BUENOS AIRES A LA LUZ DE LOS PÍXELES


Buenos Aires. Siglo veintiuno. Mientras algunas luces se encienden, otras se apagan en la misma ciudad.
La ciudad que espera al viernes por la noche, para que el descanso se asome a la buscada serenidad de sus habitantes.
Aparecen los matices que entre estrellas y monstruos se van desenvolviendo para entrar en acción en bajo el mismo oscuro tul, apenas iluminado por las estrellas que algunos pueden ver, otros pueden soñar..... Sigal las inventa desde su cuarto. Sumida en la imagen que su espejo le devuelve cada ciento sesenta y ocho horas, se dispone a escuchar su audición de radio. Sigal, bañada por la luz tenue y dorada de una habitación sin rumbo fijo, su largo y ensortijado pelo brillando al compás del tic tac de las agujas del reloj de su mesa de luz, que le avisan que él va a comenzar a conducir el esperado programa de radio. Y mientras ella va apagando lámparas, en un pequeño estudio radial se va encendiendo una luz roja que avisa al conductor que su voz saldrá al aire en la inmensidad porteña.
Sigal nunca ha visto a Ros, el conductor que ella imagina sólo por el contacto que tiene con su voz. Ella lo ha dibujado entre sombras y a tientas como la visión que un ciego tiene del el perfume de una rosa.
El cruce que entre ellos se va a producir en instantes, quema como un pan recién horneado.
Sigal está pronta a encontrarse con su soledad y con su compañía.
Paulatinamente se envuelve en sus sábanas de seda, como dispuesta a pintar en los blancos lienzos que cobran vida en su taller.
Su pincel se untará en la paleta vocal, y en la música que cada semana Ros propone entre charlas y licores.
Ella nunca lo ha visto, pero se deja llevar por esa voz para transitar el comienzo del fin de semana, en la medianoche porteña, mientras él recita la letra de un tango que dice: ”Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul.¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!
Y en ella resuena... porque esa voz que siempre escucho, no es mía ni es voz... Lástima grande que no sea verdad tanto cariño!
Curiosamente Ros, quien dice ser un monstruo, pronuncia estos versos que quedan en Sigal atesorados como un ingrediente más para dibujar un acercamiento mudo. Ella que siempre juega entre el mar y la montaña, compenetrada con el cielo azul que no es azul, ni tampoco cielo....ella nunca verá a Ros...
Raramente él proyecta su sombra antes de haber llegado... y sin embargo ha llegado a la vida de esta mujer que lo único que conoce es su voz. Conoce su risa, su tos, sus suspiros inclusive, todos colores de su paleta que ella usa para dibujar esa presencia extraña que la convoca cada viernes a la medianoche en torno al girar del mundo y del dial.
Qué clase de afecto es este? Ella lo busca en las miradas de otras gentes en los subtes, en la velocidad y en la lentitud. Ros .... es mágico. Un alquimista que concede deseos a su radioescucha, a condición de un amor relativo.
Lo conoció un día cualquiera paseando a la luz de los pixeles, esos que iluminan el monitor de la computadora, mientras el propio rostro se refleja en la pantalla.
Ros jugaba a asustar a la gente y ya desde entonces se hacía llamar “monstruo.”
Escondiendo su melancolía propia y conquistando terrenos cibernéticos , mientras avanzaba como Atila sobre las salas de chat.
Ros... un comunicador..un hacedor de puentes, un guerrero diabólico capaz de encontrar el corazón mismo de un ángel.
Un habitante del cielo, el mismo cielo que habita Sigal. Un arquero de certera puntería, que se hace invisible e inalcanzable.
Una puntada que descompone los destellos de muchas soledades en esta nostálgica y prismática Buenos Aires.
Sigal escucha los ecos de las voces del tiempo... y cierra los ojos....sonríe cálidamente disfrutando paso a paso de los compases de su respiración.
La magia los acerca y pasan largas dos horas juntos. Ella sabe que él está en un cielo pero no le alcanza todavía, porque lo que desea....es abrazarlo.
El amado es misterio, es distancia, es sufrir y es gozar....

Entran algunas luces por la ventana del dormitorio, iluminando lo más hondo, lo más oscuro, lo más simple y lo genial. Qué es la vida sin afecto? Se lo pregunta repetidamente... es el rayo del lucero que ilumina una y otra vez mi alma en la distancia.
Qué es la vida sin poesía? Son mil lentejuelas que titilan como luciérnagas espectrales.... miles de ellas de caleidoscopiales colores multiplicadas en espejos...

Y mientras tanto la audición sigue y sigue... Ros lee alguna carta, cuenta la fórmula de un licor, desenvuelve un chocolate mientras ella se envuelve, se adormece pero escucha, siempre atenta al latido. Sigal sabe leer en la naturaleza mientras escucha la música caprichosa de la radio. Música negra. Música de color... de exquisito perfume...música con historia...con memoria y con recuerdo. Música con sabor a chocolate.

Música con línea y con textura.
Mientras tanto, Ros... sonriendo dice: --oyente y conductor nunca se han de encontrar... mas el encuentro ya se ha producido.
Ros y Sigal... dos vidas que se cruzan en el tiempo y el espacio, ojos sin ver... sin manos, sin abrazos, sin rostro y con amor.

Una noche, la audición propone llamados telefónicos. Ahí está Ros incitando a sus oyentes como el torero que se apresta a derribar al toro. Haciendo verónicas con su capa roja, seduciendo a sus oyentes.
Y finalmente Sigal llama. Están hablando a la misma hora, se perciben las voces desde el teléfono. Se miden en la plaza de toreo. Se encuentran y en alguna forma se reconocen, se hacen espejo, y los monstruos ahora son dos.
Algo se produce en el cóncavo subjetivo de estos dos espejos...la voz de Ros se torna suave, cordial y la de ella explora y responde a preguntas que sostienen el paso del tiempo en esta única comunicación posible. Y así van libando sus oscuros misterios, mientras una estrella fugaz ilumina Buenos Aires.
Los fantasmas se tiñen de corcheas... y están cerca uno del otro. Se produce un silencio, y el verso oculto flota como un vapor de sonido. Una íntima y agradable corriente aparece desde la infinitud que marcan la miradas y las manos aferradas al teléfono y al micrófono.

Los pintores como nuestra protagonista representan todo con el ojo. Toman posesión de las cosas y la gente con el ojo. Con el ojo piensan. Con una inquietante red de líneas, son capaces de atrapar el sueño que vive en sus pupilas. Sigal pinta y necesita un espejo para no alejarse de lo bello. Pensativa y muda, le brillan los ojos. El fin se vislumbra y está próximo. El espejo le devuelve miradas, una vez más Sigal se descubre y se aprecia habitando dentro de sí. Se toca la piel. Sigal está viva. En algún lugar, respira Ros. Hay una herida y abierta está. La paleta contempla entre violetas y cenizas. La audición por hoy ha terminado. Ros se despide hablando de un vacío interno. Sigal sin palabras una vez más se ha sentido plena.
Así es la historia de estos dos monstruos que nunca se verán y que tanto se quieren.
Se apagan las luces de la noche... Febo espera impaciente poseer al cielo azul, que es cielo y es azul. Vivo y profundo.