creador, ya que al transformar los medios que
lo circundan en bienes culturales se proyecta, y al expresarse así, se
revela ya que tales conductas dicen de su deseo de lograr la verdadera
imagen humana. Pues, así como la sicología, al
buscar una explicación de la conducta humana divide los fenómenos síquicos
en afectivos, volitivos e intelectivos, así el hombre, en su intuición
del Ser, “distingue tres aspectos diferentes del Ser único:
diferentes, no en el ser mismo, sino en el individuo que lo considera y
que responden a tres momentos distintos en la captación de aquél”
Leopoldo Marechal, Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza, ed.
Citerea, 1965. Esos tres aspectos que son el Bien,
la Verdad, la Belleza, se presentan al hombre como tres invitaciones
distintas para alcanzar el Ser: distintas en cuanto se caracterizan por
el modo de invitar y por los medios a emplear, con lo que se hace alusión
a la forma individual de captación. La aceptación humana a una de
tales invitaciones depende del mayor o menor vigor de la atracción, lo
que estará en relación directa con la predisposición a admitirla e
internalizarla. Esta aceptación implica una aprobación voluntaria y un
compromiso, por lo tanto debe estar de acuerdo con la tendencia del
hombre en cuestión: la Belleza lo atraerá afectivamente, la Verdad
intelectualmente, el Bien volitivamente. El artista que escribe, pinta o
compone, empapa su tarea de deseos de plasmar en su obra rasgos tales de
hermosura que comprendan todas las concepciones de todos los tiempos, aún
más, que alcancen el Valor de lo bello y realicen la Belleza. Ese logro es muy difícil: la
Belleza como tal y no como valor, participa de lo Absoluto y de lo
Infinito como un “aspecto”del Ser, que alude a la manera de
captarlo, y no es otra que la forma sensitiva. Indudablemente, la Belleza no
“existe”, sino que existen poemas, melodías y pinturas que la
manifiestan o no. Desde otro punto de vista, el filósofo
que se acerca con toda la sinceridad y capacidad de razonamiento, con la
adecuada preparación y verdadero interés, en su búsqueda de la
Verdad, podrá hacer comprobaciones que le permitan formular juicios
verdaderos, pero no podrá, siquiera definir la Verdad con exactitud,
pues llegaría a la aprehensión del Ser, y esto, según lo demuestra la
historia, aún le está vedado al hombre. Así como algunos tienden al Ser
por el camino de la Belleza, otros transitan, en su búsqueda, por el
del Bien o el de la Verdad. Los tres momentos de que habla
Marechal hacen alusión a una distinción que es justificable ante la
imposibilidad enraizada en la incapacidad de abarcar lo infinito y lo
absoluto del Ser. Si el hombre lo lograra,
verbigracia, realizar la Belleza, habría transformado lo finito en
infinito, porque habría hecho de un medio concreto y circunstancial un
bien cultural cuyo valor estaría dado en términos de absoluto ya que
la Belleza es un “aspecto”del Absoluto. Pero además, como dice
Marechal: “la cosa creada mediante su belleza, propondría una verdad
con la intención de un bien”; en el caso antedicho la cosa creada
dejaría de serlo, porque habría alcanzado el valor de la
Belleza, sería, sin más, llamada Belleza. Por lo que la proposición
de una verdad se transformaría en el logro de la Verdad. Del mismo modo
la intención de un bien habría obtenido el valor del Bien y sería
tal. De esto que, indefectiblemente,
realizar un aspecto del Ser implica realizar los restantes, ya que los
tres participan de él. Resulta importante explicitar que
el Ser “es”sin complicaciones, que es esencialmente simple, y que
las complejidades se originan en la existencia, pues ello permitirá
comprender la característica de unidad del Ser, unidad que el hombre
secciona a su arbitrio a fin de explicarlo de alguna manera y en su
intuición del mismo, incluye la Belleza, la Verdad, el Bien como
esencias purísimas que son captadas inequívocamente y que se
constituyen en evidencias antes cuales no puede sustraerse de querer
poseerlas mediante una posesión fecunda que logre la total inclusión
del Ser. Entonces en imperioso impulso
comprende que es preciso ordenarse, ubicarse dentro de ese Plan y elegir
en un acto libre. Porque la libertad es la elección
de lo bueno, el hombre debe decidir que es lo bueno para él, qué lo
adecuado según sus posibilidades y circunstancias. Simultáneamente intuye que no
puede apropiarse del Ser y que el único camino es integrarse en él,
fundirse a través de una entrega libre y dinámica cuyo objeto sea
alcanzar la categoría de hombre. Su entrega se explica como acto de
elección de lo bueno para sí y en el Ser radica toda bondad El dinamismo de su entrega es
comprensible porque el ser humano, que sólo puede imaginar al Ser como
una Unidad inespacial en cuanto a extensión y sucesión, en el acto de
elección manifiesta un doble deseo: poseer a la cosa para lograr el
Valor, y entregarse al Valor para lograr el Ser. Cuando el hombre intuye su misterio
comprende que podrá develarlo en la medida en que interprete la
realidad circunstante, ya que ésta es una consecuencia del Ser, es su
existencia, es una forma incompleta, no realizada del mismo. Por ser el hombre el único ser
viviente capaz de “crear”, sólo él puede llevar a cabo la empresa
de realizar al mundo transformándolo en Bien, Belleza y Verdad, dándole
infinitud a lo finito. Aquí nace su responsabilidad, es el único que
puede responder por el logro o el fracaso de tal tarea. Quizás ser una responsabilidad
colectiva, pero en realidad es asumible individualmente porque
individualmente puede captarse el Infnito, el Ser, en una extraña
experiencia que se da de una manera intransferible en cada hombre. El hecho de asumir la
responsabilidad de la propia finitud humana se manifiesta como una
necesidad básica. En la captación del propio
misterio cada individuo no puede dejar de percibir la cualidad única de
su tensión al infinito. Esa “cualidad” lo hace distinto
de los demás hombres. Su misterio es tan puramente original que ni
siquiera puede incluir la exigencia de ser conocido por ninguno de sus
semejantes. Es un misterio deliciosa y dramáticamente
intransferible, porque es el primer movimiento que se erige en motor de
sus conductas prometiéndole el Ser, porque es un monstruo que guarda su
unicidad y que no le permite levantar el ancla para abandonar su
soledad. De la mismidad de su misterio se
desprende la seguridad de ser el único capaz de pronunciar su propia
respuesta a los interrogantes que le proponga el Ser. Y esa contestación
será su peculiar manera de transformar los elementos que encuentre en
su camino, será la tarea que sólo él puede llevar a cabo. Ese hombre
será el único capaz de intentarlo. Así como el ser humano vivencia
sus necesidades biológicas, vivencia también sus necesidades
existenciales que implican una búsqueda de infinito dentro de él. Mira a su alrededor y ve un mundo
en que el está carnalmente incluido, un mundo totalmente compartido con
sus semejantes, tanto que tiene la sensación de que los otros quieren
trastornar su propia historia, inmiscuirse en lo suyo hasta diluirla en
una historia grupal, cuya médula no explicita al haz de voluntades
individuales. En ese quehacer cotidiano por
satisfacer sus necesidades primarias, el hombre se agrupa con sus congéneres
y nace así una sociedad que aumenta su complejidad al punto de parecer
ahogar su mismidad. Pero, desde un punto de vista
puramente social, entreve la posibilidad de contribuir a alzar el mundo
al futuro, de imprimir su sello creativo desde su proceso laboral; lo
cual no deja de ser una invitación a proyectarse tal como es, con todas
la fuerzas de su individualidad, con la certeza de que si lo logra
en sus últimas formas habrá dominado el tiempo, es decir, se habrá
manifestado como intemporal, y tendrá el espejismo de la inmortalidad. Desde este punto de vista la vida
humana es calificable de Aventura. Aventura porque es un camino lleno de
incertidumbres y esfuerzos por lograr la meta suprema: el Ser, único
capaz de apagar la sed humana de infinito y de absoluto; único, antes,
de despertar tamaña sed que el hombre emplee toda su vida en un solo
intento: apagarla. Es dable así ensayar la realización
de la propia naturaleza humana, crearla, según su buena, bella,
verdadera finalidad: ponerla al servicio del valor elegido a través
del desempeño de una labor acorde con aquél, a fin de obviar camino y
no desperdiciar ni un minuto de la existencia destinada a llevar a cabo
“la única tarea que puede desempeñar”. CapítuloII Quizás la primera dualidad humana
radique en que simultáneamente a su similitud se dé su unicidad, y con
ello la diversidad: en cada hombre semejantes elementos constitutivos
conforman unidades increíblemente originales. Su situación en el mundo es casi
idéntica para todos, se diría que es una, si se considera la universal
necesidad de subsistir que comparte con los animales; el problema de la
soledad, la insatisfacción permanente, la capacidad creativa, que lo
hacen humano. Pero pareciera que ese único medio
en el que se mueven los hombres, actuara de maneras distintas ante cada
individualidad, cuando a uno da mayores posibilidades que a otro,
cuando con uno se muestra dócil y con otro rebelde y caprichoso. Ante
causas similares, en un mismo medio, por el solo hecho de cambiar el
causante, los efectos llegan hasta a ser opuestos. Lo antedicho resulta claramente
observable a través del proceso de socialización del hombre. Inmerso en un orden social
predeterminado por sus antecesores, sólo puede someterse a la cultura
en la que fue incluido. Sin otra posibilidad que
desarrollarse en ella hasta que sus potencias le permitan cortar los
cordones umbilicales, transcurre lo que podría llamarse “prehistoria
individual”. Este período se caracteriza por la trasmisión de la
cultura de un grupo social a sus miembros, a fin de que éstos se
adapten a los modos de vida aceptados y aprobados por esa sociedad.
Incluye la actitud adquisitiva propia del aprendizaje, por parte de los
miembros a ser socializados. La finalidad del proceso de
socialización consiste en dar al hombre los elementos culturales
necesarios para que pueda interactuar, es decir, proveerlo de
representaciones abstractas que le permitan comunicarse con sus
semejantes. En ese intercambio conoce
gradualmente a los otros y de manera simultánea se reconoce a sí mismo
en íntima relación con aquellos. Cuando tome conciencia de su
originalidad, será natural que intente manifestarla y que lo logre, aún
sin tenerla fundamentada: el descubrimiento de su originalidad es
anterior a la intuición de su misterio individual, y éste es
fundamento de aquél. El hallazgo de su facultad creadora
lo impulsará a plasmar su historicidad. Construir su propia
historia será ya una intención noble, digna de un “hombre”. Es que
el ser socializado se “humanizará” con tales móviles: estará
cerca de adquirir la estatura de hombre. Durante el proceso de socialización
vivencia lo exterior como prolongación de sí mismo, con una sensación
de que no existe nada fuera de lo que sus ojos ven y sus manos tocan,
parece erigirse en un pequeño dios, eje que da sentido a lo
circunstante. Pero en la culminación de ese proceso, se enreda en
problemas tales que, todo su poderío lo torna impotente. La misma
cultura que colocó un pedestal bajo de sus pies, le habla de realidades
que no dejan de serlo porque él no las viva. Nace un sentido de
independencia entre su existencia y la existencia del mundo: ha tomado
conciencia de la existencia concreta de un mundo que antes era sólo
imaginario. Se descubre integrante de una
sociedad que poco a poco lo abandona a sus propias fuerzas. Es que se
están desintegrando los cordones umbilicales que lo convertían en un
ser gregario por excelencia, para dar paso al hombre nuevo, al
nacimiento del ser humano. Antes vivir era mantener una relación
simbiótica con lo exterior. Ahora la vida se insinúa como una especie
de intercambio entre su “si mismo” y el mundo. En tal situación comprende que la
intuición de su originalidad, deja de ser una intuición para ser una
realidad concreta e intransferible, porque vive su consecuencia: la
soledad. Sus intentos por obviarla lo dejan
exhausto, mas entiende que otros también la viven y la sufren. Ha dado
otro paso importante: presentir en sus semejantes originalidades tan
concretas e intransferibles como la suya. Pero aún su soledad lo
intranquiliza, quisiera captarlo todo y que lo capten. Busca el
principio armónico de un mundo que se le presenta inarticulado e
intenta formularlo, pero cómo conseguirlo? cómo expresarse? Lo intenta de una y otra manera. Se
percata constructor, creador, porque puede transformar elementos
dispersos en unidades expresivas de su “verdad a medias”, de sus
objetivos en franca evolución. Sus análisis lo llevan a explorar el
mundo , pero también lo invitan a definirse. Tan sugestivos convites le
insinúan ciertos misterios que despiertan su curiosidad. Sus
insatisfacciones dejan de ser ocasionales para manifestarse permanentes.
Se percibe pequeño, temporal, impotente, pero capta en sí un anhelo de
grandeza, inmortalidad y perfección. Atribuye esas características
a la imagen que tiene de su realidad futura. Pero las ve demasiado
lejanas cuando comprende el abismo que las separa. Simultáneamente
diferencia cada una de sus necesidades y los objetos que las satisfacen.
Cuando considera su finitud y la insatisfacción que ésta acarrea,
intuye el infinito; lo absoluto frente a su extraña relatividad, es
posible? Nuevamente su insatisfacción es una frecuente prueba positiva.
Está despertando a su ignorado misterio y a un paso de enraizarlo en el
Ser. Su historia individual amenaza ser construida con arreglo a la meta
por excelencia. El proceso de socialización lo ha incorporado a la vida
cultural de su medio social y le ha permitido iniciar la evolución
característica hacia el proceso de percatación de la situación
existencial. Podría llamarse
“protohistoria” al período comprendido entre la culminación del
proceso de socialización y la intuición del misterio individual; período
caracterizado por las sucesivas experiencias que manifiestan la unicidad
humana y que serían el descubrimiento de su originalidad y la
consecuente soledad existencial, el descubrimiento de su capacidad
creativa y su consiguiente insatisfacción existencial. Cuatro elementos básicos que lo
conducirán a la intuición de su misterio y, a posteriori, a la intuición
del Ser, características del proceso de percatación de la situación
existencial. Consecuencia de tal proceso será la explícita
intencionalidad de construir su historia individual. Antes de esquematizar las fases de
tal proceso es conveniente ahondar en el concepto de situación
existencial como realidad que plantea el sentido de aquél. La situación
existencial es la adecuada consideración de las necesidades
existenciales de un individuo en su propia realidad humana. Es
posible a partir de la vivencia del misterio individual; implica el análisis
de sus condicionantes y erige como meta la participación unitiva en el
Ser. Cuando el hombre toma conciencia de su misterio, lo capta como un
rasgo de Absoluto que es preciso realizar, y lo siente como una chispa
que abandonó la Hoguera para, en incendio, convertirse en tal. Su
necesidad existencial se explicita como tensión de lo humano finito a
lo infinito del Ser. Y esa tensión no es un absurdo porque el misterio
individual se manifiesta realmente, es decir, se evidencia como realidad
indudable. Y porque tal tensión da sentido a la existencia de la
capacidad creativa del hombre. Anterior a todo intento de
aprehensión del Ser es imprescindible advertir, examinar la propia
realidad humana como punto de partida del que arrancarán sus posibles
intentos. En la realización concreta de la acción que intente saciar
la necesidad existencial, el hombre no puede dejar de considerar ciertos
elementos que se comportan como condicionantes de su situación. Es
preciso asignarles la importancia que se merecen, pues suele ser un
hecho que se erijan en circunstancias casi decisivas de la posibilidad
de realización humana. Es que a partir del proceso de socialización,
es decir, una vez producido el fenómeno de incautación cultural, que
tanto transformó a la virginal naturaleza humana, luego del período
protohistórico, el hombre está en condiciones de percibir y distinguir
la influencia de las siguientes limitaciones que funcionan como
marco de referencia en su situación existencial. El tiempo , al aludir a la
sucesividad espacial, da idea de un permanente dinamismo que configura
un aspecto del ambiente en que se plantea la situación existencial.
Aspecto que se restringe hasta constituir la historia en que está
inserto el hombre. He aquí dos consideraciones básicas:
en qué medida, el hombre en cuestión, al construir su historia
individual, contribuye a realizar la historia social y con ello a
concretar lo presente determinando el futuro inmediato. Y, desde un
punto de vista opuesto, en qué medida las acciones pasadas determinan
hechos que conforman una situación histórica que lo limita? Una segunda limitación es el
lugar, el “aquí” del planteo, que hace referencia específica al
aspecto geográfico: quizás el más violento y, dada su ferocidad, el más
combatido. La fuerza arrolladora de la naturaleza, en una zonas
dominada y en otras no, da lugar a las siguientes reflexiones: cuál es
el grado de vinculación que hay entre la neutralización de la
virulencia de las características geográficas, que se daría en términos
de progreso técnico, y el adelanto espiritual de quienes lo logran y/o
utilizan? En qué medida es conveniente que tal adelanto sea
urgentemente extendido al mundo entero o permanentemente continuado, aún
con mayor intensidad? Qué posibilidades hay de que ambas acciones sean
simultáneas? Una tercera limitación estaría
dada sociológicamente. El grupo social ofrece una gama múltiple de
presiones y laxitudes en las que el hombre puede encontrar diversos
grados de dificultades que le hagan o no casi imposible la satisfacción
de sus necesidades existenciales. Entonces cabe inquirir: en qué medida
las estructuras sociales actuales del medio en el que se desenvuelve
(manifiestas a través de pautas de convivencia, es decir de usos y
costumbres, a través de instituciones que dicen de toda una organización
social que implica roles y status, estabilidad o cambio, grupos
primarios y secundario, incluso intercambio de elementos culturales con
otros grupos sociales) facilitan su acción individual? Y en qué medida
le ofrecen posibilidades de una transformación de las mismas que se
traduzca en mayor bienestar general? Aún quedaría una última limitación
por considerar. Se refiere al análisis de las propias características
síquicas. Indudablemente sigue vigente el “conócete a ti mismo”
como punto de partida de cualquier acción adulta, como
basamento que sostendrá los pilares en la construcción de la unidad de
sí mismo. Y cabe una elección: intentar el desarrollo equilibrado de
las potencias individuales o hacer un despilfarro de energías en aras
de la meta: las palabras de Walter Prater a modo de sugerencia:”...la
apasionada insistencia en un solo motivo de vida...la integridad de esa
fuerza, la fidelidad a su tipo... arrancó y arrojó lejos de sí otros
intereses, prácticos e intelectuales, esos talentos pequeños, esos
motivos secundarios que en la mayoría de los hombres constituyen la
parte superflua de su naturaleza y en la que se agota su vitalidad..”
“Qué es mejor: encontrar un sentido nuevo, descubrir un nuevo órgano
para el espíritu humano, o cultivar muchas formas de perfección hasta
un punto que todavía nos deja fuera de su poder transformador?”
“Pero el instinto del hombre para cultivarse no tiende tanto a recoger
todo lo que esas varias formas de genio pueden dar como a buscar en
ellas su propia fuerza” Pero las cuatro limitaciones
consignadas encierran aún otros aspectos, algunos comunes a ellas y
otros no, de manera que aquéllas indican sólo, y quizás teóricamente,
las direcciones a tener en cuenta cuando se plantea la situación
existencial individual, que no puede ambicionar su total, completo
conocimiento a través de un análisis exhaustivo de sus condicionantes.
Además, éstos se imbrican en la realidad configurando una estructura
difícilmente comprensible en todas sus facetas, al razonamiento humano.
Para el hombre, vivir en tal época de la historia, en tal ciudad o
estar alejado de ella, saberse integrante de un juego demográfico que a
veces parece acogedor y otras maldito y arrastrar con sus propias
características síquicas, es una realidad que implica luchar contra
las exigencias cotidianas. Tomar conciencia de la presencia de
esos condicionantes es plantear en términos válidos la situación
existencial, y no dar cabida a una desesperación pesimista en aquella
lucha. Tomar conciencia siempre significa percatarse, no sólo alude al
conocimiento racional de lo que acaece, sino mejor a todas la formas en
que el hombre puede “advertir” lo que se da a su alrededor como
verdaderas presencias, que son. La determinación, a grandes
rasgos, de los pasos del proceso de percatación de la situación
existencial arrojará aún más sentido al planteo de la situación
existencial. El descubrimiento del misterio
individual marca, en un solo tiempo, la iniciación de aquel proceso y
el sendero que conduce a la toma de conciencia de tal descubrimiento, y
con ello a considerarlo con certeza como una evidencia. Posteriormente, la intuición del
Ser impulsa al hombre a fundamentar su misterio como un rasgo de
absoluto y de infinito inmerso en su existencia e íntimamente ligado a
la absolutidad e infinitud del Ser. Busca atenuar esa tensión y, lógicamente
comprende que la “fuente neutralizadora” es el Ser; que su necesidad
será satisfecha cuando logre la participación en El. Al intentar conseguir tal meta,
percibe concretamente su situación existencial. Cuanto más consciente
sea el análisis del planteo, mayores posibilidades tendrá de utilizar
los recursos aportados por los condicionantes a fin de obviar
impedimentos en su tarea de realizarse como hombre. En tal combate cuenta con una única
arma: su capacidad creativa, que se erige como medio de alcance
ilimitable, y con una genuina fe en sus fuerzas de lucha: el ejército
poderoso de su misterio individual, que lo acucia y le anticipa el éxtasis
de la victoria: participar en el Ser. Desde un enfoque muy realista, el
proceso de percatación de la situación existencial, necesita del
planteo de la situación existencial ya que implica el problema de la
profesionalidad. La elección de una profesión le permite obviar camino
en la consecución de su meta. En la medida en que desarrolle el
potencial con que cuenta, sus intentos acercarán su valor al Valor
elegido, que corresponde al “aspecto” del Ser que lo ha
impactado con mayor intensidad y más profundamente. La profesión le
sirve de sendero que promete neutralizar su necesidad de subsistir y
encauzar sus energías para utilizarlas en su quehacer creativo
individual. Pero ese sendero no es fácilmente
transitable y además, refugia al mayor peligro que acecha al hombre: el
de tomar tal sendero como fin en si mismo, y ante trechos confusamente
tortuosos y escarpados negar la oportunidad al fracaso rechazando la
aventura mediante la aceptación de drogas socio-culturales, de efectos
anestesiantes. La alienación parece ser el
denominador común que recibe siempre más casos. Indudablemente es el
foso en el que caen quienes ponen sus indecisos pies en la tabla
enjabonada de la profesión. Los espejismos, si bien aturdidores no
insalvables, que ésta ofrece, intentan atrapar al hombre en un aquí y
ahora que falsea su genuina visión del cosmos, y lo conducen a
desarrollar tareas faltas del auténtico sentido que él quisiera
darles. Motivos todos que provocan una sensación de incertidumbre, de
desasosiego, y frustración que llevan a una vorágine sicológicamente
adormecedora y postergan los impulsos por alcanzar el Ser. Pero no es éste lugar adecuado
para considerar ni referir fenómenos que, lindantes con lo semipatológico,
están relacionados con el hecho de transcurrir la vida insertos en un
proceso socio-cultural. Lo dicho sobre la profesionalidad
intenta ser un escuálido boceto que permita visualizar las
consecuencias de una actitud desfavorable posterior al planteo de la
situación existencial. En efecto, tal actitud no es sino
una de las posible actitudes en que culmina el proceso de percatación
de la situación existencial. Porque las actitudes son siempre
favorables o desfavorables, es decir se localizan en un polo u otro, sin
términos medios; dos son las únicas actitudes que se desprenderían
del planteo de la situación existencial y son la actitud aventurera y
la actitud conformista. Analizando el boceto realizado se
verá que es factible hacer otros paralelos que se refieran a los
problemas surgidos de otros ámbitos del humano quehacer creativo y que
visualicen el punto clave de los mismos: la actitud individual. Capítulo III Porque el hombre se sabe
“nexo”entre la creación y el Ser su profundamente exclusiva y
genuina intencionalidad se dirige al logro de aquél. Tal meta implica
que la labor creativa humana alcanzaría el valor del objetivo, lo que
sería realizar “un aspecto”del Ser. La veracidad de esta meta se
explicita a través de la historia al considerar una constante que habla
de la intencionalidad humana como una realidad indudable y que es el
tenaz empecinamiento del hombre en participar en el Ser. De alguna manera los actos humanos
sugieren una línea de realización que explica su direccionalidad
a través de sus intentos y de su esperanza siempre virgen, comparable
quizás al gesto de los niños que “viven de aventura en aventura”
devastando virginidades con tan particular inocencia. Una actitud
paralela en los adultos les haría percibir que cada circunstancia es
una delicada e intangible invitación del Ser a la aventura humana de
propiciar el encuentro de los encuentros. De esto que cada instante
aporte a la vida del hombre la emoción de una presencia. “Quién, si pudiera ver a través
de todo, se agitaría contra la cadena de circunstancias que, al final y
al cabo, enriquecen con sus experiencias?”Walter Pater, El
Renacimiento- 1946 Sólo la radical entrega le
permitirá al hombre no esperar en vano el encuentro que desea y
presentir certeramente la íntima y absoluta satisfacción del gozo. El
singular obstáculo en tal empresa nace de la dificultad de esa entrega,
ya que el hombre no se posee realmente. Obstáculo que aún impide la
realización de los valores. Es que en medio de la creación el
hombre, que está “a dos aguas”, quisiera en un naufragio provocar
el gran encuentro con el Ser. Porque tal naufragio le daría la
cosmovisión por excelencia de manera instantánea, lo que sería
solucionar el intrincado rompecabezas del mundo. Y si bien tal suceso
estaría impregnado de riesgo e inseguridad, ya se erige en la gran
aventura humana. La búsqueda de concepciones que
expliquen el sentido de la existencia del hombre, el planteo
experiencial de su situación como tal, el análisis de sus
condicionantes, sus inequívocas vivencias existenciales, son la
justificación de la fiel, inabandonable tensión al Ser. La inaudita
ubicación del hombre en su medio adquiere sentido sólo desde su
intento de proyección a lo absoluto e infinito, que lo erige en el único
articulador de lo creado e, implícitamente, en singular promesa de
realizar lo increado. La aventura en sentido estricto es el intento
humano de hacer realidad los valores que el hombre, por naturaleza, ama.
Quien ama, por el solo hecho de amar, construye lo trascendente ya que
materializa con su amor algo que lo supera. Tiene capacidad de aventura
quien tiene capacidad de amar. El ser humano aventurero está impregnado
de ideales porque ha asumido su realidad existencial, está tensionado
amorosamente por los valores y en su intento de darles cabida en el
mundo sensible, realiza su animalidad haciéndose así hombre total, íntegro,
de manera que tal conducta lejos de menoscabar su carnalidad le otorga
verdadero sentido. Su relación con el mundo físico se convierte en una
especie de inmersión “que no perturba la conciencia porque es
infantil y no conoce la vergüenza” “Su espíritu no ha aprendido a
jactarse de su independencia de la carne” Walter Pater, ob. cit. Es
que el aventurero tiene las manos limpias y sus inmersiones en el mundo
de los sentidos se transforman en una concatenación de conductas nobles
mediante las cuales construye su hombría. El acto de la aventura es
comparable al acto de nacer: dejar el vientre materno significa luchar
solo contra un medio desconocido y, por lo tanto, amenazador. Pero no
cambiar lo viejo conocido por lo nuevo y extraño, temer la dificultad
del comienzo es mortalmente peligroso. Lo natural, entonces es no frenar
tal proceso sino salir en busca del alimento que sea adecuado a ese
instante evolutivo y asumir el riesgo sin violencias. Ese medio,
virginal, se presenta como un gran vacío, como un precipicio al que es
preciso arrojarse sin ánimo suicida, en un intento de entrega en el que
todas las potencias sean comprometidas. Pero, de inmediato, el exterior
ataca, esos golpes producen un sufrimiento que llega hasta las lágrimas:
el propio llanto hace despertar para poder hablar de la primera
emancipación. La permanente adhesión a la aventura engendra la
aceptación cotidiana de la invitación a naufragar que es la praxis de
la actitud aventurera. Así, sentirse comprometido por toda la historia
y por la sociedad no es vivido como un deber ineludible en el hombre
sino como un contexto que le ofrece su apoyo y en el que puede ensayar
la realización de su tarea. La actitud conformista le exige un
permanente pactar consigo mismo compromisos que establecen una
continuidad de relaciones falsas con lo que lo rodea, mecanismo perfecto
para frenar el proceso de maduración mediante el mantenimiento de tales
relaciones objetales netamente inmaduras. Mientras que la actitud
aventurera le es natural: se insinúa desde un develarse a él mismo su
propio misterio en el momento en que comienzan las primeras etapas de su
período histórico. Y es entonces cuando, ya internalizada la
cultura de su medio se percibe que “la filosofía sirve a la cultura,
no por el don imaginario del conocimiento absoluto o trascendente, sino
suscitando problemas que ayudan a descubrir la pasión, la singularidad,
los contrastes dramáticos de la vida” W.Pater, ob citada. Este primer
hallazgo exterior, engarzado con otros individuales le sugieren la
dirección a tomar para intentar el logro de la meta humana. Porque en
el transcurso de los siglos algo en el hombre permanece incólume, en él
queda la esperanza de aprehender el Ser: por ello quizás la vocación
de infinito es en cada uno un niño por nacer, la cuerda intacta de un
instrumento que sólo su dueño puede pulsar, una fibra delicada que
alcanza eficiencia al elaborarla mediante “intentos”. Por ello, ante
el llamado del Ser somos un eco virgen que responde con inquietud. De esto que sólo la actitud
aventurera denote en el hombre su coherencia consigo mismo como ser
humano. Su esperaza por excelencia es obviar la propia limitación,
esperanza que se manifiesta hasta de una manera carnal en el acto de la
procreación. A través de sus experiencias todas
el hombre manifiesta la singular intencionalidad de abandonar la mirada
egocéntrica de criatura para lograr la visión universal, peculiar del
Ser. De ahí su sed de aventura, su deseo de conocer lo ignoto, de
explorar virginidades: todo lo que es virgen atrae la mirada humana en
un gesto casi infantil. Los niños gustan de la “aventura” porque
precisamente a sus ojos todo es virgen. Y en la aventura lo indudable es
el riesgo, mientras que lo dudoso es la presencia intuida que, por
turbadora, no es posible discernir cabalmente. La actitud aventurera es
una permanente negación del fracaso humano: el desaliento y la alienación
no tienen cabida. La impotencia sólo lleva a una desesperación que es,
de hecho, positiva, pues desemboca en el desasosiego creador y éste en
el naufragio de la aventura. El naufragio es un sucumbir en pos de la
realización. El momento del naufragio encierra la desesperación de
perder lo que se posee, de perderse a sí mismo dolorosamente y con la
incertidumbre de no volverse a encontrar jamás. De ahí que sólo
el naufragio voluntario sea compatible con la actitud aventurera. El
dolor del naufragio dibuja la mejor sonrisa en el alma humana y la
predispone graciosamente a recibir la aventura, como haciendo caso omiso
al temor de lo ignoto. La aventura en la vida humana arrastra al
sufrimiento de la insatisfacción:“una y otra vez lo que fue precioso
se torna indiferente” como un fluir y refluir de meras circunstancias
que insinúan portar lo que el hombre necesita para su plenitud. Por
ello la actitud aventurera es doblemente ardua e intrincada: no acepta
el riesgo por el riesgo, sino que exige una serenidad intelectual
propiciadora del naufragio voluntario en el que las potencias afectivas
sean seriamente comprometidas porque sólo el compromiso afectivo le hará
perder su egocéntrica voluntad en pos del ideal de universalidad, que
promete toda plenitud. La aventura es la única
posibilidad que queda al hombre de vivir lo cotidiano sin aceptar
esquemas que lo suman en la vulgaridad y el conformismo. Negar la
aventura es rechazarse a sí mismo como individualidad netamente
original. La actitud aventurera es, por
cierto, desprejuiciada porque no cabe en ella alzar fronteras que lo
separen de nadie. Su propia piel es el único límite que lo distingue
de los otros y así lo anhela en cada caricia y en cada herida porque
sabe que de la intensidad de ambas depende su capacidad de amar que
también es capacidad de sufrir. Si su voz se hace audible en un grito
de dolor, también podrá alzarse en un canto de amor. Con la adhesión a la aventura el
hombre asume inequívocamente la responsabilidad de realizarse como tal
mediante hechos incontrovertibles. Conclusiones Al cabo del presente estudio
no cabe dar conclusiones, lo que está acorde con él es decir: “a
modo de conclusiones” ya que desde el prólogo pacté con el lector
recorrer juntos un trecho del sendero, el único en el que podemos
acompañarnos medianamente, y se que aún queda otro, el que se camina a
solas, por ello no me es posible sino proponer una actitud a quien deba
andarlo. Admito que de todo lo dicho no
puede inferirse ninguna conclusión pues no está totalmente ventilado
el asunto: el ser humano y todo lo que le atañe es demasiado complejo,
por lo que referirse a él es querer bailar sobre una cuerda enjabonada
que pende a una altura de diez mil metros de superficie segura. La intención del presente enfoque
consiste en cerrar todas las puertas y dejar una única ventana
entreabierta: la de sugerir al lector que alimente en si la actitud
aventurera en forma permanentemente espontánea, lo que equivale a
desear que sea revolucionario en sus decisiones cotidianas. El sentido
de tal actitud arranca de la realidad intransferible de las experiencias
existenciales y adquiere su coherencia en la plenitud de la personalidad
humana. La existencia de lo absoluto sólo
puede darse en una órbita cuyo principio motor sea independiente de la
órbita de lo relativo. Más la relación entre esas órbitas es la
humana. La de lo absoluto atrae al hombre, quien intenta modificar el
principio motor de su propia órbita para entrar en la otra: el hombre
es el único ser que tiene capacidad de transformar bienes naturales en
culturales: la madera del árbol en tallado marco de una pintura. Inquirir acerca del motivo de la
atracción que se ejerce sobre el hombre arroja una sola
respuesta: en esa órbita el hombre intuye la recreación de lo
circundante. Y qué lo impulsa en ese movimiento sino la percatación de
un rasgo de absoluto en sí mismo. El concepto de hombre en su expresión
más exquisita es la existencia humana realizada. La forma intemporal de
ese concepto ha sido, sin duda, pensada por el Intelecto. Cuáles son los fines que así
impulsan al hombre: sólo uno, el de alcanzar el valor de los valores
Belleza Verdad Bien. El hombre en su intento de
aprehender el Ser busca la forma de recrear sus medios finitos, la fórmula
que le permita conjugar pintura, tela, experiencias y tiempo en la
realización de la Belleza, es decir no crear una obra de arte sino
crear Belleza. Porque es como si el Ser llamara pronunciando su eterna
palabra a que el hombre ejecute la única música de la existencia con
la esperanza de que el tiempo siga canturreando la melodía después de
la muerte de tal hombre. Y para ello es el proceso de
percatación de la situación existencial quien lleva al encuentro de
uno mismo, quizás sea esa la faz más importante de la vida humana. La
consideración de los condicionantes permite hacer un planteo
ciertamente paradójico: para obviar, superar, salir de los
condicionantes y ser auténticamente es preciso que el hombre haga el
esfuerzo y vuelva a los condicionantes, los tome con alegría, se
sumerja en lo circundante y se realice en él. Entonces ese mundo
exterior se hará suyo, no sólo porque en él se ha de realizar sino
también porque a fin de cuentas el hombre es prolongación de otros
hombres que no quisieron morir y dieron vida, palabras y un mundo a
medio hacer. Y la herencia de perfeccionarlo, de hacerlo más humano
para los que le desciendan. Esto encierra la posibilidad de asumir la
responsabilidad de realizar la única tarea que esté llamado a desempeñar. La venturosa empresa exclusivamente
humana requiere de manera imprescindible una actitud de lucha que
condiga con la herencia anónima recibida. Tal actitud exige una
revolución en pos del ordenamiento del mundo según teorías no
enunciadas. La época actual es ambigua porque contiene un proceso de
cambio en el que aún no se ha descubierto el principio ordenador de la
humanidad. Tantas ideologías no estructuran la ideología que contemple
las necesidades actuales de la sociedad. Es urgente la independencia
grupal porque en ella se enraiza la independencia individual, en cuyo
seno la libertad humana germina paralelamente a los resultados de la
creatividad. El hombre se realiza como hombre cuando asume la
responsabilidad de ser humano finito y se desarrolla cuando lleva
a cabo la exclusiva tarea que le incumbe; cumple al intentarlo; ese
intento sólo puede ser tal a partir de una actitud individual netamente
aventurera.
Autora: Josefa Abellá |
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