Gerardo Augusto Pace Bruno
Buenos Aires
ARGENTINA

 

LA SOLEDAD DE JOSÉ

José estaba tirado en su cama de la celda número ocho del penal de máxima seguridad de Córdoba. Fumaba un cigarrillo y en la radio se escuchaba la voz de la locutora anunciando el comienzo de un nuevo programa.
- Buenas noches donde quieran que estén, hoy es el primer programa de “Amistades nocturnas”, llámanos o escribanos para conocer a tu media naranja.
El discurso de la locutora duró diez minutos más, luego dio el teléfono y la dirección de la radio. Un minuto después éste comenzó a sonar en la emisora. La telefonista no daba abasto.
En ese momento, José escuchó la voz de una mujer que salía por el parlante de su vieja radio a pilas.
- Me llamo Celia, tengo treinta y ocho años, soy divorciada, tengo tres hijos, trabajo como mucama y me gustaría conocer un hombre cercano a mi edad, que todavía crea en el amor sin barreras, buenas noches, gracias.
La locutora despidió a Celia deseándole suerte en su búsqueda.
La voz de esa mujer despertó en José algo que todavía no sabía cómo llamar, solo tuvo el impulso de agarrar su block de notas y escribir a la emisora para contactarse con ella, en el papel solo puso: “La soledad es mi condena, yo no soy el culpable de los actos de los demás”, “Celia quisiera ser tu amigo”, “por favor escribirme a esta dirección: Puerto Llano, número setenta y siete, Córdoba”, “desde ya muchas gracias”.
Él había dado la dirección donde vivía su madre.
Como siempre pegado a su almohada, José escuchaba la radio, con la esperanza de que la locutora leyera su carta, pero esa noche no pasó.
Así transcurrieron tres semanas mientras él ya pensaba que la carta no había llegado o tal vez simplemente con tantas que habría por leer la pasaron por alto por alguna más interesante.
José perdió toda esperanza de poder conocer a Celia, y esa noche había decidido no prender la vieja radio, tal vez por bronca al destino. Estaba sentado en su cama de la celda fumando un cigarrillo, uno de los pocos que había ganado en una partida de truco, tratando de sacar su mente de ese horrible lugar e imaginarse como sería esa persona que le quitaba el sueño. Tuvo una imagen borrosa, se imaginó una mujer de tez blanca, con el pelo negro por los hombros. Su rostro no estaba bien definido.
Ya eran las veintidós horas, la cárcel estaba en un silencio oscuro, las luces apagadas. José sintió otra vez la soledad, no podía dormir y en contra de su decisión de no prender la radio, la tomó de su mesita junto a la cama y la encendió. El dial estaba en FM Esperanza, la locutora estaba conversando con un oyente, luego hizo una pausa y comenzó a leer una carta que hablaba de la soledad y los culpables, era la carta de José. En ese momento, en su corazón nació una pequeña ilusión.
Un rato después José se durmió con una tranquilidad poco común en un lugar así.
Pasó una semana y el hermano de José, Raúl, lo fue a visitar, con él traía la carta de Celia, hablaron una hora y Raúl se la entregó sin hacerle preguntas. José se despidió de su hermano después de estar al tanto de lo que estaba pasando afuera, y se dirigió con ansiedad a su celda.
Una vez sentado en su cama, miró el remitente del sobre y según lo que decía la casa de Celia distaba a 40 cuadras del penal.
Abrió el sobre con suma delicadeza, la cual no era común tener en el penal. Sacó un papel de su interior que decía: “Hola José, gracias por interesarte por mí, cuando escuché tu carta sentí un frío en el alma, por un momento me sentí igual que vos pero después pensé que tengo mis hijos, mi trabajo y mi familia en Bs. As., así no me sentí tan sola. Pero te confieso que no puedo dormir por las noches y los domingos a la tarde cuando tengo franco no sé qué hacer, al final termino sola llorando en la habitación del hotel donde estoy parando, me gustaría que podamos hablar por teléfono y saber un poco más de vos de esta manera, te dejo un beso, la dirección del hotel, espero que hablemos pronto.”
Cuando José terminó de leer la carta le pasaron mil cosas por la cabeza, después se arrepintió de haber escrito a la radio, y decidió no llamar a Celia.
Pasaron dos semanas, José estaba enojado consigo mismo, con las paredes de la cárcel y con el mundo. Imaginó que si aquel 24 de diciembre no le hubiese disparado a aquel fulano, estaría libre, y ahora podría estar trabajando, ir al café de la esquina, hablar con sus amigos, y seguramente tendría una mujer.
Al rato volvió en sí, diciendo en voz alta y a los gritos: “hice lo que tenía que hacer, si no lo mataba ese loco de mierda habría matado al pobre hombre y a su familia”.
Luego tomó un libro que le había traído su hermano y encendió la radio. Esa noche la locutora leía una poesía sobre el amor y los miedos:
- “... y amor, no tengas miedo de amarme que puedo ser el reposo de tus sufrimientos” - Terminó diciendo la locutora.
José sintió dentro suyo vergüenza por un sentimiento que en él no era común, la cobardía le había tocado su ser. Temer a ser juzgado por su condición frente a Celia, tener miedo al rechazo y sobre todo a jugarse por alguien.
En ese momento, apretó fuerte el puño de su mano y se dijo: - ¡cobarde! -. Y golpeó de lleno su mano cerrada contra la fría pared de su celda.
El programa terminó y José se durmió con la bronca encima de ser un cobarde realmente.
A la mañana siguiente lo visitó su hermano, conversaron un largo rato y luego le dio una carta, era de Celia.
En ese momento, desesperado la abrió sin importar que su hermano estuviera presente y leyó: “No sé para qué te quejas de tu soledad si ni siquiera me llamaste, seguramente sólo querías llevarme a la cama, como todos. Celia.”
José no comentó nada a su hermano y se fue a su celda.
Era domingo y Celia descansaba en el cuarto del hotel sola, sus hijos se los había llevado su ex marido por el fin de semana a Buenos Aires.
Sentía tristeza como en todos sus francos en los cuales no podía aturdirse con el trabajo y su interior se llenaba soledad, defraudada porque en las últimas semanas había conocido a un par de hombres pero ninguno le había tocado el corazón, sólo querían una noche con ella. Se sentía vacía, una lágrima rodó por su mejilla y pensó en abandonar la idea de una pareja por el momento.
En ese instante, oyó que golpeaban a su puerta, era Dominga, la dueña del hotel:
- Celia, hay un hombre en el teléfono que pregunta por vos. – Ella pensó que seguro era uno de esos locos de la radio:
- Gracias, Dominga, ya voy.
Se secó las lágrimas de los ojos y fue a la recepción del hotel, tomó el teléfono y preguntó:
- ¿Quién es?
- No me conoces, soy José, espero que te acuerdes de mí...
- Sí, sos el que se queja de estar solo pero no hace nada para cambiarlo.
- Contestó con cierto enojo.
- Vos no conoces nada de mí, ni siquiera dónde vivo.
– Contestó con un aire de tranquilidad al hablar.
- Te equivocas, sé dónde vivís, ¿no te acordás que me dejaste tu dirección
en la radio?
-
- Sí, tenés razón... – José hizo un silencio profundo.
- ¿Entonces? – Celia también se calló.
En ese momento, José respiró profundo y habló sin miedo a nada:
- Estoy preso, tengo una condena por homicidio de diez años y ya llevo ocho cumplidos. No quise darte mi dirección por miedo a que me
rechazaras, si queres acá termina nuestra conversación... – Contestó tristemente.
- Sólo una pregunta, ¿sos culpable?
- ¿Del homicidio? No, de mi soledad, sí. – Contestó con un aire de desahogo.
- Ya no sos el único culpable de tu soledad, ahora soy tu cómplice
- Contestó Celia.
José sintió por primera vez en años que no estaba solo:
- Bueno, tengo que cortar, ya no tengo más monedas.
- ¿Cuál es el día de visitas. ?
- Los domingos de ocho a once, ¿vas a venir a visitarme? – preguntó con
aire de sorpresa.
- Sí - Contestó decididamente Celia. – Algo más, gracias por tu sinceridad.
- Tengo que cortar, adiós. – Se despidió José tristemente.
Llegó el día y Celia, tras haber pasado por los controles policiales de la entrada del penal, fue a la sala de visitas, allí estaba José fumando ansiosamente. Hablaron las tres horas exprimiendo cada minuto como si fuera eterno, y al despedirse, Celia prometió visitarlo todos los domingos hasta que saliera en libertad.
El 28 de marzo de 2008, José salió en libertad, y el día en que José se despedía del penal.
Celia estaba en la puerta esperándolo. Juntos pasaron los años que les quedaban de vida siendo cómplices de un amor que luchó contra el miedo y los prejuicios...

Gerardo Augusto Pace Bruno