Maria Consuelo Álvarez
Capital Federal
ARGENTINA

 

Llegué muy temprano, despejada y tranquila, pero al ir acercándome y divisar los pastizales que rodeaban la casa, me empecé a inquietar un poco.
Recordaba tantas cosas...
De pequeños, entre mis hermanos y primos, bautizamos la casona y al poco tiempo todos la llamaban “el castillo”.
Al quedar frente a ella, ya no me pareció ni tan grande, ni tan majestuosa, ni tan imponente. Hacia varios años que estaba deshabitada.
Por fin, entre todos los herederos nos pusimos de acuerdo para venderla. Ante tal acontecimiento, desee volver a recorrerla, rescatar algunas viejas fotografías, descansar un par de días y luego despedirme.
El sol de febrero agobiaba pero ya en el interior, en penumbras, un escalofrío me sacude al comprobar el deterioro reinante.
Subo. Pasando de una habitación a otra, veo la escalera caracol que conduce al desván.
Polvo acumulado y telarañas en cada rincón, pero todo ordenado. Estantes con cajas apiladas, amarillentas y rotuladas.
Encuentro fotos y cartas, pero me sorprendo al reconocer mi viejo diario personal, que había olvidado en algún cajón.
Lo tomo con cuidado y bajo en busca de un lugar más iluminado para leer.
Evitar el llanto me es imposible y la ternura me invade, al concluir cada página. Surgen prolijas, abrochadas, enumeradas y escritas en mi vieja Rémington (aún luce cual reliquia, sobre mi escritorio) las hojas en las cuales dejé testimonio de aquel verano, que signó mi vida.
Al ir leyendo, mi mente libera nítidas, imágenes de aquella época...

“La tarde se anunciaba fría y gris.
De pronto la oscuridad fue total, el viento fuerte y la lluvia golpeaban con furia los vidrios de los ventanales. Encendí las luces y corrí para cerrarlos.
Recogí el viejo mantón de mi madre, ciñéndolo contra mí. Me serví una humeante taza de café y me acurruqué en mi sillón preferido.
Los relámpagos y los truenos me alteraban, por lo cual decidí buscar algún libro, para distraerme. Me dirigía hacia la biblioteca, cuando un movimiento en el jardín, llamó mi atención. Tuve que colocarme los anteojos pero al fin lo descubrí. La carita triste, empapado y tiritando buscaba un refugio. Me provocó tanta lástima que salí a socorrerlo. Su aspecto era horrible, cachorro de raza indefinida, mezcla de perros callejeros. Lo sequé, lo envolví en una manta y le ofrecí leche tibia. Movió varias veces la cola y luego se quedó dormido.
Al día siguiente, bastante temprano, me despertó un silbido insistente y a continuación el llanto angustiado del perro. Me cubrí con el mantón y descendí para averiguar que sucedía.
Mi huésped enloquecido, rasguñaba el piso en su desesperación por salir.
Con cautela alcancé la puerta y apenas la abrí, ladrando corrió hacia el hombre que a una distancia prudencial, lo esperaba.
En el umbral, yo observaba la escena con una sonrisa. A pesar de los metros que nos apartaban, la mirada del individuo me produjo una sensación extraña, aunque no se movió de su sitio.
Ingresé y aseguré la entrada, atreviéndome a espiar por la ventana. Sin desviar su vista, permaneció unos minutos y luego se marchó.
Turbada regresé a mi cama y no me despabilé hasta pasado el medio día.
El sol invitaba a disfrutarlo. Preparé una canasta con algunas frutas y me dirigí a la playa.
A esa hora, había poca gente y la apacibilidad era total.
Estaba embelesada disfrutando la paz del mar, cuando algo roza mi espalda. El perro me lamió un poco, hasta que ante el llamado característico de su amo, me abandonó.
Me incorporé para seguir su ruta y allí lo volví a distinguir. De nuevo sentí su mirada examinándome sólo unos segundos y se ocultó.
A partir de ese momento, cada día, el hombre y su perro me hacían notar su presencia, siempre a lo lejos.
Yo fui alimentando mis fantasías, hasta creer que estaba enamorada del exótico personaje.
Ya mis vacaciones llegaban a su fin y no me resignaba perder a mi supuesto amor. Pasé toda la noche buscando la forma de sorprenderlo y evitar su huida.
Apenas aclaró, salí en su búsqueda amparada por lo inusual de mis costumbres.
En realidad, fue el perro que sin delatarme me condujo hasta él.
Estaba sentado sobre una roca, fumando su pipa y sumergido en sus pensamientos. Me quite las sandalias y hundiendo mis pies en la arena, me fui acercando. Como presintiendo mi presencia, giró de pronto y así quedamos frente a frente. Los ojos claros me impactaron tanto que al principio no reparé en la edad, pero al escucharlo llamarme Maria, me percaté que bien podría ser mi padre.
- Me llamo Ana – apenas balbucee. Me volvió a dar la espalda y adiviné su padecimiento.
- Mi madre se llamaba Maria... – agregué, dispuesta a retirarme pero su voz varonil y firme, me retuvo.
- No quise asustarla... Al verla con el mantón, aquella mañana, fue como recuperarla... El parecido es asombroso y ahora puedo asegurarle, que hasta el perfume de su piel es el mismo... Nos amamos mucho... El tiempo pasa y cicatriza las heridas, pero aunque se siga adelante, quedamos mutilados de por vida. –
Sin añadir más, partió y quedé mutilada yo también...”
Rememoro aquel día... Me encerré en el castillo hasta el atardecer. Lloré, medité y escribí, hasta que tomé la decisión de empacar y retornar a la ciudad.
Mi equipaje era mucho más pesado y doloroso que al llegar, pero mantuve el secreto.
Al principio profesé un odio profundo hacia mi madre, por el engaño y la mentira, pero al ir pasando los años, al ir yo madurando y después de conocer el amor, la entendí.
Pliego las hojas para guardarlas, pero enseguida me arrepiento e impulsiva, salgo apretándolas contra mi pecho y llevando sobre mis hombros, el mantón de mi madre.
El mar me recibe con su oleaje manso. Yo le regalo mi secreto escrito y el viejo mantón, para que se los lleve lejos. Esta vez mis lágrimas saben a miel.
Retrocedo y dejo escapar un grito, ante el sobresalto que me provoca el perro, aunque me mira sereno. Por lo parecido, bien podría ser aquel que yo había amparado... Pero no, no es el mismo.
Ya casi abandonaba la playa, cuando advierto huellas humanas recientes, acompañadas por las de un animal menudo.
Me alegro ante mi imaginación loca, y efectivamente, al mirar hacia atrás distingo la figura encorvada y escuálida de un hombre, que con su bastón le roba al mar el viejo mantón de mi madre.