Ascesis de voluntad

Una honradez mediocre no basta. Es como a una superación perpetua a lo que él Evangelio nos invita. Exige una movilización de todo el ser. De aquí la necesidad de ascesis... y de una ascesis de la acción, de un justo orden en nuestras actividades. Lo que equivale a decir: hay que “cortar”, suprimir ciertas ocupaciones, buenas, sin duda, pero que, demasiado embarazosas, impiden ser realmente eficaces donde importa serlo más.
Cuantos católicos; hoy, están, por complacencia “inscritos” en todas partes y no hacen nada en ninguna. No es a los hombres a quienes debemos agradar, ni siquiera cuando nos apremian amablemente para pertenecer a su círculo, a su obra o a su club. Tenemos que agradar a Dios y actuar por Su mayor Gloría. Luego, ¿cómo conseguirlo en la dispersión de un esfuerzo que cree más caritativo, no centrarse? ¿Quién reconocerá lo que ha hecho perder, a la más santa de las causas él deseo de ser amable? ¿Y cuántos de entre nosotros tienden a pensar qué la extensión del Reino social del Corazón de Jesús se confunde con los éxitos mundanos que pueden obtener?
Cuando, todo lo contrario, no hay ningún espíritu que, más'.que el del Evangelio, invite al combatiente a sacrificarse más y le obligue a situarse en las condiciones psicológicas más capaces de mantener la «moral» más firme y más conquistadora.

Señor—decía Santo Tomás Moro dame la-gracia de trabajar para realizar las cosas por las cuales rezo.
Lo imposible mismo, constantemente invocado, ¿no es diversible en cierto número de posibles? El medio más seguro de conducir a buen término la empresa calificada de imposible, ¿no es, en efecto, dar un primer paso posible en la dirección de una solución?... Cada posibilidad vencida da acceso a una posibilidad nueva. Lo mismo ocurre con esas pretendidas; imposibilidades, como escalar los picos de los Alpes: de lejos, parecen infranqueables ; hasta el día en que un alpinista más audaz escala una primera roca, luego una segunda, luego una tercera y luego... la última. No es necesario saber desde el primer paso que se intenta cómo podrá hacerse el segundo, y menos aún el último. Basta con creer que Dios nos confía la iniciativa del primero y que, en caso necesario, se encargará de la etapa final...
Ese valor es raro. Es, sin embargo, imperioso... ¿Cómo podría la religión que exige el ejercicio ordinario, desemejante virtud ser acusada de mantener en el corazón de sus fieles un fermento de debilidad en la acción o de pusilanimidad en el combate?.

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La tesis española en el siglo XVI
(de la conferencia de José María Reman sobre “La intolerancia en España”)

Pero advierto que todo esto lo venimos afirmando sobre una base, sobre una premisa, que es necesario -antes de seguir adelante-, dejarla más sazonadamente sentada.
Venimos dando, como postulado supuesto, éste de que España hace todo esto porque se da esa definición a sí misma, esa definición de "defensora de los valores cristianos". Esto es necesario definirlo un momento, históricamente, antes de pasar adelante. Y, efectivamente, esto se prueba sencillamente, o por una prueba extrema de hechos históricos o por una prueba interna de sicología nacional.
La prueba externa está ahí, en la latitud de la Historia. Se ha hecho mil veces. A los pocos años de la predicación apostólica hecha probablemente por Santiago, seguramente por San Pablo, muere allá, en Tarragona, el Obispo Fructuoso, y muere afirmando que, al morir, piensa en toda la Iglesia esparcida por el Oriente y por el Occidente. Y, poco después San Paciano, Obispo de Barcelona, escribe la primera obra sobre la catolicidad de la Iglesia diciendo que, si su nombre es católico, su apellido es cristiano. Es decir, que a los pocos años de la predicación apostólica, los Obispos españoles tenían ya una conciencia clara de que la doctrina que habían recibido no era una mera doctrina individual -como podía ser la Epicuro o la de Séneca-, sino que era la incorporación a una gran sociedad universal, que era la Iglesia, y la aceptación de todo un nuevo modo y estilo de vida, que era la civilización cristiana.
Y desde entonces, al servicio de esa idea rubricada por aquella sangre de mártires que enrojece los versos de hierro de Prudencio Clemente, ya no hay paso de la civilización cristiana que no tenga su fundamental aportación española, ni hay ya paso de la Historia de España que no se ponga al servicio de esa civilización.
Y cuando poco después ocurre el más trascendental de los acontecimientos de aquella hora, que es la conversión de Constantino, es el Obispo de Córdoba, el español Osio, el que le sirve de consejero. Y cuando luego se produce la primera herejía, que es la arriana, es el mismo Obispo Osio el eje del Primer Concilio ecuménico en contra de Arrio, que es el Concilio de Nicea. Y cuando más tarde un Emperador y un Papa se ponen de acuerdo para la conversión oficial de todo el Imperio Romano al Cristianismo, -señalando con ello una altura de los tiempos-, el Emperador es el español Teodosio y el Papa es el español San Dámaso. Y cuando ya toda esa unidad hispano-cristiana, de sustancia espiritualista, es después agredida por los godos, por los bárbaros, -que significan en lo material "la tribu", y en lo espiritual "la herejía1'-, cuando ya parece que esa unidad va a romperse, surge entonces la figura genial de Leovigildo, que, una vez en el poder, desea unificar políticamente a España, y, como comprende que lo tiene que hacer sobre una base religiosa, sueña desde su trono en hacerlo bajo el signo de su fe arriana; pero con ello sólo consigue -porque los designios de Dios son superiores a los designios de los hombres-, que aquella unidad política que él improvisa, sea la base por donde luego ha de correr la unidad religiosa consumada por Recaredo, seguida por la unidad litúrgica que consuma San Leandro y finalmente, por la unidad jurídica que consuma Recesvinto. Unidad que al ser agredida después por los árabes, se rompe ya en lo político pero no en lo espiritual; porque ya es una misma fe la que une a todas aquellas mesnadas, que bajan por las riberas del Atlántico, y por las márgenes del Mediterráneo, y por las llanuras de Aíemlejo, y se abren paso entre las adelfas y los jarales de la Cordillera Mañanica, hasta venir a confluir en la Vega de Granada y producir aquel instante supremo de nuestra Historia, en el que se arrojan el Océano -para arrancar de sus soledades azules un Nuevo Mundo-, aquellas tres sublimes carabelas que, al compás del solemne Tedeum que entonaban las olas de los mares, iban escribiendo sobre su superficie, sus blancas estelas de espuma, como nuevas rayas que venían a ensanchar el pentagrama del universo, que ya resultaba estrecho para seguir cantando el poema de la Fe española: de tal modo, que -como decía uno de nuestros más grandes oradores-, si al sonar la voz de" ¡Tierra!" en la nao Santa María, el Nuevo Mundo no hubiera existido, ya de antemano, Dios le hubiera hecho surgir, en aquel momento, los mares, para premiar la fe inconmovible de aquel puñado de navegantes españoles.

Prueba externa: prueba histórica o de hechos, que se ha realizado muchas veces. Pero todavía más profunda que esta es la prueba interna. Porque yo creo que, desde un concepto providencialista de la Historia, el destino de un pueblo, su misión universal, es como la vocación de un individuo, o sea; un llamamiento de Dios. Y ese llamamiento hay que verlo, más que en su comprobación histórica, en aquel reflejo que en el espíritu de ese hombre o de ese pueblo produce.
Y esto sí que es claro en la conciencia española. Ya decía yo en el "Teatro Cervantes" cómo España estaba transida, en aquel momento, de la conciencia emocionada de estar viviendo una gran misión providencial. Los selectos la arrullaban con trozos de la Escritura; el Padre Caramuel le aplicaba los signos ezequiélicos del trono, -el águila, el castillo y hasta el cordero, que para él es el toisón de oro-; otro llegaba a aplicar a Felipe II aquello de: "Thoronuse jusinceternumfirmabiíur". Y, al pie de las cátedras y de los tabladillos donde los selectos lanzaban estas desaforadas hipérboles, el buen pueblo español se empinaba de puntillas para beber el aura de aquella misión prometedora, para comprenderla en su integridad. Y ahí está como preciosa reliquia, esa estremecida unidad del sentimiento religioso en nuestro lenguaje popular, tejido -decía yo aquel día- como ningún otro de motivos y fraseologías religiosas. Nuestro lenguaje popular, que para medir una cosa pequeña, un período corto de tiempo, dice una "santiguada", o un "credo" o un "santiamén": y que para cronometrar aquel largo beso de cine que se dan Tristán e Iseo, en el famoso romance, cuando están próximos a morir, dice: "tanto estuvieron unidos, como una misa rezada". Nuestro lenguaje que, para celebrar la gracia de la muy amada, habla de la-"sal" o del "ángel"; trasladando así, a la gracia humana, los signos y las criaturas de la Gracia Divina. Nuestro lenguaje, en fin, que para expresar una máxima terquedad dice "fijo en sus trece"; porque ninguna terquedad impresiona tanto al espíritu español como aquella del antipapa Luna, que murió en Peñíscola, fijo en su pontificado cismático y diciendo que él era Benedicto XIII. Y, para expresar un alboroto o desorden, dice "Se armó la de Dios es Cristo"; porque^ ningún alboroto mayor para el pueblo español para el pueblo de filioquede Nicea, que aquel de las primeras herejías amanas y nestorianas, que le conturbaron el espíritu con un espanto que domina todavía en su lenguaje, al negar por primera a Cristo en su Divinidad.
Vista esta prueba externa e interna, ya es fácil comprender que si España adoptó esa actitud dogmática, en torno de ella, -"en lo necesario, la unidad"- es en donde desarrolló sus posiciones de intransigencia.
Al fin y al cabo, yo os digo que, aunque después esto se ha hecho incomprensible por las actitudes posteriores, muchas de ellas legítimas, en el avance de la razón humana; yo os digo que esto no es más que la no-ruptura del proceso natural humana, que va desde la idea de la voluntad y la acción. Porque después, por mucho que se diga, por mucha transigencia que se haya estipulado en códigos y leyes, hay dos intransigencias de que jamás ha logrado desprenderse del todo ningún estado; una, la total intransigencia política, -porque ninguno ha transigido del todo con aquellas cosas que corroen fundamentalmente su base; y segunda, la intransigencia moral, a la cual ninguno ha llegado del todo, porque todos obedecen a un principio de bien y de mal, fundamentalmente jerarquizado, y en definitiva de sustancia cristiana.
Se puede ser, en la transigencia moderna, maltusiano en la cátedra, pero no se puede ser maltusiano en la clínica; se puede ser homo-sexual en el libro, pero no se puede ser homosexual en la calle.
Permitirá, quizás, la libertad moderna la existencia de libros homosexuales, -como ha habido por ahí, sin que haya una policía inquisitorial que los recoja y los queme-, pero nadie permitirá que esas costumbres se practiquen impúdicamente a la luz del sol, en el paseo público.

Luego, hay siempre una última ruptura de ese proceso; una última intransigencia y al fin y al cabo, más noble es la caza "a ojo" que advierte y levántala víctima con los gritos, al sol, de los "ojeadores", que no la caza "con reclamo" que deja que la víctima se acerque al arrullo de unas prometidas libertades, para cazarla luego, en la primera esquina, con las ametralladoras de la gendarmería.
Sentado esto en principio, para que no tengamos demasiado pavor frente a lo que no son más que actitudes naturales históricas de la menta humana -que depende de que las premisas se vieran más cerca o más lejos de las consecuencias-, entremos ya rápidamente en un examen analítico de alguna de las instituciones más vistosas donde se ha concretado la acusación de la intolerancia española.

El problema de la Inquisición en Europa

Y, primero, vamos de frente a la palabra tremebunda: ¡la Inquisición! Y, antes de hablar de la Inquisición española, unas palabras del fenómeno general europeo de la Inquisición. Porque cuando la Inquisición se estableció en España por el Obispo de Barcelona Berenguer de Palau, el año 1218, ya hacía catorce años que existía en Italia, en Alemania, en Inglaterra y en Francia; y algunos años más tarde iba a existir en Suiza, y poco después en los Países Bajos.
Con la serenidad que corresponde a un fenómeno de esta amplitud, vamos a enfocar cuál fue la razón de ser de ese fenómeno.
Muy sencillo. Sabido es que, detrás de toda cuestión humana, -cuestión política, jurídica, filosófica, pedagógica-, hay siempre una cuestión religiosa, en el sentido de que nuestras actitudes, en estas cuestiones positivas, dependen de nuestra actitud con respecto a los fundamentales problemas metafísicos y religiosos.
Esto, que hoy día apenas ya se percibe, por la división del trabajo y de las ciencias; esta permeabilidad de todas las ciencias con la ciencia religiosa era perfectamente clara en el alma del hombre de la Edad Media y del principio del Renacimiento, por la sencilla razón de que entonces | todas las ciencias se concebían por modo de enciclopedia, así como toda la naturaleza se concebía por modo de cosmos.
Hoy pueden existir los principios políticos o jurídicos o pedagógicos en unos manuales insulares, que parece que brotan de la nada y que en la nada desembocan. Pero entonces la pedagogía o el derecho o la política eran piezas de la total enciclopedia de las ciencias, con sus vecindades teológicas y sus contactos religiosos y filosóficos perfectamente perceptibles. Eran capítulos de la gran enciclopedia teológica de un Santo Tomás, de un Belarmino o de un San Buenaventura, que era el enfoque que se daba a toda la vida; y, por lo tanto, para ser discrepante de ese orden jurídico o político o filosófico o moral, había que empezar por ser discrepante de esa total enciclopedia de un Santo Tomás, de un Belarmino o de un San Buenaventura. O sea: había que empezar por ser hereje. Porque, en definitiva, entonces no se concebía el hereje como un especulativo, que en su gabinete de trabajo yerra en las premisas y, luego, el revolucionario como un criminal que después en la calle, yerra en las consecuencias; sino que uno y otro tipo, por el irrompible proceso de la ideación, la volición y la acción, se consideraban como antecedentes y consecuentes.
Y por eso, de hecho, las primeras herejías -como la de los maniqueos-fueron atacadas, no por los emperadores cristianos sino por los emperadores paganos, como Diocleciano o Maximiliano, porque las consideraban como subvertidoras del orden social existente. Y por eso, los núcleos heréticos de la Edad Media -como son los albigenses primero, y después los anabaptistas y los "pobres de Lyon"- eran considerados como los clubs revolucionarios de la hora. Y por eso, todos los países de entonces colocaban la herejía entre sus prevenciones penales, lo mismo que hoy pueda colocarse la subversión del orden político o social existente: por la sencilla razón de que entonces la subversión del orden político-social era considerada como una pura forma de realización externa de la herejía, que era la subversión del orden mental.

Por lo tanto; existente este delito de herejía en todos los países europeos, existente como un delito "contra la fe y las costumbres", existe después, lógicamente, la pena de dicho delito. Y después, así como para un delito de envenenamiento o de falsificación de documentos, se busca el técnico o el perito que ha de dictaminarlo, para dictaminar sobre este delito se buscaba a la Iglesia, que tenía un tribunal inquisitorial -que, desde tiempos antiguos- se ocupaba de inquirirla tragedia; y se llegaba, en definitiva, al Auto de Fe, que no era la tortura o el quemadero -como se ha dicho después vulgarmente-, sino que era el acto en el que se declaraban las sentencias de culpabilidad o de inculpabilidad acusados, pasándoles después al brazo Civil que ejecutaba o cumplía la pena que al delito de herejía le tenían dedicado en todos esos códigos de la época.
Ese era el fenómeno jurídico de la Inquisición, en forma general, en Europa.


La Inquisición española

Ahora bien; la Inquisición Española, la Inquisición, la Nacional, a partir de los Reyes Católicos. Se establece en el año 1468 -o sea, poco antes de la Toma de Granada, en plena situación de guerra, como una "medida de guerra", intervencionista en defensa de lo que entonces se consideraba la base de la unidad nacional que se estaba defendiendo. Porque la unidad nacional se consideraba, por esa relación de premisa y consecuencia que antes he dicho, como una realización de la unidad mental.
Y la prueba de esto es que la inquisición, desde aquel momento, no se dedica a una vigilancia total del Dogma Cristiano -como sería en una total actitud de intolerancia, que rechazaría todo lo que contradecía ese Dogma-, sino que, sucesivamente, va atacando a aquello que se considera contrario de la tarea que el Estado tiene en las manos en cada momento. Primero va, exclusivamente casi, contra judaizantes y moriscos, que eran las piezas que se consideraban incrustadas en el alma nacional y que estorbaban la empresa de la unidad; después, contra los reformistas protestantes, que eran los enemigos de aquella unidad europea, por la que luchaba Carlos V, y sobre la que cimentaba la obra del Imperio; y luego, ya lánguidamente, en su último período, contra los "enciclopedistas", que se consideraban los enemigos de la independencia del alma española, del pensamiento tradicional español que se quería mantener independiente. O sea: que, en definitiva, la Inquisición vino siendo una rueda de esa formidable máquina de intransigencia, que España montó para realizar sola, frente al mundo, esas tres obras dificilísimas que fueron: primero, su unidad, después, su Imperio, y después, su Independencia.
Esta es la historia política real de la Inquisición. Lo único que nos extraña en ella, -naturalmente, dentro de la posición mucho más tolerante, civilizada y lógica de nuestros tiempos-, es el ver cómo esa lucha se lomaba, no en sus realidades inmediatas, no en una sublevación ya física contra esos principios de unidad, imperio o independencia, sino en sus premisas mentales. Pero esto era una actitud de la época, una actitud totalmente europea. Y lo que nosotros hacíamos con esa Inquisición, lo hacían los demás países, no sólo con la Inquisición sino con las guerras religiosas, que fueron la base de la fundamentación de todas las naciones modernas.
Fijaos lo que dice sobre esto una autoridad, que me parece indiscutible. Dice; "Durante el siglo XVI y XVII, no hubo en España ninguna de esas revoluciones sangrientas, de esas conspiraciones y luchas religiosas, de esos castigos crueles que se presenciaron en las demás Cortes de Europa. Ni el Duque de Lerma, ni el Condeduque de Olivares derramaron la sangre de sus enemigos, ni los Reyes perecieron en un cadalso, como en Francia, a manos de sus asesinos, ni como en Inglaterra a manos de sus verdugos. De modo que a España, a no ser por la Inquisición, no habría nada que echarle en cara en aquella época". La frase es de Voltaire.
"A no ser por la Inquisición", dice él. La frase sería perfecta si dijera, que "precisamente por la Inquisición". Porque, de un modo u otro, resolvían todos los países ese problema de la intransigencia religiosa; y era, precisamente, la Inquisición la que evitó que España tuviera que resolverlo de ese modo, mucho más cruel, de las guerras religiosas.
La frontera inquisitorial fue como una aduana, que impidió que se corrieran por dentro de España los horrores de los anabaptistas y de la Guerra de los Treinta Años; y la barbarie de la Matanza de San Bartolomé, de la Merindal y de la Cervere; y la crueldad de la Fronda y de la Liga; y los asesinatos de Enrique IV, y de Carlos I, y de María Estuardo, y del Príncie de Orange y de Luis XVI, y las llamas de la Bastilla y del Terror y de la Convención; toda la barbarie de la Europa materialista y de la Europa reformista: de tal modo, que si al fin de los siglos, hubiéramos de poner a dos columnas, como en liquidación y en saldo, las crueldades que la Inquisición cometió y las crueldades que la Inquisición evitó, yo os digo que tendríamos que colocar, en un lado, una cifra de víctimas (aun admitiendo, desde luego, el victimario de Llórente, que es el más exagerado de todos) muy inferior a la que en una sola noche causó la matanza de los hugonotes de la San Bartolomé; y, en cambio, del otro lado, tendríamos quecolocarese hacinamiento inmenso de cadáveres que causaron en toda Europa las luchas político-religiosas y que, según la frase de De Maistre, sobrepuja en altura a los mismos Alpes, y sería capaz de detener en su corriente al Rhin, al Danubio y al Pó.
Estas son, sencillamente, realidades estadísticas. Como es también realidad estadística la contradicción de otra idea muy válida y muy comente, que Muñoz Torrero expresaba en las Cortes del 12, cuando decía que en España la cultura terminó precisamente cuando se estableció la Inquisición. Esta se hubiera terminado en el mundo entero, puesto que en igual actitud de intransigencia estaba el mundo entero. Pero, además, es una enorme mentira histórica ¿Cómo decir ésto, si la época inquisitorial coincide con la época de Cervantes y de Santa Teresa, de Lope de Vega y de Calderón de la Barca?
Esto no puede sostenerse más que sobre la base de una premisa, que ya era lugar común en su época, de que la inteligencia no puede medrar más que en las épocas de absoluta libertad y no puede nunca vivir al amparo de los regímenes de autoridad. Esto la Historia lo tiene ya más que emplean los payadores, para su diversión, ese juego en que uno le hace una pregunta al otro y el otro ha de improvisar la respuesta, y en la que uno de ellos, a lo mejor, le propone al otro una pregunta de tal altura como aquella que dice:
Dígame compañerito, que le voy a preguntar: ¿cómo pariendo la Virgen, doncella pudo quedar?
Y el otro, tras un rasgueo de guitarra -que es el tiempo permitido para la improvisación-, poniendo en tensión toda la enorme familiaridad atávica que le dieron aquellos abuelos, con las más altas disciplinas y sutilezas del espíritu, lanza al aire aquellos cuatro renglones de maravilla:
Tire una piedra en el agua, ha de abrir y ha de cerrar. Así, pariendo la Virgen, doncella pudo quedar.
Hermanos de América: Tened toda la tolerancia y todala libertad que nuestra época quiere, que todos llevamos en el espíritu; pero sed serenos ante la Historia, y no maldigáis nunca aquella intransigencia histórica española que, al mismo tiempo que os preservaba de las frialdades puritanas y de la oscuridad de las brujerías y de las supersticiones, plantaba en vuestra tierra la semilla de estas flores de maravilla y de luz.
No hay tiempo, más que en esquema, de tratar otro de los puntos concretos donde se señalaba la realización de esa intolerancia. Nada más que en esquema: la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos. Año 1492. El mismo año de la toma de Granada. Medida de guerra también, para esa limpieza de unidad mental que se consideraba, por esa relación de premisa y consecuencia, base de la unidad nacional.
Ante todo, no se proyecte sobre eso ningún prejuicio actual. Yo soy un hombre de pensamiento, y en el pensamiento tengo puesta toda mi honradez. No puedo dejar que se confunda aquella actitud española con otras actitudes actuales o modernas.
España tenía, como base obsesionante de su pensamiento, la unidad mental de la fe. La Alemania moderna, en su actitud frente a los judíos tiene, por las razones que sea, una preocupación de limpieza de raza. No tiene nada que ver un asunto con otro. No tiene nada que ver, desde el momento en que España, después de esa pragmática, los judíos conversos llegaban a ser hasta arzobispos, como lo fue eí Obispo de Avila, Alfonso Madrigal, llamado "el Tostado", y el Obispo Cartagena, todos de sangre judía.
¡No tiene nada que ver! Lo que España expulsaba era una actitud contraria a su unidad mental y política, que empezaba desde aquellos que habían conspirado con Hilderico y los narbonenses contra el Rey Vamba, que después se habían sublevado contra Egica; que después habían sido cabeza de puente para el paso de Don Julián y del Obispo Don Opas; que después en Córdoba tomaron al martirio a San Eulogio y San Alvaro, que después en la sinagoga de Zaragoza habían preparado la matanza del Obispo San Pedro de Arbués, que después habían crucificado al niño de la Guardia; y que, por lo tanto, se consideraban subvertidores del orden social y político. Y si se tomaba la represión desde más adelante, desde su total premisa mental, era -repito- porque entonces no había actitud física que se consideraba desligada de una premisa mental Y España lo que hacía era aplicar a los principios y a las causas, a tiempo, la terapéutica que luego, tardíamente, otros países están aplicando a los hechos y a las consecuencias.

Unidad en lo necesario: esa es la explicación de la actitud de intransigencia española. Y después, al lado de esto: libertad en lo dudoso.

España hizo suya la posición mental católica, que es, por esencia, de asimilación y de universalidad. En abstracto, esta posición es nuclear –

Digámoslo así-, sustancial con la posición católica. Ya lo expliqué en alguna conferencia anterior.
España toma esa posición mental. Y, por lo tanto, aquí ya para nada tenemos que relacionarla con aquella actitud intransigente que España tiene exclusivamente para la herejía.
Fijaos bien que la herejía es -como decía Quintiliano Saldaña-, una calumnia mental, una difamación doctrinal; o sea, un dogma falso pero que se pone en circulación como dogma verdadero. Y así como una sociedad financiera tendría derecho a protestar de un balance falso que se le atribuyera, así una sociedad religiosa sale al encuentro de aquella difamación de su propio contenido doctrinal.

La universalidad española

Esto no tiene nada que ver con la actitud para el infiel, para el que está totalmente fuera de esa creencia, para el cual España reserva la infinita amplitud de las Leyes de Indias, la infinita amplitud de su Legislación Colonial y Misionera.
La palabra "bárbaro" significa para el latino -según su etimología, que viene de "ba-ba" de los sordomudos o de los niños-, "el que balbucea". Y era, por lo tanto, la denominación de los pueblos, inferiores mentalmente, que balbuceaban el latín, que era el signo supremo de toda superioridad mental. Pero luego, como Roma estaba rodeada de una serie de pueblos, inferiores en cultura, que balbuceaban el latín, por una interferencia de sentido, la palabra "bárbaro" llegó a significar, no el inferior en cultura sino al extraño en territorio. Y, por lo tanto, vino a ser sinónimo de "extranjero"; y la superioridad del latino, frente a él, no era ya una superioridad mental o intelectual sino una superioridad territorial o racista.
Pues bien; los demás pueblos europeos tomaron en sus lenguajes ese segundo sentido del bárbaro. Y el bárbaro, para ellos, ha seguido siendo "el extranjero"; y "la barbarie" ha seguido siendo el pretexto para la explotación del indio, para el nacionalismo agresivo, para la persecución racista, para Versalles, para Polonia, para todos los acontecimientos agrios y bélicos del mundo.
Pero España conservaba el sentido puro y latino del bárbaro; y para ella, el bárbaro no era territorialmente el extranjero, sino que era intelectualmente "el que balbucea": el que balbucea con la lengua o con la mente las grandes verdades fundamentales de nuestra civilización, de la que ella había hecho sustancia y razón de su ser. Y por eso, cuando el bárbaro se convertía y dejaba de balbucear, lo elevaba a la categoría de obispo o se casaba con la india para obtener el mestizo. Por que, para ella, la barbarie no era nunca una cuestión física, de territorio, de extranjería, sino que era una cuestión espiritual, mental, de balbuceo frente a esas grandes verdades, ante las cuales, España no admitía el balbuceo sino la palabra clara, explícita, sonora como campana, de aquel símbolo de la Fe que un Obispo español redactara en el Concilio de Nicea. "En lo necesario, la unidad; en lo dudoso, la libertad... Y en todo, la caridad". ¡Amor, tolerancia y cortesía de forma, de nuestra España del Siglo de Oro! ¡Humanidad de aquellos grandes hombres de la intransigencia mental!
No hay tiempo ya de demostrarlo ni de entrar en detalles. Una estampa nada más: Aquel hosco y enigmático Felipe II que estaba allá, en su mesilla de trabajo, dictando a su secretario Santollo una carta de muchos pliegos de longitud para los gobernadores de Flandes. Y son las tres de la madrugada y ya le lleva tres horas dictando con aquella paciencia de burócrata minucioso que Felipe II tenía, y cuando ya terminada la lee y firma, dice; "-¡Exacto! Ahora el polvillo con la salvadera": el polvillo aquel, que se echaba para secar la tinta. Santollo., mareado de toda aquella noche de trabajo, toma con la mano ya indecisa, equivocadamente, el tintero, y, en lugar del polvillo, arroja la tinta sobre el pliego. Y Felipe II, sin inmutársele la cara, -lo mismo que cuando recibió la noticia de Lepanto o la noticia de la derrota de "La Invencible"-, le dice pacíficamente: "-Advertiréis, Santollo, que ése es el tintero y aquella la salvadera". Y comienza a dictarla carta, otra vez, a su secretario, sin una palabra más.

Actitud de la caridad, de la humanidad, del amor que completa el tríptico agustiniano. Sea éste el esquema histórico de la actitud mental española. Sea éste también un punto de meditación para nosotros, que cada vez más necesitaremos un límite, una intransigencia en algo necesario, para poder ser después tolerantes dentro de ese límite y caritativos para todo. :
Sea ésta la palabra que os dejo al retirarme de vosotros, mi público familiar, mi público querido, el de las caras amigas e invariables, que han sido como la cruz, y el río, y la fuente, y el árbol de mí paseo de caminante. Sea ésta mi palabra: que al daros gracias por vuestra atención, quede en vosotros, como una realización viva de esta última conferencia, el recuerdo de que pasó por delante de vosotros un poeta que habló con toda claridad de su verdad y respetó con toda cortesía la verdad ajena, aunque quizás no siempre fuera correspondido en igual manera, no aquí dentro pero sí por allá fuera. Y que os quede, amigos míos, amigos de Buenos Aires, amigos de la Argentina, esta palabra última que os digo: Que en este momento, en que nos sentimos todos "generación de tránsito", "generación de naufragio", cuando más nos apremia a cada uno los problemas utilitarios y materiales, todavía hemos de reservarlo mejor de nosotros mismos para salvar estos valores mentales y espirituales de España, que os acabo de describir y de defender.
Y así como el nadador, en las angustias del naufragio, cuando más necesita las manos y los pies para nadar y para salvarse, todavía ha de reservar los dientes, si es preciso, para salvar en ellos el retrato querido de la madreo la flor marchita de la novia; así, en este salvamos individual y materialmente, en este momento difícil, reservemos, si es preciso, los dientes y las uñas para salvar lo más precioso de nuestro equipaje de españoles, que es: por un lado, la Cruz que dice de nuestra creencia firme, y, por otro lado, el penacho blanco que dice de nuestra hidalguía cortés y tolerante.