Carlos Rodríguez
Gesualdi
Buenos Aires. ARGENTINA
De la guerra de las Galias
Siendo César cónsul, las Galias fueron ganadas por él para Roma, como también otras tierras y puertos. Luego, en Farsalia, concluyó César con la cruel guerra civil que ensombrecía el porvenir del Imperio y derrotó a Pompeyo, el digno, ése mismo que tanto honor había logrado con sus campañas y que tan malamente supo hacer uso del poder. Farnases, rey del Ponto, cayó igualmente bajo el avance de las legiones, comandadas por César que, en Munda, extinguió en forma definitiva las ambiciones personales de quienes tuvieron el pobre espíritu de seguir tras los pasos de Pompeyo aún después de muerto éste. Cesar organizó el Estado, purificó y consolidó sus leyes. Impuso la Paz, al punto que pueblos salvajes la solicitaron como gracia especial. Marchó sobre la Grecia y el Egipto, logrando que los estandartes de Roma fueran conocidos, temidos y apreciados en tan remotas tierras.
Queda, para los que vengan después de César, ir más allá de las columnas de Hércules; más allá de los montes que nos separan de los bárbaros. Más allá.
Ahora César se encamina al Senado; Calpurnia le ha advertido que, por varias noches, malos sueños de gritos y de sangre la han despertado en sobresalto; los auspicios consultados tampoco han sido favorables, pero César es César, y César debe continuar su camino más allá de augures o de sueños de mujeres; debe imponerse ante los ancianos que le aguardan sentados en sus confortables escaños, debe hacer valer sus razones –o su fuerza- ante todos. Así lo quiere Roma.
Marco Bruto estará de su lado. César -que aprendió a no confiar en nadie luego de que el elocuente Antonio lo enfrentara en el cálido mar del reino de los Ptolomeos- sabe que en Marco Bruto sí puede confiar. Con él a su lado tendrá más que suficiente para triunfar sobre los senadores que se oponen, sin razón valedera, a que sea nombrado rey... como si tal título pudiera engrandecer, o menguar, los anteriores títulos y honores recibidos. Sí, Marco Bruto será buena y eficaz compañía.
Y conmigo, con Julio, ése otro que también soy yo, César, pero que no rige un Imperio, ése otro que cada vez que enfrenta a un espejo se sorprende de lucir la túnica púrpura, ése otro que es nada más que un hombre y en este momento, mientras sube las escalinatas del Senado siente un negro temor oprimiéndole el pecho y está deseando, creo, haber sido nada más que Julio.
.