Osvaldo Hueso
ARGENTINA
LA REVELACION
-Néstor Tolosa, reponiéndose de lo tan repentinamente sucedido,
compró un paquete de pastillas en el quiosco ubicado casi sobre la
parada del colectivo, hacia donde había caminado luego de la visita
al último supermercado de su lista. Sentía un sabor amargo en
la boca que lo atribuyó en un principio a la circunstancia vivida,
y vio asomar a lo lejos entrando en la avenida, al colectivo que lo llevaría
a su casa. Se quedó mirando abstraído como la ambulancia se
llevaba el cadáver de esa persona, hacia quien él había
corrido un instante antes tratando de auxiliar.
De pronto; sintió como algo extraño, desconocido, se adueñaba
de su mente y lo transportaba…hacia otra dimensión…y se
vio en la oscuridad de una calle cortada, sin salida, observando un auto que
entraba a gran velocidad y detrás un “falcon” verde, chirriando
sus ruedas.
-¡Bajemos rápido! –escuchó del primer auto- ¡Nos
están encerrando!
Los veía transpirados, angustiados. La voz del que comandaba la persecución
se hizo sentir en toda su crudeza.
-¡No se muevan, ustedes ya no existen y van a morir como ratas que son!
-¡Peleamos por la libertad, por un mañana mejor! –gritó
uno de ellos-
Y por un instante le pareció reconocer esa voz… desfigurada por
la tensión. -¡Esto ustedes nunca lo van a entender, encerrados
en su mundo de soberbia y omnipotencia!
-¡Revienten hijos de puta! y apuntaron sus armas.
-Revienten hijos de puta, -repitió-
Y una ráfaga de ametralladora se escuchó en el silencio tan
oscuro, como esa negra noche, envolviendo como una mortaja, el pasaje sin
salida.
-¡Carguen los cuerpos! -Ordenó el responsable del operativo-
estos no joden mas.”
-De pronto, Néstor Tolosa se sobresaltó, el chofer del colectivo
le preguntaba: ¿Sube o no sube?
-Sí, sí, subo, disculpe.
Puso las monedas, retiró el boleto y se corrió hacia el interior
del colectivo, aún impresionado por esa travesía de su mente
a otra dimensión sin entender el motivo. A sus oídos llegaban
las conversaciones de los pasajeros:
-¡Que grande Kempes! el cordobés los pasó por arriba.
-¡Y el golazo de Luque! -¿Y que me decís del “pato”
Fillol? -¿Y Menotti?, el flaco se fumaba todo.
Muchos argentinos no conocían lo que sucedía bajo toda esa euforia,
y si algo se veía era preferible cerrar puertas y ventanas y tapar
los oídos. Ese “algo habrán hecho” con que tantos
cubrieron su desinterés, y en cierto modo los hizo coautores de lo
que sucedía.
Mientras veía transcurrir las cuadras, volvió a su memoria el
momento en que, acercándose a la parada del colectivo, corrió
para ayudar a esa persona, que lo miraba aterrorizado, al tiempo que se ahogaba
y tomándose el pecho, se desvanecía y caía. Lamentó
que a pesar de su esfuerzo por llegar a tiempo, y sostenerlo para que su cabeza
no diera contra el cordón del pavimento, no lo había logrado.
-Me resultó raro, -pensaba- camino por mi trabajo, diariamente más
de 60 cuadras, estoy ágil y en buen estado físico. Sin embargo
en ese momento, mis piernas no me respondieron con la rapidez necesaria para
cubrir el trayecto que me separaba de ese individuo.
Llegó a su casa, saludó a sus hijas y a su esposa, quien notó
algo distinto en su mirada.
-¿Que te pasa Néstor, te sentís mal, te hago un té,
tomaste la pastilla para la presión?
-Sí, sí, Roxana, no te preocupes. No, no me siento mal, presiento
como si algo fuera a revelarse en mi mente.
Al día siguiente hizo su recorrida habitual por los supermercados,
levantó pedidos, realizó las cobranzas de acuerdo a los listados
que le entregaban en la oficina de cuentas corrientes de su empresa, verificó
que su mercadería se exhibiera en sitios preferenciales en las góndolas,
siempre deseando finalizar lo antes posible su tarea. Al terminar se dirigió
a la parada del colectivo y en lugar de esperarlo como todos los días,
preguntó al quiosquero si conocía a esa persona del hecho ocurrido
el día anterior.
-Mirá, -le contestó Don Juan- yo lo había visto por aquí
varias veces, se tejían comentarios de que no era trigo limpio, pero
el que te puede decir con exactitud es Pepe, el verdulero de la otra cuadra,
ese está todo el día en la vereda vendiendo su mercadería
y no se le escapa una.
-Gracias Don Juan, déme esa revista, -y se dirigió presuroso
hacia la verdulería-
-Sí amigo, yo lo conocía, y vi cuando usted corrió para
ayudarlo, pero mejor que no haya llegado a tiempo, ese tipo no merecía
seguir viviendo, comandaba un grupo de tareas que secuestraban y mataban a
gente que dicen que luchan por cosas mejores que las que soportamos; yo no
me meto, los militares no me gustan, Pero, yo, cuido mi quintita.
Néstor Tolosa, regresó a la parada, hizo señas al colectivo
que se acercaba y subió. Súbitamente había reconocido
la voz, que escuchó llegar desfigurada a sus oídos el día
anterior, en esa extraña traslación de su mente, y ya sabía
porque no pudo llegar a tiempo para sostener a ese individuo. ¡Su hermano
gemelo, desaparecido; en una reveladora simbiosis, lo había detenido
y le había impedido salvar al asesino que había disparado la
ametralladora que acabó con su vida y la de sus compañeros!
Llegó a su casa, besó a su esposa, le entregó la revista
que ella siempre leía, se sentó en el sillón del living
como hacía tiempo no lo hacía, se sirvió despaciosamente
un vaso de vino, y mirando hacia arriba, brindó por su hermano gemelo,
que seguramente, lo miraba sonriente y en paz… como él.