Gloria Mareco
PARAGUAY
Recuerdo postergado
Imaginar un mundo diferente era apenas lo que siempre ambicionó…ni
siquiera construirlo, apenas imaginarlo, pero hasta la imaginación
está vedada a los perdedores. Había llegado a los 50 años,
delgado, curvado, canoso y con los pies de plomo. Cada paso que debía
comenzar era una encrucijada que había que vencer. Nunca más
se había cuestionado. Apenas un poco, lo suficiente como para discernir
entre azúcar o edulcorante, arroz o fideos, vino o cervezas…pero
aquella mañana algo se instaló en su pecho. Una molestia tediosa…¿
dolor? No. Sólo una presencia un tanto extraña. Pensó
en dejar de fumar…y recordó que lo había dejado apenas
empezado. A los quince años, en una reunión ¿política?
había fumado un cigarrillo que alguien le convidó. No le había
gustado pero lo terminó. A alguien le podría haber caído
mal que tirara el cigarrillo intacto o que se negara a aceptarlo….Luego
fue a los dieciocho años…¿o a los diecisiete?
Ese cigarrillo sí lo tiró, fue en el baño. En aquél
baño…Aquél baño!....
Un baño raído, pestilente y húmedo. Las paredes chorreantes
de un agrio verdor. Alguien había llamado a la puerta…
_ Te sentís bien? Sí, había respondido. Al borde del
vómito apretó los puños, la espalda sudorosa y ardiente.
Necesitaba irse, correr, correr y correr. Nada de lo que allí se hablaba
era algo que entendiera. Pero se quedó. Y hasta sonrió con algunas
frases ingeniosas de sus camaradas. Ellos eran más grandes que él,
no podía recordar quiénes habían sido…En ese baño
hediondo se perdió el nombre de todos lo que en aquel día lo
acompañaban.
Diecisiete o dieciocho años? Es importante el dato? No lo creía,
pero hacía unos días no hacía otra cosa que sacar cuentas
tratando de llegar al dato exacto.
Ahora caminaba hacia el negocio de reparación de ropas
de cuero que tenía desde que empezó a trabajar. El lugar apenas
más grande que una cocina de una casa minúscula y común.
Atiborrado de camperas raídas, colgadas en perchas de alambres torcidos.
Se aproximaba la estación del frío, había más
trabajo, más urgencias. La calle le caía pesada y sofocante,
las bocinas insistentemente estridente hasta la exageración. Pero él
sólo tenía un objetivo. Llegar…para qué?…importaba?
No lo había pensado antes, no lo pensaba en este momento. Intentaba
sí reconstruir aquel año en que quiso correr de aquel lugar
maldito y sin embargo no pudo. Alguien le hablaba…
_ Eh!! Qué te pasa?
_ Nada, nada…sólo estoy un poco apurado…
_ Ah…vengo por la campera color crema…
_ Ahhh sí…pero todavía no lo tengo, para mañana
a esta misma hora, si querés pasá y lo probamos…
El olor a cuero viejo era nauseabundo…la mañana se movía
lenta y esa misma lentitud lo obligaba a encorvar la espalda con un cansancio
de siglos…
Había pasado más de treinta años y sin embargo estaba
allí, moviéndose por inercia, yendo hacia donde se esperaba
que fuera. Frente a su máquina de coser, hizo un intento de buscar
la campera a cuyo compromiso se había obligado pero la distracción
pudo más. Prendió un cigarrillo. Miró el pucho…el
tercer cigarrillo de toda su vida…sería el último? …
Mañana, había dicho…mañana… siempre recurría
“al mañana” cuando “el hoy” le era indiferente
o inaceptable.
Treinta años, o más, habían pasado desde aquella reunión
en aquel lugar inmundo. Treinta años…apenas recordaba rostros,
voces, risas o silencios. En todo ese tiempo sólo cosió camperas
viejas. Remiendo tras remiendo perdió la vista y encorvó la
espalda cada día un poco más. Nunca importó aquél
recuerdo, nunca hasta hace unos días en que ya se impuso como una obsesión.
Ráfagas estridentes, pasos acelerados, gritos, portazos,
disparos. Y él, en el baño a punto del vómito, hasta
que la puerta cayó pesada y violenta sobre sí. No pudo ver mucho,
un puñetazo y luego la oscuridad que supuso siempre eterna.
Cuando despertó estaba en una celda oscura tan nauseabunda como el
baño del cual fue arrastrado. No supo en ese instante si estaba solo
o acompañado. Apenas podía abrir los ojos y cuando los podía
abrir la oscuridad era una herida que lo obligaba a cerrarlos nuevamente.
En ese estado de semi inconciencia estuvo largo rato. Por momentos el silencio
era inmenso y definitivo. Quiso levantarse y comprobó que una de las
piernas le dolía más de la cuenta. Se palpó y la hinchazón
era enorme y la supuso rota. Alguien le habló, casi en un susurro.
- Quedáte tranquilo. No te preocupes, seguro que rota no está.
En general no exageran…salvo cuando exageran…
No respondió pero buscó la dirección de la voz. Además
de la oscuridad, conspiraba para su poca visibilidad los hematomas de la cara
que había hecho que sus ojos estuvieran extraviados debajo de alguna
capa de piel herida. Se palpó la cara y no pudo reconocerse.
La voz le resultaba familiar pero no podía distinguir quién
era. Tampoco preguntó. No habló. No se movió. Esperó
a tener conciencia de lo que estaba sucediendo.
Se quedó dormido y se volvió a despertar muchas veces pero nada
había cambiado en apariencia. La oscuridad seguía siendo pesada
y sofocante. Ahora sí escuchaba una respiración muy cerca. La
hinchazón de la pierna seguía allí y seguía todo
como cuando cayó en el sueño pesado que lo alivió y lo
ayudó a escapar aunque más no sea por un instante.
Luego se sucedían las preguntas, los golpes y el ciclo diario en donde
golpes y preguntas recobraban y reforzaban cada hematoma una y otra vez.
Nunca supo las noches y los días transcurridos en esa oscuridad de
dos por dos. Sí supo de gritos estridentes y silencios pesados. Y de
nombres, direcciones, números de teléfonos y grupos sanguíneos
ciertos o inventados que gritó cada vez. Una y otra vez y cada vez
más fuerte a voz en cuello los datos se escapaban, enormes, potentes,
multiplicados.
Ey!!! Te pasa algo?? Alguien entraba al local...Nada...nada, repetía. En una suerte de letargo consciente atendió cada reclamo, cada pedido de reparación. No quería recordar y sin embargo el recuerdo se había instalado hacía un par de días en la vereda de enfrente. Desde allí lo observaba. Una mujer de mirada acusadora parada apenas en sus piernas añejas. Se le acercaría pensó. Iría a su encuentro. Pero se daba cuenta que no podía. Temía a esa anciana como a la muerte que nunca le resultó indiferente.
Por fin después de tantos golpes y días oscuros
alguien le dijo...te portaste bien pibe...la patria te lo va a agradecer toda
la vida. Andá...andá y no te metas más en quilombos...que
vos viste como terminan los boluditos que se creen héroes....
Nunca, en ningún momento y bajo ninguna circunstancias volvió
a pensar en ese episodio. Todo había terminado. Se concretó
la mudanza de barrio y amigos y empezó de nuevo. Ya nunca volvió
a soñar un mundo diferente...para qué? si ese mundo no existía....
O existía en forma borrosa en el pasado y ahora en forma rotunda y
despiadada, en la mirada de esa mujer, instalada en la vereda del frente a
su negocio se hacía cierto que el mundo era una mierda. Siempre lo
había sido...
Encorvado sobre su máquina de coser intentó no pensar. A menudo
lo lograba. Fue entonces cuando la escuchó. Levantó la vista.
La vió de frente, dentro del local.
-Yo dudé cuando me contaron. Dijo ella.
- No se de qué me habla señora. Estoy un poco apurado ya que
debo cerrar.
- Me das mucha lástima!
Entonces los treinta años se le cayeron encima. Los nombres que había
gritado en cada sesión. Las caras y las risas adolescentes de amigos
y sobre todo la risa tímida de aquel, el más entrañable....a
quien reconoció en la expresión de la anciana increpadora.
Entonces respondió. – Por mucha lástima que Ud. me tenga,
nunca, jamás llegaría a un ápice de la lástima
que yo me tengo! Lástima y desprecio...Mucho desprecio...
Se miraron largo rato y las lágrimas que silenciosas caían tanto
en una como en el otro fueron un alivio de siglo. Y se quedaron frente a frente
llorando, sólo llorando.