Hernán Carbonel
Buenos Aires
ARGENTINA

 

EL CASO ARROYO DULCE
(y otros vestigios de sangre)

 

ARROYO DULCE COMO LOCALIDAD

Arroyo Dulce conserva las típicas cualidades de una localidad rural, netamente agropecuaria, donde sus habitantes conocen casi al detalle pelos, señales y costumbres de amigos y vecinos. Es un complejo de casas bajas, mezcladas con terrenos baldíos y construcciones añejas, que combinan la arquitectura de los últimos años del siglo XIX y el desparejo y variado desarrollo del XX con el eclecticismo y la precariedad de lo poco.

Debe su nombre a un pequeño arroyo que surca los campos linderos a la localidad. Entre el 31 de agosto y el 1º de septiembre de 1826, el General Rauch triunfó en la batalla que lleva el nombre del pueblo, recuperando cautivos y botines de los indios. El primer asentamiento en el lugar fue un paraje para diligencias y carretas que iban desde Buenos Aires hacia el Norte, donde se ofrecía alimento, descanso, armas y caballos. A su alrededor se fueron constituyendo distintos comercios y el puesto policial.

A principios del siglo XX, la familia Fernández Blanco donó más de 200 hectáreas para la construcción de la estación de ferrocarril, los caminos a Salto y Rojas y el ejido del futuro pueblo. Así comenzó a poblarse por gente que iba a trabajar en las estancias y puestos cercanos, muchos de ellos inmigrantes. Como tantas localidades del interior de la provincia, creció con la llegada del ferrocarril, que trajo su primer convoy en diciembre de 1906.

Con el paso del tiempo se edificaron la Iglesia, la Escuela, la Delegación Municipal, establecimientos ganaderos e industriales, la Capilla, la Sala de Primeros Auxilios, el Cuartel de Bomberos y el Destacamento Policial.

Una paradoja distingue al pueblo. Situada a mitad de camino entre dos ciudades, la característica telefónica (02477) es la de Pergamino, distante a unos 35 kilómetros al norte, pero pertenece al partido de Salto y es delegación de ese municipio. Más extraño aún es que una parte del pueblo corresponda al Partido de Pergamino (al norte de las vías) y la restante (de las vías hacía el sur) al Partido de Salto.

En estos últimos 35 años, el pueblo varió en lo que respecta a su estructura, aunque la población rondó siempre entre los 2000 y los 2800 habitantes. En los '70 (1) hubo una avalancha de ventas de campos. A muchos les pasó de vender las tierras, gastar el efectivo y las utilidades y terminar sin nada, trabajando de peón en los mismos campos que alguna vez les habían pertenecido.

Por entonces, el Banco de Crédito Rural empezó a funcionar como una Sociedad Anónima. José María Bustillo era el dueño del terreno donde estaba emplazada la entidad financiera, y su Presidente. El banco funcionó auspiciosamente durante un tiempo, siendo muy útil a los pobladores ya que no les era necesario llegarse hasta Salto para llevar a cabo transacciones bancarias.

La casona donde funcionaba el banco está ubicada en el Acceso a Ruta 32, esquina Avenida Antártida Argentina y Fernández Blanco. En julio y diciembre del año 1971, la entidad bancaria fue centro de dos asaltos. La pequeña localidad, acostumbrada a una vida serena y sosegada, se vio conmovida por estos robos. A pesar de que muchos habitantes lo recuerdan hoy por vivencias propias o por una eficaz tradición oral, una gran parte desconocía lo que se escondía detrás de estos asaltos.

LOS HECHOS

Julio

Mediodía templado de invierno. Dos jóvenes, bien vestidos, llegan en un Torino al Destacamento Policial de la localidad de Arroyo Dulce, ubicado sobre la calle Gowland, a menos de una cuadra de los terrenos de la estación del ferrocarril. Logran sorprender y secuestrar al oficial a cargo Bianchi y se lo llevan como rehén. Son las 13.25 cuando entran al Banco de Crédito Rural. El oficial de custodia atina a usar su arma, pero sabe que es mejor replegarse. Al grito de “esto es un asalto”, los atracadores le piden al cajero, Osvaldo Colel, que abra el tesoro.

Los desconocidos toman el dinero, encierran a empleados, clientes y personal de seguridad en el archivo y salen a la calle. En total suman diez minutos de acción. Con una pistola 45 disparan a las gomas de un Torino, un Falcon y una Fiat multicarga para evitar que los persigan. Como tomándose un tiempo dentro de la línea de vértigo, detienen el colectivo de la empresa de transporte de pasajeros El Águila, que hace el trayecto Pergamino-Salto, suben y le quitan la llave de contacto. Revisan al pasaje, no roban nada: sólo constatan que ninguno lleve armas. Suben a un auto y escapan por caminos de tierra. A unos pocos kilómetros abandonan el auto y huyen en avión.

Horas después, en el banco se realiza el arqueo de caja: la suma sustraída apenas supera el millón y medio pesos viejos, cifra muy inferior a la que se guardaba en otras oficinas del banco. Erróneamente, las primeras noticias difundidas por algunos medios de comunicación arriesgan una cantidad cercana a los 10 millones.

Un hecho entre insólito y grotesco se produce sobre el final del día: policías abocados a la tarea de seguir el rastro de los ladrones se equivocan y tirotean otro avión, en el que viaja el Comisario de San Pedro, David Tabet, sin dar en el blanco.

El detalle: diez días antes, el diario La Opinión de Pergamino, en su edición del 9 de julio y a través de versiones off the record, manejaba la posibilidad de que “podría intentarse el copamiento de una localidad de la zona, con el propósito de efectivizar un golpe tipo comando”.
Diciembre

Cuatro meses y medio después. Amanece cerca de Tacuarí, una estación de ferrocarril apenas poblada. Alguien vestido de policía le pide a Ernesto Lladós que lleve a un hombre herido hasta el pueblo. Lladós se ofrece a hacerlo y los sube a la camioneta. A los pocos metros le sale el cruce un Fairlane y le secuestran su camioneta Chevrolet. Son las 7.30 cuando ambos vehículos entran a la localidad de Arroyo Dulce.

Se dirigen al Destacamento de Policía. Llevan un winchester, una metralleta y pistolas. El que se hace pasar por herido y el que va vestido de policía entran al destacamento, sorprenden y desarman al Cabo Armando de los Santos y lo llevan hasta el auto.

Pretenden ingresar a la casa particular del oficial Bianchi. Allí comienza la balacera. La gente cree que los asaltantes ya han tomado la comisaría, pues el que va vestido de policía dispara desde la calle, cuerpo a tierra. La confusión se suma a la pólvora. Bianchi hace guarecer a su mujer y sus hijas debajo de una cama, toma la posta de la respuesta. Sabe que lo que sucede es parecido a lo de la otra vez y contesta el fuego. Uno de los asaltantes resulta herido.

Simultáneamente, una parte del grupo se dirige al Banco Rural, llevándose a De los Santos como prisionero. Entran, piden el dinero, “no como la última vez”, encierran a los empleados y escapan con el botín.

En el Ford Fairlane regresan al destacamento, donde levantan al resto de la banda. Arrojan una bomba incendiaria y sueltan una larga ráfaga de metralla. La sala de la comisaría queda cubierta de humo de pólvora; las paredes, mechadas por las balas. Huyen del pueblo con De los Santos como rehén. A unos 12 kilómetros cambian de auto: secuestran un Peugeot color blanco, propiedad de Alberto Duhau. En el interior del Fairlane – robado en Vicente López unos días antes – que dejan abandonado con el parabrisas roto, hay manchas de sangre, mapas, cigarrillos, analgésicos, anteojos oscuros, una máquina de escribir.

Más adelante, el Peugeot funde el motor y lo cambian por una Pick-up Ford F100, perteneciente al señor Casquero. En el camino cortan las líneas telefónicas para abortar todo contacto con Salto. Toman el camino de tierra que bordea el Molino Quemado, rumbo a Rojas. Bajan a los rehenes y desaparecen.

LOS TESTIGOS

Omar Vieites

Omar Vieites inspira tranquilidad y mesura. Se mueve con una parsimonia asombrosa, de esa que genera admiración en las personas impulsivas. Es nacido y criado en Arroyo Dulce. Trabaja como Tesorero de la Municipalidad desde hace tres años. Es contador, de padre inmigrante, y tiene tres hijos. Los sábados y domingo suele pasarlos en su chacra, donde cría animales y hace quinta, o sale a cazar con amigos.

En 1971, Vieites renunció a su trabajo un día antes del primer robo. Ya le habían asegurado un puesto de cajero. Su madre estaba preocupada por el peligro que implicaba entrar a trabajar en el banco. Al segundo asalto, lo presenció ya con un mes como empleado. Cuenta respecto de aquel diciembre:

- En el momento no se sabía quiénes eran; después se supo. Uno de ellos, Failache, era el jefe de la banda, y también estaba Viera, que era de Salto y había vivido en Arroyo Dulce, en una estancia, cuidando caballos. Failache iba vestido de policía, y nosotros creímos que era alguien que venía a controlar la guardia. Cuando llegó al mostrador del banco sacó una metralleta y un revólver y dijo “esto es un asalto”. Se llevaron todo el dinero de la caja chica. Enseguida empezó a caer el periodismo de Buenos Aires: Canal 13, Canal 9. Me acuerdo que vinieron ese hombre que después se suicidó, Daniel Mendoza, y también César Masetti.

En referencia a la cita en el libro La Voluntad, Omar comenta:

- Se sabía que los que robaron eran de una agrupación, pero nada más. En esa época era muy común que asaltaran los bancos.

Hace una pausa, entre facturas, chequeras y calculadora, y agrega:

- Tendrías que verlo a Don Marzano. Él sabe mucho de la historia del pueblo.
Aureliano Marzano

Tarde de invierno en Arroyo Dulce. Un señor de unos setenta años bajo el tibio sol de invierno, con su radio portátil, apoyado en el monumento de la plazoleta. Camina una media cuadra, se acerca, saluda e invita a pasar. El interior del comercio es una mezcla de librería, kiosco y peluquería.

Enseguida saca carpetas, un libro, nombra a media docena de personas. En medio de la charla, aparece un chico de unos 11 años para que le corte el pelo.

- Él es cliente mío desde chiquito, ¿no es cierto?

El chico asiente apenas con la cabeza, para que le hombre pueda hacer. Después de un rato se va contento, humilde con su corte nuevo.

Aureliano Marzano tiene 76 años. Además de quiosquero y peluquero es historiador y poeta, integrante de las comisiones de la Biblioteca, la Cooperativa, uno de los clubes del pueblo y otras instituciones. Tiene un archivo impecablemente ordenado sobre la historia de Arroyo Dulce: álbumes de fotos, libros, carpetas repletas de recortes de diarios con el anecdotario local. Vive en la misma cuadra del destacamento policial, y fue uno de los principales testigos del tiroteo de julio.

- Yo estaba durmiendo. Sentí los tiros y me levanté. Vi una camioneta estacionada frente a la comisaría y un tipo disparando. La agujerearon toda, a la comisaría. Lo mío fue un poco inconsciente. Salí a la calle, crucé a la otra vereda y me senté en una ventana a ver cómo se tiroteaban. Me podrían haber matado. Era invierno, y se llevaron muy poca plata. Por eso volvieron unos meses después.

Ante el comentario de que el hecho figure en un libro bajo la descripción de un acto guerrillero, Aureliano agrega.

- En diciembre, sí. Se sabía que podía ser un grupo subversivo. Pero lo que menos piensa uno es que en un pueblo como este van a venir a robar un banco. El asunto era agarrar unos pesitos, pero también provocar cosas en la gente. En aquel tiempo, se decía que robaban para juntar plata y traerlo de vuelta a Perón.

Armando De los Santos

Lo bueno de las ciudades chicas es que cierta información está más cerca de lo que uno cree. Preguntar por una persona es procurarse de un cúmulo de datos y versiones superior a las que el deseo proyecta; incluso a lo que las personas requeridas están dispuestas a tolerar.

Dar con Armando De los Santos no es difícil. El hombre trabaja como seguridad privada por la noche, recorriendo un conjunto de manzanas céntricas. Recorre las calles parapetado detrás de una gorra con visera, una bufanda, una campera de cuello alto. (2)

Además, junto a su familia, tiene un bar pool sobre la calle Vieytes.

- Espérelo un minuto –dice una mujer –. Voy a ver si terminó de cenar. Creo que se está cambiando porque en un rato ya se va a trabajar.

Un par de minutos después aparece De los Santos. Lleva puesta una camiseta blanca de algodón y pantalón de vestir y trae un suéter en la mano. Se sienta a una mesa, junto a la ventana.

Armando De los Santos se jubiló como policía el 20 de junio de 1980. Hoy trabaja como guardia particular, en la calle, de once de la noche a seis de la mañana. Durante 18 años viajó todos los días de Salto a Arroyo Dulce para cumplir con su trabajo. Incluso su hermano era también oficial asignado a esa localidad.

Para Armando, el asalto de diciembre de 1971 fue su mayor aventura como policía. Estaba en el destacamento cuando llegaron dos hombres, uno vestido de policía y el otro con la cara vendada, como si estuviera herido.

- Dele una mano, que tuvo un accidente frente a la feria - le dijo el primero.

Cuando De los Santos se levantó para ir a buscar al doctor Menéndez, que tenía el consultorio frente al destacamento, lo frenaron en seco y le dijeron que eso era un asalto. Y él, el rehén.

Armando atinó a pensar: “¡¿Otra vez lo mismo?!”. Le había tocado vivir algo parecido en el mes de julio, estando asignado a la seguridad del banco.

En ese momento la banda se divide. Unos van al banco, De los Santos incluido; otros se quedan resistiendo en el destacamento. De regreso, botín en mano, se lo llevan como prenda.

- Una vez que salimos del pueblo tuvimos que cambiar de auto. El Fairlane tenía el parabrisas roto porque, antes de salir, a uno de ellos se les escapó un tiro desde adentro, sin querer; del susto, habrá sido. Así que robaron otro, un Peugeot. Agarramos por el camino de tierra a Salto. Yo iba sentado adelante, en el medio. En un momento el auto se fundió. Failache, que era el que iba vestido de policía, salió caminando y volvió en una camioneta, la de Casquero. Pasamos nosotros y las cosas a la camioneta. Failache, Caminos, Casquero y yo, atrás; el resto, adelante. Agarraron por un camino de tierra. En un momento pararon y nos dijeron que nos bajáramos y nos metiéramos en el maíz. Era cerca del Molino Quemado. Nos bajamos y nos metimos entre el maíz. Después salieron para el lado de la ruta que va a Rojas, que en esa época se estaba terminando de construir. A la camioneta la abandonaron cerca de Chacabuco. Después los agarraron en Chivilcoy.

El relato suena a película, a producción de Hollywood. La charla gira luego sobre otros temas: cómo era ir a trabajar todos los días al pueblo, las dificultades de ser policía en esa época, sus compañeros de trabajo, su relación con Bianchi.

Ante la pregunta de si sabe qué fue de la vida de los tipos que asaltaron el banco, completa:

- Creo que a Failache lo mataron en Capital o Gran Buenos Aires. O se suicidó. En esa época preferían pegarse un tiro antes de que los agarraran.
Juan Carlos Bianchi

Juan Carlos Bianchi tiene una agencia de seguridad privada en Pergamino. Después de un contacto telefónico, acepta el cuestionario que le llega por correo electrónico.

“Sr. Bianchi: Le envío el cuestionario. Le agradezco la predisposición durante la charla telefónica. Para mí es muy importante su testimonio debido a su papel en los asaltos y a que he hablado con Aureliano Marzano y Armando De los Santos, entre otras personas. Desde ya, le agradezco. Saludos de mi padre.”

La respuesta es vía fax. Tiene un lenguaje netamente castrense, como si se tratase de un informe policial. Uno es lo que escribe. O mejor todavía, escribe lo que es.

Juan Carlos Bianchi fue el oficial a cargo del destacamento durante los dos asaltos del ‘71. Había ingresado a la carrera policial a los 15 años; recorrió todas y cada una de las jerarquías y se retiró el 23 de mayo de 1989 a los 46, por decisión propia, con el grado de Comisario General. Guarda, de su estadía en Arroyo Dulce, donde estuvo casi cinco años, innumerables anécdotas. “Recuerdo a esta población y sus habitantes, a algunos los frecuento todavía, con mucho cariño y algunas añoranzas”.

En julio de 1971 fue tomado por sorpresa y llevado como rehén desde el destacamento hasta el Banco de Crédito Rural, donde, luego del asalto, los delincuentes lo encerraron en el archivo junto a clientes y empleados.

Escribe Bianchi:

“Somos sorprendidos por un grupo de delincuentes y reducidos en el destacamento por dos hombres, uno llamado Aníbal Gordon y otro de apellido Acosta, con un automóvil Torino de reciente modelo. Me trasladan hasta el Banco Rural, donde otro grupo estaba esperando. Reducen al oficial que estaba allí apostado y proceden a robar el banco, metiendo al suscripto y al personal de empleados en una pequeña oficina, y luego se dan a la fuga, pasando a levantar a los otros delincuentes que permanecían en el destacamento custodiando a mi familia y a otro integrante del personal policial. La banda - en un camino vecinal rumbo a El Crisol, distante unos 12 kilómetros de Arroyo Dulce - abandona el auto, intentando quemarlo, y huye en una avioneta con rumbo desconocido”.

Hasta ahí lo que tenía que ver con el asalto de julio. La presencia de un personaje sucio de los años de plomo como Aníbal Gordon se confirmaba. Y Bianchi los definía como “ladrones comunes”.

Respecto al asalto de diciembre cuenta que, por la mañana, un grupo fuertemente armado entró al destacamento y tomó prisionero a De los Santos, para luego intentar ingresar en su casa. Allí comenzó el tiroteo, en el que hirió a uno de los atacantes.

“Simultáneamente con el enfrentamiento que manteníamos los delincuentes y yo, tres de ellos, que eran más de seis (2), llevando a De los Santos, se van al Banco Rural de Arroyo Dulce, donde reducen al personal de empleados y se alzan con el dinero. Logrado el robo al banco vuelven al destacamento, donde seguía el tiroteo; levantan a los delincuentes que estaban allí, y llevándose al numerario policial De los Santos se dan a la fuga”.

Uno escribe lo que es.

En el cuestionario se le preguntaba si, según lo que él había podido averiguar, los asaltantes de diciembre eran ladrones comunes o tenían conexión con grupos guerrilleros, puesto que eso era lo que conjeturaban algunos diarios de la época y lo que aparecía en un libro:

“No estoy en condiciones de emitir algún juicio de valor respecto de la relación con Montoneros”.

Luego recordaba haber ido al reconocimiento de los detenidos en Chivilcoy, y especialmente “la triste sensación que me dio ver allí a Viera, a quien conocía desde que éramos muy jóvenes en Salto, ciudad de la que soy oriundo. Son cosas que pasan...”.

Y cerraba con una reflexión, un poco extraña si se quiere: “Cuánto cambió todo, aquella policía no era mejor ni peor, pero sí muy distinta...”.

LOS PROTAGONISTAS

La conexión Viera

Alejandra Viera acaba de cumplir 25 años con la música. Le gustan las peñas, el folklore, el canto de la tierra. El género que, junto a un rock en pañales, incipiente, cantó la vida argentina en los años ‘70. Por la mañana, de 9 a 12, hace un programa en una FM local: “actualidad y buena música”.

Vive en una propiedad de más de 120 años que perteneciera a su abuela, de esas llamadas casa chorizo. Tiene un hijo varón, nacido un 25 de mayo. “Un chico muy patriota”, es el chiste obvio. En la puerta que da de la galería al pasillo duermen dos perros. Sobre una estructura de metal hay un loro que, según cuenta Alejandra, canta la marcha peronista.

Entre mates dulces y tabaco muestra una foto en la que su padre aparece montado a caballo, mientras hacía el Servicio Militar en Campo de Mayo.

El tipo de la foto se llamaba Rufino Idelmo Viera. 1,90, no más de 70 kilos, pelo oscuro, ojos verdes.

Alejandra tendría 9 o 10 años cuando se produjeron los asaltos al banco de Arroyo Dulce. Ella cuenta que, por cuestiones familiares (la madre en Mar del Plata, el padre que iba y venía todo el tiempo) su crianza estuvo a cargo de la abuela paterna. Hoy, la historia de Rufino, su padre, no le pesa para nada; no carga con esa marca.

- Él estaba en Montoneros. En la JP. No me acuerdo si fue antes o después del robo que vino Cámpora a Salto. Mi papá era su guardaespaldas. Se hizo una conferencia de prensa en el primer piso del edificio de los Bomberos, y mi abuela me llevó hasta la puerta. Me acuerdo que papá estaba vestido con pantalones claritos y chaqueta con charretera y bolsillos grandes. Failache era el otro guardaespaldas.

Al poco tiempo del asalto al banco cayó un patrullero a la casa de la familia. La policía venía a avisarle a la madre de Rufino que él había caído preso en un “revuelo un poco raro”. Eso fue en el año ’71 o ’72. A él y a los otros detenidos los enjuiciaron y los llevaron a Devoto, porque eran presos políticos.

Viera estuvo preso 16 meses, hasta que llegó la Ley de Amnistía del 25 de Mayo de 1973, y así fue que regresó a Salto. Por entonces usaba bigotes, que se había tenido que dejar para ocultar las lastimaduras del labio que le había provocado la picana.

Alejandra cuenta que decía: “Me hacían preguntas por compañeros que yo no iba a vender jamás”.

- Después de eso, prometió no militar más en política. La política no era lo que él pensaba. Según él, los problemas no se solucionaban yéndose del país. Para él, la política era como jugar al fútbol: una pasión, había que defender la camiseta.

La analogía no es gratuita: Rufino Viera había jugado al fútbol en el Club Compañía General de Salto. “Era zurdo neto”.

Alejandra aprovecha la crítica al partido y habla de su participación y posterior decepción en la militancia peronista local. Como tantos de esta época, resume en una frase: “la política ya no es lo que era”. Retoma la historia de su padre.

Al volverse a Salto, Rufino empezó a trabajar vendiendo frutas que traía de San Pedro. En octubre del ‘77 una cuestión de polleras le quitó la vida. Un tal Casimiro Rodríguez, empleado del ferrocarril, se había propasado con la señora de Viera. Eran vecinos en un inquilinato, un pasillo largo con tres pequeños departamentos. Al hombre se le fue la lengua y Rufino tuvo que frenarlo con palabras. Eso creó un clima hostil. Hasta que una tarde la cuerda se tensó demasiado, y Rodríguez, quizás un poco pasado de copas, le dio una puñalada de cuchilla y once de un cuchillo vedijero. Viera murió instantemente. Rodríguez estuvo preso un tiempo y lo largaron.

Alejandra concluye:

-Cómo es la vida: estuvo metido entre tantas balas y mirá como vino a morir.

La conexión Failache (primera parte)

Anochece. La casa no tiene timbre. Ante el golpe de las manos, dos o tres perros se acercan y se dejan acariciar a través de los barrotes de la reja. Unos muchachos, sentados en el umbral de la casa vecina, comentan que la señora no está, que salió. Y señalan calle arriba. La figura se desdibuja en las sombras de la noche, a cuadra, cuadra y media.

- Disculpe... ¿usted es...?

Es.

La persona que no quiere dar nombre ni apellido ni un testimonio completo de lo que fue buena parte de su vida, es una de las que más cerca estuvo de Omar Failache durante muchos años, sobre todo aquellos en que él y otros como él luchaban con las armas por el regreso de Perón.

En medio de una calle y por la noche, bajo la lánguida luz de un farol, en un diálogo tan marginal como aquello de lo que se habla, comenta con un torrente de palabras:

- Yo estuve en tres comisiones de presos políticos. Estaba con Ortega Peña y Duhalde, con el sobrino de Jauretche (Ernesto), con Lastiri, también. Yo estuve con el General, charlando mano a mano. Estábamos Nelly Arrostito, la hermana de Norma; Abal Medina (Juan Manuel), el hermano del más conocido (Fernando, fundador de Montoneros) y otros más. Después de estar con el General, yo tuteo a todo el mundo. Para mí, primero está Dios, después Perón, y después viene el resto.

La pregunta siguiente refiere a Omar Failache.

- Omar no era un ladrón común. Le mandaba cintas grabadas a Perón cuando el viejo estaba en España. Había empezado en una fábrica de zapatillas, lo eligieron como delegado gremial porque era bueno en eso. Ahí empezó todo para él.

Sigue.

- Cuando lo agarraron a Aramburu mi casa estaba llena de armas. Yo no sabía si nos iban a venir a buscar. Después a él lo agarraron en Chivilcoy. Junto con Viera, Caminos y los hermanos Cuello. Los juzgaron en la Cámara Federal, yo fui al juicio. Fui con la madre de Viera. Salieron cuando la Ley de Amnistía. Estuvieron en Devoto. Es más, el del avión estuvo preso con él ahí. Nosotros ese día fuimos a Devoto, se decía que iban a tomar la cárcel desde adentro.

¿Qué más?

-Cuando Rubén Stella, el actor, vino a filmar la película acá (se refiere a Siempre es difícil volver a casa, basada en la novela de Antonio Dal Masetto y dirigida por Jorge Polaco, que se filmó en Salto a principios de los ‘90) me vino a ver. Él lo conocía a Omar. Quería todos los cuadernos donde él hizo sus anotaciones para hacer una película con eso. Yo le dije que no. Quemé todas las carpetas y los cuadernos, tenía miedo de que mis hijos quisieran hacer lo mismo. Yo quiero borrar el pasado. Ya no quiero volver a nada de eso. Me terminé arrepintiendo de algunas cosas, cosas no eran para nada buenas. Ahora la política es una chanchada.

Pero eso no sería todo.

La conexión Gordon

Beba Spagnuolo tiene 64 años, 9 hermanos (2 de ellos muertos) y es jubilada. Da clases de Costura en la Escuela Municipal de Bellas Artes de Colón, además de trabajar en la elaboración de vestidos de novia y para cumpleaños de 15.

- Aníbal Gordon vivía al lado de mi casa, él y su señora Nelly – suelta Beba –. Nos dividía la medianera. El dormitorio de ellos daba a mi dormitorio. Cuando se iban a Buenos Aires, yo les cuidaba la casa. Nelly me daba la llave; yo iba a ventilar, le daba de comer al perro. Tenían uno de esos tipo bulldog, muy peligroso. Yo hasta les prestaba el teléfono para que hablaran. Una vez me vino una boleta altísima; claro, él había hablado vaya a saber adónde. Me fui hasta San Isidro, donde vivía con su mujer. Tenían una casa muy paqueta. Pero no tuvieron problema, me pagaron la factura del teléfono sin protestar.

¿Y cuál era la imagen de Gordon en Colón, tratándose de una ciudad pequeña, infierno grande?

- Para los vecinos era una excelente persona; educada, bien hablada. Era un tipo que se daba a la charla. No se hablaba de sus actividades en Colón. Nadie sabía que era un delincuente. Él decía que el dinero lo hacía con un campo que tenía en Entre Ríos, y como viajaba mucho en avión, uno se imaginaba eso.

Hasta que todo cambió cuando llegaron los autos.

- Entonces, una noche aparecieron los Torino negros. Eran como diez, y la policía se quedó una semana o más a esperarlo, pero Gordon nunca apareció. Nunca más volvió a Colón. Después se supo que la casa que yo cuidaba la habían comprado con el dinero del robo al banco de Bariloche. Los dueños anteriores recuperaron la propiedad. También había alquilado el campo de Don Pedro Maranessi, que está camino a Ferré. Ahí paraba el avión; lo usaban de aguantadero. Era una madeja grande, eran él y mucha gente. Estaba en la Triple A, pero eso se supo mucho después. Él era aviador. No es que contrataban a alguien. Él mismo los manejaba.

LAS DETENCIONES

El pez Gordon

En la página web del Semanario Colón Doce aparecen al menos seis informes especiales sobre la presencia de este personaje en la ciudad.

“Las versiones son confusas”, comienza uno de ellos, con fecha 14 de junio de 2000, alegando que Aníbal Gordon y su banda habían elegido la ciudad como una posible base de operaciones y como paso a la provincia de Córdoba, lugar que frecuentaban habitualmente.

Gordon había llegado a dos propiedades. La primera, una casa ubicada en calle 54 entre 18 y 19, en el barrio 9 de Julio, que tiene como señal distintiva una palmera gigante. La transacción comercial fue llevada a cabo por una mujer, Susana Acosta, esposa de su “socio”.

El otro inmueble estaba ubicado en la calle 47 entre 12 y 13, también en la periferia de la ciudad. Dice el informe de Colón Doce: “Cabe destacar que un mes antes de ser capturado, los servicios de inteligencia habrían ubicado este lugar, y poco después una partida de federales lo esperó convencidos de que pasaría por Colón en su huida hacia Córdoba”.

En algunos diarios de la época se cita a un tal Pedro Maranesi como vendedor de una de las propiedades que adquiriera Aníbal Gordon, y que le habría sido restituida luego de la detención de éste. Según una fuente colonense que eligió permanecer anónima, Don Pedro Maranesi no era dueño de ninguna de las propiedades sino que hizo de intermediario, ya que era Martillero y Corredor Público. La fuente alienta la leyenda de que, con el dinero del robo en Bariloche, una de las cosas que hizo Gordon fue pagar la cuota correspondiente por la adquisición de esos terrenos.

Gordon recibía visitas en la ciudad, que llegaban al Aero Club en avionetas privadas, y que él mismo iba a recoger en su camioneta Ford F100 blanca. El rubro al que se dedicó en la zona fue la compra y venta de plásticos y metales. Para las tareas de clasificación de materiales contrató una cuadrilla de gente, en general jóvenes menores de 20 años. En 1971, les encargó un trabajo en Ezeiza: el desguase de un avión.

Aníbal Gordon y su banda (llamada “panqueque”), pasaron de ser ladrones de bancos a formar parte de la Triple A, pata represora del general Otto Paladino y torturadores de Automotores Orletti (un taller mecánico ubicado en el barrio de Flores de Capital Federal), centro clandestino de detención que funcionó dentro del Plan Cóndor. Además, se le adjudicaron los asesinatos de Silvio Frondizi y Rodolfo Ortega Peña. Perteneció a la SIDE, entre los años 1968 y 1984. (4)

Otro de los informes de Colón Doce indica que, junto a Paladino, Gordon formó parte de la custodia en el encuentro de Juan Perón con Ricardo Balbín en 1972.

El 24 de agosto de 1983 Aníbal Gordon y su banda secuestraron a Guillermo Patricio Kelly en la esquina de Cabildo y Republiquetas (hoy Crisólogo Larralde), en Capital Federal, y lo llevaron a una vivienda de la ciudad de Rosario. Luego de meses lo liberaron cerca de Coronel Domínguez, una pequeña localidad ubicada a unos 40 kilómetros de Rosario, debido a la repercusión pública que había tomado el caso.

Gordon fue detenido en enero de 1984 en La Serranita, un poblado en medio de las sierras, ubicado sobre la Ruta Provincial Nº 5, a 50 kilómetros de Córdoba Capital. Ambos, Kelly y Gordon, habían participado, en la década del ’50, de la Alianza Libertadora.

Por este secuestro, Aníbal Gordon fue sentenciado a una condena de 16 años. No pudo cumplirla: murió en la cárcel en 1988.

Primeras detenciones

No deja de llamar la atención que la captura de Aníbal Gordon se diera dos días antes del segundo asalto al Banco de Arroyo Dulce.

En la edición del jueves 2 de diciembre de 1971 del diario La Opinión de Pergamino, aparece una nota con un extenso título: “Fue esclarecido el copamiento del destacamento de Arroyo Dulce y asalto al banco de esa localidad”.

“Un fallido intento de asalto a una joyería céntrica de la ciudad de Buenos Aires” deja como saldo la detención de dos personas: Pedro Jesús Acosta y Aníbal Gordon. Tras “intensos interrogatorios” (un eufemismo que se repetirá en muchos informes de los diarios de la época) se comprobó “su participación en más de 50 hechos delictuosos”.

El operativo había comenzado con la detención de seis personas en la ciudad de Bariloche y otros puntos del país. Así, la policía habría logrado establecer una conexión entre los que “perpetraron el espectacular asalto en Bariloche” (de donde se llevaron 88.000.000 de pesos moneda nacional) y los que “ejecutaron el copamiento de Arroyo Dulce”, por el que no habían obtenido más que un magro botín, hallándose similitudes en el modus operandi de ambos casos; por ejemplo, la huida en avión.

La policía descubre, entonces, que con el dinero obtenido del asalto en Bariloche, habían sido adquiridos “varios establecimientos de campo y casa en la zona y ciudad de Colón”, y secuestra un arma perteneciente al personal del destacamento de Arroyo Dulce. De hecho, en el diario se refiere que el Oficial Inspector Bianchi reconoció a los dos detenidos como los autores del asalto del 19 de julio.

La nota del diario La Opinión concluye: “la policía descartó que los delincuentes pudieran pertenecer a una célula extremista, tratándose de elementos del hampa con un profuso accionar delictivo”.
Chivilcoy

9 de diciembre de 1971. Una semana después del segundo robo al Banco Rural. En un comercio de la ciudad, uno de los directivos de una caja de crédito asaltada meses atrás cree reconocer a dos de los autores. Llama a la policía. Al llegar los efectivos se inicia un tiroteo; uno de los que resiste resulta levemente herido y capturado. Se trata de Omar Américo Failache, quien según el diario El Norte del 11 de diciembre, “resultó ser de Salto”, y se lo identifica como “hijo de la Gringa o Boca de poncho” (SIC).

El otro, luego reconocido como Eleodoro Caminos, logra huir por una puerta trasera del negocio, pero a las pocas cuadras es baleado con cinco impactos y detenido milagrosamente con vida. En un acto de cinismo castrense, el oficial de policía que lo atrapa es apodado con el mote de “correcaminos”.

A partir del operativo, la policía incauta un Ford Falcon, robado en Carmen de Areco, armas y dinero. En una finca de la calle Anastasio Chávez al 40 es detenido Julio Raúl Cuello (alias Chiche), quien fuera herido en la balacera del destacamento de Arroyo Dulce, y que convivía en dicha propiedad con su joven esposa Eva Amena.

Allí se secuestran “dos pistolas calibre 22, once revólveres, una ametralladora Pam, tres granadas de mano, varias cajas de clavos Miguelitos, cajas de balas y portafolios conteniendo panfletos subversivos”. En el interior de una cubierta de neumático se encuentra, además, buena parte del dinero robado diez días atrás en Arroyo Dulce.

La Voz de Chivilcoy del 11 de diciembre presume que “el armamento y material de propaganda secuestrado en el domicilio de Luis Cuello da lugar a mayor asidero a la creencia de que se trataría de un grupo extremista con conexiones en Chivilcoy”.

Se agregan otros datos: Caminos tenía familiares en la ciudad y solía ir con frecuencia de visitas. “Comisiones de policías foráneos” visitaron la ciudad, ya que éste tenía captura recomendada. Días antes, en el camino entre Salto y Chivilcoy, habían asaltado una estación de servicio. La banda estaba gestionando la compra de algún predio rural para utilizarlo como aguantadero. Además, habrían alquilado una propiedad en Moquehuá, una pequeña localidad del partido de Chivilcoy, ubicada sobre la Ruta Provincial 30, de más o menos la misma población que Arroyo Dulce (unos 2500 habitantes).

En la edición del 15 de diciembre, La Voz de Chivilcoy informa que, dos días antes, en la localidad de Lanús, había sido encarcelado Rufino Idelmo Viera, de 33 años, “el cual secundó a Failache en numerosos hechos”, y que se hallaba temporalmente radicado en Villa Albertina.

Los periódicos citados concluyen en que Viera y Cuello son apresados después de un “intenso interrogatorio” a Failache. De hecho, uno de los testigos de la rueda de reconocimiento que diera testimonio para esta investigación confesaría que los presos “estaban todos golpeados”.

Una vez llevados a cabo los arrestos, la policía monta un operativo de seguridad inédito para una mediana ciudad como Chivilcoy: se refuerza la guardia de la seccional, se restringe el tránsito de autos y peatones en la cuadra y se crea un cerco de mutismo. Los medios de comunicación de la ciudad protestan ante este “absurdo silencio policial”.

“Todas estas medidas”, escribe el cronista del diario La Razón de Chivilcoy el viernes 10 de diciembre, “estarían relacionadas con la presunta actividad extremista de los detenidos”. Misma versión arriesga La Opinión de Pergamino el 12 de diciembre, catalogándolos como “individuos de extrema peligrosidad y participación en actividades de carácter subversivo”.

La Voz de Chivilcoy, por su parte, en la edición del 15 de diciembre, sostiene que “cobra vigencia la hipótesis de que se trataría de delincuentes comunes, y que solamente el nombrado en primer término [Omar Failache] podría haber tenido algún contacto con alguna célula extremista”, aunque algunos sumen a Caminos en esta senda.

De esta manera, para el 15 de diciembre de 1971, quienes habían llevado a cabo los dos asaltos – tanto el del 19 de julio como el del 3 de diciembre – al Banco de Crédito Rural de Arroyo Dulce, habían sido detenidos.

REVOLUCIÓN ARMADA O DELINCUENCIA COMÚN

Las conexiones

Las conexiones entre el primer y el segundo robo son, al menos, ineludibles.

Asevera esto, en primer lugar, lo dicho por uno de los autores del segundo atraco cuando pide todo el dinero, “no como la última vez”.

Luego, lo manifestado por la persona que conoció a Omar Failache: “salieron cuando la Ley de Amnistía. Estuvieron en Devoto. Es más, el del avión estuvo preso con él ahí”.

En la página web de la Red Solidaria por los Derechos Humanos se lee: “Aníbal Gordon fue un personaje impar de la represión en la Argentina. Su primera aparición ante la llamada ‘opinión pública’ fue en el año 1971, cuando tenía un oficio más noble que el que luego terminó ejerciendo como asesino a sueldo de las dictaduras triunfantes: era ladrón de bancos. Ese año, Gordon comenzó a hacerse famoso luego de robar un banco en San Carlos de Bariloche (...) Un año después lo metieron preso y lo confinaron en Devoto, pero en 1973 fue uno de los beneficiarios de la amnistía dispuesta por el gobierno de Héctor J. Cámpora”.

Uno de los informes de Colon Doce va en la misma dirección: “El 25 de mayo de 1973, fue liberado junto a parte de su banda. Estaban detenidos acusados de asaltar una financiera”.

Misma versión arriesga el diario La Opinión de Pergamino en su edición del 12 de diciembre de 1971: “por lo menos uno de los atracadores había participado en el anterior”, haciendo alusión, además, a un “perfecto conocimiento del terreno” por parte de los asaltantes.

La pregunta sigue siendo cómo circuló el dato de que la entidad financiera de Arroyo Dulce era un buen blanco; cómo los actores del segundo robo se conectaron con los del primero, y quién era ese que “había participado en el anterior”. Nunca se hizo saber en diarios de la época quién fue el nexo.

Lo que surge como extraño y paradójico de esta relación entre las dos bandas, es que Aníbal Gordon terminara siendo de la Triple A y se dedicara a perseguir y aniquilar cuadros montoneros, como los que actuaron en el segundo asalto y con los cuales llegó a tener contacto, incluso dentro de Devoto. Una paradoja más, quizás, de las tantas de la Argentina en los años ’70.

A lo que se suma otro extraño dato: cómo llegó al diario La Opinión la versión de que se intentaría “el copamiento de una localidad de la zona, con el propósito de efectivizar un golpe tipo comando”. ¿Quién – fuera ladrón común o cuadro guerrillero – en su sano juicio, adelantaría que está a punto de cometer un delito? ¿Cómo obtuvo el periodista ese dato? ¿Quién habló de más?
El dato de La Voluntad y Cristianismo y Revolución

Con relación a la fuente del Tomo 2 del libro La voluntad, hay una diferencia entre la cantidad de dinero sustraído y las fechas en que se efectuaron los asaltos. Horas después de llevado a cabo el segundo atraco, Osvaldo Juahnt, el gerente del Banco de Crédito Rural, certificó la suma sustraída: exactamente $9.796.800. Por ende, lo atribuido al robo de julio, es, quizás por mera coincidencia, casi idéntico al botín de diciembre.

En La Voluntad, al primer asalto se le atribuye un botín de $10.500.000. Según La Opinión del 20 de julio, “lograron apropiarse de 1.560.000 pesos viejos, suma ínfima si se quiere, a otra que se guardaba de mucho mayor monto y que no fue vista en el accionar”. “Las primeras noticias”, continua el recuadro de la nota, “incluso difundidas por radio y televisión, daban como sustraído una suma aproximada a los diez millones de pesos”.

Eduardo Anguita, uno de los autores del libro, en contacto vía mail, confirma la fuente: “estuve viendo el texto de La Voluntad. Como verás, esa información surge de la revista Cristianismo y Revolución. Los errores, si los hubo, nos vienen de esa fuente”.

En la sección “La justicia del pueblo”, página 26 del Número 30 de Cristianismo y revolución, Septiembre de 1971, como ítem Nº 19 de las acciones correspondientes al mes de julio, aparece lo citado textualmente en La Voluntad: “Un comando copó un puesto policial y el Banco de Crédito Rural en Arroyo Dulce, provincia de Buenos Aires. Se apoderaron de armas y $10.500.000”.

Queda claro, entonces, que la información no fue aportada por uno de los partícipes en el golpe, sino que el dato seguramente fue levantado de algún medio de comunicación que publicó aquella primera errónea versión. Para lo cual cabe pensar el siguiente camino: los medios difundieron la información errónea (creyendo que el robo era por más de 10 millones); la revista tomó esa información y reprodujo el error.

Cristianismo y Revolución fue una de las publicaciones emblemáticas de la izquierda argentina. Fue fundada y dirigida en sus primeros 22 números por Juan García Elorrio (1938-1970) discípulo de Camilo Torres (sacerdote guerrillero asesinado en la selva colombiana) y nexo entre Montoneros y el Movimiento de los sacerdotes del Tercer Mundo. La revista estuvo emparentada con la trayectoria de Montoneros, el origen católico de esta agrupación y los grupos de militancia social católica que la integraban, como los curas tercermundistas. A ella enviaban partes e informes de las acciones armadas los militantes de Montoneros, para que fueran publicados. Tras el fallecimiento de Elorrio, su compañera, Casiana Ahumada continúa con la dirección de la revista, hasta su cierre definitivo ese mismo año de 1971.

Aquel número del 30 de septiembre tenía artículos como “Si Evita viviera sería Montonera”, “Gran Acuerdo para reprimir”, “Montoneros: Las armas de la Independencia hoy están apuntadas hacia el Pueblo”, y entre sus columnistas estaban Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde.
Robo común o acción de montoneros

Muchos de los testimonios recogidos crean una disyuntiva acerca del porqué de los asaltos al Banco de Arroyo Dulce, que, al fin, es una discusión que se extendió a una parte de la lucha armada de los ‘70: si eran acciones clandestinas de grupos armados que buscaban reproducir la Revolución Cubana en Argentina o que bregaban por el regreso de Perón; o – su antítesis – el simple agite de un grupo de malhechores comunes aprovechándose de las circunstancias.

Por esta segunda opción se inclina Mónica Tobin.

Mónica es ex militante de Montoneros, participa en agrupaciones de derechos humanos y en Cascos Blancos, entre otras instituciones. Actualmente residente en Salto, su ciudad natal.

Dice Mónica:

-Para mí eran chorros comunes, que se hicieron pasar por Montoneros para quedar en libertad gracias a la Ley de Amnistía de mayo del ‘73. Se sabe que a los presos comunes los llevaban a un pabellón y a los presos políticos a otro. En eso les convenía a los tipos hacerse pasar por montoneros.

La historia cuenta que luego de la asunción de Cámpora, Juan Manuel Abal Medina (el secretario general más joven en la historia del peronismo, hermano de Fernando Abal Medina, uno de los fundadores de Montoneros) y algunos de sus pares pidieron de urgencia al nuevo Presidente que firmara el Decreto. La presión popular urgía a que esto se produjera: unos 30 mil militantes se habían llegado hasta la Cárcel de Devoto exigiendo por la libertad de los presos políticos. Los primeros en salir fueron los de dicho penal; luego, le siguieron los del resto del país: La Plata, Rawson, Resistencia...

La Voluntad, Tomo 3, página 15: “Otro problema era que tenían que ver bien a quién soltaban. Desde temprano, varios presos comunes estaban tratando de incorporarse a la lista, colándose o convenciendo a los guerrilleros presos de que ellos también habían participado en la resistencia peronista o en alguna vieja huelga. De la ventana de uno de sus pabellones colgaba un cartel esperanzado: ‘Políticos, comunes, Perón no une’”.

Continúa Mónica Tobin:

- Además, en Arroyo Dulce no hubo los típicos gritos de estos actos, ni pintadas con aerosoles ni tiradas de panfletos o llamados a los medios de comunicación para atribuirse los hechos. Eso era algo que se hacía siempre. No sé si Failache militaba, lo que sí sé es que era guardaespaldas de un sindicalista.

Otro testimonio de un ciudadano de Salto que vivió aquella época y prefiere reservar su identidad, afirma que el abogado de los actores del segundo asalto al banco de Arroyo Dulce les hizo cantar la Marcha Peronista y declararse montoneros para zafar de la condena, y que Viera no era guardaespaldas de Cámpora sino personal de seguridad del Instituto de la Vivienda de la provincia de Buenos Aires.

- Para mí, el libro de Anguita y Caparrós tiene varios errores – concluye Tobin –. Y me parece que el hecho de que el robo al banco figure como una acción guerrillera es uno de ellos.
Desde adentro

José Amorín es médico sanitarista, dramaturgo, periodista y autor de los libros Qué fue de aquellos héroes que escaparon para no morir, La ventana sin tiempo y Montoneros. La Buena Historia, entre otras obras literarias que le valieron varios premios.

Estuvo en entre los primeros militantes de Montoneros, en el grupo de Sabino Navarro. Fue responsable de la Zona Norte del GBA y luego jefe de la columna que se conoció como Far-far-west. Esta columna tenía base en Bragado, se extendía por las rutas nacionales 5 y 7, abarcaba desde Luján (Buenos Aires) hasta Santa Rosa (La Pampa). Fue detenido y torturado, para luego partir al exilio.

Sobre el caso Arroyo Dulce, Amorín opina:

“El episodio me resulta extraño: para 1971 carecíamos de cualquier tipo de estructura (armada o política) en el interior de la provincia de Buenos Aires. Recién para mediados o fines de 1972 se toma un pueblo ?se refiere a la toma de San Jerónimo Norte, provincia de Santa Fe, junio de 1972?. Y la primer columna que se forma en el interior de la provincia (aparte de las grandes ciudades como La Plata, Mar del Plata y Bahía Blanca) es la del Far-far-west, a principios de 1973. No tengo conocimiento de ningún hecho protagonizado en esa zona para 1971. Lo cierto es que, para 1971, no había un solo operativo armado que no se firmara. Me inclino a pensar que las personas que protagonizaron el asalto al Banco de Arroyo Dulce no tenían nada que ver con la militancia. Es posible que, como dice la compañera de Salto ?se refiere a Mónica Tobin?, muchos delincuentes comunes se hicieron pasar por militantes para aprovechar la amnistía del ‘73”.

Por último, Amorín argumenta que, “si en la Cárcel de Devoto ?algunos de los protagonistas de esta historia? estuvieron encerrados en los pabellones destinados a los militantes políticos, podría haberse conectado con algún pequeño grupo que estuviera integrado a Montoneros”.

LA DISYUNTIVA EN LOS LIBROS

Mujeres y dinero inflamable

En La Montonera, de Gabriela Saidón, Antonia Canizo, una de las entrevistadas, “militante premontonera (que) un año después de la elección del nombre (...) se va de la organización”, relata que luego de que algunos integrantes de la cúpula de Montoneros fueran asesinados o puestos presos, “lo que venía caminando desde el ‘66 o ‘67 quedó en el pasado. Los otros eran grupos que estaban en la resistencia, pero no tenía una relación orgánica entre sí”.

En el Tomo 4 de La Voluntad se lee: “hay algunos compañeros que se están lumpenizando. Hay tipos que se acostumbran demasiado fácil a lo peor: si necesitan un auto, van y lo levantan, saben que la guita les va a llegar de la orga, les gustan las jinetas y los fierros y el poder que les dan... Se están profesionalizando, ya ni se acuerdan como era la vida común, la de todo el mundo”.

Las palabras pertenecen a Emiliano Costa, por entonces militante montonero y novio de Vicky, la hija de Rodolfo Walsh muerta durante la Dictadura Militar. Costa utilizaba como nombre de guerra “Fernando” como homenaje al líder de Montoneros, Fernando Abal Medina, asesinado a balazos en la puerta de un bar de William Morris, en 1970, a manos de la policía, buscado por ser uno de los jefes del operativo que terminó con el fusilamiento de Aramburu en Timote, partido de Carlos Tejedor. Vicky, la hija de Rodolfo Walsh, optó por suicidarse delante del grupo de tareas militares que la tenía rodeada antes que entregarse.

Se suma al tema lo escrito por Ricardo Piglia en Plata quemada. La novela, galardonada con aquel litigioso Premio Planeta 1997, aborda, desde la ficción, un hecho real sucedido en 1965, etapa previa o formativa de la guerrilla argentina de los ‘70.

Entre las voces presentes en el relato, surge un personaje que dice que “elementos del nacionalismo peronista operaban con delincuentes comunes”; “la gente de la resistencia peronista, cansada de la militancia heroica había empezado a chorear por su lado”.

Sigue Piglia: “Los más envenenados al final se empezaron a juntar con los comunes para reventar armerías y asaltar bancos con el pretexto de juntar plata para la vuelta de Perón”. El Comisario Silva, uno de los personajes de la novela, expresa: “la hipótesis era que todos los crímenes tenían un signo político. Se acabó la delincuencia común. Los criminales ahora son ideológicos. Es la resaca que dejó el peronismo”.
Volver a casa

Antonio Dal Masetto nació en Intra, Italia, en 1938. Emigró a la Argentina en 1950 y se radicó en Salto, donde un tío paterno tenía una carnicería. Allí vivió parte de su niñez y su adolescencia; aprendió el castellano en libros que elegía al azar en la biblioteca del pueblo y gracias al fútbol, y tuvo sus primeros amigos y trabajos.

A los 17 años se mudó a Buenos Aires. Durante años trabajó como albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante, empleado público y periodista. Publicó libros de cuentos (Lacre, Reventando corbatas, Ni perros ni gatos, Gente del bajo, El padre y otras historias) y las novelas Siete de oro, Fuego a discreción, Siempre es difícil volver a casa, Oscuramente fuerte es la vida, La tierra incomparable – Premio Planeta 1994 –, Demasiado cerca desaparece, Hay unos tipos abajo – adaptación de su propio guión de la película homónima –, Bosque, y Tres genias en la magnolia.

En 1985 apareció la primera edición de Siempre es difícil volver a casa, su tercera novela. En ella, cuatro tipos (Ramiro, Dante, Jorge y Cucurucho), desahuciados de la vida, deciden asaltar el banco de una pequeña localidad de provincia llamada Bosque, justo en los días en que se celebran las fiestas patronales de la ciudad.

Todo se encamina según lo planificado: sólo dinero, nada de muertos. Pero algo falla (un policía que camina al azar al final de la calle, un neumático que revienta en la huida) y, de un momento a otro, los cuatro asaltantes pasan de victimarios a víctimas; el pueblo se convierte en una zona liberada de cacería humana. Los ladrones tratan de huir, pero los habitantes cierran cada salida, confinándolos a un círculo enfermizo y furioso. Las descripción de la cosmogonía y la idiosincrasia de un pueblo del interior de provincia están relatados en la novela de manera minuciosa, creando un ambiente apocalíptico.

Bosques va un poco más allá: es a su vez la prolongación y el cierre de Siempre es difícil... Sucede un año después en la piel de un nuevo emergente, que empieza a escarbar y exhumar unas cuantas de esas cosas que suelen oler peor cuando están ocultas. En una entrevista para este libro, el propio autor cuenta:

- La idea en general, en los dos casos, es que el gran personaje es el pueblo. Lo que se revela es exactamente lo mismo: de qué manera la irrupción de un elemento extraño desata la posibilidad de que el conjunto del pueblo se libere. Las miserias ocultas de un ser humano no solamente están en los pueblos sino en cualquier parte. Pero parece que en los pueblos chicos se ven más. Los personajes que actúan en estos lugares cumplen roles muy definidos. Todo el mundo sabe quiénes son, cómo son. La sociedad de esa ciudad le permite cumplir roles. Por lo tanto, lo que impera es una suerte de gran hipocresía donde nadie dice nada, todo está oculto, todo funciona. La violencia está ahí. Nos rodea, está en nosotros. Si hubiera algún tipo de mensaje, sería: ‘Esté más atento’. Si la miramos de frente, a los ojos, no la vamos a combatir ni a eliminar. Pero por lo menos sabremos que está. Esto ya valdría la pena.

En palabras del mismo Dal Masetto, “el meollo de la cuestión es el pueblo como representante de lo que somos: la idea de la violencia latente, que se libera apenas encuentra un estímulo que la justifique. De repente, gente pacífica y amable reacciona frente a una agresión exterior y, por lo tanto, se dan el lujo de convertirse en criminales. Es un libro que tenía en mente antes de la dictadura militar, pero creo que no lo hubiese escrito nunca en estos términos, si no hubiesen pasado los años ‘70. Y sin embargo, no hay ninguna intención de aludir a los ‘70, pero seguramente de alguna manera subjetiva asimilé algunos aspectos que me llevaron hacia esta violencia que trato de contar”.

En una entrevista para Página 12, el autor contó que el argumento de la novela se le ocurrió durante un viaje a Río de Janeiro, cuando aún no era escritor, al leer en un diario una noticia sobre un asalto al banco de un pueblo.

Según Dal Masetto, en nada se relacionan los asaltos de Arroyo Dulce con el de su novela: “Cuando escribí ese libro creo que ni estaba enterado de los bancos de Arroyo Dulce. Nada que ver con Siempre es difícil... Lo que a mí me parece con este tema del cruce, es que la gente siempre anda con muchas ganas de imaginar cosas. ¿Qué más atractivo que imaginar una relación entre uno y otro?”.

La versión fílmica de Siempre es difícil... (una adaptación libre de la novela) se rodó en Salto. Fue dirigida por Jorge Polaco, producida por Víctor Bo y estrenada en Buenos Aires el 4 de junio de 1992. En ella trabajaron Miguel Del Sel, Dady Brieva, Carolina Papaleo, Rodolfo Ranni y Rubén Stella, entre otros reconocidos actores.

El propio Rubén Stella habla sobre su experiencia en la filmación de la película en Salto, y continua con un racconto del encuentro con aquella persona que lo nombrara, tiempo atrás, en su testimonio.

“Sí. Recuerdo haber hablado con esta persona. Es un recuerdo muy borroso, pero sí. Era cerca del puente donde filmábamos (5). En medio de la filmación, uno de los asistentes me dijo: ‘¿Querés conocer a la mujer de la persona que estás representando?’. Eso me sorprendió. Fue todo muy rápido. No tuvimos una relación muy fluida. Ella me recibió desde lejos, no se acercó hasta la puerta para hablar. El recuerdo es de una persona muy marginal. Me dijo que los habían caído en Chivilcoy; que habían ido a comprar armas legales a una armería y por eso los agarraron. Eso me hizo pensar que podían ser de la orga, si bien en el ’71 Montoneros no tenía una gran estructura”.

M71

En Montoneros, el mito de sus doce fundadores, Lucas Lanusse hace una reconstrucción histórica del origen de la organización. De aquí en adelante se citan y comentan varios pasajes del libro, en relación con lo expresado por Amorín en Montoneros. La buena historia y otros datos de La Voluntad, sobre todo lo relacionado con el estado operativo en que se encontraba la agrupación entre fines de 1970 y comienzos de 1972.

Escribe Lanusse:

“El ex jefe montonero Roberto Cirilo Perdía (...) (6) sostiene que durante 1971 la organización no existió como tal, siendo en realidad una suerte de ‘federación’ conformada por pequeños grupos sin coordinación”.

“Tras los desastres ocurridos entre julio y septiembre de 1970, la tendencia a la autonomía regional se vio reforzada. Ello respondió justamente a la necesidad de hacer frente a cuestiones locales urgentes y a la imposibilidad práctica de los distintos grupos de tomar contacto entre ellos”.

En La Voluntad, unas páginas antes de la cita al caso Arroyo Dulce, se lee:

“Julio de 1971. Hacia mediados de este año, la actividad guerrillera de las organizaciones armada era sostenida. La revista Cristianismo y Revolución, que ahora dirigía la viuda de Juan Elorrio, Casiana Ahumada, daba listas mensuales de estos hechos, en una sección titulada: ‘La Justicia del Pueblo’. La lista se armaba a partir de comunicados de las organizaciones y de noticias periodísticas y solía resultar incompleta, porque muchos de los operativos nos alían en los diarios”.

José Amorín, por su parte, expresa que “para 1971, nadie tenía en el interior más que unos pocos cuadros organizados en forma precaria”.

En cuanto a números, Lanusse refiere que “entre septiembre de 1971 y marzo de 1972 Montoneros realizó un promedio de 3,5 operativos armados cada treinta días. Los pocos operativos sugieren una infraestructura precaria, lo mismo que el hecho de que no se registren acciones en lo lugares en los cuales Montoneros intentó hacer pie durante 1971”.

En agosto de ese año Montoneros había realizado su Primer Gran Congreso Nacional en la ciudad de Buenos Aires, con la consecuente formalización de las regionales hacia finales del mismo, cuando la Conducción Nacional se reunió en diciembre, un año y medio después del nacimiento de la organización

Para esa época se trataba ya “de una organización con presencia en varios puntos del país, pero que en cada lugar contaba con un puñado de militantes sin demasiada infraestructura y que a duras penas mantenían el contacto entre ellos”. Punto que no escapa de ciertas condiciones: que “a partir de mediados de 1971 las muertes y las detenciones volvieron a estar a la orden del día”.

Por lo cual Lanusse concluye que, por “la situación de Montoneros entre fines de 1970 y comienzos de 1972, se desprende que la realidad de la organización era sumamente precaria”. (7)

El autor de Montoneros, el mito de sus doce fundadores cita, además, un reportaje a algunos de los dirigentes publicado en abril de 1971 en el número 28 de la revista Cristianismo y Revolución, bajo el título “El llanto del enemigo”. Allí, uno de ellos respondía:

“No nos consideramos propietarios, entre comillas, del sello, y sostenemos que montonero es todo aquel que lucha sin cuartel por las banderas populares con todos los medios que su puesto de acción le ofrece. De esta manera, todo argentino honesto que participe de nuestra lucha, tiene derecho a llamarse montonero y cuenta con nuestro apoyo y solidaridad”.

José Amorín define la estructura de Montoneros para la época de la siguiente manera:

“En 1972, Montoneros estaba organizada en forma piramidal (...) De abajo hacia arriba, la estructura era la siguiente: 1) frente de masas, la Juventud Peronista por ejemplo, organizada por Regiones y, dentro de cada Región, por Localidades y por Barrios; todos los dirigentes de Regional y de Localidades eran cuadros de la Organización con el rango de aspirantes a combatientes o de combatientes; 2) Unidades Básicas Revolucionarias, en las cuales se integraban, siempre en un marco geográfico determinado, cuadros que estaban a cargo de grupos de militantes de los diferentes frentes: universitario, sindical o territorial; 3) Unidades Básicas de Combate, integradas por los responsables de las diferentes UBRs existentes en una zona”.

Continúa Lanusse respecto de los problemas que acarreaba el centralismo de la agrupación y sobre los modos de llevar a cabo las operaciones:

“Es una constante en los testimonios de la gente del interior la exasperación que provocaba el hecho de que Buenos Aires apareciera con decisiones tomadas, que finalmente terminaban acatándose como ‘hecho consumado’”.

“Los guerrilleros montoneros se organizaban en células de por lo menos cuatro o cinco combatientes, que a comienzos de 1971 fueron denominadas ‘Unidades Básicas de Combate’ (UBC). Cada UBC ocupaba un determinado territorio, lo cual no necesariamente implicaba que todos sus integrantes vivieran en el lugar, pero sí que –salvo contadas excepciones- realizara los operativos armados en esa jurisdicción. En los primeros meses de 1971 las UBC no eran demasiado numerosas”.

“Los operativos armados que realizaban las UBC eran planeados con extrema minuciosidad. Por lo pronto, el objetivo era ‘chequeado’ durante varias semanas. En el caso de un banco, por ejemplo, se tomaba nota del horario de apertura y cierre, cantidad de clientes promedio en diferentes horarios, sistemas de seguridad, cantidad y ubicación de los guardias, armamento que portaban, etc. También se estudiaban las posibles vías de escape y se calculaba cuánto tiempo podrían demorar las fuerzas de seguridad en arribar al objetivo una vez que hubieran sido advertidos del ataque. Recabada la información suficiente, se realizaban reuniones de planificación, procurando no dejar nada librado al azar. En el caso del asalto a un banco, se necesitaba como mínimo un vehículo y dos guerrilleros como “contención” –uno se quedaba en el auto y el otro se bajaba con un arma de potencia escondida, mirando en la dirección en que debían llegar las fuerzas de seguridad –, un segundo vehículo con chofer que esperaba frente al objetivo y no menos de tres o cuatro guerrilleros para ingresar al lugar, reducir a los guardias y llevarse el dinero. La clave de la actividad guerrillera era el factor sorpresa”.

Describe Lanusse, además, que los operativos debían darse con rapidez, bajo los principios de “concentración y dispersión” y “golpear y desaparecer”.

“Por ese motivo, en los tiempos iniciales en general se elegían blancos relativamente aislados y no demasiado ambiciosos. La idea era huir rápidamente y sumergirse nuevamente en la ‘oscuridad’ de la vida clandestina. El ejemplo típico de la aplicación de estos principios era el asalto a comisarías”. “Un grupo de siete u ocho guerrilleros atacando una comisaría (...) en un operativo que demandara unos pocos minutos, era una experiencia habitual y casi indefectiblemente exitosa”.

“El objetivo era ‘generar conciencia’ en las masas y que éstas –poco a poco– fuera reconociendo a la fuerza guerrillera como la vanguardia capaz de llevar adelante la guerra revolucionaria para la toma del poder. En definitiva, se buscaba acelerar la creación de las ‘condiciones objetivas y subjetivas’ para el triunfo revolucionario. (...) En estos casos, muchas veces los guerrilleros se llevaban además prendas de los uniformes policiales que eran utilizados para despistar en operaciones futuras”.

En oposición a la disyuntiva establecida por el asalto a Arroyo Dulce (robo común o lucha armada) aparecía otra patología de acción en la época: “También sucedía que había grupos que firmaban como ‘Montoneros’ sin estar encuadrados dentro de la organización”.

Por último:

“Durante un tiempo, las organizaciones guerrilleras realizaban operativos armados sin identificarse. Montoneros, antes de darse a conocer públicamente, no había sido la excepción. Esto se debía a que se consideraba que la agrupación –por carecer de la suficiente experiencia e infraestructura– no estaba preparada para afrontar el riesgo de identificarse. Al no firmar las acciones, se pretendía que las autoridades y la población creyeran que las mismas eran realizadas por delincuentes comunes. Durante el tiempo del anonimato, las operaciones tenían fundamentalmente dos objetivos: ir fogueando a los cuadros en el combate y proveerse de dinero, armas y otros elementos que permitieran armar una infraestructura adecuada a los planes de la guerrilla”.

CIERRE

La conexión Failache (segunda parte) (8)

Eran muchos los datos que faltaban sobre la vida de Omar Failache. ¿Dónde había nacido? ¿A qué estrato social pertenecía su familia? ¿Siguió viéndola una vez comprometido con la lucha armada? ¿A qué edad se casó, a qué edad fue padre? ¿Cómo era un día en su vida? ¿Por qué robar en un pueblo perdido de la pampa húmeda? ¿Por qué Montoneros, cómo llegó hasta ahí? ¿Tenía relación él con alguien de la cúpula de la agrupación? ¿Cómo fue el encuentro con Perón, si es que existió? Fundamental: ¿Cómo murió Omar Failache?

El segundo encuentro con la persona que compartió varios años con él se da en la puerta de la casa, un atardecer de verano. En el frente de la propiedad hay una obra en construcción; atiende un hombre, las manos sucias de material fresco. Dice “ya le aviso” y desaparece por el camino de lajas grises hacia el interior de la casa.

La persona que vivió con Omar Failache, la misma que en su momento dijo “yo no creo más en la política, pero me gusta mucho Kirchner, él piensa en los pobres” y otras cosas por el estilo, reconoce de inmediato al cronista al llegar a la puerta. Pregunta “si es por lo del robo al banco” y acota que lo leyó en el diario, que le gustó.

Vuelve sobre el tema del cuaderno en que Failache hacía sus anotaciones y sobre la visita de Rubén Stella. “Al cuaderno lo quemé, no me quería quedar con nada”. Y habla de Omar como “el papá de los chicos”.

Refiere después su historia como sindicalista.

- Él empezó bien de abajo. Fue subiendo, subiendo, hasta que se presentó a unas elecciones en el gremio. Era en el rubro de las empresas del plástico. Triaca estaba en el otro bando en las elecciones, y “adornó” a un tipo para que truchara el recuento de votos y así poder ganar. Y Triaca ganó, nomás, y al tipo éste que había comprado le terminó poniendo una juguetería.

Sin entrar demasiado en él y en su vida, tira algunas puntas, algunos datos.

- Este es un caso chiquito – dice –, yo no puedo contar todo lo que sé, todo lo que él hizo. Yo me vine al pueblo por eso, para dejar todo de lado.

Hace una pausa. Hay una distancia abismal entre la persona y las palabras. La propuesta es elaborar algunas preguntas, acercárselas en una o dos semanas y que conteste las que le parezca. Acepta. La cita está arreglada.

La pregunta pasa a ser qué preguntar, qué no; qué puede llegar a resultar irritante o contraproducente. Lo único que haría que el testimonio falle, es el miedo. Un miedo transmitido de generación en generación, que subsiste hoy, 25 años después, imponiendo la idea de que sí, que los malos ganaron la batalla. Como dice la canción: “que el plan funcionó, malditos dinosaurios”.

Una semana después, el cuestionario está listo. Otra vez la obra en construcción, los perros al otro lado de la reja, la persona con cara de siempre hay algo más para decir. Atiende ella y comienza a hablar; por un momento se entusiasma. Pero de pronto todo cambia: la expresión en el rostro, el tono de voz, el brillo en la mirada.

- No puedo hablar – dice –. Sé que todavía me pueden venir a buscar. Los bichos andan sueltos, los hijos de los militares están vivos. Si no, mirá lo que pasó con Julio López. No quiero hablar. Perdonáme, yo sé que te serviría para tu libro. Pero no. Tengo miedo.


NOTAS

(1) Durante 1971, la Argentina tuvo tres Ministros de Economía. Aldo Ferrer (entre el 26 de octubre de 1970 y el 28 de mayo de 1971, durante el Gobierno de Roberto Levingston) Juan Quilici (01 de junio de 1971 y 11 de octubre del mismo año) y Cayetano Licciardo (del 11 de octubre del mismo al 13 de octubre de 1972), ambos bajo el gobierno de Alejandro Lanusse.

(2) Al momento de la entrevista, De los Santos tenía esa ocupación; al editarse el libro, había abandonado el trabajo.

(3) O bien Bianchi, en medio de la confusión y la balacera, contó mal la cantidad de asaltantes; o bien uno de ellos se pierde en la historia, deserta, no tiene nombre ni apellido para testigos, protagonistas ni medios gráficos.

(4) “El enigma Aníbal Gordón”, uno de los informes de Colón Doce, revela: “Juan Rossi, el primer detenido de la AMIA (posiblemente ex agente de inteligencia) estuvo seis meses viviendo en nuestra ciudad, hasta que fue detenido en la terminal de Pergamino cuando viajaba de Colón a la Capital Federal en el invierno de l986 a bordo de un Chevallier y llevando en un bolso una bomba desactivada y panfletos vivando al general Camps”.

(5) En el Puente Vergara se rodaron varias escenas de la película. Este puente cruza sobre el Río Salto al noroeste de la ciudad, y es el comienzo del camino de tierra que lleva hacia Arroyo Dulce. Al entrar en la ciudad, este camino se convierte en la calle Vieytes, que, al cruzar la calle Mitre, deviene en Azcuénaga. Si se dobla a la derecha y se toma una calle de tierra, se desemboca en el camino que lleva al Molino Quemado. Unos metros más adelante, el camino se abre: uno lleva a La Invencible (partido de Salto) y Hunter (partido de Rojas); el otro, a la localidad de Inés Indart (partido de Salto) y de allí a Los Indios (también partido de Rojas). Las ruinas del Molino cubren ambas márgenes del arroyo Saladillo Chico y una gran parte de una de las orillas del Río Salto en la desembocadura de aquel con este. Fue construido en 1856; en la década de 1860 salió desde allí una de las primeras exportaciones harineras de Argentina a Estados Unidos. Se incendió en la madrugada del 5 de abril de 1931. La zona de las ruinas, hoy, son un atractivo turístico y recreativo.

(6) Roberto Cirilo Perdía nació en Campo Devoto, cerca de Rancagua, localidad ubicada a mitad de camino entre Pergamino y Arroyo Dulce. Al ser consultado sobre esta investigación, manifestó estar sorprendido de no saber que en el segundo robo al Banco de Crédito Rural hubiera cuadros montoneros.

(7) Con todo, no deja de resultar extraño que muchos de los que por entonces eran militantes de la agrupación, no crean hoy que hubieran micro células montoneras en pequeñas ciudades que pudieran operar con autonomía y sin responder a jerarquías superiores.

(8) La primera entrevista con A. I. fue llevada a cabo en la primavera de 2005; la segunda, unos meses después, en el verano de 2006.

FUENTES:
-La Opinión, 20 de julio de 1971.
-La Opinión de Pergamino, 2, 4, 11 y 12 de diciembre de 1971.
-La Voz de Rojas, 4 de diciembre de 1971.
-El Norte de Salto, 20 de julio de 1971.
-El Norte de Salto, 4, 11 y 13 de diciembre de 1971.
-La Voz de Chivilcoy, 11 y 15 de diciembre de 1971.
-La Razón de Chivilcoy, 10 de diciembre de 1971.
-Semanario Colon Doce.
- Entrevista a Antonio Dal Masetto. Diario Página 12, 12 de junio de 2004.
-Página web de la Red Solidaria por los Derechos Humanos http://www.redh.org
-Entrevista a Mario Firmenich. Autor: Felipe Pigna. www.elhistoriador.com.ar/entrevistas/f/firmenich.php
-Comunicados de Montoneros.
Edición digital de la revista Cristianismo y Revolución (1966-1971). CeDInCI. Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina.
-“La Voluntad: Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina”, Tomos 2, 3 y 4. Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Planeta Booket. 2006.
-“La Montonera”. Gabriela Saidón. Editorial Sudamericana. 2005.
-“Montoneros, el mito de sus doce fundadores”. Lucas Lanusse. Editorial Vergara. 2005.
-“Plata Quemada”. Ricardo Piglia. Editorial Planeta. 1998.