Daniel De Leo
Buenos Aires
ARGENTINA

 

 

Noche adentro

I

    Despachó por correo electrónico los diseños a la imprenta. El cliente se los había aprobado hacía dos minutos. Le había dedicado varios días a esa tarea y le quedaban otras pendientes, apenas esbozadas. Revisó las notas de pedido que su jefe le fue dejando detalladas en el escritorio y separó la próxima a encarar. Un supermercado solicitaba el armado de un afiche de descuentos. Esteban ya no daba más, las fechas de entrega pisándole siempre los talones.
   Dejó el pedido sobre el escritorio y miró la hora en una esquina de la pantalla, abajo, a su derecha. Cinco de la tarde. Apoyado contra el respaldo, desplazó hacia atrás la silla giratoria y se frotó los párpados. Un rumor de teclas, sus compañeros trabajando. Aparte del cansancio, el frío lo había tomado desprevenido, endosándole un dolor que le nacía en el cuello y le atravesaba el omóplato: la hoja helada de un cuchillo incrustada verticalmente en su espalda. Cada vez que giraba la cabeza hacia la izquierda, el filo escarbaba entre los músculos con la misma intensidad del primer día, una mañana de septiembre en la que había salido desabrigado.
   Se levantó, fue al baño. Abrió la canilla y se llevó a la cara un chorro de agua fresca. Afuera la lluvia golpeteaba contra la claraboya en un tamborileo sordo, monótono. Esteban alzó la cabeza despacio, cosa de no despertar el dolor. Las gotas se escurrían hacia los bordes de ese rectángulo de una convexidad traslúcida. Mientras las observaba —recorridos nerviosos abortados por el estallido de otras gotas— evaluó la posibilidad de hacerse una escapada a Mar del Plata. Necesitaba tomar distancia, recobrar la identidad que se le disolvía entre demandas y tareas. A mediados de octubre, en plena primavera, se venía un fin de semana largo: sábado, domingo y el feriado del lunes. Cerró los ojos, la espalda contra los azulejos. El ruido de las gotas le transmitía calma. El baño era una especie de guarida que lo mantenía desconectado del mundo, al menos por un rato. Mientras él permanecía ahí, olvidado, la ciudad se estremecía: sus engranajes girando y machacando como si fuese a explotar de un momento a otro.
   Oyó que alguien entraba. Germán, del área de diseño de catálogos.
—¿Cómo va eso? ¿Estás de cuidador de baño ahora?
—No estaría mal, por el mismo sueldo —Esteban se irguió, separándose de la pared—. Me vine a refrescar la cara, me siento a la miseria.
—Siempre apagando incendios —dijo Germán arrimado al mingitorio—. Hay que parar de vez en cuando, cambiar de aire.
Esteban pensó: En eso justamente estaba pensando.
—¿Por qué no te venís al campo conmigo? —comentó Germán, mientras se secaba las manos—. Me iba a acompañar mi viejo, pero al final no puede.
—¿Al campo? ¿Qué campo?
   Un tío de Germán estaba a cargo de una estancia en un pueblo de la provincia. El dueño vivía en la capital y aparecía tres o cuatro veces al año.
   Esteban no lo dudó.
—Me vendría bárbaro ese viajecito.

II

   El micro volvió a arrancar dejándolos al costado de la ruta, los pastos amarillos ondeando a cada lado. Un paisano se bajó de la camioneta estacionada a unos veinte metros, sobre la banquina de enfrente.
—Ahí está mi primo —dijo Germán, con un bolso en cada mano—. Seguro que hace rato que nos espera. Ya son más de las dos, y yo le dije a Miguel que caeríamos al mediodía.
   Miguel cruzó la ruta y abrazó a Germán como si no lo hubiera visto en años; después se dio vuelta y saludó a Esteban.
—Bienvenido —le dijo, reteniéndolo con una mano demasiado áspera.
   Subieron a la camioneta, los tres apretados en la cabina. Se metieron por un camino lateral, de tierra, maltratado por el paso de coches y tractores. Miguel maniobraba esquivando los charcos dispersos, formados seguramente con la lluvia del día anterior. Las ruedas acentuaban rastros ya profundos. La camioneta dio un bandazo, y Esteban comprobó que esa travesía marcaba el inicio de un cambio, un redescubrir de cosas tan elementales como el riesgo, el asombro, las ganas de estar vivo. A través del parabrisas salpicado de barro, divisó un amontonamiento de casas bajas.
—Ese es el pueblo —indicó Germán—, y más adentro está la estancia.
   Sentado a la puerta de un ranchito, un viejo les levantó la mano en señal de saludo. Miguel tocó bocina al pasar. Del lado opuesto, algunas vacas pastaban indiferentes; otras, echadas a la sombra de un cartel, giraron con aplomo la cabeza hacia el camino.
   Por fuera, Esteban notó al casco más chico de lo que había imaginado, las paredes carcomidas por el musgo. A unos cincuenta metros se alzaban un galpón de chapa y una vivienda de ladrillo hueco. Más allá, un gaucho cabalgaba por el campo, venía aproximándose como si hubiera visto llegar la camioneta.
   Entraron en la casa principal. Esteban soltó los bolsos en un rincón, mientras Germán saludaba a una mujer que se le acercó limpiándose las manos en el delantal. Era Aurora, la tía. Aurora le extendió la mano a Esteban, después los invitó a que se sentaran. Comentó que tenía el guiso a fuego lento, listo para servir, y enfiló hacia la cocina.
   Por la ventana, Esteban vio a Miguel cerrar la tranquera, subir a la chata y avanzar hasta la casa de ladrillo hueco, donde una mujer embarazada lo esperaba en la puerta, cruzada de brazos, en actitud de reproche.
   Entró un viejo, el del caballo: el tío don Julián. Hombre tranquilo, de una parca amabilidad. De sus escasas palabras, Esteban adivinaba cierta alegría por la visita del sobrino. Después del almuerzo, el viejo prendió un cigarrillo negro y se arrimó al hueco de la puerta. Tenía la mirada lejos, una mano en el bolsillo de la bombacha, el pucho saliendo de la maraña de pelos grises que le tapaba la boca. La nicotina le había teñido de amarillo el borde del bigote. Sin aviso, silencioso, salió de nuevo para el campo.
   Aurora se puso a preparar el mate. Germán dijo que estaba cansado, se levantó y se metió en una de las piezas.
—Yo soy capaz de alimentarme a mate solamente —comentó la mujer, que no había probado bocado. Lo dijo como si fuera algo de lo que debía enorgullecerse.
   Esteban se quedó mateando y conversando. Después decidió salir a caminar, cosa de hacer la digestión, respirar aire puro, moverse un poco. Enfiló hacia la hilera de eucaliptos que se extendía paralela al alambrado. Reconfortado por la fragancia de las copas al viento, en un claro se detuvo a contemplar una telaraña suspendida entre los alambres. Nada extraordinario, sin embargo no recordaba una tela que refulgiera tanto bajo el sol. Una obra que sin duda había sido construida a partir de una secreta noción de tensiones y equilibrios. Nunca había pensado detenidamente si se trataría de instinto o de algo más, de habilidades arraigadas en lo más hondo del insecto, heredadas de generación en generación desde el Génesis. La araña acechaba en el centro. Pero la tela, con su brillo, parecía atentar contra la paciente estrategia, delatar su propia trampa. “Algún bicho va a caer —pensó Esteban—. Cuando oscurezca”.

   A la noche, permaneció un rato despierto en la cama, boca arriba, en una pieza diferente a la de Germán. Las frazadas que Aurora le había echado encima le pesaban demasiado, lo mantenían apretado contra el colchón. El grito de un pájaro le llegó mitigado por la distancia. La imagen de Aurora, el mate entre los dedos, le volvía una y otra vez. Aunque la vida de campo tenía su sacrificio, aquella mujer, tranquila y despreocupada, sin duda había acumulado más momentos dignos de evocación de los que él había experimentado en sus veintiocho años. Se preguntó —los ojos horadando la penumbra— si vivir no consistía en eso, en tomar mate y charlar con las personas que uno quiere.

   A eso de las ocho de la mañana, después del desayuno, se asomó a la puerta y vio un animal colgando boca abajo, las patas traseras atadas a una rama seca. Cuchillo en mano, don Julián permanecía quieto sobre la franja de sombra que proyectaba el árbol, buscando acaso recobrar el aliento. Esteban volvió a fijarse en el animal. Cordero o chivito, no supo precisarlo. Una mancha roja le cubría el cogote y parte de la cabeza. En la tierra se había formado un charco espeso y oscuro. El viejo se movió, dio unos pasos y reanudó la faena: con paciencia lo fue despellejando.
Esteban apartó la vista, miró al interior de la casa, donde Germán mateaba con su tía Aurora. Iba a decirle que se asomara, pero se le ocurrió que su amigo ya habría presenciado escenas semejantes. Aurora le ofreció un mate, Esteban lo agarró y sorbió despacio. Después se arrimó a la puerta nuevamente.
El animal se balanceaba con la panza abierta. El tajo dejaba entrever el interior ya vacío, de un rojo intenso. Don Julián arrojó a un costado las tripas humeantes, y las gallinas corrieron a picotearlas.
A Esteban lo sorprendió la naturalidad, la frialdad con que el viejo llevaba a cabo la labor. Para alguien curtido por el campo debía de ser lo mismo matar a un hombre que a un animal. Mientras reflexionaba, movía la cabeza a un lado y a otro. El dolor se le estaba pasando.
   Junto con Germán se puso a juntar leña a eso de las once. Después, con una puerta vieja y dos caballetes improvisaron una mesa debajo de un frondoso paraíso, entre la casa y el galpón.
   El cordero estuvo listo a la una y media. El viejo apareció con la bandeja cargada, cortó en trozos la carne y comenzó a servirla.
   Germán se acordó de que era sábado, y los sábados a la noche había baile en el pueblo. Sin dejar de masticar, don Julián anunció que les prestaba la camioneta.
—¡Viejito lindo! —dijo Germán enarbolando su vaso de vino.

III

   Dejaron la chata en el descampado que servía de playa de estacionamiento, al lado del salón. Salón, explicó Germán, le llamaban a ese club deportivo devenido en bailanta. Alumbraban la entrada unos foquitos suspendidos de un cable panzudo de tan flojo, en una especie de guirnalda que les rozaba la cabeza. Adentro —tinglado de chapa, paredes de revoque grueso—, Esteban se sorprendió de ver tanta gente. Bancos improvisados con tablones y cajones de plástico bordeaban el interior del lugar. Los ocupaban hombres que dormían en actitud desfachatada, como actores mediocres heridos de muerte; mujeres cansadas de bailar o que todavía no se decidían a varearse en la pista; parejas entretenidas en sus juegos, alentadas por la calentura o el amor. A falta de mesas y un guardarropa, botellas y abrigos ganaban terreno sobre la madera.
Germán fue por una cerveza. Esteban se apoyó contra la pared, junto al hueco de una salida que daba al estacionamiento, al campo, a la noche. La gente bailaba como si compitiera por ver quién tenía más aguante. Dejaban el alma con cada cumbia, no sólo los más jóvenes sino también los viejazos, que no eran pocos. Cincuentonas y tipos barrigudos sudaban entre mocosos de doce o trece años.
   Volvió Germán con una Quilmes y dos vasos descartables. Llenó un vaso, después el otro. Esteban —la bebida a centímetros de su boca— se fijó en dos chicas que bailaban entre ellas. Minas raras, de espaldas y manos grandes y prendas demasiado chicas.
—Trabajan en la ruta —dijo Germán—. ¿Ves la de vestidito verde? Se hace llamar Roxana, pero su nombre verdadero es Emilio. Yo lo conocí al Emilio de chico, de cuando todavía no se había cambiado de bando.
Dos tipos forcejeaban en un rincón. El más gordo, la camisa abierta y la panza como un flan, lo agarró al otro del cogote y lo zampó contra la pared. La música se apagó por un segundo, luego empezó a sonar un tema de La Mona, y los tipos se separaron sin que la pelea pasara a mayores. Animado, el gordo levantó los brazos y soltó un grito. Alguien, en la otra punta, hizo estallar una botella contra el suelo.
—Están todos en pedo —dijo Esteban.
—¿Qué? —Germán se llevó una mano detrás de la oreja, para captar cada palabra.
—Digo que se maman y se ponen peligrosos.
—Se divierten, qué querés.
   Germán llenó de nuevo los vasos. Dejó en el suelo la botella, arrimada a la pared, y empinando el codo apuró su Quilmes.
—Vamos a bailar.
   Esteban dijo que iría en un rato, que primero se acabaría tranquilo la cerveza.
—Yo me mando ahora —dijo Germán—. Si me engancho alguna mina, me la llevo a la camioneta. A menos que vos me ganés de mano.
   Esteban le palmeó el hombro como diciendo: “Andá nomás”, y Germán se fue metiendo en el baile al ritmo de la música.
Arrimado a la salida, a un paso de la noche, de todo lo que implicaba la noche de campo, sus sonidos y misterios, con ganas de atravesar el umbral pero formando parte aún de esa fiesta pueblerina —aunque más no fuese como espectador—, Esteban sintió una especie de extrañamiento. Desde lo ajeno, desde su posición de forastero, pensó en esos pobres exaltados que cada noche de sábado se obligaban a olvidarse de lo que eran, si es que eran algo. Los veía como prisioneros de su tierra, despojados de sueños y proyectos, agudizado el instinto.
   Caminó por lo que se consideraba el pasillo, entre la pista de baile y los abarrotados tablones. Encontró un lugar vacío y se sentó. Apoyó el vaso en el suelo, entre sus zapatillas. Al rato vio a Germán salir por el hueco del que él se había apartado. Iba acompañado de Roxana.

IV

   Le costaba digerirlo: su amigo, con la que alguna vez fue un muchacho. A lo mejor se trataba de otra chica con un vestido verde parecido. Necesitaba sacarse la duda. Por otra parte, qué tenía que quedarse a hacer, solo, en aquel aguantadero.
Al salir por esa puerta lateral, respiró la noche. La percibió como una cosa vasta y honda. Algo íntimo.
   Arriba relumbraban las estrellas, millones y millones. La tierra compensaba su chatura con la riqueza de un cielo compinche y generoso. Un reflector iluminaba una vasta porción de terreno. Algunos hombres, en esa especie de patio sin límite, charlaban apoyados contra una valla perpendicular a la pared del salón. Detrás, dormían los coches en hilera. Ahí estaba la camioneta: los vidrios empañados no le permitían a Esteban distinguir nada, ni una sombra, ni un movimiento. Advirtió que uno de los hombres no dejaba de observarlo, tal vez porque parecía que él los observaba a ellos, aunque en realidad miraba más allá, hacia los autos, hacia la calle. Al darles la espalda, algo le golpeó una oreja. Se volvió convencido de que Germán le había lanzado una piedrita y se escondía en alguna parte, por la zona del estacionamiento. Los tipos se reían a más no poder.
—Borrachos de mierda —dijo Esteban y enseguida se arrepintió. No parecieron oírlo: el barullo que venía de adentro había tapado el insulto.
Imprevistamente, uno de los hombres se incorporó.
—Qué te anda pasando, porteño.
   Sin darse por aludido, Esteban miró para la puerta con la intención de escabullirse, de volver al baile. En el umbral se había plantado un matón, los brazos cruzados, la sonrisa sin dientes. Imposible eludirlo.
—¡Te estoy hablando, carajo! —insistió el tipo a su izquierda.
   A Esteban no le quedaba otra que bordear por fuera el salón, hacia la parte de atrás. Giró apenas la cabeza para responderle.
—Busco a un amigo mío —y empezó a caminar.
—Al novio del Emilio buscás, ¿no es cierto? —gritó el tipo—. Y vos seguro sos otro marica.
   Lo tomaban de punto; podía haber caído cualquier otro, pero le tocó a él. Se compadeció de su mala suerte, víctima de seres que no habían heredado ninguna habilidad, ni siquiera la paciencia o la meticulosidad de un insecto como la araña. La brutalidad les bastaba para sobrevivir.
   Al llegar a la esquina del fondo, dobló y continuó bordeando la pared. La luz del reflector ya no lo alcanzaba. Recién entonces —los ruidos del baile amortiguados por el cemento— oyó su respiración agitada, sus propios latidos. No se aguantaba las ganas de mear. Mientras orinaba de cara al campo, calculó que los tipos no lo buscarían en esa zona oscura. De todos modos no tenía pensado quedarse ahí, sino que daría la vuelta al edificio hasta ganar la calle. Esperaría a Germán en la entrada del boliche, bajo los foquitos de colores, desde donde podría vigilar también la camioneta.
   La noche se le hizo más íntima, profunda. No corría viento, pero los pastos se movían como si las alimañas se alejaran con torpeza. Una sombra asomó por un costado, bloqueándole el camino.
—Así que estás acá —el hombre lo dijo en un tono moderado, pero enseguida endureció la voz—. Ando con ganas de matar un marica, y mirá con qué me vengo a encontrar. Un putito de afuera. Y para peor, porteño —el aliento del borracho se entreveró con el suyo—. Parece que hoy es mi día de suerte.
   Esteban resolvió que no retrocedería, a pesar de que el tipo estaba a dos pasos. “Peor si reculo —se dijo—. Seguro que hay otro esperándome en la otra esquina”.
Y mientras pensaba aquello, algo frío le entró en el estómago. En lo turbio de esos ojos que parecían mirarlo adivinó su propio asombro. El pasado se le condensó en un vértigo, el de la brusca puñalada.
—Tan así de golpe —se quejó, apretándose la herida—, tan lejos de casa.
   Otra vez la carcajada, que ahora se le hizo más real. Una realidad de pesadilla. Acaso una pesadilla buscada.
   La noche lo llamaba, lo atraía. Un gran útero que le aseguraba protección. Sin dejar de apretarse, Esteban echó a correr entre los pastos que le llegaban a las rodillas. Corrió ciego por el campo, hasta que sus pies quedaron en el aire y de pronto se le hundieron en algo blando, pegajoso. Una zanja.
   Ahí se quedó: tragado casi, boca arriba, sin aliento. La herida no lo torturaba, más bien sentía una molestia, un ardor como si le quemara adentro. No podía verla, sólo palpar los labios arenosos y la sangre mezclada con barro. Rogó que, con el tiempo, el tajo quedase reducido a una huella de su historia.
   Trató de incorporarse. Entrelazó los dedos en una raíz y logró zafarse. Ya no oía nada, seguramente habían dejado de buscarlo. Lo peor había quedado atrás.
—Qué manera de correr, Dios mío.
   Si hasta el momento se había lamentado de llegar a tal extremo —el de la angustia, el de verse malherido—, ahora estaba convencido de que debía pasar por esas cosas, como quien supera una prueba iniciática, para sentirse alguien. Nunca estuvo más aferrado a la vida.
   Oyó un rumor. Voces, risas. Como si lo rastrearan varios hombres. Andarían cerca, quizá más cerca de lo que suponía. Como pudo —temblando, el corazón batiéndole con fuerza— se levantó y reanudó la carrera sin mirar atrás.