Alejandro José Ramón
Buenos Aires
ARGENTINA


EL ZARCO

I


   Cargaron a los dos e iniciaron el camino en medio de la tormenta. La triste caravana era una línea negra que cortaba la planicie blanca. A esos hombres que marchaban como oscuras ánimas, el silencio y las ráfagas les entraban hasta el alma. Los cuerpos congelados golpeaban contra las barandas del carro como dos troncos sueltos. Seis perros trotaban debajo, con sus ladridos helados. En el galpón esperaban los ataúdes de pino oliendo a resina, vacíos, y en la capilla, un cura y dos fosas recién cavadas, con cruces de palo en las cabeceras. Todos acompañaron. Al final de las oraciones, cada uno echó su palada de tierra. Tanto el Zarco, como se lo conocía y Rosa, eran personas queridas.

   Desde la venta, el amarillo Vitel vio un punto negro en el horizonte, confuso, quieto. Sin embargo se movía. Cuando adivinó que era un jinete pensó: “Si salió con semejante borrasca de nieve, no ha de estar en su sano juicio”. La figura se perdía y volvía a aparecer entre los remolinos blancos y los latigazos de la ventisca que rasgaban el aire. Avanzaba despacio, como si no quisiera llegar.
   Isabel desmontó aterida de frío y contó que sus padres habían desaparecido, que la noche anterior bebieron como nunca lo habían hecho, que los ayudó a llegar hasta la cama porque ni caminar podían, y que al amanecer ya faltaban. Después de dos días malició que podrían estar perdidos.
   Todos sabían que eran apegados al vicio y que, si en la oscuridad salieron borrachos, sería fácil que se hubiesen perdido. Buenos rastreadores partieron con perros y antes del anochecer encontraron al Zarco, como a un kilómetro de la casa y a Rosa cerca del corral. “Se congelaron, una verdadera desgracia”, dijo uno. “Dicen que el frío los duerme, no sufren nada”, dijo otro. “Y mamados menos”, comentó un tercero.

   La muchacha acompañó al cura en sus oraciones. Después que las tumbas quedaron cubiertas de congoja y tierra, montó a caballo y se volvió al puesto con la idea de que, faltando su padre, debería desalojar la casa. Por suerte la familia de otro puestero le ofreció cobijo hasta que consiguiese destino definitivo.
   Los parientes de su madre vivían bastante más al sur, en tierras que casi todo el año están heladas. En el invierno se hacen difíciles los traslados y ella sólo con un poco de calor sentía ganas de vivir. Para encontrar a los de su padre, que eran del Chaco, tendría que cruzar casi todo el país hacia el norte. De cualquier forma habría que esperar a la primavera.


II


––Basta ya papá, acuéstese y duerma que mañana tiene que trabajar -rogó Isabel.
Parapetada tras la mesa, su pedido hecho en voz baja no acarreaba temores propios, sino, más bien, el deseo de aliviarle pesares al hombre. El Zarco traía una miraba turbia en sus ojos claros y en la frente un mechón de pelo negro, grueso y duro, que la ensombrecía. Avanzaba con inseguridad sosteniéndose en dos piernas reblandecidas, como de trapo. Con la zurda revoleaba cuanto se le cruzara a su paso. De la derecha colgaba el machete. Por un momento se hamacó despacio, cadenciosamente, frente a la muchacha. Cambiaba el peso del cuerpo de un lado a otro como queriendo esquivar un golpe antes de dar el salto final.
   Nevó durante tres días. Aunque las noches se empeñaban en prolongar su existencia, el perpetuo acontecer de las mañanas no se interrumpió, sólo que una claridad gris mancillaba las cosas. Fueron tres días de encierro sentados en la cocina tiznada, junto al fuego de la salamandra hecha con un tambor de aceite, de no hablar, de salir de vez en cuando a recoger algunas astillas de leña, y de oír al viento arqueando los coihués, los pinos y las araucarias.
   El resplandor tenue que escapaba por la ventana, moría cerca, entre los pastos duros, tragado por la noche. Isabel manoteó a la pasada el abrigo y se mantuvo atenta. El Zarco se esforzaba por concentrarse, pestañaba lento, muy lento, con los agujeros de la nariz húmedos de moco y algo de baba escapándosele de la comisura de los labios.
   Siempre fue afecto al trago. Lo de las borracheras vino después. Así se le fue hinchando la cara, los párpados y la barriga. En el Chaco, los hacheros son gente de bebida, de entretener la miseria con alcohol. En eso y en andar con el machete a la cintura, el Zarco era uno más. A donde fuese que iba, lo llevaba con él. Sin embargo, había otras costumbres que no respetaba. Los hacheros son de bailar los domingos, de hacer aspaviento en el boliche hablando a los gritos y de desafíos que terminan en sangre, pero él era un hombre parco y ensimismado, no se metía con nadie. El día que desapareció del obraje, el calor parecía que se metía adentro y disolvía las tripas. Había apoyado el hacha en un árbol. Estaba sentado pitando un cigarro, cuando el capataz, surgido como de la nada, lo humilló a los gritos y le bajó un fustazo en la espalda delante de todos. Esas no eran cosas para dejarse pasar y se enderezó. Se le tensaron los resortes de sus piernas y comenzó a menear el cuerpo a los costados haciendo gambetas. Con la muñeca, suave y blanda, mecía el machete. Cuando el otro lo vio venir, desenfundó el 32. El primer tiro lo erró y el segundo se lo pegó. El estremecimiento no alcanzó a frenarlo y dio el salto. Entonces le gatilló otro que lo agarró en el aire. Igual le cayó encima y lo partió. Después se perdió en el monte para siempre. Con dos tiros encima lo dieron por muerto. Ni siquiera salieron a buscarlo. Desde entonces los que mandan usan pistola 45 porque ese calibre, dicen, voltea aunque pegue en un brazo.
   El Zarco era un mataco grandote, de ojos claros como el padre, que sabía de árboles, de hacha, de pumas. De lo que no sabía era de nieve. Huyendo llegó hasta aquí, que fue el lugar con árboles más lejano que encontró. Debe haberse mejorado solo o con ayuda de alguna curandera, no se sabe.
   De entrada se arrimo a la estancia. Estuvo un tiempo a prueba hasta aprender el manejo de los lanares y la esquila. El capataz, un hombre de hacer pocas preguntas, lo recomendó ante el administrador y lo conchabaron efectivo. Así fue como arribó al puesto.


III


   Después de comer los restos del guiso de capón, los dos comenzaron a pasarse el frasco. Rosa se reía fuerte, abriendo grande la boca de labios morados, sin dientes, mientras golpeaba la mesa con una mano. Cuando no pudo sostener más la cabeza, Isabel la ayudó a llegar hasta la cama. Quedó roncando con expresión de felicidad bajo la luz bermeja del candil. Era una india bajita, de ojos sesgados y piernas corvas, que se había encontrado en los galpones con el Zarco, cuando este era recién llegado. Pronto se sorprendieron mirándose. No hizo falta mucho tiempo para que la convidase a vivir juntos y a ella le costó poco decidirse. Se apareció en el puesto con su trenza cosida y sus pilchitas a cuesta y allí se quedó. Isabel nació después de un parto más que difícil, del que Rosa salió estéril.
   El mataco soñaba cada noche con los gendarmes que le caían encima, reclamándole la deuda pendiente con la justicia. Además, no estaba acostumbrado a tanto frío. Para combatir las dos cosas que lo acosaban, se aficionó a la bebida. Para esos menesteres, Rosa resultó ser buena compañera. En las noches se les apagaban los ojos chupando, hasta que se dormían.
   El Zarco, con gesto insulso, contemplaba por la ventana el campo vacío, cubierto por una nieve sucia de penumbra. La cabeza se bamboleaba como si se le hubiesen aflojado los sostenes, cuando gritó:
––Venga mi’ja, caliente a su padre.
   La arrastró hasta la cama y la tiró al lado de Rosa, se le echó encima y perdió una mano en la suavidad desnuda y caliente de sus muslos. Sucedió que también buscaba calor en la niña. Isabel logró escabullirse y corrió a la cocina manoteando el abrigo de pasada. Él salió por detrás, con el machete en la mano. Parecía no saber si caerse hacia delante o hacia atrás. Eligió dar un paso y se derrumbó sobre la mesa. Allí quedó un rato tosiendo sin poder enderezarse. Isabel se lo cargó al hombro y lo tumbó junto a su madre.
   Cuando tenía diez le dijo a Rosa lo que el padre le hacía. La india empezó a preguntar y darle vueltas al asunto. Por fin se pronunció:
––No me voy a pelear con él por tus cuentos –y nunca más hablaron.


IV


   La semana anterior fue al casco de la estancia en busca de víveres y se encontró con el “amarillo” Vitel, que era quien los repartía. Como Isabel no iba a la escuela (nunca fue) esa era su única salida. Así se conocieron.
––Cuándo se va a venir conmigo. Decídase de una vez –le dijo no bien la vio.
––Ni forma, si me voy nos matan a los dos, ya te lo he dicho muchas veces.
––Tengo tu encargue –dijo Vitel mientras se perdía tras una estiba de bolsas. Al volver le entregó una botellita.
   El pelo rubio le valió el mote. Y la altura, cerca de un metro noventa, bastante inusual en el lugar. Sin embargo tenía rasgos mestizos ya que su abuela y su madre eran de la zona. Estaba a cargo del depósito porque sabía leer, sumar y restar. Era nieto de un alemán que le dio el apellido y desapareció del lugar sin que se supiese más de él. El Amarillo la cortejaba desde hacía tiempo. Ya la había apretado con pasión varias veces, en un rinconcito del galpón donde se quedaba a dormir si hacía falta. Isabel no lo rechazaba. El día que le contó sus desventuras con remordimiento, él le prometió conseguirle lo que resolvería el problema de la forma que ella quería.
   El Zarco volvió antes del anochecer. Cuando abrió la puerta, un aura helada, de muerte, entró a la casa como su cuchillo filoso, cortando finito.
   Los tres comieron casi mudos el guiso recalentado. Isabel levantó los platos y puso el aguardiente en la mesa, sin que nadie se lo pidiese. Entre los dos se fueron prestando el frasco hasta que Rosa no pudo sostenerse.
   Al él el alcohol lo excitaba. Cuando se le abalanzó, Isabel disparó para la cocina y el otro tras ella con el machete en la mano. Después que cayó sin control, la muchacha lo dejó en la cama emparejado con Rosa.
   Antes del amanecer prendió la cocina. En el cielo despejado cada una de las estrellas ocupaba nuevamente su sitio. Vio que el padre dormía.
   Fue a un solo velatorio en su vida, pero le alcanzó para darse cuenta que nadie es igual de vivo que de muerto. Rosa estaba distinta, tiesa y amarilla, como de cartón. No tuvo necesidad de tocarla, supo al verla que la muerte se le había metido adentro. Permanecía en la misma postura en que la dejó, con la boca abierta, como si se hubiese atorado con el último ronquido.
   Apenas trepado el sol, el Zarco despertó gritando:
–– ¡Ciego, estoy ciego, no veo nada!
   Trastabillaba en redondo, los brazos abiertos y extendidos hacia delante, los ojos secos y apagados.
––Tranquilo papá, ha tomado demasiado, venga a refrescarse un poco.
   Lo condujo del brazo con cierta dulzura mientras lo alejaba de la casa. De vuelta, apareó la carretilla a la cama y cargó el cuerpo de Rosa. La dejó cerca del corral, media enterrada en la nieve. El Zarco anduvo así, sin atinar, hasta que cayó y no se pudo parar. El viento siguió castigando. Isabel calentó un jarro de café y se sentó junto al fuego. Al medio día volvió a nevar.