ENSAYO SOBRE LA AVENTURA


Josefa Abellá
Argentina

ENSAYO SOBRE LA AVENTURA

Indice

Prólogo

I- Necesidad de asumir la responsabilidad de ser humano finito que tiene una única tarea que cumplir

II- Planteo de la situación existencial. Condicionantes

III- Aventura en sentido estricto

IV- Conclusiones

 

En un impulso aventurero arrojo mis primeras palabras al público, con el afán de entregar en un píccolo ensayo mi inicial concepción de la vida. Porque creo firmemente que ella toda es Aventura, y que la manera adecuada de vivir es percatarse de la aventura de cada instante, lo denominé Ensayo sobre la Aventura, que sería decir “reflexiones acerca de la necesidad de asumir la responsabilidad de ser humano finito que tiene una única tarea que cumplir”

Ambiciono que, a través de estar páginas el lector entrevea la situación existencial que, si bien es única, adquiere con cada hombre matices diferentes, condicionada por espacio y tiempo circunstantes por un lado, y por características síquicas y sociológicas del medio en que se encuentre, por otro.

Si este logro es efectivo, quedará aún otro camino que recorrer, ése lo dejo en manos del lector, será el de adivinar, percibir, tener la certeza de  haber conseguido desbrozar de lo cotidiano, un signo, el símbolo que exprese qué tarea está llamado a desempeñar, cuál es la tarea que sólo él puede llevar a su fin, en último término: a qué valor ha de servir.

Si bien no es trabajo fácil el que le dejo, evidentemente sólo él puede llevarlo a cabo con eficacia: es el único y adecuado personaje que tiene capacidad para revelarse a sí mismo todos y cada uno de los elementos que componen su bagaje existencial; el único, a fin de cuentas, que puede resolver la ecuación perfecta de su vida; el único que tiene total poder sobre su propio empeño para lograr la realización de su inquietud; el único que tiene voz para pronunciar el exclusivo sonido de su existencia.

Acompañado por su solitaria y angustiada mismidad, si logra desempeñar esa única tarea, dejará, a su muerte, sólo una gota de agua en el mar del mundo, pero una gota de agua única versión en la historia de todos los tiempos.

 

Capítulo I

 

El hombre, sumergido y casi aplastado por un mundo externo creado día a día por él mismo, tiene vocación de infinito, es decir un impulso a salir de todo para “hacerse”; a alejarse de ese mundo cuyo adelanto al llevarlo a la tecnocracia no le permite obtener un panorama naturalmente comprensible de ese mismo mundo. Cuya practicidad parece formularle la gran invitación a masificarse. Cuyo apuro al hacerle perder de vista a quienes lo rodean, lo obliga a considerar los objetos cumpliendo una función en vez de sujetos con los que podría entrar en relación. Cuya rutina al conducirlo a la angustia lo incorpora a un círculo vicioso, donde prima la neurosis, que luego le resulta difícil quebrar. Cuya complejidad lo deja inerme y solo, sin posibilidades de realizarse como lo que es: un hombre, es decir en la casi imposibilidad de lograr la plenitud de sí mismo, de convertir en actos su potencial humano, que a eso llama “hacerse”, construirse; y quiere tal cosa porque desea ser con todas las características del SER, y se siente conminado por esa necesidad existencial tanto como por las necesidades primarias y biológicas de comer, dormir y procrear.

Es la tremenda y exclusiva  realidad del ser humano: estar igualmente ligado al mundo físico y al mundo de los valores. Así como sabe de la inclusión de los instintos en él, sabe y tiene certeza de lo infinito, del Infinito. Se conoce finito, y, sin embargo, sus necesidades existenciales lo llevan a realizar actos que ponen de manifiesto su tendencia hacia aquél: todos, absolutamente todos, desde el lugar en que estamos, hacemos algo que tiene una muy específica finalidad existencial: hacernos perdurar en el tiempo, que es una forma humana de querer aprehender el Infinito, si consideramos su característica intemporal. Todos, absolutamente , todos, hacemos real nuestro vital deseo de permanecer temporalmente: escribir una partitura, construir una casa, inventar una máquina, educar a un niño, son modos de obligar al futuro a tenernos presentes, en su fin último un intento de obviarlo, de eliminar tal imperfección, como si con ello se diera un valioso paso más en la aprehensión del Infinito.

Quizás, sólo sea una forma de chantaje que el hombre cree algo a condición de que su nombre se pronuncie a través de los tiempos con la sola mención de la cosa creada. Y se justificaría tal maniobra, pues esa necesidad se da en el ser humano tan violenta e ineludiblemente, que resulta imposible no satisfacerla.

Pero Infinito no sólo implica intemporalidad, es decir ausencia de sucesión, sino que también lleva inserta una alusión a la extensión que se caracteriza por la ausencia de formas. Luego, cómo va lograr el hombre materializar el supremo concepto?

Si bien este interrogante se presenta sin posible respuesta, el ser humano, quizás olvidando que en sus manos sólo cabe la posibilidad de conformarlo y con ello ubicarlo en su mismo tiempo, intenta a diario una fórmula que lo resuelva y, a tal fin, pinta un cuadro, soluciona una ecuación, etc, con el genuino, innato deseo de acercarse en sucesivos movimientos a la forma única, aquella que por perfecta no sea susceptible de ser mejorada ni siquiera un ápice, esa que realice el Infinito.

Parecería que la íntima vocación humana de alcanzar el Ser diera al hombre una intuición, manifiesta en el acto creativo, de que no es imposible lograr la plenitud de las formas o quizás de que sólo basta pasar el límite racionalmente incierto entre lo relativo y lo absoluto para lograr el Ser. Tal intuición podría calificarse de loca o absurda si se ignorara al hombre como relacionante entre lo relativo y lo absoluto, la natural y apasionada sed de absoluto y sus movimientos por alcanzarlo.

Desde un punto de vista exclusivamente racional, si bien más circunscripto, podrían considerarse tales conductas como originadas en un deseo de desarrollar sus potencias, de manifestarlas convirtiéndolas en actos. Consideración que no parece totalmente justificable desde otros puntos de vista: sicológicamente, sería una interpretación mecánica de las conductas humanas aceptar como única causa de tal efecto el crecimiento al máximo de las aptitudes y capacidades individuales como si se tratara no de un hombre sino de sus inferiores en la escala zoológica. Sería negar su creatividad como capacidad exclusiva enraizada en la intención de concretar lo intuido.

Sociológicamente, la causa estaría dada en un deseo de ganar la competencia iniciada con sus semejantes, lo que no dejaría de ser un juego cuya victoria no aportaría nada a quien la lograra, salvo la breve satisfacción de una ambición que, por desmedida, le plazca el despilfarro de haberes en una especie de contienda infantil.

Sólo cabe pensar que el hombre está inmerso en un orden de relatividad, pero cuyo propio misterio individual, ese que lo impulsa a elaborar con entusiasmo creciente su historicidad, no puede menos que ser un rasgo de absoluto bajo las características de la existencia humana. Así, la percatación del propio misterio es la intuición de lo absoluto; la develación y la aprehensión de aquel serán, entonces, la develación y la aprehensión de lo absoluto, el logro del Ser.

Más, con tan noble propósito, el hombre ha buscado muchas y distintas formas de encarar un problema que permanece históricamente sin solución, y no ha pasado de conseguir crear verdaderas cantidades de bienes, los cuales constituyen el monstruo de la civilización llamado cultura, que suele atrapar en un goce espiritual sin señalar, sino muy sutilmente, el camino a andar para encontrar el Infinito y saciar en ese encuentro las ansias existenciales.

Considerando la cultura como el medio relacionante por excelencia en la comunicación social, y aceptándola como una especie de desvío del sendero mencionado, significa lo antedicho que el hombre se realizará en la medida en que se aleje de la sociedad que lo circunda? No, la realización del hombre depende de su capacidad de mantener dinámicamente la adecuada distancia entre la sociedad y él, lo que estará acorde con sus etapas de maduración.

El ser humano es naturalmente gregario, eso es indudable. Necesita de sus pares para ser realmente “hombre” y de la cultura para concretar el proceso de socialización, punto de partida de un segundo proceso que podría llamarse de percatación de la realidad existencial o de ubicación de la situación existencial.

Pero su intransferible unicidad es un tema inabordable en el diálogo con sus semejantes y esencial y primero para el sujeto en cuestión. De esto la urgencia de, a solas, responder al interrogante que se le presenta cuando comprende su necesidad de “ser”. En este momento el proceso de percatación de la situación existencial está en sus propios inicios. De alguna manera el hombre ha intuido su propio misterio y lo ha relacionado con el Absoluto. En esa intuición nace la sed que sólo puede saciar el logro del ser; y en esa sed se origina un impulso tendiente a la consecución de aquél, cuya realización será satisfactoria para el hombre cuando haya aprehendido el infinito, característica exclusiva del Ser.

El infinito participa del Ser como rasgo distintivo y particular del mismo, y porque “es”no tiene “existencia”, que es la capacidad de algo de manifestar al ser, capacidad que se da simultáneamente a la incertidumbre de lograrlo.

De ahí que sea preciso reconocer que el infinito es concebible humanamente en un plano intuitivo, pero resulta inimaginable e inexplicable al intelecto humano, y por ello no puede menos que presentársele como irrealizable: es que el hombre no tiene los elementos necesarios para conseguirlo, lucha valiéndose de medios tan concretos, específicos y circunscriptos que su intento no pasa de ser tal, consiga o no fama - que es la versión humana de la gloria- según sea ese intento logrado o no como tal.

El ser humano choca con la pobreza de los únicos medios que tiene a su alcance, preguntándose si acaso hay en el mundo elementos tan poco rudimentarios que en sus manos adquieran capacidad de realizar el infinito, es decir de transformar lo finito en infinito y con ello alcanzar el ser.

La misma historia, al consignar las variaciones técnicas y las innovaciones en cuanto a medios utilizados que se han llevado a cabo en casi todos, si no todos, los ámbitos del quehacer humano a través de los siglos, prueba fehacientemente que el hombre no se desanima y que un intento sigue a otro en la impotente y angustiada lucha por aprehender el infinito.

Pero, cómo se explican los propósitos aludidos por atraparlo, si ni siquiera puede el hombre imaginarlo? De él sólo sabe que es lo ilimitado, lo que sin tener historia ni espacio los justifica, lo que constituye la exclusiva característica del Ser. Intuitivamente, y sin esperar haber obtenido la respuesta final, es posible afirmar que el infinito participa del Ser, de alguna manera él también es.

El Ser único, no perfectible, puede llamarse Perfección Absoluta. Su unicidad radica en su característica de infinitud, es el Principio y el Fin, es el Todo. Es perfecto porque se realiza a si mismo siendo, es lo que ES.

Según el razonamiento humano esto es inexplicable. Intelectualmente se acepta que las cosas sólo puedan manifestar en mayor o menor grado, con variable elocuencia lo que en realidad son: verbigracia: una amapola manifiesta al universal amapola y, si bien es la amapola una forma de flor, no realiza por ello al universal flor. La amapola en cuestión es una, luego se distingue de otras amapolas; en otro plano, es diferente de las rosas, crisantemos u orquídeas; en último término, pertenece a una clase de seres vivientes que se incluyen dentro de vegetación y que se diferencia de otros seres vivientes.

Todo esto lleva a considerar su condicionamiento al orden preestablecido, condicionamiento que arranca del hecho de existir, de no participar verdaderamente del Ser; con otras palabras: el universal amapola es una forma del universal flor y éste se manifiesta concreta y , por lo tanto limitadamente, en aquélla.

Si la mente humana en su estrechez acepta que no hay posibilidades de movimientos ampliamente cómodos nacidos de la certeza de comprender la realidad, ya que es un hecho que el hombre ni siquiera entienda plenamente lo que en cada situación le ocurre, menos podrá incursionar intelectualmente en el plano superior del Ser con verdadera eficacia.

De todos modos, razonando según el principio de razón suficiente, es decir sobre la base de que nada se da aisladamente, sino que todo está ligado a algo que es su razón, y en un intento de explicación podría hacer las siguientes inferencias:

- si en la conducta del hombre hay manifestaciones suficientemente explícitas de tensión hacia el infinito, rasgo exclusivo del ser, se puede inferir que el motivo de esa tensión sea el nexo entre  la “relatividad” humana y lo absoluto del ser que es su fin.

- si el hombre, en su deseo de infinito, se siente “impulsado”a tender a él, es factible suponer que existe algún impulso, lo que implica, si eso es verdad, plantear el problema de si tal realidad tiene o no causas, y una de sus formas posibles es el planteo del problema de si hay o no un principio creador del universo, ya se llame Dios o simplemente Principio.

- si tal impulso lleva al hombre a elegir los medios y a ordenar sus conductas con arreglo a metas predeterminadas que implican la obtención de bienes culturales, es posible suponer que éstos hay sido creados con una específica intención: alcanzar el valor del fin. Ese fin es el Ser que tantos desvelos humanos ha causado a través de la historia.

A partir de estas tres inferencias es factible esquematizar de la siguiente manera la intuición del Ser:

El hombre se sabe preso en un orden de relatividad que lo limita, al tiempo que intuye al Ser como lo absoluto. En su finitud halla una profunda insatisfacción que presiente eliminable cuando toma conciencia de su propio misterio.

En sucesivos intentos por comprenderse se manifiesta creador, ya que al transformar los medios que lo circundan en bienes culturales se proyecta, y al expresarse así, se revela ya que tales conductas dicen de su deseo de lograr la verdadera imagen humana.

Pues, así como la sicología, al buscar una explicación de la conducta humana divide los fenómenos síquicos en afectivos, volitivos e intelectivos, así el hombre, en su intuición del Ser, “distingue tres aspectos  diferentes del Ser único: diferentes, no en el ser mismo, sino en el individuo que lo considera y que responden a tres momentos distintos en la captación de aquél” Leopoldo Marechal, Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza, ed. Citerea, 1965.

Esos tres aspectos que son el Bien, la Verdad, la Belleza, se presentan al hombre como tres invitaciones distintas para alcanzar el Ser: distintas en cuanto se caracterizan por el modo de invitar y por los medios a emplear, con lo que se hace alusión a la forma individual de captación.

La aceptación humana a una de tales invitaciones depende del mayor o menor vigor de la atracción, lo que estará en relación directa con la predisposición a admitirla e internalizarla. Esta aceptación implica una aprobación voluntaria y un compromiso, por lo tanto debe estar de acuerdo con la tendencia del hombre en cuestión: la Belleza lo atraerá afectivamente, la Verdad intelectualmente, el Bien volitivamente.

El artista que escribe, pinta o compone, empapa su tarea de deseos de plasmar en su obra rasgos tales de hermosura que comprendan todas las concepciones de todos los tiempos, aún más, que alcancen el Valor de lo bello y realicen la Belleza.

Ese logro es muy difícil: la Belleza como tal y no como valor, participa de lo Absoluto y de lo Infinito como un “aspecto”del Ser, que alude a la manera de captarlo, y no es otra que la forma sensitiva.

Indudablemente, la Belleza no “existe”, sino que existen poemas, melodías y pinturas que la manifiestan o no.

Desde otro punto de vista, el filósofo que se acerca con toda la sinceridad y capacidad de razonamiento, con la adecuada preparación y verdadero interés, en su búsqueda de la Verdad, podrá hacer comprobaciones que le permitan formular juicios verdaderos, pero no podrá, siquiera definir la Verdad con exactitud, pues llegaría a la aprehensión del Ser, y esto, según lo demuestra la historia, aún le está vedado al hombre.

Así como algunos tienden al Ser por el camino de la Belleza, otros transitan, en su búsqueda, por el del Bien o el de la Verdad.

Los tres momentos de que habla Marechal hacen alusión a una distinción que es justificable ante la imposibilidad enraizada en la incapacidad de abarcar lo infinito y lo absoluto del Ser.

Si  el hombre lo lograra, verbigracia, realizar la Belleza, habría transformado lo finito en infinito, porque habría hecho de un medio concreto y circunstancial un bien cultural cuyo valor estaría dado en términos de absoluto ya que la Belleza es un “aspecto”del Absoluto. Pero además, como dice Marechal: “la cosa creada mediante su belleza, propondría una verdad con la intención de un bien”; en el caso antedicho la cosa creada dejaría de serlo, porque habría  alcanzado el valor de la Belleza, sería, sin más, llamada Belleza. Por lo que la proposición de una verdad se transformaría en el logro de la Verdad. Del mismo modo la intención de un bien habría obtenido el valor del Bien y sería tal.

De esto que, indefectiblemente, realizar un aspecto del Ser implica realizar los restantes, ya que los tres participan de él.

Resulta importante explicitar que el Ser “es”sin complicaciones, que es esencialmente simple, y que las complejidades se originan en la existencia, pues ello permitirá comprender la característica de unidad del Ser, unidad que el hombre secciona a su arbitrio a fin de explicarlo de alguna manera y en su intuición del mismo, incluye la Belleza, la Verdad, el Bien como esencias purísimas que son captadas inequívocamente y que se constituyen en evidencias antes cuales no puede sustraerse de querer poseerlas mediante una posesión fecunda que logre la total inclusión del Ser.

Entonces en imperioso impulso comprende que es preciso ordenarse, ubicarse dentro de ese Plan y elegir en un acto libre.

Porque la libertad es la elección de lo bueno, el hombre debe decidir que es lo bueno para él, qué lo adecuado según sus posibilidades y circunstancias.

Simultáneamente intuye que no puede apropiarse del Ser y que el único camino es integrarse en él,  fundirse a través de una entrega libre y dinámica cuyo objeto sea alcanzar la categoría de hombre.

Su entrega se explica como acto de elección de lo bueno para sí y en el Ser radica toda bondad

El dinamismo de su entrega es comprensible porque el ser humano, que sólo puede imaginar al Ser como una Unidad inespacial en cuanto a extensión y sucesión, en el acto de elección manifiesta un doble deseo: poseer a la cosa para lograr el Valor, y entregarse al Valor para lograr el Ser.

Cuando el hombre intuye su misterio comprende que podrá develarlo en la medida en que interprete la realidad circunstante, ya que ésta es una consecuencia del Ser, es su existencia, es una forma incompleta, no realizada del mismo.

Por ser el hombre el único ser viviente capaz de “crear”, sólo él puede llevar a cabo la empresa de realizar al mundo transformándolo en Bien, Belleza y Verdad, dándole infinitud a lo finito. Aquí nace su responsabilidad, es el único que puede responder por el logro o el fracaso de tal tarea.

Quizás ser una responsabilidad colectiva, pero en realidad es asumible individualmente porque individualmente puede captarse el Infnito, el Ser, en una extraña experiencia que se da de una manera intransferible en cada hombre.

El hecho de asumir la responsabilidad de la propia finitud humana se manifiesta como una necesidad básica.

En la captación del propio misterio cada individuo no puede dejar de percibir la cualidad única de su tensión al infinito.

Esa “cualidad” lo hace distinto de los demás hombres. Su misterio es tan puramente original que ni siquiera puede incluir la exigencia de ser conocido por ninguno de sus semejantes.

Es un misterio deliciosa y dramáticamente intransferible, porque es el primer movimiento que se erige en motor de sus conductas prometiéndole el Ser, porque es un monstruo que guarda su unicidad y que no le permite levantar el ancla para abandonar su soledad.

De la mismidad de su misterio se desprende la seguridad de ser el único capaz de pronunciar su propia respuesta a los interrogantes que le proponga el Ser. Y esa contestación será su peculiar manera de transformar los elementos que encuentre en su camino, será la tarea que sólo él puede llevar a cabo. Ese hombre será el único capaz de intentarlo.

Así como el ser humano vivencia sus necesidades biológicas, vivencia también sus necesidades existenciales que implican una búsqueda de infinito dentro de él.

Mira a su alrededor y ve un mundo en que el está carnalmente incluido, un mundo totalmente compartido con sus semejantes, tanto que tiene la sensación de que los otros quieren trastornar su propia historia, inmiscuirse en lo suyo hasta diluirla en una historia grupal, cuya médula no explicita al haz de voluntades individuales.

En ese quehacer cotidiano por satisfacer sus necesidades primarias, el hombre se agrupa con sus congéneres y nace así una sociedad que aumenta su complejidad al punto de parecer ahogar su mismidad.

Pero, desde un punto de vista puramente social, entreve la posibilidad de contribuir a alzar el mundo al futuro, de imprimir su sello creativo desde su proceso laboral; lo cual no deja de ser una invitación a proyectarse tal como es, con todas la  fuerzas de su individualidad, con la certeza de que si lo logra en sus últimas formas habrá dominado el tiempo, es decir, se habrá manifestado como intemporal, y tendrá el espejismo de la inmortalidad.

Desde este punto de vista la vida humana es calificable de Aventura. Aventura porque es un camino lleno de incertidumbres y esfuerzos por lograr la meta suprema: el Ser, único capaz de apagar la sed humana de infinito y de absoluto; único, antes, de despertar tamaña sed que el hombre emplee toda su vida en un solo intento: apagarla.

Es dable así ensayar la realización de la propia naturaleza humana, crearla, según su buena, bella, verdadera finalidad: ponerla al servicio del valor elegido a  través del desempeño de una labor acorde con aquél, a fin de obviar camino y no desperdiciar ni un minuto de la existencia destinada a llevar a cabo “la única tarea que puede desempeñar”.

 

CapítuloII

Quizás la primera dualidad humana radique en que simultáneamente a su similitud se dé su unicidad, y con ello la diversidad: en cada hombre semejantes elementos constitutivos conforman unidades increíblemente originales.

Su situación en el mundo es casi idéntica para todos, se diría que es una, si se considera la universal necesidad de subsistir que comparte con los animales; el problema de la soledad, la insatisfacción permanente, la capacidad creativa, que lo  hacen humano.

Pero pareciera que ese único medio en el que se mueven los hombres, actuara de maneras distintas ante cada individualidad, cuando a  uno da mayores posibilidades que a otro, cuando con uno se muestra dócil y con otro rebelde y caprichoso. Ante causas similares, en un mismo medio, por el solo hecho de cambiar el causante, los efectos llegan hasta a ser opuestos.

Lo antedicho resulta claramente observable a través del proceso de socialización del hombre.

Inmerso en un orden social predeterminado por sus antecesores, sólo puede someterse a la cultura en la que fue incluido.

Sin otra posibilidad que desarrollarse en ella hasta que sus potencias le permitan cortar los cordones umbilicales, transcurre lo que podría llamarse “prehistoria individual”. Este período se caracteriza por la trasmisión de la cultura de un grupo social a sus miembros, a fin de que éstos se adapten a los modos de vida aceptados y aprobados por esa sociedad. Incluye la actitud adquisitiva propia del aprendizaje, por parte de los miembros a ser socializados.

La finalidad del proceso de socialización consiste en dar al hombre los elementos culturales necesarios para que pueda interactuar, es decir, proveerlo de representaciones abstractas que le permitan comunicarse con sus semejantes.

En ese intercambio conoce gradualmente a los otros y de manera simultánea se reconoce a sí mismo en íntima relación con aquellos.

Cuando tome conciencia de su originalidad, será natural que intente manifestarla y que lo logre, aún sin tenerla fundamentada: el descubrimiento de su originalidad es anterior a la intuición de su misterio individual, y éste es fundamento de aquél.

El hallazgo de su facultad creadora lo impulsará a plasmar  su historicidad. Construir su propia historia será ya una intención noble, digna de un “hombre”. Es que el ser socializado se “humanizará” con tales móviles: estará cerca de adquirir la estatura de hombre.

Durante el proceso de socialización vivencia lo exterior como prolongación de sí mismo, con una sensación de que no existe nada fuera de lo que sus ojos ven y sus manos tocan, parece erigirse en un pequeño dios, eje que da sentido a lo circunstante. Pero en la culminación de ese proceso, se enreda en problemas tales que, todo su poderío lo torna impotente. La misma cultura que colocó un pedestal bajo de sus pies, le habla de realidades que no dejan de serlo porque él no las viva. Nace un sentido de independencia entre su existencia y la existencia del mundo: ha tomado conciencia de la existencia concreta de un mundo que antes era sólo imaginario.

Se descubre integrante de una sociedad que poco a poco lo abandona a sus propias fuerzas. Es que se están desintegrando los cordones umbilicales que lo convertían en un ser gregario por excelencia, para dar paso al hombre nuevo, al nacimiento del ser humano.

Antes vivir era mantener una relación simbiótica con lo exterior. Ahora la vida se insinúa como una especie de intercambio entre su “si mismo” y el mundo.

En tal situación comprende que la intuición de su originalidad, deja de ser una intuición para ser una realidad concreta e intransferible, porque vive su consecuencia: la soledad.

Sus intentos por obviarla lo dejan exhausto, mas entiende que otros también la viven y la sufren. Ha dado otro paso importante: presentir en sus semejantes originalidades tan concretas e intransferibles como la suya. Pero aún su soledad lo intranquiliza, quisiera captarlo todo y que lo capten. Busca el principio armónico de un mundo que se le presenta inarticulado e intenta formularlo, pero cómo conseguirlo? cómo expresarse?

Lo intenta de una y otra manera. Se percata constructor, creador, porque puede transformar elementos dispersos en unidades expresivas de su “verdad a medias”, de sus objetivos en franca evolución. Sus análisis lo llevan a explorar el mundo , pero también lo invitan a definirse. Tan sugestivos convites le insinúan ciertos misterios que despiertan su curiosidad. Sus insatisfacciones dejan de ser ocasionales para manifestarse permanentes. Se percibe pequeño, temporal, impotente, pero capta en sí un anhelo de grandeza, inmortalidad y perfección. Atribuye  esas características  a la imagen que tiene de su realidad futura. Pero las ve demasiado lejanas cuando comprende el abismo que las separa. Simultáneamente diferencia cada una de sus necesidades y los objetos que las satisfacen. Cuando considera su finitud y la insatisfacción que ésta acarrea, intuye el infinito; lo absoluto frente a su extraña relatividad, es posible? Nuevamente su insatisfacción es una frecuente prueba positiva. Está despertando a su ignorado misterio y a un paso de enraizarlo en el Ser. Su historia individual amenaza ser construida con arreglo a la meta por excelencia. El proceso de socialización lo ha incorporado a la vida cultural de su medio social y le ha permitido iniciar la evolución característica hacia el proceso de percatación de la situación existencial.

Podría llamarse “protohistoria” al período comprendido entre la culminación del proceso de socialización y la intuición del misterio individual; período caracterizado por las sucesivas experiencias que manifiestan la unicidad humana y que serían el descubrimiento de su originalidad y la consecuente soledad existencial, el descubrimiento de su capacidad creativa y su consiguiente insatisfacción existencial.

Cuatro elementos básicos que lo conducirán a la intuición de su misterio y, a posteriori, a la intuición del Ser, características del proceso de percatación de la situación existencial. Consecuencia de tal proceso será la explícita intencionalidad de construir su historia individual.

Antes de esquematizar las fases de tal proceso es conveniente ahondar en el concepto de situación existencial como realidad que plantea el sentido de aquél. La situación existencial es la adecuada consideración de las necesidades existenciales de un individuo en su propia realidad  humana. Es posible a partir de la vivencia del misterio individual; implica el análisis de sus condicionantes y erige como meta la participación unitiva en el Ser. Cuando el hombre toma conciencia de su misterio, lo capta como un rasgo de Absoluto que es preciso realizar, y lo siente como una chispa que abandonó la Hoguera para, en incendio, convertirse en tal. Su necesidad existencial se explicita como tensión de lo humano finito a lo infinito del Ser. Y esa tensión no es un absurdo porque el misterio individual se manifiesta realmente, es decir, se evidencia como realidad indudable. Y porque tal tensión da sentido a la existencia de la capacidad creativa del hombre.

Anterior a todo intento de aprehensión del Ser es imprescindible advertir, examinar la propia realidad humana como punto de partida del que arrancarán sus posibles intentos. En la realización concreta de la acción que intente saciar la necesidad existencial, el hombre no puede dejar de considerar ciertos elementos que se comportan como condicionantes de su situación. Es preciso asignarles la importancia que se merecen, pues suele ser un hecho que se erijan en circunstancias casi decisivas de la posibilidad de realización humana. Es que a partir del proceso de socialización, es decir, una vez producido el fenómeno de incautación cultural, que tanto transformó a la virginal naturaleza humana,  luego del período protohistórico, el hombre está en condiciones de percibir y distinguir la influencia de las  siguientes limitaciones que funcionan como marco de referencia en su situación existencial.

El tiempo , al aludir a la sucesividad espacial, da idea de un permanente dinamismo que configura un aspecto del ambiente en que se plantea la situación existencial. Aspecto que se restringe hasta constituir la historia en que está inserto el hombre.

He aquí dos consideraciones básicas: en qué medida, el hombre en cuestión, al construir su historia individual, contribuye a realizar la historia social y con ello a concretar lo presente determinando el futuro inmediato. Y, desde un punto de vista opuesto, en qué medida las acciones pasadas determinan hechos que conforman una situación histórica que lo limita?

Una segunda limitación es el lugar, el “aquí” del planteo, que hace referencia específica al aspecto geográfico: quizás el más violento y, dada su ferocidad, el más combatido. La  fuerza arrolladora de la naturaleza, en una zonas dominada y en otras no, da lugar a las siguientes reflexiones: cuál es el grado de vinculación que hay entre la neutralización de la virulencia de las características geográficas, que se daría en términos de progreso técnico, y el adelanto espiritual de quienes lo logran y/o utilizan? En qué medida es conveniente que tal adelanto sea urgentemente extendido al mundo entero o permanentemente continuado, aún con mayor intensidad? Qué posibilidades hay de que ambas acciones sean simultáneas?

Una tercera limitación estaría dada sociológicamente. El grupo social ofrece una gama múltiple de presiones y laxitudes en las que el hombre puede encontrar diversos grados de dificultades que le hagan o no casi imposible la satisfacción de sus necesidades existenciales. Entonces cabe inquirir: en qué medida las estructuras sociales actuales del medio en el que se desenvuelve (manifiestas a través de pautas de convivencia, es decir de usos y costumbres, a través de instituciones que dicen de toda una organización social que implica roles y status, estabilidad o cambio, grupos primarios y secundario, incluso intercambio de elementos culturales con otros grupos sociales) facilitan su acción individual? Y en qué medida le ofrecen posibilidades de una transformación de las mismas que se traduzca en mayor bienestar general?

Aún quedaría una última limitación por considerar. Se refiere al análisis de las propias características síquicas. Indudablemente sigue vigente el “conócete a ti mismo” como punto de partida

de cualquier acción adulta, como basamento que sostendrá los pilares en la construcción de la unidad de sí mismo. Y cabe una elección: intentar el desarrollo equilibrado de las potencias individuales o hacer un despilfarro de energías en aras de la meta: las palabras de Walter Prater a modo de sugerencia:”...la apasionada insistencia en un solo motivo de vida...la integridad de esa fuerza, la fidelidad a su tipo... arrancó y arrojó lejos de sí otros intereses, prácticos e intelectuales, esos talentos pequeños, esos motivos secundarios que en la mayoría de los hombres constituyen la parte superflua de su naturaleza y en la que se agota su vitalidad..” “Qué es mejor: encontrar un sentido nuevo, descubrir un nuevo órgano para el espíritu humano, o cultivar muchas formas de perfección hasta un punto que todavía nos deja fuera de su poder transformador?” “Pero el instinto del hombre para cultivarse no tiende tanto a recoger todo lo que esas varias formas de genio pueden dar como a buscar en ellas su propia fuerza”

Pero las cuatro limitaciones consignadas encierran aún otros aspectos, algunos comunes a ellas y otros no, de manera que aquéllas indican sólo, y quizás teóricamente, las direcciones a tener en cuenta cuando se plantea la situación existencial individual, que no puede ambicionar su total, completo conocimiento a través de un análisis exhaustivo de sus condicionantes. Además, éstos se imbrican en la realidad configurando una estructura difícilmente comprensible en todas sus facetas, al razonamiento humano. Para el hombre, vivir en tal época de la historia, en tal ciudad o estar alejado de ella, saberse integrante de un juego demográfico que a veces parece acogedor y otras maldito y arrastrar con sus propias características síquicas, es una realidad que implica luchar contra las exigencias cotidianas.

Tomar conciencia de la presencia de esos condicionantes es plantear en términos válidos la situación existencial, y no dar cabida a una desesperación pesimista en aquella lucha. Tomar conciencia siempre significa percatarse, no sólo alude al conocimiento racional de lo que acaece, sino mejor a todas la formas en que el hombre puede “advertir” lo que se da a su alrededor como verdaderas presencias, que son.

La determinación, a grandes rasgos, de los pasos del proceso de percatación de la situación existencial arrojará aún más sentido al planteo de la situación existencial.

El descubrimiento del misterio individual marca, en un solo tiempo, la iniciación de aquel proceso y el sendero que conduce a la toma de conciencia de tal descubrimiento, y con ello a considerarlo con certeza como una evidencia.

Posteriormente, la intuición del Ser impulsa al hombre a fundamentar su misterio como un rasgo de absoluto y de infinito inmerso en su existencia e íntimamente ligado a la absolutidad e infinitud del Ser. Busca atenuar esa tensión y, lógicamente comprende que la “fuente neutralizadora” es el Ser; que su necesidad será satisfecha cuando logre la participación en El.

Al intentar conseguir tal meta, percibe concretamente su situación existencial. Cuanto más consciente sea el análisis del planteo, mayores posibilidades tendrá de utilizar los recursos aportados por los condicionantes a fin de obviar impedimentos en su tarea de realizarse como hombre.

En tal combate cuenta con una única arma: su capacidad creativa, que se erige como medio de alcance ilimitable, y con una genuina fe en sus fuerzas de lucha: el ejército poderoso de su misterio individual, que lo acucia y le anticipa el éxtasis de la victoria: participar en el Ser.

Desde un enfoque muy realista, el proceso de percatación de la situación existencial, necesita del planteo de la situación existencial ya que implica el problema de la profesionalidad. La elección de una profesión le permite obviar camino en la consecución de su meta.

En la medida en que desarrolle el potencial con que cuenta, sus intentos acercarán su valor al Valor elegido, que corresponde al

“aspecto” del Ser que lo ha impactado con mayor intensidad y más profundamente. La profesión le sirve de sendero que promete neutralizar su necesidad de subsistir y encauzar sus energías para utilizarlas en su quehacer creativo individual.

Pero ese sendero no es fácilmente transitable y además, refugia al mayor peligro que acecha al hombre: el de tomar tal sendero como fin en si mismo, y ante trechos confusamente tortuosos y escarpados negar la oportunidad al fracaso rechazando la aventura mediante la aceptación de drogas socio-culturales, de efectos anestesiantes.

La alienación parece ser el denominador común que recibe siempre más casos. Indudablemente es el foso en el que caen quienes ponen sus indecisos pies en la tabla enjabonada de la profesión. Los espejismos, si bien aturdidores no insalvables, que ésta ofrece, intentan atrapar al hombre en un aquí y ahora que falsea su genuina visión del cosmos, y lo conducen a desarrollar tareas faltas del auténtico sentido que él quisiera darles. Motivos todos que provocan una sensación de incertidumbre, de desasosiego, y frustración que llevan a una vorágine sicológicamente adormecedora y postergan los impulsos por alcanzar el Ser.

Pero no es éste lugar adecuado para considerar ni referir fenómenos que, lindantes con lo semipatológico, están relacionados con el hecho de transcurrir la vida insertos en un proceso socio-cultural.

Lo dicho sobre la profesionalidad intenta ser un escuálido boceto que permita visualizar las consecuencias de una actitud desfavorable posterior al planteo de la situación existencial.

En efecto, tal actitud no es sino una de las posible actitudes en que culmina el proceso de percatación de la situación existencial. Porque las actitudes son siempre favorables o desfavorables, es decir se localizan en un polo u otro, sin términos medios; dos son las únicas actitudes que se desprenderían del planteo de la situación existencial y son la actitud aventurera y la actitud conformista.

Analizando el boceto realizado se verá que es factible hacer otros paralelos que se refieran a los problemas surgidos de otros ámbitos del humano quehacer creativo y que visualicen el punto clave de los mismos: la actitud individual.

 

Capítulo III

 

Porque el hombre se sabe “nexo”entre la creación y el Ser su profundamente exclusiva y genuina intencionalidad se dirige al logro de aquél. Tal meta implica que la labor creativa humana alcanzaría el valor del objetivo, lo que sería realizar “un aspecto”del Ser.

La veracidad de esta meta se explicita a través de la historia al considerar una constante que habla de la intencionalidad humana como una realidad indudable y que es el tenaz empecinamiento del hombre en participar en el Ser.

De alguna manera los actos humanos sugieren una línea de realización que explica su direccionalidad  a través de sus intentos y de su esperanza siempre virgen, comparable quizás al gesto de los niños que “viven de aventura en aventura” devastando virginidades con tan particular inocencia. Una actitud paralela en los adultos les haría percibir que cada circunstancia es una delicada e intangible invitación del Ser a la aventura humana de propiciar el encuentro de los encuentros. De esto que cada instante aporte a la vida del hombre la emoción de una presencia.

“Quién, si pudiera ver a través de todo, se agitaría contra la cadena de circunstancias que, al final y al cabo, enriquecen con sus experiencias?”Walter Pater, El Renacimiento- 1946

Sólo la radical entrega le permitirá al hombre no esperar en vano el encuentro que desea y presentir certeramente la íntima y absoluta satisfacción del gozo. El singular obstáculo en tal empresa nace de la dificultad de esa entrega, ya que el hombre no se posee realmente. Obstáculo que aún impide la realización de los valores.

Es que en medio de la creación el hombre, que está “a dos aguas”, quisiera en un naufragio provocar el gran encuentro con el Ser. Porque tal naufragio le daría la cosmovisión por excelencia de manera instantánea, lo que sería solucionar el intrincado rompecabezas del mundo. Y si bien tal suceso estaría impregnado de riesgo e inseguridad, ya se erige en la gran aventura humana.

La búsqueda de concepciones que expliquen el sentido de la existencia del hombre, el planteo experiencial de su situación como tal, el análisis de sus condicionantes, sus inequívocas vivencias existenciales, son la justificación de la fiel, inabandonable tensión al Ser. La inaudita ubicación del hombre en su medio adquiere sentido sólo desde su intento de proyección a lo absoluto e infinito, que lo erige en el único articulador de lo creado e, implícitamente, en singular promesa de realizar lo increado. La aventura en sentido estricto es el intento humano de hacer realidad los valores que el hombre, por naturaleza, ama. Quien ama, por el solo hecho de amar, construye lo trascendente ya que materializa con su amor algo que lo supera. Tiene capacidad de aventura quien tiene capacidad de amar. El ser humano aventurero está impregnado de ideales porque ha asumido su realidad existencial, está tensionado amorosamente por los valores y en su intento de darles cabida en el mundo sensible, realiza su animalidad haciéndose así hombre total, íntegro, de manera que tal conducta lejos de menoscabar su carnalidad le otorga verdadero sentido. Su relación con el mundo físico se convierte en una especie de inmersión  “que no perturba la conciencia porque es infantil y no conoce la vergüenza” “Su espíritu no ha aprendido a jactarse de su independencia de la carne” Walter Pater, ob. cit. Es que el aventurero tiene las manos limpias y sus inmersiones en el mundo de los sentidos se transforman en una concatenación de conductas nobles mediante las cuales construye su hombría. El acto de la aventura es comparable al acto de nacer: dejar el vientre materno significa luchar solo contra un medio desconocido y, por lo tanto, amenazador. Pero no cambiar lo viejo conocido por lo nuevo y extraño, temer la dificultad del comienzo es mortalmente peligroso. Lo natural, entonces es no frenar tal proceso sino salir en busca del alimento que sea adecuado a ese instante evolutivo y asumir el riesgo sin violencias. Ese medio, virginal, se presenta como un gran vacío, como un precipicio al que es preciso arrojarse sin ánimo suicida, en un intento de entrega en el que todas las potencias sean comprometidas. Pero, de inmediato, el exterior ataca, esos golpes producen un sufrimiento que llega hasta las lágrimas: el propio llanto hace despertar para poder hablar de la primera emancipación.  La permanente adhesión a la aventura engendra la aceptación cotidiana de la invitación a naufragar que es la praxis de la actitud aventurera. Así, sentirse comprometido por toda la historia y por la sociedad no es vivido como un deber ineludible en el hombre sino como un contexto que le ofrece su apoyo y en el que puede ensayar la realización de su tarea. La actitud conformista le exige un permanente pactar consigo mismo compromisos que establecen una continuidad de relaciones falsas con lo que lo rodea, mecanismo perfecto para frenar el proceso de maduración mediante el mantenimiento de tales relaciones objetales netamente inmaduras. Mientras que la actitud aventurera le es natural: se insinúa desde un develarse a él mismo su propio misterio en el momento en que comienzan las primeras etapas de su período histórico. Y es entonces cuando, ya internalizada  la cultura de su medio se percibe que “la filosofía sirve a la cultura, no por el don imaginario del conocimiento absoluto o trascendente, sino suscitando problemas que ayudan a descubrir la pasión, la singularidad, los contrastes dramáticos de la vida” W.Pater, ob citada. Este primer hallazgo exterior, engarzado con otros individuales le sugieren la dirección a tomar para intentar el logro de la meta humana. Porque en el transcurso de los siglos algo en el hombre permanece incólume, en él queda la esperanza de aprehender el Ser: por ello quizás la vocación de infinito es en cada uno un niño por nacer, la cuerda intacta de un instrumento que sólo su dueño puede pulsar, una fibra delicada que alcanza eficiencia al elaborarla mediante “intentos”. Por ello, ante el llamado del Ser somos un eco virgen que responde con inquietud.

De esto que sólo la actitud aventurera denote en el hombre su coherencia consigo mismo como ser humano. Su esperaza por excelencia es obviar la propia limitación, esperanza que se manifiesta hasta de una manera carnal en el acto de la procreación.

A través de sus experiencias todas el hombre manifiesta la singular intencionalidad de abandonar la mirada egocéntrica de criatura para lograr la visión universal, peculiar del Ser. De ahí su sed de aventura, su deseo de conocer lo ignoto, de explorar virginidades: todo lo que es virgen atrae la mirada humana en un gesto casi infantil. Los niños gustan de la “aventura” porque precisamente a sus ojos todo es virgen. Y en la aventura lo indudable es el riesgo, mientras que lo dudoso es la presencia intuida que, por turbadora, no es posible discernir cabalmente. La actitud aventurera es una permanente negación del fracaso humano: el desaliento y la alienación  no tienen cabida. La impotencia sólo lleva a una desesperación que es, de hecho, positiva, pues desemboca en el desasosiego creador y éste en el naufragio de la aventura. El naufragio es un sucumbir en pos de la realización. El momento del naufragio encierra la desesperación de perder lo que se posee, de perderse a sí mismo dolorosamente y con la incertidumbre de no volverse a encontrar jamás. De ahí que sólo  el naufragio voluntario sea compatible con la actitud aventurera. El dolor del naufragio dibuja la mejor sonrisa en el alma humana y la predispone graciosamente a recibir la aventura, como haciendo caso omiso al temor de lo ignoto. La aventura en la vida humana arrastra al sufrimiento de la insatisfacción:“una y otra vez lo que fue precioso se torna indiferente” como un fluir y refluir de meras circunstancias que insinúan portar lo que el hombre necesita para su plenitud. Por ello la actitud aventurera es doblemente ardua e intrincada: no acepta el riesgo por el riesgo, sino que exige una serenidad intelectual propiciadora del naufragio voluntario en el que las potencias afectivas sean seriamente comprometidas porque sólo el compromiso afectivo le hará perder su egocéntrica voluntad en pos del ideal de universalidad, que promete toda plenitud.

La aventura es la única posibilidad que queda al hombre de vivir lo cotidiano sin aceptar esquemas que lo suman en la vulgaridad y el conformismo. Negar la aventura es rechazarse a sí mismo como individualidad netamente original.

La actitud aventurera es, por cierto, desprejuiciada porque no cabe en ella alzar fronteras que lo separen de nadie. Su propia piel es el único límite que lo distingue de los otros y así lo anhela en cada caricia y en cada herida porque sabe que de la intensidad de ambas depende su capacidad de amar que también es capacidad de sufrir. Si su voz se hace audible en un grito de dolor, también podrá alzarse en un canto de amor.

Con la adhesión a la aventura el hombre asume inequívocamente la responsabilidad de realizarse como tal mediante hechos incontrovertibles.

 

Conclusiones

Al cabo del presente estudio  no cabe dar conclusiones, lo que está acorde con él es decir: “a modo de conclusiones” ya que desde el prólogo pacté con el lector recorrer juntos un trecho del sendero, el único en el que podemos acompañarnos medianamente, y se que aún queda otro, el que se camina a solas, por ello no me es posible sino proponer una actitud a quien deba andarlo.

Admito que de todo lo dicho no puede inferirse ninguna conclusión pues no está totalmente ventilado el asunto: el ser humano y todo lo que le atañe es demasiado complejo, por lo que referirse a él es querer bailar sobre una cuerda enjabonada que pende a una altura de diez mil metros de superficie segura.

La intención del presente enfoque consiste en cerrar todas las puertas y dejar una única ventana entreabierta: la de sugerir al lector que alimente en si la actitud aventurera en forma permanentemente espontánea, lo que equivale a desear que sea revolucionario en sus decisiones cotidianas. El sentido de tal actitud arranca de la realidad intransferible de las experiencias existenciales y adquiere su coherencia en la plenitud de la personalidad humana.

La existencia de lo absoluto sólo puede darse en una órbita cuyo principio motor sea independiente de la órbita de lo relativo. Más la relación entre esas órbitas es la humana. La de lo absoluto atrae al hombre, quien intenta modificar el principio motor de su propia órbita para entrar en la otra: el hombre es el único ser que tiene capacidad de transformar bienes naturales en culturales: la madera del árbol en tallado marco de una pintura.

Inquirir acerca del motivo de la atracción que se ejerce sobre el hombre arroja una  sola respuesta: en esa órbita el hombre intuye la recreación de lo circundante. Y qué lo impulsa en ese movimiento sino la percatación de un rasgo de absoluto en sí mismo.

El concepto de hombre en su expresión más exquisita es la existencia humana realizada. La forma intemporal de ese concepto ha sido, sin duda, pensada por el Intelecto.

Cuáles son los fines que así impulsan al hombre: sólo uno, el de alcanzar el valor de los valores Belleza Verdad Bien.

El hombre en su intento de aprehender el Ser busca la forma de recrear sus medios finitos, la fórmula que le permita conjugar pintura, tela, experiencias y tiempo en la realización de la Belleza, es decir no crear una obra de arte sino crear Belleza. Porque es como si el Ser llamara pronunciando su eterna palabra a que el hombre ejecute la única música de la existencia con la esperanza de que el tiempo siga canturreando la melodía después de la muerte de tal hombre.

Y para ello es el proceso de percatación de la situación existencial quien lleva al encuentro de uno mismo, quizás sea esa la faz más importante de la vida humana. La consideración de los condicionantes permite hacer un planteo ciertamente paradójico: para obviar, superar, salir de los condicionantes y ser auténticamente es preciso que el hombre haga el esfuerzo y vuelva a los condicionantes, los tome con alegría, se sumerja en lo circundante y se realice en él. Entonces ese mundo exterior se hará suyo, no sólo porque en él se ha de realizar sino también porque a fin de cuentas el hombre es prolongación de otros hombres que no quisieron morir y dieron vida, palabras y un mundo a medio hacer. Y la herencia de perfeccionarlo, de hacerlo más humano para los que le desciendan. Esto encierra la posibilidad de asumir la responsabilidad de realizar la única tarea que esté llamado a desempeñar.

La venturosa empresa exclusivamente humana requiere de manera imprescindible una actitud de lucha que condiga con la herencia anónima recibida. Tal actitud exige una revolución en pos del ordenamiento del mundo según teorías no enunciadas. La época actual es ambigua porque contiene un proceso de cambio en el que aún no se ha descubierto el principio ordenador de la humanidad. Tantas ideologías no estructuran la ideología que contemple las necesidades actuales de la sociedad. Es urgente la independencia grupal porque en ella se enraiza la independencia individual, en cuyo seno la libertad humana germina paralelamente a los resultados de la creatividad. El hombre se realiza como hombre cuando asume la responsabilidad  de ser humano finito y se desarrolla cuando lleva a cabo la exclusiva tarea que le incumbe; cumple al intentarlo; ese  intento sólo puede ser tal a partir de una actitud individual netamente aventurera.

 

Autora: Josefa  Abellá

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