A mi amiga Amelia,
con la fiesta en las venas.

Cynthia Grinfeld

LOS DÍAS DE FIESTA


Para esta noche se anuncia un eclipse de luna. Comenzará a las siete y treinta y dos de la tarde. Si la lluvia que está pronosticada se demora, con suerte la podremos ver queridos oyentes- dice el locutor de radio nacional- en medio del flash de noticias.
Sarita desconecta la aspiradora y se asoma a su ventana para ver el cielo. Son las diez de la mañana. El cielo está gris e indeciso. No hay rastros de despeje ni de catastróficas tormentas...
Como si fuera poco, es treinta y uno de diciembre en la siempre hermosa Buenos Aires.
Desde hace meses, Sarita llena de tribulaciones, dibuja en su mente este día y lo que será esta noche . Infinitos bocetos van cayendo como meteoritos en un cesto imaginario a medida que son descartados.
Escucha la radio todos los días y a toda hora. Cuando maneja su coche, también pone la radio. La radio es una fiesta.
Según Sarita, la radio es una paleta de infinitos colores, voces, horas y silencios.
Ella es una solitaria empedernida... empedernida en no serlo claro.
Sucede que para ella lo invisible siempre crea el acontecimiento.
Sarita es una adicta al romanticismo. Una sobrevividora de oficio. Sarita es preguntas y fantasías. Es movimiento y ama la luz.
Lo peor que le podría pasar, sería perder la vista o el oído. Siempre juega con la idea de las pérdidas. Para ella perder es una puerta necesaria para ganar, pero siempre se atraganta con sus propias teorías.
Ella es una enamorada de los muertos. Por eso.... adora a conciencia a estos inalcanzables que ella toca con su vista, con su oído y con su alma.
Puede tejer fantasías como Penélope las sedas, con la diferencia de que no existe un Ulises , sino que hay varios que aportan algo para imaginar a uno inalcanzable, pero.... casi seguro existente.
Sarita es una mujer de fiestas. No de fiestas convencionales, pero de fiestas al fin.
Cumple años en navidad y eso ya la marca, desde hace cuarenta y cinco años, que bien podrían ser sesenta y nueve o mil según el clima.
Finalmente esta noche , paradójicamente, la luna ha decidido dar aviso de ausente.
Pero cómo que la luna no va a estar? Y si además llueve no la voy a ver? La angustia se va abriendo paso en forma de melancolía en la cabeza de Sarita.
Ya no se contenta como otras veces. Hace años que no va al mar. El mar... otro elemento que ella añora. Sarita, ha pensado que si ella no puede ir al mar, atraerá al mar hacia ella. Llena la bañera de agua tibia y clara, y vacía el paquete de sal fina que compró en el supermercado la semana pasada. Grieg la acompaña en ese intento de resolver, mientras pasan la horas... cómo será su fin de año... sin luna... pero con pianos... sin luna pero con velas, sin nadie pero con ella.
Cierra los ojos en su desnudez y piensa: la naturaleza me ofrece una fiesta.
Suenan las flautas que acarician el segundo movimiento del concierto.
Suena el teléfono pero no lo escucha. Ha ingresado a su mundo. Con los ojos cerrados ve una noche de gala y se dispone a pintar la gran celebración.
Han pasado algunas horas, la casa está impecable. Los asuntos, atendidos. Los diálogos hablados y el cielo ya ha ofrecido algunos chaparrones.
A las ocho de la noche, Sarita recuerda aquel vestido blanco, bordado con mostacillas y lentejuelas tornasoladas. Lo usó sólo una vez para el casamiento de la hermana de su amiga. Una fiesta aburrida pero cálida. Así la recuerda. Gente buena, música ruidosa, las luces de los flashes de las cámaras de foto y comida en demasía.
Hora de reivindicar al lindo vestido en una fiesta de verdad!
Sarita se mira al espejo ya vestida, y se gusta. El vestido, los zapatos, el collar y el perfume.
Se mira el pelo y nota que faltan las flores. Afuera llueve.
Observa que el salón comedor esté a su gusto; enciende inciensos para perfumar el ambiente. Pasa al lado de un espejo nuevamente y ... faltan las flores blancas en el pelo.
Ya son las nueve y cuarto de la noche y el año se va despidiendo de a poco.
Se fija en su reloj y se vuelve a asomar por la ventana. Ha parado de llover, pero luna... no se ve.
Toma un billete y sale a la calle. No hay casi nadie y menos vestido así.
Su vecino está guardando el taxi y la saluda: “ Felicidades Sarita”!
_Sergio, por favor llevame hasta el kiosco de flores, tengo una fiesta y quedé en llevarlas!
_Dale, subí Sarita... mirá lo que me hacés hacer... menos mal que no lo había entrado del todo! Dale antes que se aviven en casa, porque me están esperando.
Ya sabés como es la bruja. No quiero que me jodan el fin de año.
_Gracias Sergio, me parece que el de la esquina de Pacheco está abierto.

Doce menos diez de la noche del treinta y uno de diciembre, faltan diez minutos!!!
A pesar de lo nublado... se escuchan las explosiones de los cuetes y suenan a cada rato las alarmas de los coches.
Sarita se asoma a la ventana y mira hacia abajo. La calle está vacía. Sólo charcos...
Ella está vestida de blanco y tiene tres pimpollos de rosas blancas en el pelo. Ha encendido las luces y ahora se apronta a apagarlas.
Comienza a encender las velas y las luces intermitentes de su árbol navideño, acompasan la música de un claro de luna.
Se sirve una copa lista para su brindis... y en ese momento se asoma de nuevo a la ventana. Ya son las doce y suenan las sirenas de las radios vecinas, busca los fuegos de artificio en el cielo, mirando hacia arriba... alcanza a ver la luna que ha encontrado un claro por donde colarse.
Se le dibuja una sonrisa y ambas están más bellas que nunca.
Salud!! Dice la dama, mientras el champagne ilumina su garganta; otra vez cierra los ojos y dice en voz alta, “qué maravillosa fiesta!!”

FIN