Arolinda Lucía Andrada
Buenos Aires
ARGENTINA

El zapatito de charol


Nací en la Capital Federal, pero me hubiera gustado nacer en Mendoza, porque de allí son mis padres, abuelos, tíos, primos, y demás familiares.
Soy la menor de mi familia, mi casa era humilde, jardín al frente, techo de chapa, que nos anticipaba la lluvia, baldosas que brillaban por el paso del lampazo con querosén, y un patio de tierra con limonero en el medio en el fondo, En la cocina económica mi madre hacía malabares para darnos de comer con lo poco que había , el dinero que ganaba papá apenas alcanzaba para comprar comestibles y en los últimos días del mes la libreta del almacenero ayudaba ,tengo tres hermanas mayores, quizás por eso nunca estrené nada, toda la ropa que usaba la había heredado de mis hermanas, incluyendo guardapolvos y zapatos, pero cuando cumplí seis años y pasé el primer grado, papá me regaló un par de zapatitos de charol. Hubo emoción en sus manos y asombro en mis ojos , los había elegido para mí, se había privado de cosas para dármelos, no lo dijo, pero en su gesto, en sus ojos, adiviné: ¡Cuídelos mucho m´hijita !.
Nuevecitos, brillaban tanto que podía mirarme en ellos, los limpiaba acariciándolos con el ruedo de mi vestido, esos zapatitos eran para mí la gloria, andaba como borracha por todos lados con ellos, no me los sacaba ni para dormir.
Como todos los años cuando terminaron las clases, nos fuimos con mamá y mis hermanas de vacaciones a Mendoza, mamá extrañaba mucho a sus hermanos, como mi padre era ferroviario teníamos pasajes gratis en tren, él se quedaba en Buenos Aires trabajando y nosotras nos íbamos .
Me costaba irme, dolía en el alma dejarlo en la estación, las lágrimas casi me impedían verlo cuando el tren arrancaba y él quedaba levantando su mano saludando.
Pero creo que en ese viaje mis zapatitos de charol me ayudaron a llorar menos . Apenas subimos mi mamá dió vuelta un asiento de tres, el que quedó enfrentado con el otro, en el medio abrió la mesa que estaba adosada, y ahí colocó la comida que había llevado para el viaje, sandwiches y fruta.
Ya al llegar a la primer estación, JUNIN, no lloraba. Bajar en las estaciones donde paraba el tren era otra fiesta, el ruido de la llegada del tren y la gente esperando con valijas y bolsos para subir. Generalmente hacía una parada de diez minutos. El maquinista se bajaba, y entraba en la estación, y nosotras también nos bajábamos, me encantaba tomar agua, el agua fresca que surgía de los bebederos de bronce, acariciar los perros, y luego correr a subir de nuevo al tren cuando el guarda hacía sonar el silbato y el jefe de estación tocaba la campana, y ahí de nuevo el viaje, el paisaje que pasaba ante nuestros ojos por la ventanilla, saludábamos a la gente que iba en carro o sulky por los caminos, y así se sucedían las estaciones, al grito del guarda, Próxima Estación: Rufino – Laboulaye –Vicuña Mackena -Justo Darac- Mercedes- Desaguadero- La Paz- La Dormida -Santa Rosa, y por fin Mendoza, llegábamos cansadas, con sueño.
Después tomábamos un ómnibus a Rivadavia, ciudad importante de Mendoza, y de ahí otro ómnibus más chico hasta El Mirador, un pequeño pueblo.
El micro llegaba a un almacén de Ramos Generales que estaba sólo en el medio del campo.
Allí nos esperaba el tío Clemente con el sulky. El abrazo de mamá con su hermano duraba un largo rato y los dos lloraban. Subíamos las cosas y partíamos para las casas que estaban lejos. El camino era anchísimo, de tierra,bordeado por sauces llorones. El paso lento del caballo nos transportaba a un mundo mágico de naturaleza y soledad, el silencio sólo era cortado por el resoplar del caballo.
Nos quedábamos en la casa del tío Clemente y visitábamos a mi otro tío, Pedro, que estaba a una legua de distancia.
En lo del tío Clemente me divertía con mis primos que tenían mi edad, madrugábamos para ir a los corrales darles de comer a las gallinas, patos y pavos. Después ordeñábamos las vacas, tomábamos la leche recién sacada en unos jarros grandes de vidrio y la boca nos quedaba rodeada de espuma.
Frente a la casa de adobe del tío, en el costado del camino corría la acequia, estaba construída de cemento, con forma en “U” más o menos profundas, por allí corría el agua para el riego, pero generalmente estaba seca.
Cerca del mediodía nos íbamos a jugar y dentro de ella jugábamos a las estatuas, a la mancha, corriendo, resbalando por las paredes. A mí me encantaba estar en ellas porque desde allí veíamos pasar a los sulkys y a los paisanos a caballo sin que ellos nos vieran.
Una tarde fuí con mis primos a jugar, por supuesto a escondidas de mi mamá llevaba puestos mi zapatitos de charol. Dentro de la acequia, por precaución me saqué los zapatitos y los dejé a un costado y corrí descalza por el medio de la acequia, persiguiendo una mariposa me alejé y de lejos escuché la voz de mi prima: SE VIENE EL AGUA, habían abierto las compuertas, y teníamos que salir de ahí. Asustada, con el corazón palpitando regresé a buscar mis zapatitos, apurada por los gritos de mis primos, alcancé a sacar sólo uno, el otro se lo llevó la corriente. Mi desesperación mis llantos, mi angustia hizo que los primos trataran de consolarme diciendo: Vamos, vamos, corramos a la otra compuerta, por ahí lo vemos y te lo agarramos. Todos corríamos detrás de Antonio, mi primo mayor, de una compuerta a la otra , y a la otra y a la otra, para ver si lo veíamos.
El zapatito no apareció, solo el torrente de agua borboteando, avanzando veloz, arrastrando ramas, hojas y todo lo que hallaba a su paso. Cansados, dolidos, los primos me rodearon.
Mis lágrimas mojaban el solitario zapatito de charol que abrazaba a mi pecho angustiado.