Adrián Escudero
Santa Fé
ARGENTINA
- Contador Público Nacional (1975-FCA/FCE-UNL) y Magister en Dirección
de Empresas (CT-1998 – UCSF/UCC). Miembro de la Asociación Santafesina
de Escritores (ASDE – 1978); Sociedad Argentina de Escritores (SADE-Santa
Fe, 2004); Asociación Cultural “El Puente” (Santa Fe, 2004);
Instituto de Cultura Hispánica de Santa Fe (Argentina) (2006) y RED
MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL (REMES) (España) (2007).-
EL MISTERIO DE LA PUERTA CERRADA (O LA VIDA MISMA)
A mi suegro, E.A.H., lector sereno e incontenible compilador de libros, in memoriam…
El primer lote de los 124 ejemplares ya
se fue. De hecho, la Antología del Cuento Tradicional y Moderno, Cervantes
y su “Don Quijote de la Mancha”, la Antología de la Poesía
Universal, el Teatro Selecto de “Sófocles, Shakespeare y O´Neill”,
la “Eugenia Gandet” de Honoré de Balzac, “Crimen
y Castigo” de Dostoievski, Kafka y “El Proceso”, “Fausto”
y von Goethe, “La hija del Capitán” y “La Dama de
Pique”, de Pushkin y Scout con su “Ivanhoe”, ya han partido
luego de una delicada –debemos reconocerlo- limpieza y acondicionamiento.
Pero el tipo debe haberse vuelto loco. Hace casi 20 años
que moramos en los estantes de un lugar espacioso y cálido, llamado
por él, living comedor, en una casa de muebles de maderas olorosas
y alcurnia contemplativa… No llames “ese tipo” a nuestro
dueño, mi estimado Nicolai Gogol; él sabrá lo que hacer…
¡Pero es que con aquellos que prepara, ya serán como 30 los libros
que abandonan el lugar!!!!
Yo sé adónde los llevan. ¿Sabes dónde
nos llevan? ¡Y cómo sabes tú dónde nos llevan,
presuntuoso Poe! Pues, porque he sido devuelto, y yazgo en la mesa comedor
que está frente a sus narices escuchando el escándalo de quejas
y berrinches que provocan ustedes. ¿Y por qué has tenido la
suerte de haber vuelto? Bueno, no sé si será suerte o no; de
hecho, don Elvio tiene una fijación: leerlos a ustedes por primera
vez; que dejen de ser objeto de exhibición y guarda para sus hijos
y nietos, para pasar a ser objetos de su atenta lectura… ¿comprenden?
¡Noooo! ¡Claro que noooooo!!!!!, gritaron a coro Stendhal desde
su pedestal “Rojo y Negro”, Víctor Hugo desde el “Notre-Dame
de París”, y, con temor reverencial, Nathaniel Hawthorne y Herman
Melville. Son “Tiempos Difíciles”, acotó sabiamente
Dickens… Opinión correcta, subrayó Poe. Y no lo podrían
saber hasta no llegar y estar allí: es como una… pascua, o paso;
o acaso un bebé, cuando está en el vientre de su madre, pleno
y gozoso, tiene la menor idea de que va a “nacer”, y no precisamente
para quedarse en una bolsa licuosa y protectora… Afuera hay… habrá,
“vida”. O, al menos, así le llamábamos cuando estábamos
en su misma dimensión humana… Algo parecido a esta sensación
de “sentirnos” que poseemos nosotros, y que incluye la prefiguración
de que podamos estar conversando y comunicándonos ahora, casi como
los mismos personajes que escribiéramos, y de una forma muy parecida
a la que ellos lo hacían… Así que, hasta que no salgan
del útero vaginal en la que están metidos desde hace dieciocho
años, nueve meses y siete días, no podrán averiguarlo…
A menos… ¿A menos?????, demandó nervioso León Tolstoi,
abrazado a su “Ana Karénina”. A menos que yo se los diga-…
Y, de hecho, no lo haré, respondió el genio del terror ¿Y
puede saberse por qué?, intervino Julio Verne, acostumbrado a viajar
a la Luna… Entre nos: porque estoy celoso. Es cierto que de mí
ya sabe un montón, pues me ha leído y releído tantas
veces como ha querido; pero a ustedes, los de la antigua y desactualizada
“Biblioteca Básica Universal”, publicada por el Centro
Editor de América Latina en Buenos Aires (Argentina), allá por
el año de 1979… no. ¿No? (dijo un quejoso y agresivo Alejandro
Dumas, vestido como uno de sus Tres Mosqueteros). No. Digo que no. Excepto
raros ejemplares explorados por él, como es el caso del No. 1, esa
antología cuentística de autores varios y soberanamente extraviado
o escondido por alguno de los hijos, y los Nos. 2, 3, 4 y 5, del brillante
Miguel de Cervantes Saavedra y sus tomos de “Don Quijote de la Mancha”,
así como los Nos. 66 y 67 del querido Mark Twain en “Las aventuras
de Huckleberry Finn”… Bah, mentiras, protestó Verne y el
sulfuroso Dumas: sabemos que nos ha releído también a nosotros
y por otros sellos editoriales… Mi hipótesis es que él
amaba tanto esta Colección, que no quería que nadie la tocara,
y menos después que el Nº 1 hubo desaparecido con rumbo desconocido…
Recuerdo su cólera el día en que lo descubrió, apuntó
perspicaz Nicolás Maquiavelo, apoyado por la sensatez de don Miguel
de Unamuno. Es una “Utopía” alcanzar una explicación
anticipada sobre nuestro destino, sentenció Tomás Moro, sosteniendo
a duras penas su cabeza degollada… Quizá, si hubiera integrado
esta Colección Arthur Conan Doyle, podríamos haberlo sabido,
agregó George Bernard Saw. Insisto, dijo Poe, extrañamente ruborizado
por esta última observación y por la tensa atmósfera
que había creado entre sus colegas de oficio; y agregó: “no
se apuren por saber que el tiempo se los dirá, que no hay cosa más
bonita que saber sin preguntar”… Y soltó al punto, tras
el adagio popular, una nerviosa, siniestra carcajada…
Oye, tú, mi escabroso y apoltronado Edgard Alan:
Si no vas a confesar qué se trae entre manos ese viejo loco o don Elvio
A. Helguero, si lo quieres más ceremonial, insistió con más
fuerza Nicolai Gogol, debo decirte que lo que hace y nos hace es… ¡vergonzoso
y vergonzante! ¿No te parece? Más allá de tu obligada
actitud de espectador, deberías fijar una posición al respecto…
¿Y qué podemos…?, susurró inaudible el espectro
de Francois Rabelais, impedido de demostrar cómo a través de
“Gargantúa y Pantagruel”, había podido corroer la
retórica escolástica. Es cierto: ¡Nosotros formamos parte
de su Colección de Literatura Universal; ergo, podría haberse
llevado a los del estante de abajo que son… nacionales!!! ¡A qué
comparar, si no hay parámetro!, arguyó Poe. Claro que –dijo
no obstante “Madame Bovary”, incontenible en su lengua de mujer
inteligente, tras ocultar a Gustave Flaubert bajo una falda amplia y perfumada-,
no podemos negar con qué dulzura nos trata en el traslado hacia el
Misterio. Sí, pero. ¡puaj¡; encima nos besa sin haberse
afeitado, y todo porque hoy es sábado y no trabaja por la mañana…,
señaló Lewis Carroll protegiendo a “Alicia en el País
de las Maravillas”. Voy a serles franco, sentenció William M.
Yhackeray, toda esta cháchara no es más que una “Feria
de Vanidades”… Tranquilos, intervino por última vez Poe.
Saben que Dios no permite males sino para mayores bienes, y que sólo
Él escribe derecho con líneas torcidas. Ahora, shhhhhhh, ahí
viene otra vez en busca del siguiente en la fila, como diría un ausente
Ray D. Bradbury, de paseo con “El Hombre Ilustrado”…
… Ahora estoy verdaderamente en ella. Dominando a pleno su Misterio.
Desnudo, como un difuminado fantasma de otoño. Los aromas perfumados
del lugar y su brillo higiénico, hacen que el sitio sea tan especial
para mí, y me lleve a advertir que, a pesar del puesto gerencial que
desempeño en una fábrica de productos de látex multicolores,
no bebo, no fumo, no me involucro en flagrantes infidelidades, ni me escapo
los jueves con una banda de seres marginales. Trato de ser un hombre sensato,
en un territorio encarnado por una postmoderna frivolidad globalizada. De
hecho, siento que vivo, pero no en este mundo. Soy, lo que se dice un... puritano,
bah... Que sólo lee libros... “Es mi único vicio”,
digo, esperando comprensión –aunque sólo fuera hoy- a
mi especial estado de ánimo. Sin embargo, nadie me escucha. En el fondo,
tampoco espero nada. De nadie. Ni siquiera de ella: tan pragmática
e inexorable en su envidiable autoestima y ejecutividad. De todos modos, mi
cansancio obedece a otros motivos: stress; mal de época. Y siento que
me abate de a trozos, derrumbándome por la sórdida pendiente
de una falsa paciencia que me conduce, inexorable, a un valle de caries depresivas
y cóncavas, imprevistamente anegado en lágrimas o arrebatado
por Las Furias...
No obstante, el milagro se produce y encuentro en ella al refugio inaudito; y lo hago mío para siempre: íntimo, seguro, acogedor. Allí mis penas se mitigan y mi aliento recupera su natural vitalidad: ¡Ahhh… la biblioteca o “El Misterio de la Puerta Cerrada”...!, como osara llamar yo a aquel lugar en el que, al equilibrio físico gratamente alcanzado, mi alma devota por las letras exultara aquel gozo interior tan profundo como placentero… Gozo hecho de ojos tendidos sobre palabras avivadas por virtualidades literarias (ficciones deliciosas), que servían a mi ego demiurgo como alimento de dioses: pues eso era yo en aquel sueño irredento, mientras leía; un dios eterno y viajero, henchido por los vientos del espíritu que me arrebataban hacia insospechados universos... Colono y capitán de un barco sin límites ni fronteras, donde la búsqueda y dominio de la aventura del pensamiento, se materializaría –indubitable- en tesoros sensibles de conocimiento y humanidad...
Así que, a esa hora de la tarde
en que el sol entibia todavía en invierno los rincones más indiferentes
de la casa, y todo se reinicia como una suerte de amanecer vespertino, cerré
con llave y dejé afuera el bullicio estridente de la casa y de los
chicos.
Era el momento de volverse personaje.
Urgido, selecciono un texto: “La abuela salvaje”, de Maupassant.
Después, con entrenado ademán y furtivo oficio, lo devoro. Al
cabo, satisfecho y excitado, concluida su lectura, deposito el libro sobre
el lavabo para higienizarme, dar un vistazo ritual a la secreta colección
de volúmenes ordenadamente oculta en el fondo de la bacha, y oprimo
el dispositivo que, tras absurda descarga, borrará primero el desprecio
primitivo, y, luego, con abominable estertor, los sueños de niño
que, por un instante, alquilara al Señor de los Mitos: Orfeo desembarca…
Sí, al cabo, me precipito de nuevo, con vocación de adulto,
en el agitado mundo de los hechos cotidianos. Y a instancia del Gran Hermano
o del Gran Mercado, o de la vida misma que le dicen, y que todo lo dispone
y administra; sobre todo en mí, que, por un vagido contra natura, me
he vuelto contador y medio economista… Sí. “¡Ya está!
¡Ya voy! ¡Ya voy!”, protesto resignado. Y ella, tan disciplinada
como intolerable, espeta al horizonte: “Sebastián, ¡apuráte!
¡Entrá al baño de una vez, por favor! Mirá que,
por fin, salió papá... ¡Apuráte!, ¿querés?;
o vamos a perder el turno con el dentista. Dios santo… ¿Y vos,
Elvio, cuándo vas a madurar, querido, y a poner cada cosa en su lugar?”…
Sí, o de la vida misma, que le dicen.-
ooOOoo