Estela Parodi
Santa Fe
ARGENTINA
LA VIDA Y LA TELARAÑA
I
Se terminó de afeitar, y pensó en las palabras de Ledesma. “Si
no cazás una buena nota pronto, vas a tener que abrirte una verdulería,
che, Guzmán.”
Esa manera humillante que tenía Ledesma de decir las cosas, como si las
noticias se pudieran inventar. Antes de ir al diario daría una vuelta.
Necesitaba un poco de aire. Desde que Laura lo había abandonado, la vida
se le había enredado como en una telaraña. Lo único que
le faltaba era perder el trabajo.
¿En qué andaría Laura ahora? Seguramente intentando encontrar
su karma, como le dijo desde la puerta el último día. Karma. El
de él debía estar lejos porque le salía todo al revés.
Primero su padre con cáncer, el motor del auto fundido, su mujer, Ledesma.
Demasiado. Se puso el saco, se colgó la cámara de fotos al hombro
y agarró el bolso. Por si pasa algo, pensó.
Cuando subió al ascensor, la rubia del noveno le sonrió. Lo único
que le faltaba, serrucharse a una vecina para que después no lo dejara
en paz. Apenas la saludó. Tenía un cuerpo despampanante, cualquier
tipo no lo hubiera pensado dos veces. Él quería algo, pero no
la rubia. Algo para poder estamparle en la cara a Ledesma.
—Vos sabés que es el Jefe de Redacción —le dijo Juan
el día antes. Pero a él no lo consolaba. No tenía por qué
tratar así a la gente.
Dejó pasar a la rubia que lo saludó con un chaucito meloso y agarró
para el otro lado. La mañana estaba fresca. Las veredas, sucias. Seguía
pensando en lograr una nota cuando de golpe, alguien lo llevó por delante,
resbaló y cayó al suelo.
II
Hoy voy a hacer sopa, hace frío, una sopita caerá bien, pensó
Rosa.
—Micaela, vení a la cocina, hijita, hay viento en el patio.
La llamó con una voz tan suave como era la niña. No le gustaban
los gritos, ni tampoco que su mamá se enojara. Le habían enseñado
a obedecer y ella obedecía.
—Bueno, mami. Llevo las cosas y voy.
Rosa comenzó a lavar las verduras mientras la nena se trasladaba con
su cajón de juguetes. No tenía que olvidarse de ponerle apio al
caldo. A Roque no le gustaba sin apio.
En pocos minutos había acomodado todo sobre la mesada. Llenó la
olla con agua y la puso a hervir. Miró un segundo a Micaela. Había
acomodado sus muñequitos móviles sobre las sillas en miniatura.
También había puesto unas sartenes sobre la cocina que le habían
regalado en Navidad.
—Ellas también van a tomar sopa, mami. Y rosquitas de miel. ¿Me
das?
Le alcanzó un platito con algunas masitas y vio cómo las ponía
en el centro de la mesa. La vio feliz. Con Roque habían esperado más
de diez años un hijo.
El sonido del timbre la sacó de su embeleso. Se secó las manos
en el delantal y salió a ver quién era. Seguramente, Doña
Ernestina. Siempre le faltaba algo. De paso se daba una vuelta y veía
si todo estaba bien. No lo hacía por entrometida. Las suegras tenían
esas cosas de husmear pero ella, no. Vivía a unos pasos de allí
y nunca la molestaba. Sólo pasaba todas las mañanas, le daba un
beso a la nena y después se iba.
—¿No tenés unos huevos, Rosita? Me olvidé de comprar
ayer y estoy apurada para ir hasta lo de Cosme. Mañana te los devuelvo.
— Sí, Doña Ernestina, pase y cierre la puerta. Dejé
sola a la nena. No tengo apuro por los huevos. Cuando le quede cómodo...
La mujer entró y la siguió por el vestíbulo. Tomaron unos
mates y charlaron unos segundos. Rosa le preparó una canastita y le dio
saludos para Don Alberto. Después le dijo que perdonara pero que estaba
atrasada con la comida.
—No faltaba más, querida. Es casi mediodía. Yo también
tengo que irme.
—Mire, no la acompaño, mejor arrime la puerta usted. Enseguida
voy y cierro.
III
Mientras iba levantándose, lo vio enfilar hacia la esquina. Apenas pudo
ponerse en pie y vio los policías, con las armas desenfundadas, persiguiéndolo.
Tuvo un segundo de lucidez, levantó su cámara con urgencia y sacó
la foto. El chico había quedado grabado. La cara de Ledesma se le apareció
delante como un flash, y entonces gatilló varias fotos más. Escuchó
que un hombre le decía que se resguardara, que habían asaltado
el Autoservicio. Pero él apuró su marcha hacia la esquina en la
que había visto desaparecer al supuesto ladrón. Vio a los policías
desorientados desparramándose por toda la calle y una oleada de gente
que se desperdigaba asustada. Era su momento. Si se paralizaba, perdía
la nota. Tenía que llegar a la esquina antes que la policía. El
pibe no podía ir muy lejos.
IV
Corría al mismo tiempo que las imágenes: la villa, el rancho,
la mugre.
Dobló en la esquina y vio por casualidad una puerta abierta. ¿Sería
una salvación o el cadalso? No tenía opciones. Detrás de
él había al menos diez canas. No quería morir. Tampoco
pudrirse en ese agujero negro de la prisión. Conocía de memoria
el encierro. Sentía la respiración desbocada en el pecho. Tenía
que parar de correr o se caería desmayado. Se detuvo un instante frente
a una panadería y miró hacia adentro. Había mucha gente.
Mejor, la puerta. Por algo estaba abierta. ¿Y si había mucha gente
en la casa también? No importaba. Siempre era mejor que un boliche con
vidrieras. Siguió corriendo unos pasos más y al fin entró.
Un vestíbulo con olor a comida, varias puertas, una radio encendida que
anunciaba el pronóstico del tiempo.
Fue directo por el pasillo. Las puertas continuaban a un costado. Una casa chorizo,
pensó, debe haber un patio al fondo. Entonces la vio. Menuda, con el
delantal de cocina atado a la cintura, azorados los ojos, resguardando con los
brazos a una pequeña niña rubia que se le apretaba a la pollera.
—¡Si te movés, te quemo! —gritó. Pero ella no
se movió. Era una estatua prolongada hasta el cuerpo de su hija.
—¿Qué quiere? — dijo con voz aterrorizada, pálida
como un papel viejo, mientras Micaela comenzaba a llorar.
—Que te quedés quieta. Me sigue la cana. Si te portás bien
y me ayudás, en un rato me voy.
Rosa lo miró con terror. Se agachó para abrazar más fuerte
a su hija, intentando calmarle el susto. Él se sentó en una de
las sillas, puso los pies sobre la mesa y le mostró el revólver.
—Si no querés ser boleta, lo mejor que podés hacer es prepararme
algo de comer. Desde anoche que no como. Esa alarma hija de puta cagó
el golpe en el supermercado. Iba todo bien hasta que...Y dale, qué esperás,
decile a la piba que se calle, me pone nervioso.
Rosa alcanzó a ver que le temblaba el arma en la mano. Era capaz de cualquier
cosa. Debía tener trece, catorce años apenas. Fue hasta la heladera
con la nena pegada a ella. Sacó queso y mortadela que Roque había
comprado la tarde anterior. Buscó el pan en la bolsa y comenzó
a prepararle un enorme sandwich. Se mantuvo de espaldas a él mientras
seguía escuchando el sollozo de la niña que no paraba de preguntar,
quiéneseseseñormamá.
—Sh, tranquila, Mica, es un amigo de mamá. Quedate tranquila.
—¿Entonces le puedo mostrar las Barbies, mami?
— ¡No! —gritó— Quedate con mamá acá.
— ¿Por qué no la dejás, mami? Está bien que
me muestre los juguetes— dijo el muchacho largando una grotesca carcajada.
— Dale, mami. Dejame.
—¡No! —volvió a decir Rosa, desencajada a tal punto
que el cuchillo con el que cortaba el pan se cayó al suelo. Él
se levantó enseguida y se le pegó a la espalda.
— Menos gritos si no querés que le pase nada a la piba —le
susurró al oído mientras se levantaba de la silla y le apoyaba
el caño de la pistola en el cuello.
A Rosa se le saltaron las lágrimas. Hizo un brusco silencio y levantó
como pudo el cuchillo para continuar preparando el sándwich.
—¿A ver qué juguetitos tenés? —y miró
a Micaela.
¿Por qué le estaba pasando eso a ella? Presintió que la
niña iría a recoger los muñecos y comenzó a rezar.
Puso rápido el queso en el pebete y cortó como pudo un trozo de
fiambre. Cuando lo terminó lo colocó en un plato y se dio vueltas,
lista para enfrentarlo.
Él estaba sentado en el suelo con las piernas abiertas. Un poco más
allá, Micaela le iba acercando una a una, la Barbie dentista, la Barbie
astronauta. Al lado de ellos, el revólver abandonado.
Fue un instante de furiosas decisiones. Giró lentamente el cuerpo, sostuvo
la olla con una delicadeza de fantasma y la tomó entre las dos manos.
Lo meditó apenas un segundo, sospechando las consecuencias, pero al fin
se animó. Tiró toda el agua hirviendo sobre la cabeza del malhechor,
agarró el arma y a Micaela de la mano, y la tironeó para hacerla
correr hacia la puerta de calle. El pasillo le pareció interminable y
en medio de esos pasos desesperados que daba, escuchó los gritos desgarradores
que llegaban de la cocina.
Nada la hizo detener. Abrió la puerta aún sin llave y salió
a la calle aullando como una demente, con su hija en brazos, sin siquiera darse
cuenta de la presencia del otro hombre, allí, escondido entre las brumas
del vestíbulo.
V
Entró en el escritorio de Ledesma hecho una tromba. Le dijo que tenía
una primicia pero que la foto y la nota, tenían un precio extra. El hombre
lo miró con ojos irónicos y se rió.
— ¿Qué me traés ahora, Guzmán, la foto de
tu abuelita tejiendo?
Le dio ganas de trompearlo pero sacó la máquina y le mostró.
A Ledesma se le fue la sonrisa de la cara.
— ¿Cómo conseguiste eso? Es un boom.
—Esta foto vale un montón. No importa cómo la conseguí.
La mujer redujo al chavón tirándole una olla de agua hirviendo.
Ella y su nena están a salvo. Fui el primero en entrevistarla. Al pibe
lo llevaron al Instituto del Quemado. ¿Está satisfecho?
—Seguro, Guzmán, seguro. Siempre dije que eras un periodista impecable.
Ya mismo ponete a trabajar.
Se fue a su oficina y miró por la ventana. Las veredas seguían
sucias. Pensó nuevamente en la telaraña. En gente como él,
sin opción. Volvió para atrás y se vio entrando a la casa.
Sólo se le ocurrió sacar fotos. Había sentido más
pavor cuando la mujer agarró la olla que cuando lo vio al chico poner
la pistola en la cabeza de ella. Sí, la telaraña. Sin opciones,
a veces.
(Nov. 2006- SET 2007)