¿Qué es el Hombre ?
Dr. Angel Gargiulo
Breve reseña metodológica respecto al estudio del hombre
Poca ciencia aleja de Dios. Mucha ciencia acerca a El.
Esto es válido especialmente en el estudio que haremos
del hombre, y de todo aquello que lo hace esencialmente humano.
Creo que el actual componente anticlerical que ha sufrido
la ciencia en los últimos dos siglos, “laico en el mal sentido”
y aséptico respecto a Dios, tiene un basamento para nada honesto y es
de índole primariamente económica como demostraremos.
Todo comienza en el “Principio antrópico”:
el intento moderno de eludir todas las implicaciones a propósito del
universo, al margen de lo extraordinario que resulte nuestro entorno.
Los niños se preguntan a menudo que hubiése sido de ellos si sus
padres no se hubieran conocido, e intentan imaginarse la vida si no se hubiésen
dado las circunstancias que desembocaron en su nacimiento. Normalmente la respuesta
que dan los niños a ese rompecabezas es que sus padres se habrían
casado con cónyuges diferentes y que la descendencia que habrían
tenido hubiese sido distinta. Como la conclusión no responde a la pregunta
original, ésta sigue planteada. Después de pensar un rato el niño
resta importancia al problema y decide que no tiene objeto especular sobre lo
que en definitiva, no es más que una pregunta, acerca de una hipótesis.
Aunque parezca ingenuo, este es el modo de razonamiento no
solo de los niños, sino de bastantes astrónomos, filósofos
y científicos cuando se plantean no tanto sus propios orígenes
sino el significado de toda la vida, y de la vida humana en nuestro planeta.
Éste es pues, el principio antrópico: cómo la vida existe
efectivamente sobre la Tierra, no tiene objeto buscar algún significado
al hecho de que nuestro planeta parezca ser especialmente adecuado a nuestras
necesidades, “hecho a medida por un sastre desconocido o por azar”.
Aquí cabe la pregunta: ¿ somos accidente o designio
?
Desde todas las ciencias con las que intentemos responder
a esta pregunta vemos que la lista de propiedades de la naturaleza, sin las
cuales no podría existir la vida es enorme y anonadante.
¿ Puede una madeja de accidentes afortunados, partir de la nada hasta
llegar “por evolución” a la inteligencia, momento en el cual
“la materia se comprende a sí misma” y se pregunta acerca
de sus orígenes?
Vemos que todo lo creado lleva contenido en si mismo su propio fin.
Hoy la ecología nos a enseñado que todas las
especies tienen su papel asignado en el ecosistema ¿Cuál es la
finalidad de la inteligencia, del sentido moral, del impulso religioso que desde
el principio de los tiempos nos ha llevado a querer escalar el cielo...? Estas
características esencialmente humanas distan mucho de poder explicarse
simplemente por “selección natural”.
Intentaremos en éste y en los próximos capítulos responder
a estas preguntas con la honestidad que le debemos a nuestras inteligencias.
No responderemos con el principio antrópico, sino mediante
una integración de todas las ciencias subsidiarias, la física,
la astronomía, la química, la biología, la matemática,
a su tronco madre, la filosofía, y por qué no a las Verdades reveladas.
No creemos tampoco que la deshumanización sea un buen
método de análisis de lo humano ya que todas las teorías
“modernas” basadas en el darwinismo no han podido dar una respuesta
seria del acontecer humano en cuanto tal. El hombre se ha comportado como hombre
desde que tenemos sus primeras huellas sobre la tierra, ya sea en su arte rupestre,
en que se nos revela como consumado artista plástico, u honrando a sus
muertos en los monumentos funerarios que encontramos por doquier. No encontramos
huellas de hombres casi monos ni de monos casi hombres. ¿ Y entonces
?
Considerando que dicha teoría (aún es tan solo
eso: una teoría), no ha debatido en el campo científico más
que con la fuerza del slogan y la propaganda,( puesta al servicio de intereses
e ideologías que mencionaremos más adelante), es que le ocuparemos
un pequeño espacio en nuestro artículo especialmente para señalar
como ha sido hasta la fecha fuente de errores, y justificación de grandes
males en el siglo pasado.
Remontémosnos al contexto histórico en que Charles
Darwin escribió “El origen de las especies”, publicado en
el en el año 1859.
En aquel entonces, Inglaterra había cambiado ostensiblemente en relación
con los doscientos años anteriores. La industrialización y las
ideas del capitalismo liberal se extendían rápidamente y las fuerzas
conservadoras se sentían cada vez más presionadas por un movimiento
popular surgido del proletariado. Para ese entonces el movimiento obrero se
organizaba. Engels y Marx ya habían proclamado en 1848 el “Manifiesto
comunista”. Marx editaba en 1864 su libro “El Capital”.
La ideología liberal necesitaba también su “Biblia”.
“El origen de las especies”, llegaba pues en un
momento muy oportuno y eso explica el furor que desencadenó su publicación.
La posición social de Darwin hizo de él un caudillo, más
que un científico.
El darwinismo era entonces, más que una teoría
científicamente comprobada, una ideología con ribetes biológicos,
que era “ políticamente correcta” para la época.
Esta surgía así con la fuerza de una nueva religión.
Y en esta corriente de pensamiento encontraban sustento los
intereses más poderosos de la época, amalgamados con el más
feroz calvinismo sajón: la predestinación no estaba escrita ya
solo en el Cielo sino también en los genes. El que estaba sufriendo una
vida miserable debía continuar en su vida miserable porque Dios así
lo había dispuesto. Si existía la selección natural, era
válida también la “selección artificial” hecha
por el hombre.
Se encontraba el sustento teórico a la parafernalia
del mundo industrial que surgía y avanzaba sobre Europa con el lema de
“la supervivencia del más apto”. Las compañías
competían ferozmente en la manufactura de productos análogos.
El ferrocarril se disputaba el tráfico. Las naciones competían
sin piedad entre sí por el comercio internacional. Esto último
no era especialmente nuevo, pero sí lo era el comercio agresivo, determinado
por la ideología liberal, que encontró sus mas fieles adeptos
en la Inglaterra de aquel entonces...
En aquellos tiempos, los niños ingleses de 5 a 14 años
trabajaban en las minas de carbón de 12 a 15 horas diarias, y por cada
100 adultos que bajaban a las galerías subterráneas, habían
15 a 20 muchachos y 2 a 4 muchachas menores de 13 años, siendo del 40
al 70 % la proporción de menores de 18 años sobre el total de
mineros. Toda esta población estaba sometida a un trabajo embrutecedor,
vivía en inmundas barracas en una promiscuidad espantosa, en las dramáticas
condiciones descriptas por Engels; y dado que los médicos certificaban
que el trabajo infantil en las minas era saludable éste no se podía
prohibir en el parlamento. Y como si eso no alcanzar en 1812 éste promulgó
en la “civilizada Inglaterra” una ordenanza por la cual se penaba
de muerte a quien destruyera por dolo, error o por impericia las máquinas
utilizadas en la extracción...!
Es evidente que en un contexto histórico de esta naturaleza
se necesitaba una visión reduccionista del hombre carente de todo fondo
de dignidad y susceptible de ser contabilizado como toda otra mercancía,
sin escrúpulos morales. Ese fundamento lo aportó el Darwinismo.
Luego se sumaron alegremente también a “ beber
de sus aguas”, la “redención marxista- leninista”,
el nazismo (y el mito de la super-raza), las purgas étnicas que no han
cesado contra distintos pueblos y razas hasta nuestros días y actualmente
el re-editado neoliberalismo.
En la actualidad y como desde siempre el análisis honesto
del Universo nos devuelve a los brazos de Dios. Sin caer en la falacia del “azar
creador” podemos decir que el hombre fue creado por un acto de amor deliberado
del Ser supremo.
Y lo hizo a su imagen y semejanza...
Las huellas de esta creación podemos seguirlas con
evidencias científicas, “hasta el principio del tiempo”.