Clementina Josefa Rossini
Santa Rosa La Pampa
ARGENTINA
Cuerdas de arena
Tensaba el pampero sus cuerdas de arena
y sombría en el monte recaló una calandria.
El llamado imponente del ciervo en la brama
acalló el lamento de mi tierra brava.
Manojos de nubes burlaban al sol,
que a veces reía y de pronto lloraba,
ahogando el sollozo de mi tierra pampa.
El mirlo y la diuca sus alas trenzaban
ensayando un ruego, clamando por agua.
El molle, el caldén, la cañada
escurrían lentos los jugos del alma,
marcando en el suelo un calvario de savia.
El cielo franqueó sus corolas aguadas
y bendijo al monte, al llano, a la barda.
En el vientre seco de la tierra confiada
floreció un jagüel entre tanta pampa.
El lamento se tornó guitarra
y en sus cuerdas anidó la calandria.
Manos de piedra
(en un día diferente)
En las palmas de mis manos transparentes
se aposenta tu figura enmarañada.
Te veo en la penumbra de tu cuarto,
cual amante que a la luz se atrevería,
si terco y decidido, del yugo te libraras.
En mi mente que vagaba desmadrada
encuadré el ayer, hoy y el mañana,
y en la síntesis, quedé prendada.
Te adueñaste de mis días desolados
y del sol de mis mañanas.
De la inmensa algarabía,
que vieja y silenciosa, desgastaba su existencia
en quehaceres obligados.
Le diste al otoño otros matices.
Otra historia, a una historia ya forjada
Con acordes de otros cielos apagaste
el silencio espantoso de las parcas,
que al acecho, imperceptibles se amalgaman.
En tu ingenio genuino y espontáneo
hallé el calor de otra sonrisa,
y en mis ojos apagados, floreció,
natural como la nieve en una cima,
ese brillo que a la vida llena de alegría.
Te presiento muy cercano.
Te siento al alcance de mis manos
que hoy han sido transparentes,
y pendientes de mis brazos temblorosos
arrullaron tu espalda con ternura,
entre sábanas de sándalo encendidas.
Sentí tus propias manos,
respondiendo con idéntico cariño.
Traslúcidas también, en el goce compartido.
En el rostro arreboles, sol,
cascabeleo de ardientes verduguillos,
que gozaron con nosotros
el sabor de lo vivido.
Alcemos los brazos al cielo,
bien alto, bien alto,
con las manos transparentes
sosteniendo ese “algo” acontecido.
Si es amor, roguemos a Dios que lo bendiga,
que las manos se tornen de piedra,
para que lo sostengan,
seguras y fuertes
hasta la muerte.
Hoy y las chatas
Tolvaneras anunciaban su llegada
y los teros aleteaban sin mesura.
Entre gritos arengando a los caballos
bamboleaban sus maderos añejados,
en los surcos que la lluvia prolongaba
por las calles somnolientas del poblado.
Con postes erigidos en barandas,
completo su volumen con los troncos
que el hachero arrancara de los montes,
se arrastraban lentamente
a su destino de ser fuego,
en el horno que convierte harina en pan. Y cada día.
Desde el monte se estiraba
el sonido de follajes desmembrados,
como el grito que profana a la natura
en su vientre de savia escurridiza.
Y elegidos los rollizos con buen ojo,
el hacha fue mentor de los despojos.
Por si eso no bastara,
tres colleras de caballos forcejeaban
desafiando albores y dilemas,
precediendo el arribo a la estiba
que esperaba ya menguada,
en ansiosa espera.
H e visto a más de uno de esos nobles,
aplastados contra el suelo y
volcado el carromato,
que en sus ruedas soportaba
todo el peso que el hombre
le cargaba en demasía.
Han pasado muchos años
y el progreso mejorado los procesos.
Ya no es el pan el motivo del devaste
Son ocultos intereses que a mi patria no conciernen
y que dejan yermo al monte, las chatas olvidadas
y manchones de tierra desolada..