Alberto Tello
Buenos Aires
ARGENTINA

 

LA PERSECUCIÓN

Dobló la esquina a paso normal, apenas tomó la otra calle aceleró el ritmo sabiendo que no lo verían, pero cuidándose que ese acto se mostrara lo menos grotesco posible. La gente suele mirar con súbita atención perversa cuando algo escapa a la monotonía de lo corriente, para luego retornar con igual prontitud, si la satisfacción no es colmada, al continuo de sus horas. No necesitaba que todos lo miraran, eso sería como si lo señalasen con el dedo, un dedo acusador. Debía poder separar de toda esa masa de gente a sus posibles perseguidores. Ocultar su saber sobre la persecución le daría una ventaja frente aquellos que confiaban en un anonimato inexistente. Sin embargo la desesperación lo ponía en evidencia sin que pudiera evitarlo. Un impulso indominable le hacía girar la cabeza cuando no quería hacerlo.
Uno de sus pies chocó con una baldosa despegada y comenzó a dar pasos payasescos en un intento de no caer de bruces en el suelo. Cuando logró reestablecerse se dio cuenta que las carpetas habían quedado esparcidas detrás de él. Pensó que sería una buena ocasión para mirar el rostro de su perseguidor. Mientras juntaba sus cosas levantó la cabeza como quejándose de esa situación bochornosa y pudo ver: una mujer adulta vestida como una vecina del lugar y un sujeto joven que bien podía pasar por un obrero de la construcción. No estaban lejos de él, se apuró en incorporarse y en seguir la marcha.
Ahora más que nunca debía acelerar el paso, con toda la sutileza que su intranquilidad le permitiese desplegar. Le mordían los talones y aún desconocía cuál era el sabueso. Todos pueden serlo si se tiene algo que huele mal. Le era factible suponer que su enemigo estaría disfrazado, lo suficiente como para que pasase desapercibido a sus ojos frenéticos. Una vecina podía ser ¿Quién desconfiaría de una doña con una bolsa para el mercado? Nadie, pero él sí. Tal vez era una suposición descabellada pero no se detendría a comprobar su hipótesis, las sospechas le bastaban.
Masculló que nunca debió aceptar ese encargo. Todo el dinero que le habían dado y lo que le darían más tarde no justificaba el grado de tensión que estaba viviendo, se dijo, sin demasiada convicción. Es cierto que debía trabajar muchos meses en la casa de comidas rápidas para poder ganar esa cantidad. Necesitaba el dinero. Era joven y debía insertarse en la vida de alguna manera, nadie le regalaría nada, nadie lo hace. Por eso sabía que aquel trabajo muy bien remunerado no era un simple encargo, había en las carpetas algo que valía muchas veces más que su remuneración, algo tan peligroso que debía ser llevado por un sujeto prescindible, así se percibía ¿Quién se percataría de su ausencia?, unos pocos, una cantidad exigua en la inmensidad de los individuos . Esos sujetos, sus jefes, no le estaban obsequiando nada, él debía comprarse la vida como lo hacen todos, pero una buena y más cara. No hay forma de ignorar que perseguimos o estamos siendo perseguidos, pues de otra manera no se justifica el apuro de los cuerpos que marcan en las calles, sólo es entendible si están escapando hacía otros lugares, sitios en que encuentren mayor felicidad o, por lo menos, que prometan mayor satisfacción, aunque sea un embuste.
Sintió que unos pies veloces se acercaban, no podían ser de la vecina, eran firmes y decididos. No había dudas, el obrero personificaba al perseguidor. Una cosa era enfrentarse a una señora regordeta y otra muy distinta a un muchacho fornido que, con seguridad, estaba acostumbrado a las rencillas, al manejo de armas o a esas puntas artesanales que deben ser clavadas en la carne repetidas veces para lograr su cometido: el asesinato. Se le hizo vital reconocer un enemigo para su lucha, pues de otra manera se veía como una bestia desbocada que arremetía por temor.
Ya no tenía sentido seguir simulando, pero continuó haciéndolo pues desconocía otra acción que no fuese esa, además de huir. Pareció detenerse pero sorpresivamente comenzó a correr, desbordado, las cosas a sus costados pasaron borrosas, sólo lo que estuvo en frente fue apenas visible; esquivó los objetos que se interpusieron en su camino sin detenerse, sin pensar, casi por instinto; sin disminuir la velocidad que, por el contrario, procuró seguir aumentando. Sintió voces a su paso, sonidos que no llegó a identificar ni tampoco le interesó hacerlo. Esperaba que una voz inquisitoria le hablara desde su espalda o que una mano violenta lo detuviera abruptamente o que un balazo le partiera el corazón, lo esperaba y hasta lo deseaba, entonces el suplicio terminaría. Una gran avenida apareció frente a él ¿Qué puede ser más grave que ser atrapado?, pensó en una fracción de segundos y se metió entre un mar de autos y camiones que avanzaban enloquecidos y sin ánimo de detenerse. Esquivó al primero, el segundo apenas frenó sobre sus pies, cada bocinazo hizo crujir su cuerpo, el rostro se frunció como esperando el golpe mortal. Avanzaba, se detenía, giraba, extendía sus manos en un intento inútil de parar esas masas metálicas que con gusto pasarían sobre él, sencillamente porque se lo merecía. Arriesgarse a morir para no morir en vida es la paradoja más absurda que se puede conjurar. Tal vez esa existencia anhela la muerte para acabar con el tormento. Tal vez el sentirse perseguido provoca la simulación de estar existiendo aunque se esté inerte. A lo mejor esa rapidez desquiciada haga suponer que se está vivo cuando en realidad se arde en el infierno.
Una vez en la otra orilla pensó en tirarse al suelo a descansar, pero no lo hizo, era la oportunidad de escapar. Su enemigo no haría tal locura ¿Cuánto tendrían que pagarle para hacer lo mismo? Más que a él. Si era así no podría huir, no importarían sus esfuerzos, finalmente sería atrapado. Si era así lo habían estafado, las carpetas valían muchísimo más que lo supuesto y por lo tanto sus servicios costarían más que la miserable suma que le habían ofrecido para tan difícil tarea. Decidió que no seguiría sin, al menos, ojear las respuestas, aunque lo atraparan por torpe, aunque toda esa gente lo mirara como si fuese un demente. Levantó la cabeza y miró a la otra orilla: el obrero no estaba, respiró profundo, pero de inmediato el aire se detuvo en su garganta, se asfixiaba: una vecina esperaba que el semáforo cambiase de color. No era posible, esa señora nunca pudo haber corrido como él lo hizo. Quizás era otra, no lo sabía, apenas la había visto, para él todas esas señoras siempre han sido iguales, lo insignificante se aísla de nuestro interés ¿Quién se detiene a mirar a las personas? Nadie realiza dicho acto de extrema humanidad sin quedar anclado en él, y nada es peor que anclar cuando se va hacia adelante, un adelante tan infinito que no lleva a ningún lado.
Quizás estaría con alguien más, un auto de apoyo, el mismísimo obrero que viéndose descubierto le pasó la posta. Fuese lo que fuese comprendió que era una estupidez quedarse allí para que lo masacraran por nada, necesitaba el dinero, sin dinero no se puede vivir o se vive miserable. En definitiva ya estaba metido hasta el cuello y no había retorno, no todos los hombres tienen el mismo costo. No sabía quiénes fijaban los precios, pero eso no interesaba, lo importante era tener el dinero para pagarlo, y él no obtendría nada si no se movía. Sujetó con fuerza las carpetas y se lanzó hacia adelante.
No faltaba tanto para llegar, esto apenas era un consuelo, cuanto más cerca estuviese mayor sería el peligro, sus perseguidores harían algo y algo desesperado. Se dijo que si se quedaba en calles transitadas estaría más resguardado, no se atreverían a quedar en evidencia, ellos suelen atacar en la soledad de las sombras, por eso su paso se hizo constante pero sereno.
Llegó hasta la otra esquina y con disimulo espió su retaguardia: los sospechosos no estaban a la vista. Se animó para angustiarse, la ausencia daba tranquilidad pero así mismo una íntima decepción ¿No estaría viendo fantasmas? ¿Sería posible que lo estuviera imaginando todo? La simulación llega a un punto de sentido que se vuelve certeza y con ella es imposible negociar ¿La culpa de estar haciendo algo indebido lo delataba? Se dijo que únicamente la cobardía era delatora y no podía sentir culpa en un mundo de cobardes pues eso sí lo delataría.
La aflicción puede calmarse con pensamientos que devienen en explicaciones lógicas, tan racionales que bordean lo fantástico: todo aquello era producto del miedo y de su inexperiencia; si hubiesen querido, con un par de matones, las carpetas ya no estarían en su poder. No era razonable tomarse el trabajo de contratar a personas disfrazadas para perseguirlo, no se justificaba. Se rió, se avergonzó por haber corrido como un niño medroso. Ya más tranquilo, se detuvo en un negocio a comprar un agua mineral. Mientras esperaba un anciano se pegó a él y comenzó a hablarle. Le pareció muy molesto y en exceso curioso, sobre todo cuando lo interrogó sobre su destino. Recibió el agua y se retiró con fastidio. No sospechó del viejo, bien se sabe que los viejos no tienen nada que hacer, que tienden a inmiscuirse en los tiempos de los más jóvenes para lentificarlos, como si quisieran detener el fin que se les acerca mientras los demás se apuran en llegar. Como el viejo caminaba junto a él hablándole sobre historias que se asociaban de forma interminable, pensó que lo mejor era darle unas monedas para que se comprara algo y dejara de molestar. Apenas unas pocas monedas, siempre había creído que los ancianos estaban afuera del mundo real, fuera de este tiempo, por eso no se ofrecían productos para ellos, por eso estaba allí y fastidiaba mientras los demás estaban ocupados en obtener su sustento. Sacó dos pesos de su billetera y se los ofreció. El viejo lo miró con un profundo desprecio y comenzó a insultarlo. Intentó callarlo, pidió disculpas entre quejidos, pero el anciano elevó el tono de su voz aún más, más saliva humedeció sus labios, más movimientos temblorosos esgrimieron sus brazos flácidos. Debía acabar con eso, estaba llamando la atención, en pocos minutos todos estarían viéndolo. Entonces huyó: giró indiferente y se dispuso a marcharse. El viejo mostró una furia inusitada, imprevisible para un alma desgastada como aquella; se pegó a la espalda del joven con pasos desarticulados y coléricos, la cabeza avanzó con mayor celeridad que sus piernas hasta perder el eje del cuerpo, el ímpetu desplegado sobrepasaba sus capacidades físicas. Simultáneamente, los insultos se intensificaron, brotaron caóticos y aparatosos, como si las palabras chocaran entre sí y produjeran un sonido casi gutural. El joven no se detuvo, confió en la indiferencia, en que ese viejo desquiciado terminara por cansarse ¿Quién le haría caso a un anciano enfrascado en su mundo? Nadie, y continuó. A un paso bien pisado le siguió otro endeble pero insistente. El viejo vio que la espalda del insolente se esfumaba y extendió su brazo para alcanzarlo, su mano arañó el aire repetidas veces hasta que pudo prenderse de algo que pertenecía al otro, tiró hacia él con la esperanza de que todo lo demás viniera con esas carpetas. El acto más temido se presentó: el viejo tenía aquello, y lo sujetaba como si protegiese un gran tesoro, sin importar que su corazón estuviese a punto de estallar y la tos desparramase sus entrañas por la acera. El joven se abalanzó sobre su perseguidor entre acusaciones y amenazas, temió, el temor a perder lo que tenía lo descontroló. Ambos forcejearon sin tregua, dispuestos a defender sus posiciones. Un puñetazo en la boca y luego en el estómago hizo que el anciano cayera al suelo como un árbol talado. El agresor tomó las carpetas ante una decena de caras indignadas que al segundo se precipitaron en franca venganza. Escapó de unos tirones y corrió. Un batallón de cuerpos lo siguió furioso y él continuó corriendo sin percibir nada, solo quería escapar, entregar las carpetas e ir hacia el porvenir. Un auto lo tomó de lleno haciéndolo volar por el aire. Quedó desparramado en el pavimento, cubierto de sudor, sangre, suciedad y papeles. Los perseguidores se acercaron a la víctima con ánimos de socorrer, y más gente se amontonó al instante, como si hubiesen salido de la nada, como si nada de lo que estaban haciendo hubiese tenido importancia. Se arremolinaron junto al cadáver con rostros curiosos, horrorizados, morbosos, convencidos que sus miradas eran necesarias para sostener el espectáculo. Y allí estaban las señoras que salen a realizar sus compras, los obreros que trabajan, los otros jóvenes que corren, aliviados por no ser aquel que yacía muerto
Las sirenas sonaron como llantos después de una desgracia y otorgaron piedad al desdichado. La gente continuó mirando, ahora desde lo lejos, como si esperaran algo más de lo visto, como si a la muerte le siguiera una acción digna de presenciar.