RECUERDOS DE UN MORIBUNDO

 

                                                                        MÓNICA ESPARZA PATIÑO

                                       “A mi amado Carlos, quien me hizo ver la luz al final del túnel".

 

                                                                                 CAPÍTULO I

EL PACIENTE DE LA CAMA DIEZ

 

Si no estuviera aquí, en este cuarto oscuro, postrado en una cama sin poderme mover, estaría seguramente viviendo la vida al máximo, disfrutando cada segundo del día, cada instante junto a mi familia, seguramente viajando por todo el mundo, creyéndome un ser eterno, el que jamás conocerá la muerte.

 

Nunca lo imaginé de esta forma, cuanta angustia en mi débil corazón, cuanto dolor recorre mis cansados huesos, el frío me está consumiendo y lo peor de todo es que no puedo gritar. Oh!, cuánto añoro poder gritar a voz en cuello, quiero poder ser oído por última vez, hay tantas cosas que quiero decir, tantos asuntos inconclusos, pero lo que más me duele, es no poder saber qué fue de ti.

 

Amanece, es un nuevo día, el común de la gente se prepara para ir a trabajar, algunos celebran un aniversario más o un cumpleaños, otros celebramos un día más de vida, un suspiro profundo.

 

No sé si es lunes o quizás domingo, lo que se es que es un nuevo día. Sin embargo, para mí todos los días son iguales, pues me siento todo el tiempo en un largo y oscuro túnel a la espera del más allá, de que vengan a recogerme.

 

Y ante esta angustia interminable es que entonces me pregunto: ¿dónde está Dios padre?, ¿por qué es que algunos tenemos que sufrir tanto antes de partir?, ¿por qué mejor no solo cerramos los ojos cualquier día y nos quedamos dormidos para siempre?

 

Ahora viene a mí, ese aprendiz de medicina llamado doctor. A pesar de los tubos en la nariz pudo percibir su asqueroso perfume de burdel, el cual me recuerda a mi juventud desenfrenada, cuando las mujeres eran para mí todas iguales, objetos de placer.

 

Y pasé muchos años pensando así, valorando únicamente como mujer a mi buena madre hasta que te conocí y todo en mi vida cambió.

 

Pero mejor no te recuerdo, si es lo mejor que puedo hacer. Mi corazón no va a poder soportar vivir nuevamente esos momentos, tan felices y tan terribles que vivimos juntos.

 

Tengo sed, es que acaso los doctores no son seres humanos Y estas enfermeras de cuarta, se la pasan chismeando todo el santo día y no saben de las necesidades vitales de los enfermos terminales.

 

Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer para que me atiendan?, ¿pararme de cabeza?

 

Es inútil, de nada sirve que me desespere, esto debe ser como un castigo divino que estoy viviendo en carne propia. Es cierto eso que dicen que en la tierra vivimos el cielo pero también el infierno. De repente ya he muerto y estoy en el infierno, pasando sed y soledad, si eso debe ser.

 

Si tan solo alguien se compadeciera de mí, si me hiciese compañía, si estrecharan mi mano con cariño. Si es tan fácil amar a alguien, ¿por qué nos es tan difícil amar a los desconocidos?

 

Lo que yo necesito es una mano amiga, que me de fortalezas para seguir esperando y que me calme mi sed de angustia, pues el agua que yo necesito es de fe.

 

Necesito creer, creer en una vida después de la muerte, en que esta vida no fue en vano sino fue una etapa de tránsito más rumbo a la eternidad.

 

Pero estoy lamentablemente solo, en mi alma solo tengo soledad. Si tan solo pudiese aferrarme a algo o a alguien, pero no tengo nada, soy un ser inerte, desnudo y vegetal, que solo inspira pena y dolor de la gente que me rodea, de desconocidos.

 

Mi nombre, eso ya no importa en estos momentos, para qué sirve un nombre sino para distinguirnos del resto, para darnos una identidad falsa, pues todos los enfermos terminales somos simplemente enfermos y nada más. Aquí todos somos nadie, digamos que soy el paciente de la cama diez.

 

Todo el tiempo escucho esa música triste que viene del corredor, lo peor de todo es que puedo oír todo. Oigo los lamentos del paciente de la cama dos, pobre viejo, ojalá y lo recojan pronto, por su bien y el de todos los aquí reunidos, que ya estamos hartos de ver día tras día como el sacerdote le da los santos olios, así como ver a su mujer rezándole el padre nuestro a los pies de su cama. En verdad no entiendo ¿cómo es que hasta ahora no pierde la fe la pobre?

 

Anoche tuve un sueño, menos mal que todavía puedo soñar. Soñé que era un niño y estaba en mi cama recostado, mi madre me arropaba y me secaba mi frente con agua fría, yo tenía mucha fiebre, pero el tener a mi madre trasnochándose a mi lado me daba fuerzas para recuperarme y seguridad para poder dormir.

 

Oh! Madre, lo que daría por estar contigo en estos momentos, que no daría por estrechar tu mano un solo instante, poder escuchar tu dulce voz, eso haría este transitar algo más tranquilo.

 

Ojalá y tu rostro madre mía sea el que me reciba en las puertas del más allá. Porque si existen los ángeles tu debes de ser uno sin lugar a dudas, pues no hubo mujer más buena que tu sobre la faz de la tierra.

 

Contigo yo solo viví momentos felices, crecí en una burbuja llena de alegrías y te estoy muy agradecido por ello. Pero dime madre, dónde quiera que estés, ¿por qué no me enseñaste qué era el sufrimiento?, creo que fue una lección que te olvidaste de darme y por la cual pagué caro.

 

Pero bueno, los padres no somos perfectos, creo que nunca lo seremos, queremos que nuestros hijos no cometan nuestros mismos errores y no los dejamos equivocarse por ellos mismos. Creemos que son nuestra prolongación de vida, cuando ellos tienen una vida propia y es ahora que estoy donde estoy que me doy cuenta de ello.

 

Voy a descansar un rato para recobrar mis fuerzas, de repente esto no es más que un sueño o mejor dicho una pesadilla de nunca acabar.

 

Ya es tarde, lo se por las caras de las enfermeras, deben ser las seis pues la enfermera gorda no deja de mirar su reloj, seguro ya se acerca la hora de su salida, debe estar más que apurada para llegar a su casa, seguramente tendrá hijos a quienes les preparará una suculenta cena.

 

¡Que ironías de la vida!, yo, el paciente de la cama diez, dueño de una cadena internacional de restaurantes sin probar un solo bocado, lo que daría por saborear aunque sea un pedazo de pan recién horneado.

 

Pero ya basta de deseos, mejor imaginaré que este suero es el más exquisito vino tinto, si eso me hace sentir mejor. Ya me siento ebrio: salud por las mujeres aunque mal paguen. Por lo menos no he perdido el sentido del humor.

 

Me acuerdo como te hacía reír, te reías de mis ocurrencias, de mis tonterías, todo el día sonreías, incluso la primera vez que te dije palabras de amor soltaste una carcajada, me sentí un payaso en medio del parque, ese parque que fue testigo del inicio de nuestra historia, una historia escrita en sangre.

 

Si hay algo de lo que estoy seguro, es que conocí el amor el día en que te conocí. Recuerdo la expresión de tu rostro aquel día, tu sonrisa, tus ganas locas de vivir. Eras una mujer muy hermosa, pero en el fondo siempre fuiste una niña.

 

Como olvidar tus hermosos ojos azules, más azules que el mar, más profundos que un abismo. Dicen que los ojos son el reflejo del alma, yo no lo creo.

 

Eras tan bella mi amor, si tan solo hubieses sido tan buena como lo eras de bella, tu hermosura no tenía comparación.

 

Tu nombre lo llevo gravado en mis venas y en mi pobre corazón, Sara, mi dulce y amarga Sara, cuan dulce y cuan salada. Eras un híbrido perfecto entre el bien y el mal, fría como la nieve y caliente como el sol. Creo que al final de todo tu indiferencia fue lo que me mató, pues yo morí aquel día en que te dejé partir para siempre de mi vida y de mi corazón.

 

Una mujer como ella deben haber varias en este mundo ante los ojos de los demás. Mujeres inmaculadas, amables, decentes, de su casa, un ejemplo de esposas y de madres abnegadas.

 

Concibo el cinismo en los hombres que por naturaleza solemos mentir pero lo que hasta la fecha no comprendo es como una mujer que aparenta todo el tiempo ser feliz con su esposo, puede sonreír todo el tiempo en una traición.

 

Todavía recuerdo aquel espantoso día que me dijiste que ya no me amabas, y lo peor de todo, que el hijo que llevabas en tu vientre no era mío. Sentí que el mundo en que vivía se me venía abajo, que todo el amor que sentía se enfriaba en un instante como una avalancha de nieve que se lleva todo lo que hay a su paso. Pues mi mujer, mi amada esposa, mi mejor amiga me había traicionado de la forma más cruel.

 

Decidí salir pronto de aquella casa que ya no la sentía mía, pues temía cometer una locura si permanecía un minuto más a su lado.

 

Ni siquiera me despedí de nuestros hijos, pues mi cerebro se inundaba por las dudas de si en realidad eran míos. Fue entonces que lo dejé todo, mi familia que ya no me pertenecía, mi hogar, mis bienes, mis exitosas empresas y viajé como un nómade sin rumbo y sin un destino.

 

Fue por medio de unos amigos que tengo en París que me enteré que te volviste a casar, que mis hijos le dicen papá a tu amante y  que se te nota muy feliz con tu nueva familia.

 

Lo que nunca voy a entender es ¿por qué no fuiste sincera conmigo desde un principio?, ¿por qué fingías que éramos felices cuando en realidad era a otro a quien tú amabas?

 

Creo que nunca lo voy a entender pero eso ahora ya no importa, lo único que se es que perdí a mi familia un día soleado y desde aquel día vivo en la completa oscuridad.

 

Mi refugio fue el alcohol y el sexo. Me volví un perro sin dueño. Perdí el respeto por mi mismo y la dignidad. Ya no me importaba acostarme con mujeres solteras o casadas, para mi todas volvieron a ser lo mismo que eran antes que Sara.

 

Viví lo que me quedaba de mi juventud metido en burdeles de mala muerte, durmiendo en las calles. Pasé frío y hambre como jamás lo hubiese imaginado, pues mi ex esposa además de quitarme legalmente a mis hijos me quitó todos mis bienes, dejándome en banca rota.

 

No puedo concebir el por qué las leyes amparan a las madres para que se queden con los hijos, si los padres también tenemos corazón y los amamos como ellas.

 

Creo que el amor de madre es algo natural, pues ellas aman a sus hijos desde que están en sus vientres pero nosotros los hombres aprendemos a amarlos y no por ello nuestro amor debe ser minimizado, ni tampoco creo que una madre que no respeta su hogar sea el mejor ejemplo para sus hijos.

 

Pero bueno, ya me cansé de recordarte mala, porque aunque no lo creas yo sí fui feliz a tu lado, fui feliz viviendo una mentira pero al fin y al cabo fui muy feliz y en verdad te amé y ahora que estoy muriendo quiero que sepas, aunque no pueda decírtelo, que te perdono Sara de todo corazón, y que te deseo que seas completamente feliz, porque tu fuiste mi más grande ilusión, mi único amor, lo que ahora lamento es no haber podido envejecer a tu lado y haber visto a nuestros hijos crecer.

 

                                                                               CAPÍTULO II

RECUERDOS DE UN MORIBUNDO

 

Dicen que para que uno se vaya sin deberle nada a este mundo debe haber escrito un libro, sembrado un árbol y haber tenido un hijo.

 

A mí me faltó escribir un libro, pero mejor ya no me preocupo de ello, pues estando aquí inmóvil y sintiendo tanto dolor a pesar de los calmantes, jamás lo podría escribir. Siento como si me hubiera caído de un tercer piso. El olor a sangre está impregnado en todo mi cuerpo y en mi aliento.

 

Pero creo que el dolor más intenso que puede sentir un ser humano es producto de la muerte y de la traición.

 

Cuando murió mi madre yo era todavía un niño, me acuerdo de aquel día como si fuera ayer, me estrecho de mi mano y me dijo: “Mí vida, gracias por ser mi tesoro más preciado, mi hombrecito de la casa. Por favor, cuídate mucho de la gente, no confíes en nadie solo en tu corazón”.

 

Esas fueron sus últimas palabras, palabras que están grabadas en mi pobre corazón. Fue la primera vez que sentí que se me partía el corazón en mil pedazos.

 

La segunda vez fue cuando Sara me dijo que no me amaba. En verdad, nunca pensé que se podía uno volver a sentirse así, como un muerto en vida con solo escuchar palabras, palabras que matan.

 

Es por ello que estando aquí, a puertas del más allá, cualquier dolor físico que pueda sentir no se compara en nada con el dolor de un alma hecha pedazos.

 

Oh! madre, donde quiera que te encuentres, te pido que me protejas como siempre lo hiciste en mi niñez, pues me haces mucha falta.

 

Y a ti mi amor te pido que me recuerdes, que no olvides el amor que sentíamos los dos, los imborrables momentos felices, te pido también que cuides de nuestros hijos y que siempre recen por mi descarriada alma.

 

Esos han sido hasta la fecha los momentos de mi vida en donde he sentido más dolor, donde las fuerzas se me acabaron, las lágrimas se me secaron y perdí las ganas de vivir y ser feliz.

 

Ahora que no me queda nada que me encuentro tan solo, después que lo tuve todo, solo entre cuatro paredes viviendo de mis recuerdos, debo de resignarme ante mi destino fatal, mi soledad.

 

Creo que una persona aunque esté rodeada de gente todo el tiempo puede sentirse solo, pues la soledad es un estado del alma.

 

A veces es bueno pasar un tiempo a solas para meditar y reflexionar sobre algunas cosas, pero sentirte solo todo el tiempo puede hacerte perder la razón.

 

En estos momentos que estoy todo el día rodeado de doctores, enfermeras y enfermeros, en un país extranjero, lejos de mi familia, de mi hogar, de mis raíces, me siento completamente solo en el mundo.

 

El único alivio que tengo en mi soledad son mis recuerdos. Los recuerdos felices y tristes, pero al fin y al cabo mis recuerdos, mis tesoros.

 

Cuando mi madre murió también experimenté la completa soledad pero fue distinto pues yo sabía que en este mundo no tenía a ningún familiar cercano.

 

Pero ahora que se que tengo a mi familia, a mi esposa, a mis hijos, los hecho de menos.

 

Es muy triste terminar mis últimos días lejos de ellos, pero mejor no pensaré en eso ahora, pues la tristeza invade todo mi ser.

 

A pasado tanto tiempo y he vivido tantas cosas. Siempre quise ser un hombre bueno como mi madre me enseñó en mi niñez. No se que fue lo que hice mal en la vida para terminar así. Si tan solo supiera en qué he fallado, estaría más tranquilo en mis últimas horas antes de rendir cuentas a Dios.

 

No se qué es lo que más me afecta, el dolor en mi cuerpo o no tener la certeza de lo que vendrá.

 

Tengo miedo, se que falta poco y no me siento preparado, ya no quiero estar aquí, nada me ata a este lugar, solo hay sufrimiento y penas.

 

Quizás lo único bueno que me queda son mis recuerdos que al fin y al cabo nadie me los podrá quitar y me los llevaré a la tumba con mis pensamientos escritos en mi corazón.

 

Así que culminaré mí tiempo en este lugar recordándolos, a ver si así por lo menos, no pensaré que mi paso por este mundo fue en vano, al fin y al cabo solo son los “recuerdos de un moribundo”.

 

MI MADRE

 

Creo que el amor más puro y sincero que he sentido en mi vida fue el amor de mi buena madre, Raquel. Ella lo era todo para mi y yo para ella.

 

Yo amé mucho a mi madre, ella fue una  madre soltera abnegada que trabajaba hasta en tres turnos en un almacén para poder alimentarme y educarme. Con su cariño sincero siento que no me hizo falta el amor de un padre.

 

A pesar de que ella murió hace mucho los valores que me inculcó siguen vivos en mí. Es por eso que para mi ella está ahora a mi lado, tal vez no físicamente pero si en espíritu y es por eso también que el amor que siento por ella vive en mi corazón.

 

Si bien no pasábamos mucho tiempo juntos, pues ella trabajaba todo el día incluso los domingos y feriados, para que no falte un pan que me llevase a la boca, el tiempo que pasé a su lado fueron los mejores momentos de mi vida.

 

Yo vivencié el sacrificio de mi madre al verla llegar cansada de trabajar y empezar a hacer a altas horas de la noche los quehaceres de la casa y la cena, así como al levantarse muy temprano para tomar el auto bus y llegar puntual a su trabajo, el cual consistía en cargar cajas y acomodar ropa de última moda proveniente de Europa y Asia.

 

Yo siempre la recuerdo con una blusa blanca y un pantalón café, era su mejor ropa y sin embargo, la usaba como uniforme de trabajo.

 

Pero supe del sacrificio más grande de mi madre cuando ella murió. Me enteré por una vecina que habían sido muy amigas, que mi madre dejó todo por amor, por el amor de madre.

 

Pues ella cuando era muy joven se enamoró perdidamente de mi padre, un marino de buque, de esos que tienen un amor en cada puerto y que al arribar a tierras lejanas se quitan el anillo de matrimonio.

 

Él le ofreció una vida juntos y sin embargo la dejó sola y embarazada pues nunca más volvió a saber de él.

 

Sus padres no se lo perdonaron nunca, le dijeron que su hijo bastardo no podía nacer pues era una vergüenza para la familia, una familia de clase alta de sociedad.

 

Y fue entonces que mi madre dejó su casa grande, sus estudios de medicina, su familia y su vida acomodada para migrar a tierras lejanas y darme la vida.

 

Además de haberme inculcado valores en mi vida, me enseñó mucho incluso después de tu muerte, pues ahora entiendo que el sacrificio es dejar de lado algo por una causa noble y justa.

 

Uno de los muchos valores que me inculcó mi madre fue la honradez. Cierro los ojos y me parece que fuera ayer cuando era un niño, más o menos tendría unos siete años. Mi madre y yo éramos muy pobres, con las justas si teníamos para comer y un sitio donde dormir. Solía escuchar la sinfonía de mi estómago a la hora del recreo en el colegio pues no tenía una lonchera como los otros niños.

 

Recuerdo un día en particular, tenía mucha hambre a la hora del recreo y no pude contenerme y abrí la lonchera de un compañero al que le robé una manzana.

 

Al momento de comérmela la disfruté como si fuera la última comida de mi vida, pero una vez que me la acabé me sentí muy mal por lo que había hecho, pensé en mi madre y en los valores que me había enseñado toda mi corta vida.

 

Llegué a mi casa y se lo confesé todo a mi madre llorando por el remordimiento, sentía un nudo en la garganta que no me dejaba pasar saliva.

 

Mi madre me dijo unas palabras que quedaron grabadas para siempre en mi memoria: “es la primera vez que me siento decepcionada de ti. Mañana mismo le llevas una manzana a tu compañero y se la entregas en sus propias manos y le dices la verdad”. Mi castigo fue que tuve que confesarle a mi compañero que me había comido su manzana, pero él feliz de la vida me dijo que no me preocupara y compartió la manzana que le llevé conmigo. Fue un detalle que nunca olvidaré.

 

Mi madre también me inculcó desde pequeño el respeto hacia los demás. Me enseñó que para respetar a alguien debía de empezar por mi mismo y nunca dejar que nadie me toque de una manera que me haga sentir incómodo ni me consienta que me falten el respeto.

 

Recuerdo una anécdota en particular de la primaria. En el colegio había un profesor, le llamábamos el gorila. Medía un metro ochenta, tenía cara de malo, una cicatriz gruesa en la frente y era muy gordo.

 

Todos en el salón le teníamos miedo, pues al que se portaba mal le metía una uña gigantesca que tenía en su dedo pulgar que solía incrustarla en las orejas de los revoltosos del aula.

 

Un día, recuerdo que no había dormido en toda la noche pues mi madre estaba deprimida y en cama y yo le hice compañía. Fue por ese motivo que me quedé dormido en el salón.

 

Y a pesar de que yo siempre tuve diploma de conducta y fui muy disciplinado en el aula, este gorila no tuvo compasión, me despertó de un manazo y cuando se disponía a meterme la uña a la oreja le grité a voz en cuello: “Usted no es nadie para tocarme, quíteme la mano de encima ahora mismo”. Hasta la fecha no entiendo de dónde saqué tantas agallas siendo un niño de ocho años, pero el profesor me soltó en el acto y siguió su clase desconcertado. Fue un momento en la vida en donde me sentí un héroe ante la admiración y asombro de mis compañeros de clase.

 

Fue por esa misma época que mi madre me nombró el hombre de la casa, justo a vísperas de la Navidad. Me dijo que de ahora en adelante era responsable de mis actos al ser un niño grande y que tenía que siempre asumir las consecuencias de los mismos.

 

Un día en mis vacaciones de verano fui con mi mejor amigo Antonio al parque y como estábamos aburridos decidimos jugar a tiro el blanco utilizando como blanco a las palomas.

 

En uno de esos tiros fue que le di a una pobre paloma justo en el pecho y ella calló rápidamente al piso muerta.

 

Fue la primera vez que presencie la muerte ante mis ojos y me sentí muy culpable, no puede contener las lágrimas y lloré a mares.

 

Son pocas las veces que yo he llorado, pues mi madre me enseñó desde pequeño que los hombres no lloran y por eso me es muy difícil llorar.

 

Creo que lo hizo porque al ser ella padre y madre quería que yo me comportase como un hombre fuerte y me educó mediante opuestos a ella, es decir si las mujeres son dulces, los hombres son rudos. No te culpo madre pues eras muy joven y estabas muy sola con tamaña cruz

 

Esa noche mi madre me había preparado una rica sopa, mi plato favorito y no pude tomármela, empecé a llorar y le conté todo.

 

Ella me consoló y me dijo: “Es tu responsabilidad que esa paloma llegue al cielo, así que vas a tener que rezar todas las noches para que su alma descanse en paz”.

 

Es gracioso y puede sonar a locura pero en estos momentos siento que esa paloma por la que tantos años recé, está volando sobre mí ahora.

 

El último recuerdo que tengo de mi buena madre era su gran temor a la muerte, creo que era por dejarme solo y desamparado en el mundo. Una adivina le había leído las manos y le dijo que iba a morir muy joven.

 

Creo que ese temor fue la causa de su muerte, pues la angustia que sentía la llevó a la depresión y finalmente se murió en mis brazos.

 

Recuerdo aquellas noches en vela sentado en su cama, haciéndole compañía, contándole chistes para que sonriera.

 

Que doloroso puede ser para un niño ver a su madre todo el tiempo postrada en su cama sin ganas de vivir. Fue por esa depresión que mi madre perdió su empleo y yo tuve que asumir los gastos del hogar vendiendo limonada y fruta en el mercado.

 

Postrado en esta cama esperando a la muerte, percibo al temor como vivir inseguro todo el tiempo de lo que pueda pasar.

 

Si pudiera estar sano viviría sin temores, cada día como si fuese el último, dejaría de preocuparme por trivialidades, por el futuro y viviría el presente plenamente junto a mi familia.

 

 

SARA

Cuando trato de recordar a Sara, es extraño pero siento una mezcla de sentimientos, como si  mis recuerdos de los momentos que viví a su lado estuvieran bañados del amor que sentí en nuestro matrimonio y del odio en que se convirtió el mismo producto de su traición.

Recuerdo el inmenso placer que sentía cuando hacíamos el amor, pues con otras mujeres era algo efímero, el placer duraba solo mientras duraba el acto sexual, en cambio con Sara tan solo pensando en ella, soñando con ella, viéndole a los ojos, escuchado su dulce voz, podía sentir un placer indescriptible y prueba de ello es que le fui fiel en cuerpo y alma mientras estuve a su lado.

Es cierto eso que dicen que del amor al odio hay un solo paso.  Pero, ¿qué es el amor?

 

El amor para mi es un sentimiento confuso, no se sí es peor nunca haber amado o haber amado y luego haber odiado.

 

Creo que es un sentimiento universal, de alguna manera todos los seres humanos hemos amado a alguien en nuestras vidas: a nuestra madre, nuestro padre, hermanos, abuelos, esposos, enamorados, parejas, a Dios. Asimismo, pienso que es uno solo pero tiene distintas formas de manifestarse.

 

Si tuviera que describirlo lo asemejaría a un río caudaloso. Un río porque sus aguas son cristalinas y fuertes  que arrasan con todo.

 

Asimismo porque los ríos caudalosos son muy profundos y arrastran piedras que son los problemas que afrontan las parejas con el tiempo.

 

Pero, ¿Por qué amamos?

 

Creo que es porque necesitamos del cariño de los demás para sentirnos completos, para saber que pertenecemos a algo o a alguien en este mundo.

 

Creo finalmente que el amor es una suerte de bendición que no debemos de dejar pasar, porque cuando uno es afortunado de conocer a su verdadero amor, a su alma gemela, debe siempre de cuidarla con uñas y dientes, pues si bien es un sentimiento muy grande es también muy frágil, tan frágil como una flor, por lo que debemos siempre de cuidarlo, regarlo, alimentarlo y protegerlo con el correr del tiempo para que tenga raíces fuertes y crezca siempre con los años.

 

Y cómo describiría al odio. Creo que como un cigarro, pues se enciende en un principio y se va destruyendo poco a poco hasta convertirse en cenizas.

 

Igual pasa con las personas que odian, al principio el odio los enciende y lo viven con mucha energía, cobrando muchas veces el sentido de sus vidas, pero finalmente termina consumiéndote al punto que al final de todo olvidas por qué empezaste a odiar.

 

El odio es la otra cara del amor, pues nos convierte en seres desdichados, tristes y pesimistas. La vida se vuelve un completo infierno, un túnel largo y oscuro que nos puede llevar a la locura, a la enfermedad y finalmente a la muerte.

 

Yo odié a Sara cuando me confesó su infidelidad,. Recuerdo que por un momento pensé en quitarme la vida, pues esta ya no tenía ningún sentido.

 

Pero pronto me di cuenta que nosotros no somos dueños de nuestras vidas sino de nuestros destinos y el mío era sufrir, sufrir por mis errores y por los de ella.

 

Ahora que lo pienso con detenimiento creo que uno debe ser leal consigo mismo para poder serlo con los demás, leal con tu corazón.

 

Y si en algún momento sientes que el amor murió lo mejor es dar un paso al costado y no salir por la puerta falsa, pues así se daña a las personas que significaron algo en tu vida y que ante todo merecen siempre saber la verdad.

 

Yo nunca pensé que podía convertirse un sentimiento tan hermoso como el amor en algo horrible y despreciable. La odié por dejarme ir de su vida, por apagar la llama de amor que encendió en mí, por dejarme solo en la completa oscuridad y por alejarme de mis amados hijos.

 

 

Sin embargo, a pesar de todo la sigo amando. Tal vez se sintió sola en la inmensa mansión con los chicos, yo en ese entonces trabajaba mucho para no perder mi fortuna, el absurdo dinero.

 

Parecía que era lo único que me importaba lucrar y seguir lucrando. Había perdido el sentido de la vida y el dinero se había convertido para mí en una suerte de Dios, dejando por meses a mi esposa y a mis hijos para no perder un solo contrato de negocios de mi cadena de restaurantes.

 

Ahora comprendo que fui muy culpable de su traición pues yo la abandoné antes de que ella me abandone a mí.

 

Fui deshonesto conmigo mismo al echarle la culpa a Sara de nuestro fracaso matrimonial, pues yo también fracasé como esposo al no llenar sus expectativas y su corazón.

 

Que ciego que estuve por tantos años y mi pobre Sara fue quien salió lastimada. No justifico su traición pero ahora la entiendo y comprendo a la vez muchas cosas.

 

Cuando me decía que no viaje, que se sentía muy sola, que deje de trabajar y nos tomemos una segunda luna de miel y yo como un necio le decía siempre lo mismo: “más adelante mi amor, te lo prometo, ahora estoy en el mejor momento en los negocios, ahora no puedo”.

 

Ahora, daría todo por tener otra oportunidad, por regresar en el tiempo y enmendar las cosas, ya no cometería los mismos errores, trataría de pasar más tiempo con Sara, hacer actividades juntos, viajar por el mundo, sería muy romántico como en mi juventud, cocinaría para ella, conversaría con ella muy seguido sobre cualquier cosa, con tal de estar junto a ella. Lastima que ya no sea posible pues me estoy muriendo.

   

MIS HIJOS

 

En este mundo tengo dos hijos muy hermosos. Luis y Alejandro. Fui muy feliz el día en que nacieron y los cargué por primera vez. Creo que la felicidad y la tristeza son sentimientos encontrados y complementarios, pues uno puede llorar de felicidad.

 

Amo la forma de ser de Luis, siempre tan gentil y humano, solidario como no hay otro con la gente pobre y mi Alejandro, un rebelde sin causa, creo que es muy parecido a mí, a mi lado oculto que nunca salió a la luz. Con él era con quien más discutía pero no por ello lo amaba menos que a Luis, pues el amor que un padre siente por sus hijos es el mismo, y siempre los amaré.

 

Recuerdo una anécdota en particular con Alejandro que me hizo recordar mucho a mi lado soberbio de mi juventud. Cuando él tenía diez años era el primer puesto del salón en uno de los mejores sino el mejor colegio del país.

 

Se estaba realizando en aquella época una feria de ciencias donde competían colegios particulares y estatales a nivel nacional y mi hijo representaba a su colegio con su proyecto de un volcán en erupción.

 

El día de la exhibición de proyectos, Alejandro tuvo fiebre y Sara no lo dejó asistir a la feria.

 

Él se sintió muy triste y molesto. Cuando llegué a la casa como de costumbre bien tarde, él me estaba esperando despierto para darme las quejas. Recuerdo que me dijo muy triste y molesto que seguramente él hubiese ganado el premio al mejor proyecto puesto que ya había ganado el primer lugar en su colegio que era el mejor del país y que por tanto no tenía competencia.

 

Yo le hablé muy seriamente y le dije que se le habían subido los humos y que me daba mucha pena por ello, pues no debía menospreciar a los otros niños por venir de colegios no tan exclusivos como el suyo pero no por ello malos colegios. Y que esperaba que de ahora en adelante sea más humilde pues sin la humildad en su corazón, nunca iba a poder crecer como persona y superarse continuamente.

 

Desde aquel día su actitud cambió para bien y no volví a ver un rastro de soberbia en su persona.

 

A mi hijo Luis lo recuerdo como la persona más solidaria que he conocido en este mundo, pues se pasaba todos los fines de semana en distritos pobres cercanos junto a sus amigos, dando clases de catequesis y entregando leche y pan a los niños pobres.

 

Creo que la solidaridad no es solo dar dinero y alimentos a la gente pobre sino, sobre todo, compartir tu vida y tu tiempo con ellos y eso es precisamente lo que mi hijo menor hacía.

 

Yo viví por mucho tiempo pensando que era solidario hasta ahora, pues siempre daba fuertes sumas de dinero de mis empresas como donaciones a

la Iglesia. Sin embargo, el fin de ello no era salvar vidas ni tampoco mi alma, sino evadir impuestos legalmente.

 

Ahora me doy cuenta que ser solidario es dar sin esperar algo a cambio, pues cuando uno es solidario y persigue una causa noble, no solo se enriquece el espíritu sino se purifica nuestra alma.

 

Si todos los seres humanos fuéramos solidarios este planeta sería un paraíso terrenal.

 

Si pudiera regresar en el tiempo, dejaría volar a mis hijos libremente, que entiendan la vida desde sus propias vivencias, pues la sabiduría para mi se adquiere de las vivencias que uno mismo tiene no que otros te cuentan, en vista que es muy distinto que te cuenten una historia de terror a que tu mismo vivas ese terror.

 

Asimismo, los incentivaría a que salgan adelante por sus propios medios y no los consentiría tanto. Y sobre todo, les enseñaría que el dinero va y viene pero lo que en realidad importa en esta vida, es vivirla plenamente junto a los seres queridos.

 

 

MI SUERTE Y MI PERDICIÓN

Hay quienes creen que la suerte no existe sino que uno se hace su propio futuro. Yo si soy un convencido de que la suerte existe, lo que no creo es que necesariamente la suerte sea algo bueno.

 

Cierro mis ojos y aun me veo sentado en una banca en medio de un parque pensando en la forma de hacerme rico. Me veo como un joven con ambiciones viendo la forma de forjarme un prominente futuro.

 

Ese pensamiento me atormentaba día y noche. Yo sabía que en algún momento de mi vida iba a nadar en dinero lo que no sabía era cuándo ni cómo, pero nunca imaginé como terminaría.

 

Y fue entonces que vi la luz al final del túnel, invertí todo lo que tenía en apuestas de carrera de caballos. No podía creer tanta suerte, llegué a tener tanto dinero que con ello abrí mi propia cadena de restaurantes.

 

A partir de ello me hice muy popular, me llené de amigos y me rodié de gente muy importante en la sociedad, una sociedad de apariencias.

 

Y es ahora que estoy muriendo que me doy cuenta que los que se me acercaron nunca fueron mis amigos, que lo único que querían de mi era mi dinero, que invierta en sus sucios negocios para su propio bienestar.

 

Uno no se da cuenta de ello y pierde lo más importante en la vida, a las personas que en verdad te aman, que te quieren por quién eres y no por lo que puedes ofrecer.

 

Pues fue por la suerte en las apuestas de carreras de caballos que yo inicié mi fortuna, gracias a mi buena racha. Pero ahora que veo las cosas con más calma logro entender que la suerte no te da la felicidad, ni el dinero tampoco.

 

Si yo no hubiese tenido la suerte en las apuestas, de repente estaría trabajando en un lugar no tan cómodo pero que me permitiría pasar más tiempo con mi familia, con mi mujer y mis hijos.

 

Quizás, no estaría donde me encuentro, sino cómodamente en una casa pequeña rodeado de mucho amor.

 

Entonces, sí creo en la suerte, pero no logro comprender su significado, creo que la suerte es al fin de cuentas un misterio. Para algunos ganarse la lotería es tener mucha suerte, para mi no lo es, porque puede destruir tu vida si no sabes cómo controlar el dinero y el poder.

 

Fue por el dinero que obtuve de mi gran suerte que me convertí en un hombre muy soberbio. Me sentí el dueño del mundo, capaz de comprar lo que me plazca, ir a donde yo quiera y tratar a la gente con la punta de los pies.

 

Ahora que veo las cosas con más claridad, pienso que la soberbia es propia de los corazones vacíos, de las personas que crecen inseguras de sí mismas y que buscan tapar el sol con un dedo, haciendo sentir a los demás como seres inferiores, para que sus defectos no salgan a la luz.

 

Recuerdo un día en que uno de mis empleados se me acercó con una carta de renuncia. Me dijo que tal vez necesitaba el dinero pues tenía una familia que mantener pero ante todo tenía dignidad y no iba a consentir un día más de humillaciones. Yo no supe que decir. Me hizo ver que esas personas que trabajaban para mí eran seres humanos de carne y hueso, que tenían sentimientos y valores, y sobre todo me puso en mi sitio.

 

Si pudiera regresar en el tiempo le pediría perdón por los malos tratos y le daría las gracias por tan importante lección de vida.

 

Cuando uno tiene una gran fortuna se vuelve preso del temor a perderla algún día, por eso es que la gente rica trabaja tanto.

 

Ahora comprendo que el dinero es el principio de todos los males, porque excluye a muchos en el mundo y es de acceso de unos cuantos.

 

Para mi el dinero engloba tres cosas: seguridad, poder y perdición. Todo depende de quien lo tenga y de los fines a los cuales vaya destinado.

 

También creo que el dinero y el poder si no los sabes manejar pueden hacerte ser muy injusto, dejando un lado tus propios valores. Recuerdo un día de trabajo en que llegué muy tarde a casa, tuve una reunión con el contador quien me dijo que las cuentas del balance no cuadraban, pues faltaba dinero de la caja y no se explicaba cómo.

 

El primer y único sospechoso era un muchacho universitario, su asistente contable, quien tenía apenas un par de meses trabajando para mí.

 

Lo primero que hice fue dejarme llevar por la ira del momento y sin pedirle explicación alguna le pedí que presentara a primera hora su carta de renuncia.

 

El chico no entendía el motivo del despido, cogió sus pertenencias y se fue dejando sobre mi escritorio su carta de renuncia y una nota que decía así: “Todas las injusticias se pagan en esta vida”.

 

A los pocos días recibí una llamada del contador quien feliz de la vida me comunicó que ya cuadraban las cuentas contables y que había habido un error a la hora de hacer el balance general.

 

Me sentí un miserable pero el daño ya estaba hecho. Llamé de inmediato al asistente para que regrese a su puesto de trabajo con un mejor sueldo pero no me contestó la llamada.

 

Sus palabras fueron premonitorias pues es ahora que estoy pagando en vida esa y otras injusticias; y es ahora también que me doy cuenta de lo ciego que estuve por el dinero, por la suerte y el poder, que fueron las causas de mi perdición.

 

                                                                             CAPÍTULO III

EL FINAL

El fin viene de un principio, que puede ser el momento en que venimos a este mundo.

 

El fin último para los católicos es encontrar a Dios y al ser yo creyente tengo esa meta desde que tengo uso de razón.

 

Pero aun me siento vacío, sé que Dios está en todos lados, que es energía y amor, que está en la luz y en la oscuridad, en el día y en la noche, en el agua y en la sal, en la niñez y en la vejez, en la vida y en la muerte, en el papel y en la roca, mas no se donde hallarlo.

 

Nunca me he preocupado mucho de pensar en esas cosas. Hay gente que da su vida por su religión y yo lo respeto, pero no lo comparto, no me desviví por saber si es verdad que existe o no, siempre me preocupé por vivir mi propia vida sin importarme el resto, solo mi familia a la que al final descuidé.

 

Entonces viví siempre creyendo que todos tenemos un Dios y un Diablo, es decir un bien y un mal y es a partir de ello que debemos de comenzar por tratar de ser mejores cada día, para acercarnos más a la perfección que es Dios.

 

Sin embargo, hay personas en este mundo que se creen Dioses, pienso que porque lo tienen todo, pero en verdad no tienen nada. Están sus almas vacías y terminan sus días tan solitarios como yo, tan olvidados del mundo, viviendo solo de recuerdos.

 

Cuando era adolescente estaba pasando por un período depresivo por el recuerdo de la muerte de mi madre y fue entonces que tuve un sueño muy raro.

 

Soñé que el niño Dios venía corriendo hacia mí en un jardín muy grande y hermoso, y saltaba para que yo lo agarre y me abrazaba y besaba, yo era muy feliz a su lado. Se que fue un sueño pero a la vez fue tan real que a veces dudo que fue solo un sueño.

 

Bueno, ese sueño me ha acompañado hasta ahora como un estigma, como algo premonitorio de una cercanía inexplicable y muy especial con Dios.

 

Ahora que tengo tiempo, o mejor dicho, con las horas que me queda de vida, puedo recordar muchas cosas y a la vez analizar ese sueño.

 

Es entonces que veo como ahora todo es más claro, veo la luz al final de este túnel oscuro. El dolor físico y espiritual que atormentaban mi cuerpo y mi alma desparecen por completo, lágrimas caen sobre mis mejillas, ya no siento más rencor en mi corazón, ni tristezas.

 

Puedo entender que mi existencia en este mundo fue solo un instante en el tiempo. Recién comprendo que la vida está llena de momentos y eso es, un conjunto de momentos en donde todos llegamos de alguna forma a ser sabios.

 

Siento como si una fuerza de paz inundara todo mi ser, solo tengo como único bien todo el amor que llevo en mi corazón, el amor a mis seres queridos, a mi madre, a Sara, a mis hijos, a la vida y al mundo entero.

 

Es difícil describirlo con palabras pero finalmente logro entender que encontrar a Dios no es verlo cara a cara al pasar por el umbral de la muerte, sino es encontrarlo aquí, dentro de mí, al sentir todo su amor reflejado en mis grandes amores.

 

No se por qué la gente le tiene tanto miedo a la muerte. Ahora se que me puedo morir tranquilo.

 

FIN